Lección 3 Edición Adultos: “Comprendamos la naturaleza humana” Para el 15 de Octubre de 2022

Cuarto Trimestre de 2022

“Comprendamos la naturaleza humana”

Lección 3 :- Para el 15 de Octubre de 2022

Sábado 8 de octubre

LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Génesis 1:24–27; 2:7, 19; Mateo 10:28; Eclesiastés 12:1–7; 1 Reyes 2:10; 22:40.

PARA MEMORIZAR:
“Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Gén. 2:7). a tensión entre la palabra de Dios: “Ciertamente morirás” (Gén. 2:16, 17) y la promesa falsa de Satanás: “Ciertamente no morirán” (Gén. 3:4, RVA-2015) no se limita al Jardín del Edén. Ha resonado a lo largo de la historia. Muchos intentan armonizar las palabras de Satanás con las de Dios. Para ellos, la advertencia “morirás” se refiere solo al cuerpo físico perecedero, mientras que la promesa “ciertamente no morirán” sería una alusión a un alma o espíritu inmortal.

Pero, este planteamiento no funciona. Por ejemplo, ¿se pueden armonizar las palabras contradictorias de Dios y de Satanás? ¿Existe un alma o espíritu inmaterial que sobrevive conscientemente a la muerte física? Hay muchos intentos filosóficos, e incluso científicos, para responder estas preguntas. Pero, como cristianos cuyo fundamento es la Biblia, debemos reconocer que solo el Dios todopoderoso, aquel que nos creó, también nos conoce perfectamente (ver Sal. 139). Por lo tanto, solo en su Palabra, las Escrituras, podemos encontrar respuestas a estas preguntas cruciales.
Esta semana consideraremos de qué manera el Antiguo Testamento define la naturaleza humana y la condición de los seres humanos al morir.

 

Domingo 9 de octubre
“UN SER VIVIENTE”
Lee Génesis 1:24 al 27 y 2:7 y 19. ¿Qué similitudes y diferencias puedes ver entre la forma en que Dios creó a los animales y a la humanidad? ¿Qué nos dice Génesis 2:7 sobre la naturaleza humana? El relato de Génesis declara que, en el sexto día de la semana de la Creación, Jehová Dios dio vida a los animales terrestres y a los primeros seres humanos, una pareja (Gén. 1:24-27). Se nos dice que “formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos” (Gén. 2:19). También “formó al hombre del polvo de la tierra” (Gén. 2:7). Aunque los animales y el hombre fueron hechos de “la tierra”, la formación del hombre fue distinta de la de los animales por dos razones. En primer lugar, Dios formó al hombre físicamente, y luego “sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Gén. 2:7). Era una entidad física antes de convertirse en una entidad viviente. En segundo lugar, Dios creó a la humanidad, como hombre y mujer, a imagen y semejanza de la Deidad (Gén. 1:26, 27).
Génesis 2:7 explica que la infusión del “aliento de vida” en el cuerpo físico de Adán lo transformó en “un ser viviente” (hebreo néfesh jaiá), o literalmente un “alma viviente” (RVA). Esto significa que no tenemos un alma que pueda existir separada del cuerpo; más bien, somos un ser vivo, o alma viviente. La afirmación de que esta “alma” es una entidad consciente que puede existir separada del cuerpo humano es una idea pagana, no bíblica. Comprender la verdadera naturaleza de la humanidad nos impide aceptar la noción popular de un alma inmaterial y todos los peligrosos errores construidos sobre esa creencia. Ninguna parte aislada del ser humano, separada de la persona en su conjunto, tiene una existencia consciente. Dios nos creó de una manera formidable y maravillosa, y no debemos especular más allá de lo que las Escrituras realmente dicen sobre este asunto específico. De hecho, no solo la naturaleza de la vida misma es un misterio (los científicos aún no pueden ponerse de acuerdo sobre qué significa exactamente que algo esté vivo); aún más misteriosa es la naturaleza de la conciencia. ¿Cómo es que los pocos gramos de tejido material (células y sustancias químicas) en nuestra cabeza, el cerebro, retienen y crean cosas inmateriales como los pensamientos y las emociones? Quienes estudian esta idea admiten que realmente no lo sabemos. ¡Qué gran milagro es la vida! ¿Por qué deberíamos regocijarnos en el regalo no solo de la vida, sino también de la vida eterna, un milagro aún mayor?

 

Lunes 10 de octubre
“EL ALMA QUE PECARE, ESA MORIRÁ”
Lee Ezequiel 18:4 y 20; y Mateo 10:28. Estos versículos, ¿cómo pueden ayudarnos a comprender la naturaleza del alma humana? La vida humana en este mundo pecaminoso es frágil y transitoria (Isa. 40:1-8). Nada infectado por el pecado puede ser eterno por naturaleza. “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Rom. 5:12). La muerte es la consecuencia natural del pecado, que afecta a toda la vida aquí. Sobre esta cuestión, hay dos conceptos bíblicos importantes. Uno es que tanto los seres humanos como los animales mueren. Como dijo el rey Salomón: “Porque lo que sucede a los hijos de los hombres, y lo que sucede a las bestias, un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros, y una misma respiración tienen todos; ni tiene más el hombre que la bestia […]. Todo va a un mismo lugar; todo es hecho del polvo, y todo volverá al mismo polvo” (Ecl. 3:19, 20).

El segundo concepto es que la muerte física de una persona implica el cese de su existencia como alma viviente (hebreo néfesh). En Génesis 2:16 y 17, Dios había advertido a Adán y a Eva que, si alguna vez pecaban al comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, morirían. Dios repitió esta advertencia en Ezequiel 18:4 y 20 para reforzar el concepto: “El alma que pecare, esa morirá”. Esta declaración tiene dos implicaciones principales. Una es que, dado que todos los seres humanos somos pecadores, todos estamos bajo el inevitable proceso de envejecimiento y muerte (Rom. 3:9 18, 23). Otra implicación es que este concepto bíblico anula la noción popular de una supuesta inmortalidad natural del alma. Si el alma es inmortal y está viva en otra esfera después de la muerte, entonces en realidad no morimos, al fin y al cabo, ¿verdad? En contraste, la solución bíblica para el dilema de la muerte no es un alma incorpórea que migra al paraíso, al purgatorio o al infierno. De hecho, la solución es la resurrección final de los que murieron en Cristo. Como dijo Jesús en su sermón sobre el Pan de vida: “Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:40).
¿Por qué la certeza de la Segunda Venida, que está garantizada por la primera venida de Cristo (y, a fin de cuentas, ¿de qué sirvió la primera venida de Cristo sin la segunda?), es tan decisiva para todo lo que creemos? ¿Qué esperanza tendríamos sin la promesa de su regreso?

 

Martes 11 de octubre
“EL ESPÍRITU VUELVA A DIOS”
Lee Génesis 2:7 y Eclesiastés 12:1 al 7. ¿Qué contraste ves entre estos dos pasajes bíblicos? ¿Cómo pueden ayudarnos a comprender mejor la condición humana después de la muerte? Ver también Génesis 7:22. Como ya vimos, la Biblia enseña que el ser humano es un alma (Gén. 2:7), y el alma deja de existir cuando el cuerpo muere (Eze. 18:4, 20). Pero ¿qué sucede con el “espíritu”? ¿No permanece consciente incluso después de la muerte del cuerpo? Muchos cristianos creen que sí, e incluso tratan de justificar su postura citando Eclesiastés 12:7, que dice: “Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio”. Pero esta declaración no sugiere que el espíritu de los muertos permanezca consciente en la presencia de Dios. Eclesiastés 12:1 al 7 describe en términos bastante dramáticos el proceso de envejecimiento, que culmina con la muerte. El versículo 7 se refiere a la muerte como la inversión del proceso de creación mencionado en Génesis 2:7. Como ya se ha dicho, en el sexto día de la semana de la Creación, “Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Gén. 2:7). Pero ahora, Eclesiastés 12:7 nos dice que “el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio”. Por consiguiente, el aliento de vida que Dios sopló en las fosas nasales de Adán, y que también proveyó para todos los demás seres humanos, vuelve a Dios; en otras palabras, simplemente deja de fluir en ellos y a través de ellos. Debemos tener en cuenta que Eclesiastés 12:7 describe el proceso de muerte de todos los seres humanos y lo hace sin distinguir entre justos e injustos. Si los supuestos espíritus de todos los que mueren sobreviven como entidades conscientes en la presencia de Dios, entonces, los espíritus de los impíos, ¿están con Dios? Esta idea no armoniza con la enseñanza general de las Escrituras. Como el mismo proceso de muerte ocurre tanto con los seres humanos como con los animales (Ecl. 3:19, 20), la muerte no es otra cosa que dejar de existir como seres vivos. Como dijo el salmista: “Escondes tu rostro, se turban; les quitas el hálito, dejan de ser, y vuelven al polvo” (Sal. 104:29).

A menudo decimos que la muerte es solo parte de la vida. ¿Qué tiene de malo eso? Que la muerte es lo opuesto a la vida, la enemiga de la vida. Entonces, ¿qué gran esperanza se encuentra en este versículo: “El postrer enemigo que será destruido es la muerte” (1 Cor. 15:26)?

 

Miércoles 12 de octubre
“LOS MUERTOS NADA SABEN”
Lee Job 3:11 al 13; Salmos 115:17; 146:4; y Eclesiastés 9:5 y 10. ¿Qué podemos aprender de estos pasajes sobre la condición de los seres humanos al morir? Algunos comentaristas bíblicos argumentan que estos pasajes (Job 3:11-13; Sal. 115:17; 146:4; Ecl. 9:5, 10), escritos en lenguaje poético, no pueden usarse para definir la condición de los seres humanos al morir. Es cierto que a veces la poesía puede ser ambigua y se puede malinterpretar con facilidad, pero no es así con estos versículos. Su lenguaje es claro y sus conceptos están en total armonía con las enseñanzas generales del Antiguo Testamento sobre el tema.

En primer lugar, en Job 3, el patriarca lamenta haber nacido, debido a todo el sufrimiento. (En los momentos más terribles, ¿quién no ha deseado no haber nacido nunca?) Él reconoce que, si hubiera muerto al nacer, estaría dormido y en reposo (Job 3:11, 13). Salmo 115 define el lugar donde están los muertos como un lugar de silencio, porque “no alabarán los muertos a JAH” (Sal. 115:17). Esto difícilmente sugiera que los muertos, los muertos fieles (y agradecidos), estén en el cielo adorando a Dios.
Según Salmo 146, las actividades mentales de la persona cesan con la muerte: “Pues sale su aliento, y vuelve a la tierra; en ese mismo día perecen sus pensamientos” (Sal. 146:4). Esta es una descripción bíblica perfecta de lo que sucede al morir. Y Eclesiastés 9 agrega que “los muertos nada saben” y que en la tumba “no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría” (Ecl. 9:5, 10). Estas declaraciones confirman la enseñanza bíblica de que los muertos están inconscientes. La enseñanza bíblica de la inconsciencia en la muerte no debería generar pánico en los cristianos. En primer lugar, a los que mueren sin ser salvos no les espera un infierno que arda eternamente ni un purgatorio temporal. En segundo lugar, a los que mueren en Cristo les espera una recompensa asombrosa. No es de extrañar que “para el creyente, la muerte es un asunto trivial. […] Para el cristiano, la muerte es tan solo un sueño, un momento de silencio y tinieblas. La vida está oculta con Cristo en Dios, y ‘cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria’ (Juan 8:51, 52; Col. 3:4)” (DTG 745). Piensa en los muertos en Cristo. Ellos cierran los ojos en la muerte y, ya sea que estén en la tumba mil quinientos años o cinco meses, a ellos les da lo mismo. De repente, es el regreso de Cristo. Entonces, ¿podríamos afirmar que, en cierto sentido, los muertos están mejor que nosotros, los vivos?

 

Jueves 13 de octubre
DESCANSAR CON LOS ANTEPASADOS
Lee Génesis 25:8; 2 Samuel 7:12; y 1 Reyes 2:10 y 22:40. ¿Qué añaden estos textos a tu comprensión de la muerte? El Antiguo Testamento expresa de diferentes formas las ideas de la muerte y la sepultura. Una de ellas es la noción de unirse a su pueblo. Por ejemplo, acerca de Abraham, se nos dice que “exhaló el espíritu, y murió […] en buena vejez, anciano y lleno de años, y fue unido a su pueblo” (Gén. 25:8). Aarón y Moisés también se unieron a su pueblo (Deut. 32:50). ¿Qué nos enseña sobre la naturaleza de la muerte el hecho de que tanto los reyes buenos como los malos terminaran en el mismo lugar al morir? (2 Rey. 24:6; 2 Crón. 32:33).

Otra forma de describir la muerte es mediante la declaración de que alguien durmió con los antepasados. Acerca de la muerte del rey David, la Biblia dice que “durmió David con sus padres, y fue sepultado en su ciudad” (1 Rey. 2:10). La misma expresión se utiliza también para varios reyes hebreos, tanto fieles como infieles. Podemos identificar al menos dos aspectos significativos en el hecho de dormir con los antepasados. El primero es que tarde o temprano llegará el momento en que necesitaremos descansar de nuestras obras y sufrimientos agotadores. Otra idea es que no somos los primeros ni los únicos en seguir ese camino indeseable, porque nuestros antepasados ya se adelantaron a nosotros. Los que mueren en Cristo pueden ser enterrados cerca de sus seres queridos, pero aun así no hay comunicación entre ellos, ya que en realidad la muerte es la no existencia.

Permanecerán así hasta ese glorioso día en que por un milagro re-creador divino despertarán para reunirse con sus seres queridos que murieron en Cristo. Imagínate cómo sería si los muertos estuvieran realmente conscientes y pudieran ver cómo es la vida aquí, especialmente para sus seres queridos, que a menudo sufren terriblemente después de la muerte de ellos. ¿Por qué, entonces, la verdad de que los muertos duermen debería ser tan reconfortante para los que estamos vivos?

 

Viernes 14 de octubre
PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:
Lee Elena de White, El conflicto de los siglos, “El misterio de la inmortalidad”, pp. 521-539. Si alguna vez pasaste por una cirugía y te aplicaron anestesia general, es posible que tengas una vaga idea de cómo sería estar muerto. Pero, aun así, cuando estás bajo anestesia, tu cerebro sigue funcionando. Imagínate cómo será estar muerto, cuando todas las funciones cerebrales, todo, se haya detenido por completo. La experiencia de la muerte, entonces, es cerrar los ojos y, en lo que respecta a cada persona muerta que haya vivido, lo siguiente que verá será a Jesús en su segunda venida o después del Milenio (ver Apoc. 20:7-15). Hasta entonces, todos los muertos, los justos y los impíos, descansan durante lo que les parecerá un instante al resucitar. Para quienes seguimos vivos, nos parece que la muerte dura mucho tiempo. Para los vivos, sí; pero para la percepción de los muertos, dura solo un instante.

“Si fuese verdad que las almas de todos los hombres van directamente al cielo en la hora de la disolución, entonces bien podríamos anhelar la muerte antes que la vida. Esta creencia ha inducido a muchas personas a poner fin a su existencia. Cuando uno está anonadado por los cuidados, las perplejidades y los desengaños, parece cosa fácil romper el delgado hilo de la vida y remontarse hacia el más allá, a la bienaventuranza del mundo eterno” (CS 528). “En ningún lugar de las Sagradas Escrituras se encuentra declaración alguna de que los justos reciban su recompensa y los malos su castigo en el momento de la muerte. Los patriarcas y los profetas no dejaron tal seguridad. Cristo y sus apóstoles ni la mencionaron siquiera. La Biblia enseña claramente que los muertos no van inmediatamente al cielo. Se los representa como durmiendo hasta el día de la resurrección” (CS 537).

 

PREGUNTAS PARA DIALOGAR:

  1. La noción bíblica del ser humano integral (que permanece consciente solo como una persona indivisible) ¿cómo nos ayuda a comprender mejor la naturaleza de la muerte?
  2. La teoría de la inmortalidad natural del alma, con todas sus incontables ramificaciones, se ha apoderado del mundo. Entonces, ¿por qué nuestro mensaje sobre el estado de los muertos es trascendental? ¿Por qué también, incluso entre los cristianos, encontramos una oposición tan fuerte a lo que en realidad es una enseñanza maravillosa?
  3. Entender correctamente el estado de los muertos ¿cómo debería protegernos de lo que pueda “aparecer” ante nuestros ojos? Es decir, ¿por qué no siempre podemos confiar en lo que vemos, especialmente si lo que vemos, o creemos ver, es el espíritu de un pariente muerto, como algunos han informado?
Radio Adventista
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