La meta de Dios para nosotros, que también debería ser nuestra meta, es amar a los demás como a nosotros mismos. Este principio de “regla de oro” se encuentra tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento (Levítico 19:18 y Mateo 22:39). No sorprende que muchas otras religiones promuevan versiones del mismo.
Encontramos una historia en Marcos 9:17-29, donde los discípulos de Jesús no pudieron sanar al hijo de un hombre, que tenía convulsiones peligrosas. Curarlo era un objetivo digno, pero simplemente no pudieron realizar el milagro necesario en este caso. Pero cuando el hijo fue llevado a Jesús, Él pudo expulsar de él al espíritu inmundo. Jesús les dijo claramente que se necesitaba fe a través de la oración y el ayuno para lograr una curación como ésta. Nuestro objetivo siempre debe ser hacer crecer nuestra fe para que podamos ser una bendición para los demás.
Sólo el Espíritu Santo puede hacer posible tener la fe necesaria para impactar las vidas de quienes nos rodean de manera milagrosa. Incluso una pequeña cantidad de fe puede hacer mucho, pero con oración y ayuno continuos, podemos hacer mucho más.




