Lección 4 Edición Adultos: – Dios es apasionado y compasivo – Para el 25 de enero de 2025, (1er Trimestre)

Sábado, Enero 18

Dios es apasionado y compasivo

Lee para el estudio de esta semana

Salmo 103: 13; Isaías 49: 15; Oseas 11: 1-9; Mateo 23: 37; 2 Corintios 11: 2; 1 Corintios 13: 4-8.

Para memorizar
«¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? ¡Aunque ella lo olvide, yo nunca me olvidaré de ti!» (Isa. 49: 15).

A menudo se considera que las emociones son indeseables y deben evitarse. Para algunos, son intrínsecamente irracionales y, por lo tanto, las personas de bien no deberían ser «emotivas». Según cierta escuela filosófica griega de la antigüedad, la persona ideal era «racional», insensible a las pasiones y soberana sobre sus emociones mediante el raciocinio.

Las emociones desenfrenadas pueden ser problemáticas. Sin embargo, Dios nos creó con la capacidad de experimentar emociones. Además, él mismo es retratado en las Escrituras como quien experimenta emociones profundas. Si es así, estas no pueden ser intrínsecamente malas o irracionales, pues el Dios de la Biblia posee una bondad y una sabiduría perfectas.

Aunque hay hermosas verdades derivadas del hecho de que el amor de Dios por nosotros es profundamente emocional, no debe perderse de vista que ese amor no es idéntico a las emociones humanas.

 

Domingo, Enero 19

Más que el amor de una madre

Tal vez el mayor amor común a la experiencia humana sea el de una madre o un padre por un hijo. La Biblia utiliza a menudo las imágenes de la relación padre-hijo para describir la asombrosa compasión de Dios por las personas, haciendo hincapié en que la compasión de Dios es exponencialmente superior incluso a la expresión humana más profunda y hermosa de ese mismo sentimiento.

Lee Salmo 103: 13; Isaías 49: 15; y Jeremías 31: 20. ¿Qué transmiten estas representaciones sobre la naturaleza y la profundidad de la compasión de Dios?

Según estos textos, Dios se relaciona con nosotros como sus hijos amados y nos ama como un buen padre y una buena madre aman a sus hijos. Sin embargo, como explica Isaías 49: 15, incluso una madre humana podría olvidarse del hijo que «dio a luz» o «dejar de compadecerse del hijo de su vientre», pero Dios nunca olvida a sus hijos y su compasión nunca falla (Lam. 3: 22).

En particular, se cree que el término hebreo raham utilizado para referirse a la compasión aquí y en muchos otros textos que describen el abundante amor compasivo de Dios, deriva del término hebreo que designa el vientre (rejem). En consecuencia, como han señalado los eruditos, la compasión de Dios es un «amor como el del útero maternal». En verdad, es exponencialmente mayor que cualquier compasión humana, incluso la de una madre por su recién nacido.

Según Jeremías 31: 20, Dios considera a su pueblo del Pacto como su «hijo precioso» y «el niño en quien me deleito», a pesar de que a menudo se rebeló contra él y le causó tristeza. Aun así, Dios declara: «Mis entrañas se conmovieron por él, y ciertamente tendré de él misericordia». El término traducido aquí como «misericordia» es el utilizado anteriormente para referirse a la compasión divina (rajam).

Además, la frase «mis entrañas se conmovieron por él» puede traducirse literalmente como «mis entrañas rugen». Esta descripción que emplea el lenguaje profundamente visceral de la emoción divina retrata así la profundidad del amor compasivo de Dios por su pueblo. Incluso a pesar de su infidelidad, Dios sigue dispensando su abundante compasión y misericordia a su pueblo y lo hace más allá de toda expectativa razonable.

Para algunos, el hecho de que la compasión de Dios sea semejante a la de un padre o una madre cariñosos es profundamente reconfortante. Sin embargo, algunas personas pueden tener dificultades en ese sentido, pues sus progenitores no fueron cariñosos. ¿De qué otras maneras podría ser ilustrada la compasión de Dios por esas personas?

 

Lunes, Enero 20

Amor conmovedor

La incalculable profundidad del amor compasivo de Dios por la humanidad se pone de manifiesto en Oseas. Dios había ordenado al profeta: «Ve, toma por mujer a una prostituta y ten hijos de prostitución con ella, porque la tierra se prostituye apartándose de Jehová» (Ose. 1: 2). Oseas 11 describe más adelante la relación de Dios con su pueblo, pero mediante la metáfora de un padre amoroso con su hijo.

Lee Oseas 11: 1 al 9. ¿De qué manera ilustran las imágenes de estos versículos la forma en que Dios ama y cuida a su pueblo?

El amor de Dios por su pueblo se asemeja al tierno afecto de un padre por su hijo. La Escritura utiliza en tal sentido imágenes como las de enseñar a un niño pequeño a caminar, tomar al hijo amado en los brazos, curar y proporcionar sustento y cuidar tiernamente. La Escritura también afirma que Dios «trajo» a su pueblo justo «como trae el hombre a su hijo» (Deut. 1: 31). «En su amor y en su clemencia los redimió» y «los trajo y los levantó todos los días» (Isa. 63: 9).

En contraste con la fidelidad inquebrantable de Dios, su pueblo fue infiel en repetidas ocasiones, lo que alejó a Dios, acarreó juicios sobre sí mismos y lo entristeció profundamente. Dios es compasivo, pero nunca excluye la justicia. Como veremos en una lección posterior, el amor y la justicia son inseparables.

¿Has estado alguna vez disgustado por algo al punto de experimentar un malestar estomacal? Ese es el tipo de imagen que se usa para describir la profundidad de las emociones de Dios respecto de su pueblo. La imagen del corazón revuelto y la compasión encendida es un lenguaje idiomático típico de las emociones profundas y es usado tanto por Dios como por los humanos.

Esta imagen, la de la compasión encendida (kamar), se utiliza en el caso de las dos mujeres que se presentaron ante Salomón, cada una reclamando el mismo bebé como suyo. Cuando Salomón ordenó cortar al bebé en dos (aunque sin intención de hacerlo), esa expresión idiomática es usada para describir la reacción emocional de la verdadera madre (1 Rey. 3: 26; compara con Gén. 43: 30).

Todo progenitor sabe a qué se refiere esta lección. Ningún otro amor terrenal es comparable. ¿Cómo nos ayuda esto a comprender la realidad del amor de Dios por nosotros? ¿Qué consuelo podemos y debemos extraer de esta comprensión?

 

Martes, Enero 21

La compasión de Jesús

En el Nuevo Testamento se utiliza el mismo tipo de imágenes que en el Antiguo Testamento para describir la compasión de Dios. Pablo se refiere al Padre como «Padre de misericordias y Dios de toda consolación» (2 Cor. 1: 3). Además, el apóstol explica en Efesios 2: 4 que Dios es «rico en misericordia» y redime a los seres humanos «por su gran amor con que nos amó».

En varias parábolas, Cristo mismo utiliza repetidamente términos de emoción visceral y desgarradora para describir la compasión del Padre (Mat. 18: 27; Luc. 10: 33; 15: 20). Además, el mismo lenguaje que ilustra la compasión divina en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento es utilizado también en los Evangelios para describir las respuestas compasivas de Jesús a quienes están en apuros.

Lee Mateo 9: 36; 14: 14; 23: 37; Marcos 1: 41; 6: 34; y Lucas 7: 13. ¿Cómo ilustran estos versículos la manera en que Cristo se conmovía ante la difícil situación de las personas?

Los Evangelios registran con frecuencia el hecho de que Cristo se compadecía de las personas que estaban en situaciones difíciles. No solo sintió compasión de ellas, sino que también se ocupó de sus necesidades.

Jesús también se lamentó por su pueblo. Podemos imaginar las lágrimas en los ojos de Cristo mientras contemplaba la ciudad de Jerusalén: «¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, pero no quisiste!» (Mat. 23: 37). Aquí vemos que el lamento de Cristo coincide estrechamente con el de Dios por su pueblo a lo largo del Antiguo Testamento. De hecho, muchos eruditos bíblicos señalan que la imagen de un ave cuidando de sus crías solo era aplicada a la divinidad en el antiguo Cercano Oriente. Muchos ven aquí una alusión a Deuteronomio 32: 11, donde Dios es representado como un ave que vuela en círculos sobre sus crías, las protege y vela por sus necesidades.

No hay mayor ejemplo del gran amor compasivo de Dios por sus criaturas humanas que Jesús mismo, quien se entregó por nosotros como la máxima demostración de amor. Sin embargo, Cristo no es solo la imagen perfecta de Dios. También es el modelo perfecto de la humanidad. ¿Cómo podemos dar forma a nuestra existencia de acuerdo con el modelo de la vida de Cristo, centrándonos en las necesidades de los demás y, de este modo, no limitándonos a predicar el amor de Dios, sino mostrándolo de forma tangible?

 

Miércoles, Enero 22

¿Un Dios celoso?

El Dios de la Biblia es el «Dios compasivo». En hebreo, Dios se da a sí mismo el nombre ‘el rahum (Deut. 4: 31). El término hebreo ‘el significa «Dios», y rahum es una variación de la raíz de la palabra que significa compasión (rajám). Sin embargo, Dios no solo es llamado «compasivo» o «misericordioso», sino también «celoso» (‘el qanah). Como dice Deuteronomio 4: 24: «Porque Jehová, tu Dios, es fuego consumidor, Dios celoso [‘el qanah]». (Ver Deut. 4: 24; 6: 15; Jos. 24: 19; Nah. 1: 2).

1 Corintios 13: 4 declara que «el amor no es celoso» (NTV). ¿Cómo puede Dios, entonces, ser un «Dios celoso»?

Lee 2 Corintios 11: 2 y considera la forma en que el pueblo de Dios le fue infiel a lo largo de la Biblia (ver, por ejemplo, Sal. 78: 58). ¿Qué nos enseñan estos pasajes sobre el significado de los «celos» divinos?

Los «celos» de Dios a menudo son malinterpretados. Cuando el adjetivo «celoso» se refiere a un cónyuge, no se trata de un elogio. El término «celos» suele tener connotaciones negativas en muchos idiomas. Sin embargo, ese no es el caso de los celos divinos en la Biblia, ya que se refieren a la sana expectativa de un marido amoroso por disfrutar de una relación exclusiva con su esposa.

Aunque existe un tipo de celos contrarios al amor (1 Cor. 13: 4, NTV), también hay «celos» buenos y justos. Pablo se refiere a ello como «celo de Dios» (ver 2 Cor. 11: 2). Los celos de Dios son solo y siempre del tipo correcto, y se los puede definir más adecuadamente como el amor apasionado que Dios siente por su pueblo.

El celo (qanah) de Dios por su pueblo proviene del profundo amor que siente. Dios desea una relación exclusiva con su pueblo; solo él ha de ser su Dios. Sin embargo, a menudo se describe a Dios como un cónyuge despechado, cuyo amor no es correspondido (ver Ose. 1-3; Jer. 2: 2; 3: 1-10). Por lo tanto, los «celos» –o la «pasión» de Dios– nunca son caprichosos o sin motivo, sino que siempre responden a la infidelidad y a la conducta indebida de las personas malvadas. Los celos de Dios (o su «amor apasionado») no tienen las connotaciones negativas de los celos humanos. Nunca obedecen a la envidia, sino al legítimo anhelo de disfrutar de una relación exclusiva con su pueblo y para el bien de este.

¿Cómo podemos aprender a reflejar el mismo tipo de «celos» positivos hacia los demás que Dios muestra hacia nosotros?

 

Jueves, Enero 23

Compasivo y apasionado

El Dios de la Biblia es compasivo y apasionado, y estas emociones divinas se ponen de manifiesto de manera suprema en Jesucristo. Dios es compasivo (compara con Isa. 63: 9; Heb. 4: 15), es profundamente afectado por las penas de su pueblo (Juec. 10: 16; Luc. 19: 41), y está dispuesto a escuchar, responder y consolar (Isa. 49: 10, 15; Mat. 9: 36; 14: 14).

Lee 1 Corintios 13: 4 al 8. ¿De qué manera nos llama este pasaje a reflejar el amor compasivo y asombroso de Dios en nuestras relaciones con los demás?

Anhelamos relacionarnos con personas que ejemplifiquen el tipo de amor descrito en 1 Corintios 13: 4 al 8. Pero ¿cuán a menudo procuramos convertirnos en este tipo de persona en favor de los demás? No podemos ser sufridos y amables; no podemos evitar ser envidiosos, engreídos, groseros o egoístas. No podemos producir en nosotros un amor que «todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» y que «nunca deja de ser» (1 Cor. 13: 7, 8). Ese amor solo puede ejemplificarse en nuestra vida como fruto del Espíritu Santo. Alabado sea Dios porque el Espíritu Santo derrama el amor de Dios en los corazones de quienes permanecen en Cristo Jesús por la fe (Rom. 5: 5).

Por la gracia de Dios y el poder del Espíritu Santo, ¿de qué maneras prácticas podríamos responder al amor profundamente emocional, pero perfectamente justo y racional, de Dios y reflejarlo en nuestra vida? En primer lugar, adorando al Dios que es amor. En segundo lugar, y en respuesta a su amor, mostrando compasión y amor benevolente a los demás. No debemos limitarnos a sentirnos reconfortados por nuestra fe cristiana, sino que debemos estar dispuestos a reconfortar a los demás. Por último, debemos reconocer que no podemos transformar nuestros corazones, que solo Dios puede hacerlo, y permitírselo.

Así pues, pidamos a Dios que nos dé un corazón nuevo para él y para los demás, un amor puro y purificador que eleve lo que es bueno y elimine la escoria de nuestro interior.

Que la oración de Pablo se haga realidad en nuestra vida y en nuestro medio: «Que el Señor los haga crecer y aumente el amor entre ustedes y hacia los demás […] para que se fortalezca su corazón y sean ustedes santos e irreprensibles delante de nuestro Dios y Padre, cuando venga nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos» (1 Tes. 3:12, 13, RVC).

¿Por qué la muerte al yo, al egoísmo y a la corrupción de nuestros corazones naturales es la única manera de revelar esta clase de amor? ¿Qué decisiones podemos tomar a fin de morir a nosotros mismos?

 

Viernes, Enero 24

Para estudiar y meditar

Lee el capítulo titulado «Las bienaventuranzas» en las páginas 21 a 74 del libro El discurso maestro de Jesucristo, de Elena G. de White.

«Todos los que sienten la absoluta pobreza del alma, que saben que en sí mismos no hay nada bueno, pueden hallar justicia y fuerza recurriendo a Jesús. Dice él: “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados” (Mat. 11: 28). Nos invita a cambiar nuestra pobreza por las riquezas de su gracia.

»No merecemos el amor de Dios, pero Cristo, nuestro fiador, es sobremanera digno y capaz de salvar a todos los que acudan a él. No importa cuál haya sido la experiencia del pasado ni cuán desalentadoras sean las circunstancias del presente, si acudimos a Cristo en nuestra condición actual —débiles, sin fuerza, desesperados—, nuestro compasivo Salvador saldrá a recibirnos mucho antes de que lleguemos, y nos rodeará con sus brazos amantes y con el manto de su propia justicia. Nos presentará a su Padre con las blancas vestiduras de su propio carácter. Él aboga por nosotros ante el Padre, diciendo: Me he puesto en el lugar del pecador. No mires a este hijo desobediente, sino a mí. Y cuando Satanás contiende fieramente contra nuestras almas, acusándonos de pecado y alegando que somos su presa, la sangre de Cristo aboga con mayor poder» (Elena G. de White, El discurso maestro de Jesucristo, pp. 25-26).

Preguntas para dialogar:

Nota lo que la inspiración anterior dijo acerca de cómo, gracias a Jesús, somos presentados al Padre: «Nos presentará a su Padre con las blancas vestiduras de su propio carácter». Por muy desanimados que nos sintamos a veces por nuestras faltas y defectos, o por muy a menudo que no reflejemos ante los demás la clase de amor que Dios derrama sobre nosotros, ¿por qué hemos de volver siempre a la maravillosa noticia de que somos aceptados por el Padre porque Jesús «nos presentará a su Padre con las blancas vestiduras de su propio carácter»?

Imagina cómo se sintió la madre del bebé que estaba en disputa entre las dos mujeres que se presentaron ante Salomón. Considera de nuevo el emotivo lenguaje registrado en 1 Reyes 3: 26. ¿Cómo arroja esto luz sobre el mismo tipo de lenguaje utilizado en Oseas 11: 8 para describir lo que Dios siente por su pueblo?

Los Evangelios dan testimonio de que Jesús se conmovía ante las necesidades de las personas y actuaba en respuesta a esas necesidades. ¿De qué formas prácticas pueden tu clase y tú satisfacer las necesidades de quienes precisan recibir consuelo?

IA Para Docentes
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