Lección 6 Edición Maestros – Los dos testigos – Sábado 11 Mayo 2024

EL SÁBADO ENSEÑARÉ

Introducción:

Este estudio se centra en el papel fundamental de la Palabra de Dios, su autoridad y su poder en el Gran Conflicto. Específicamente, centraremos nuestra atención en la Palabra de Dios representada por los dos testigos que predicaron vestidos de saco o cilicio durante el período profético de 1.260 años.

Después de que Jesús ascendió al cielo, el diablo dirigió sus esfuerzos y su energía contra las Escrituras, y contra el pueblo de Dios. La misión de la iglesia era dar testimonio de Jesucristo y de su Palabra, que es la revelación del carácter y la voluntad de Dios. En Apocalipsis 11, la Palabra de Dios está representada por la expresión del Antiguo Testamento “los dos ungidos” (Zac. 4:14), o los dos testigos. Esta metáfora habla del hecho de que la Palabra de Dios tiene una presencia y un poder perpetuos, por ser de origen divino, al haber sido transmitida por inspiración del Espíritu Santo.

El paralelismo entre Jesús y la Palabra es obvio: de la misma manera que Jesús ministró tres años y medio bajo la presión y la persecución de su propio pueblo, que se suponía que debía recibirlo, las Escrituras ministraron al mundo durante tres años y medio proféticos, o 1.260 años históricos, bajo la presión del mismo pueblo que pretendía ser el guardián de la Palabra de Dios. Así como Jesús, la Palabra de Dios, murió y resucitó, las Escrituras, la Palabra de Dios, también murieron y resucitaron. Así como Jesús fue triunfante, su Palabra será triunfante, y su pueblo también será triunfante en él y en su Palabra.

Temática de la lección:

La lección de esta semana destaca dos temas principales:

1. Los dos testigos de Apocalipsis 11 simbolizan las Sagradas Escrituras. Los dos testigos ministraron en un tiempo de persecución, durante el período profético de 1.260 años, entre 538 d.C. y 1798 d.C.

2. Al final de este período profético, los dos testigos murieron y resucitaron, así como Jesús murió y resucitó, señalando el hecho de que Dios obtendrá, por medio de Jesús y de su Palabra, la victoria final en el Gran Conflicto.

 

COMENTARIO

Profetizar en tela de saco

¿Por qué sostienen los adventistas que los dos testigos (las Sagradas Escrituras) fueron suprimidos durante la Edad Media? ¿Acaso la gente de aquella época no conocía la Biblia? ¿No estaban las catedrales y las iglesias decoradas con temas bíblicos? ¿No se enseñaba la Biblia en la universidad? La respuesta a todas estas preguntas es sí. Entonces, ¿por qué insistir en que el período de 1.260 años, entre 538 d.C. y 1798 d.C., fue una época de persecución, una época en la que los dos testigos se vistieron de cilicio, símbolo de crisis y humillación?

Es verdad que la persecución contra las Escrituras ya existía antes del año 538 d.C. Por ejemplo, el emperador romano Diocleciano (gobernó de 284 a 305 d.C.) dictaminó que los cristianos debían renunciar a su Libro sagrado. Algunos cristianos que poseían manuscritos bíblicos los entregaron para que fueran quemados y profanados públicamente; otros, en cambio, prefirieron morir por su fe. Asimismo, al final del período profético de 1.260 años, los revolucionarios franceses lograron aniquilar la Escritura en su territorio durante un breve período (Apoc. 11:7-9). A diferencia de Diocleciano, la Reforma Francesa intentó aniquilarla por completo, en lugar de permitirle profetizar vestida de cilicio. Sin embargo, el período de 1.260 años, durante el cual los dos testigos sufrieron humillaciones, excede con mucho los dos o tres primeros siglos de persecuciones, los diez años de persecución bajo Diocleciano o los pocos años de la Revolución Francesa. Por esta razón, debemos buscar en otros lugares de la historia para encontrar el cumplimiento de Apocalipsis 11. Como detalla nuestra lección, los adventistas del séptimo día entienden que este período se extendió desde 538 d.C. hasta 1798 d.C.

Para entender qué significa que los dos testigos o las Escrituras ministren vestidos de cilicio, necesitamos mirar al Antiguo Testamento. Esta descripción parece aludir a Zacarías (Apoc. 11:4; Zac. 4:14), Elías (Apoc. 11:5, 6) y Moisés (Apoc. 11:6). Es decir, Apocalipsis 11 parece sugerir que el ministerio profético de los dos testigos, que se visten de cilicio, tuvo lugar en el contexto de la persecución del pueblo de Dios. La Escritura no dice que los dos testigos fueron asesinados durante los 1.260 años; más bien, fueron facultados por Dios para profetizar vistiendo de cilicio durante este tiempo (Apoc. 11:3). Elías se vistió de cilicio durante una época de profunda crisis espiritual en Israel, cuando esa nación había cambiado consciente y deliberadamente la Ley de Dios, situándose por encima de la revelación de Dios y en contra de ella. Del mismo modo, la cuestión principal no es si la Iglesia Católica Romana tenía algún conocimiento de las Escrituras, o si utilizaba las Escrituras de alguna manera para hacer teología durante los 1.260 años de supremacía eclesiástica y persecución. La pregunta es: ¿Cuál fue la actitud de la iglesia hacia las Escrituras durante este período de persecución? Su actitud se asemejó mucho a la actitud de Israel: conocían la revelación especial de Dios, pero se situaron deliberadamente por encima de ella.

El principio protestante de Sola Scriptura enfatiza que las Escrituras son la revelación completa, autosuficiente y clara de Dios. Cada vez que la revelación divina es un inconveniente, o un obstáculo, para un proyecto humano, el diablo y sus falsos maestros introducen tradiciones para justificar la reinterpretación de los pasajes bíblicos inconvenientes; o simplemente introducen nuevas enseñanzas o prácticas que son totalmente contrarias a las Escrituras. La tradición de la iglesia y el Magisterio se presentan como los intérpretes exclusivos de la Biblia, y como la única autoridad con poder para crear y establecer dogmas. La Palabra de Dios es socavada y puesta bajo el control de la iglesia, aunque las Escrituras estipulan claramente que debe ser al revés. En este sentido, varias citas del Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) son simplemente asombrosas.

Según el CIC, la revelación de Dios “por su Verbo en el Espíritu Santo” está “presente y activa en la Iglesia”, por lo que la tradición eclesiástica es parte inseparable de la revelación especial de Dios, al igual que los profetas y los apóstoles (CIC 79). Por esta razón, “la Iglesia, a la cual está confiada la transmisión y la interpretación de la Revelación, ‘no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado. Y así las dos se han de recibir y respetar con el mismo espíritu de devoción’ ” (CIC 82).

Es cierto que el CIC estipula que el Magisterio, al ser el único intérprete de la Escritura (CIC 86, 100), “no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio” (CIC 86). Sin embargo, el Magisterio no se basa solamente en las Escrituras, sino también en la Tradición (CIC 82), y se considera que ambas cuentan con la misma autoridad. Puesto que el Magisterio (“el Papa y los obispos en comunión con él”) tiene la única autoridad para interpretar “auténticamente” la Palabra de Dios (CIC 100), el Magisterio utiliza tanto de la tradición como de la Escritura, siempre que sea conveniente.

Las experiencias de Israel y de Judá demuestran que cuando la tradición se pone al mismo nivel que las Escrituras, esta no solo queda relegada a un nivel inferior, de lo divino a lo humano, sino además, finalmente, queda anulada por completo (Mat. 15:3- 6), al haber sido malinterpretada para adaptarse a una cosmovisión humana. Así, su autoridad queda aniquilada. Esta aniquilación de la autoridad bíblica es exactamente lo que ocurrió en la Iglesia Católica Romana. A medida que la iglesia enfatizaba cada vez más la Tradición y aceptaba presupuestos filosóficos, sus enseñanzas y sus prácticas cambiaron tan radicalmente que la iglesia ya no fue compatible con el modelo de la iglesia apostólica.

Así, al malinterpretar y enseñar directamente en contra de las Escrituras, la Iglesia Católica Romana afirmó falsamente los siguientes errores:

Que tiene poder para cambiar el día de reposo de Dios del séptimo día al primer día de la semana, transgrediendo así deliberadamente el cuarto Mandamiento y rebajando el estatus de Dios como Creador y Rey.

Que Cristo dejó la iglesia a cargo del obispo de Roma y de la jerarquía eclesiástica sacramental.

Que la iglesia es un elemento necesario para la salvación divina.

Que la iglesia y los santos pueden mediar por las personas y ofrecerles méritos para la salvación.

Que María, la madre de Jesús, nació con una naturaleza sin pecado (concepción inmaculada).

Que María tiene un papel especial en la salvación, y se la llama Mediadora (Mediatrix), Abogada, Auxiliadora, títulos reservados en las Escrituras solamente para Cristo y el Espíritu Santo.

Que la salvación es por obras, como la penitencia y las indulgencias.

Que el alma es inmortal, el infierno es eterno y el purgatorio existe.

Que hay siete sacramentos que imparten la salvación.

Que los niños deben ser bautizados.

Que la sustancia misma del pan y el vino se transforman literalmente en el cuerpo y la sangre de Cristo durante la misa (transubstanciación).

Que los llamados laicos no pueden compartir el cáliz durante la Comunión.

Que los sacerdotes mismos son un sacramento e imparten la salvación.

Que los sacerdotes de la iglesia no deben casarse, sino permanecer célibes.

Que los cristianos pueden y, de hecho, deben venerar y adorar imágenes y estatuas, transgrediendo así flagrantemente el segundo Mandamiento.

Con una interpretación tergiversada o un rechazo tan evidente de las Escrituras y sus enseñanzas durante más de un milenio por parte del autoproclamado pueblo de Dios, no es de extrañar que Dios describa que las Escrituras, o sus dos testigos, profetizan vestidos de cilicio.

Sí, finalmente, los dos testigos fueron asesinados en un contexto secular y no religioso (durante la Revolución Francesa). Sin embargo, la propia Revolución Francesa atea fue una reacción a la larga anarquía de la Iglesia Católica contra Dios mismo, contra su revelación especial y contra la humanidad, que tan desesperadamente necesita la salvación. El Gran Conflicto es complejo. El diablo pretende destruir la revelación de Dios en su Palabra Escrita. Pero, sobre todo, pretende suprimir la Palabra de Dios en su iglesia. Este objetivo satánico no ha tenido éxito, ni lo tendrá jamás. La Sola Scriptura protestante, las sociedades bíblicas y misioneras, el mensaje adventista de los tres ángeles y el fuerte clamor prevalecerán. La Palabra de Dios será cada vez más clara en su comunicación del amor de Dios.

 

APLICACIÓN A LA VIDA

1. Imagina que vives al comienzo del período profético de 1.260 años. Imagina también que, como estudioso de la Biblia y como cristiano devoto, comprendieras que los 1.260 años de persecución contra los dos testigos apenas habían comenzado y que, por lo tanto, pasarían muchos siglos más hasta que la persecución terminara. ¿Cómo mantendrías viva tu esperanza, tu devoción a Dios y tu compromiso de predicar la Palabra de Dios, sabiendo que tú y tus descendientes se enfrentarían a la larga perspectiva de al menos mil años más de espera? ¿Cómo prepararías a tus descendientes para una espera tan anticipada? ¿Cómo pueden tus respuestas inspirar tu fe hoy mientras esperamos el regreso de Jesús?

2. Aunque la Revolución Francesa impactó al mundo entero con su visión del mundo, su espíritu y sus acciones, este impacto se sintió más directamente dentro del mundo occidental. Si vives en Occidente, ¿Cómo podrías seguir celebrando la resurrección y el ministerio de los dos testigos? Si vives en otras partes del mundo, que no fueron impactadas directamente por la revolución secular o atea de Francia, ¿Cómo ha intentado tu sociedad o comunidad local “matar” a los dos testigos o hacer que ministren vestidos de silicio? ¿Cómo podrías tú y tu iglesia participar en la resurrección y el ministerio de los dos testigos?

 

RESEÑA

Textos clave: Isaías 25:9.

Enfoque del estudio: Mateo 13:30, 38-41; 2 Timoteo 3:13; Mateo 24:27, 30, 31; 1 Corintios 15:51-53; 1 Tesalonicenses 4:13-18; Daniel 8:14; 7:9-14; 9:20-27; Romanos 13:11.

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