De hecho, había algo especial en el mensaje de salvación de Pablo. Para los griegos y muchos de los antiguos paganos, se creía que estábamos formados por cuerpo y alma juntos, pero al morir el alma continúa viviendo, elevándose a un lugar donde supuestamente van las almas de los muertos. Por lo tanto, la creencia en una resurrección de nuestros cuerpos físicos era un concepto nuevo.
Si Cristo no es lo suficientemente poderoso como para levantarse de entre los muertos y ascender al cielo, también tendríamos menos razones para creer que tiene el poder de salvarnos de nuestros pecados y transformar nuestro carácter.
Con tantos testigos para verificar el milagroso escape de Jesús de la muerte, testigos que arriesgaron sus vidas para contar la experiencia, podemos estar seguros de que nuestra esperanza de salvación está bien puesta en nuestro Señor y Salvador resucitado, Jesucristo.
Pablo entendió que “la carne y la sangre”, en otras palabras, nuestra humanidad caída, serán transformadas en la resurrección (1 Corintios 15:50). Lo corruptible resucitará incorruptible. El cuerpo mortal se vestirá de inmortalidad.
Después de nuestra justificación y santificación, esta etapa final de nuestra salvación se conoce como glorificación, porque en ese momento tendremos un cuerpo inmortal y glorificado.
Se obtendrá la victoria final sobre la muerte. Y todo esto sucederá “en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta” (1 Corintios 15:52), cuando Jesús venga a llamar a los justos muertos de sus tumbas (1 Tesalonicenses 4:16, 17). Evidentemente, el tiempo pasa rápido cuando se duerme bien.




