Aaron demostró un atributo común de todos los líderes fallidos. Se preocupaba más por su propio bienestar que por aquellos a quienes se suponía que debía servir. Se inclinó ante la presión pública, en lugar de defender los estándares divinos que Dios le había revelado hasta ahora en su viaje a Canaán.
Aarón conocía bien el disgusto que Dios tenía por la idolatría. Pero, en lugar de recordarles lo pecaminosa que era esta acción idólatra, sugirió un plan que solo alimentaría su inmoralidad y causaría más depravación en el campamento.
Dios y Moisés tenían razones para estar decepcionados, incluso enojados, con la falta de liderazgo de Aarón durante este triste episodio. No sería fácil remediar la situación; pero Dios misericordiosamente puso en marcha un plan para extinguir las llamas de la creciente discordia y salvar a aquellos que aún se aferraban a su fe y deseo de servir a Dios y no a la criatura.




