Encontramos en el discurso de despedida de Jesús (Juan, capítulos 14-17) consuelo, promesas, predicciones y exhortaciones. Jesús trató de calmarlos, prometiéndoles que el Espíritu Santo sería su sustituto, luego predijo su dolor y les recordó que permanecieran fieles.
El simple acto de lavar los pies de los discípulos antes de sus palabras de despedida provocó emociones tan intensas que casi se podía sentir la tensión en el aire. En su cultura, la cabeza era la parte más noble del cuerpo y los pies la más baja. Bajar la cabeza para acercarse a sus pies mientras los lavaba representaba la voluntad de Dios de bajar a su nivel para ministrarlos en su condición más deplorable.
Podemos imaginar que Judas sintió consternación y resentimiento por el comportamiento humilde e indigno de Jesús, albergando ideas de grandeza futura para Cristo y para él mismo en el futuro cercano. Pedro, en cambio, sintió ante aquel gesto la abrumadora humildad de Cristo. Incluso se negó a permitir que su Maestro le sirviera, hasta que supo que su negativa significaba que no podía tener parte con su Señor.
Para que seamos fieles seguidores de Cristo, nosotros también debemos humillarnos y servir a los demás. Experimentar la humildad, aunque nunca coincida con la del Hijo de Dios, es la única manera de encontrar el camino al cielo, fuente de vida y de verdad.




