Sábado, Febrero 03
Me levantaré
Lee para el estudio de esta semana
Salmos 18:3–18; 41:1–3; Deuteronomio 15:7–11; Salmos 82; 96:6–10; 99:1–4; Romanos 8:34.
Para memorizar
“Por la opresión del débil y por el gemido de los menesterosos, ‘ahora me levantaré –dice el Señor– y salvaré al que suspira’ ” (Sal. 12:5).
Nuestra época no es la única en la que rugen el mal, la injusticia y la opresión. Los salmistas también vivieron en tiempos así. Por eso, los salmos son también protestas de Dios contra la violencia y la opresión en el mundo; en nuestro mundo y también en el de los salmistas.
Sí, el Señor es piadoso y retiene su ira en su gran paciencia, porque no quiere que ninguno se pierda, sino que todos se arrepientan y cambien de conducta (2 Ped. 3:9-15). Y, aunque el momento oportuno para la intervención de Dios no siempre coincide con las expectativas humanas, el día del Juicio de Dios se acerca (Sal. 96:13; 98:9). Solo tenemos que confiar en él y en sus promesas hasta que llegue ese día.
Solo el Creador, cuyo Trono se fundamenta en la rectitud y la justicia (Sal. 89:14; 97:2), puede brindar estabilidad y prosperidad al mundo con su Juicio soberano. La dimensión doble del Juicio divino incluye la liberación de los oprimidos y la destrucción de los impíos (Sal. 7:6-17).
Esto es lo que se nos ha prometido, y esto es lo que efectivamente ocurrirá algún día; pero según los tiempos de Dios, no los nuestros, un aspecto que el salmista enfatiza.
Domingo, Febrero 04
El guerrero majestuoso
Lee Salmos 18:3 al 18; 76:3 al 9 y 12; y 144:5 al 7. ¿Cómo se describe al Señor en estos textos? ¿Qué transmiten estas imágenes sobre la disposición de Dios para liberar a su pueblo?
Estos himnos alaban al Señor por su impresionante poder sobre las fuerzas del mal que amenazan a su pueblo. Representan a Dios en su majestad como Guerrero y Juez. La imagen de Dios como Guerrero es frecuente en Salmos y resalta la severidad y la urgencia de la respuesta de Dios a los clamores y los sufrimientos de su pueblo.
“El Señor tronó desde el cielo,/ el Altísimo dio su voz,/ y hubo granizo y brasas de fuego./ Envió sus saetas y deshizo a sus enemigos./ Lanzó relámpagos y los destruyó./ Entonces apareció el lecho del mar,/ y se descubrieron los cimientos del mundo,/ ante tu reprensión, Señor,/ por el soplo de tu aliento” (Sal. 18:13-15).
La determinación y la magnitud de los actos de Dios deberían disipar cualquier duda sobre el gran cuidado y la compasión de Dios por los que sufren o sobre su capacidad para derrotar al mal. Solo tenemos que esperar a que él actúe.
En definitiva, incluso cuando el pueblo de Dios, como David, participó en guerras, la liberación no provino de medios humanos. En sus muchas batallas contra los enemigos del pueblo de Dios, el rey David alabó a Dios como el único que obtuvo todas las victorias. Hubiera sido fácil para David atribuirse el mérito de sus muchos éxitos y triunfos, pero esa no era su actitud. Él sabía de dónde provenía la Fuente de su poder.
Aunque David afirma que el Señor entrena sus manos para la guerra (Sal. 18:34), en ninguna parte de Salmos confía en sus habilidades para la batalla. Al contrario, el Señor lucha por David y lo libra (Sal. 18:47, 48).
En los salmos, el rey David, famoso por ser un guerrero de éxito, asume su papel de músico experto y alaba al Señor como el único Libertador y Sustentador de su pueblo (Sal. 144:10-15). La alabanza y la oración al Señor son las fuentes de fuerza para David, más poderosas que cualquier arma de guerra. Únicamente en Dios se puede confiar y a él solo alabar.
Más allá de los dones, las habilidades y el éxito que hayas tenido en la vida, ¿por qué debes recordar siempre la Fuente de todos ellos? ¿Qué peligro corres si olvidas esa fuente?
Lunes, Febrero 05
Justicia para los oprimidos
Lee Salmos 9:18; 12:5; 40:17; 113:7; 146:6 al 10; y 41:1 al 3. ¿Cuál es su mensaje para nosotros, también hoy?
Dios muestra especial cuidado y preocupación por la justicia en relación con los diversos grupos vulnerables de personas, incluyendo los pobres, los necesitados, los oprimidos, los huérfanos, las viudas, los viudos y los extranjeros. Salmos, al igual que la Ley y los profetas, son claros al respecto (Éxo. 22:21-27; Isa. 3:13-15).
Muchos salmos utilizan la expresión “pobre y necesitado” y evitan representar a los oprimidos en términos exclusivamente nacionales y religiosos. Esto es así para resaltar el cuidado universal de Dios por toda la humanidad.
La expresión “pobre y necesitado” no se limita a la pobreza material, sino también significa vulnerabilidad y desamparo. La expresión apela a la compasión de Dios y transmite la idea de que el que sufre está solo y no tiene más ayuda que Dios. La descripción “pobre y necesitado” también se refiere a nuestra sinceridad, veracidad y amor por Dios al confesar nuestra total dependencia de él y renunciar a cualquier rastro de autosuficiencia y afirmación personal.
Por su parte, el cuidado de los desposeídos (Sal. 41:1-3) demuestra la fidelidad del pueblo a Dios. Los males cometidos contra los vulnerables eran pecados especialmente atroces en la cultura bíblica (Deut. 15:7-11). Los salmos inspiran al pueblo fiel a alzar la voz contra toda opresión.
Los salmos también subrayan la inutilidad de basar nuestra seguridad en medios humanos perecederos como fuente última de sabiduría y seguridad. El pueblo de Dios debe resistir la tentación de depositar la fe suprema para la salvación en instituciones y dirigentes humanos, especialmente cuando difieren de los caminos de Dios.
Mediante su gracia, nuestro Señor se identificó con los pobres haciéndose pobre él mismo, para que mediante su pobreza muchos pudieran enriquecerse (2 Cor. 8:9). Las riquezas de Cristo incluyen la liberación de toda opresión causada por el pecado, y nos prometen la vida eterna en el Reino de Dios (Apoc. 21:4). Jesucristo cumple las promesas de Salmos como Juez divino, que juzgará todo maltrato a los desposeídos, así como la negligencia en el cumplimiento del deber hacia ellos (Mat. 25:31-46).
¿Cuánto pensamos en los “pobres y necesitados” que hay entre nosotros, y cuánto hacemos por ellos?
Martes, Febrero 06
¿Hasta cuándo juzgarán injustamente?
El Señor dotó a los dirigentes de Israel de autoridad para preservar la justicia en Israel (Sal. 72:1-7, 12-14). Los reyes de Israel debían ejercer su autoridad según la voluntad de Dios. La prioridad fundamental de los dirigentes debía ser garantizar la paz y la justicia en la tierra, y atender a los marginados sociales. Solamente así prosperarían la tierra y todo el pueblo. El trono del rey se fortalece con la fidelidad a Dios, no con el poder humano.
Lee Salmo 82. ¿Qué ocurre cuando los dirigentes pervierten la justicia y oprimen al pueblo al que debe proteger?
En Salmo 82, Dios declara sus juicios sobre los jueces corruptos de Israel. Los “dioses” (Sal. 82:1, 6, RVR 1960) claramente no son ni dioses paganos ni ángeles, porque nunca se les encomendó impartir justicia al pueblo de Dios y, por lo tanto, no podrían ser juzgados por no cumplir con esto. Los cargos enumerados en Salmo 82:2 al 4 reflejan las leyes de la Torá, que identifican a los “dioses” como líderes de Israel (Deut. 1:16-18; 16:18-20; Juan 10:33-35). Dios les pregunta a los “hijos de los hombres” si juzgan con justicia, y se anuncia su castigo, porque se los halló injustos. Los dirigentes andan a tientas en medio de la oscuridad, sin conocimiento (Sal. 82:5), porque han abandonado la Ley de Dios, la luz (Sal. 119:105).
Las Escrituras sostienen invariablemente que el Señor es el único Dios. Dios comparte su gobierno del mundo con agentes humanos designados como sus representantes (Rom. 13:1). No obstante, cuántas veces estos representantes humanos, en la historia e incluso ahora, han pervertido la responsabilidad que se les ha dado.
Salmo 82 expone burlonamente la apostasía de algunos líderes que se creían “dioses” por encima de los demás. Aunque Dios dio la autoridad y el privilegio a los líderes israelitas, de que fueran llamados “hijos del Altísimo” y de representarlo, Dios reniega de los líderes perversos. Dios les recuerda que son mortales y que están sujetos a las mismas leyes morales que todos los demás. Nadie está por encima de la Ley de Dios (Sal. 82:6-8).
Dios juzgará al mundo entero; también el pueblo de Dios dará cuenta a Dios. Tanto los dirigentes como el pueblo deben emular el ejemplo del Juez divino y depositar en él su última esperanza.
¿Qué tipo de autoridad ejerces sobre los demás? ¿Hasta qué punto ejerces esa autoridad con justicia y equidad? Presta atención a esto.
Miércoles, Febrero 07
Derrama sobre ellos tu ira
Lee Salmos 58:6 al 8; 69:22 al 28; 83:9 al 17; 94:1 y 2; y 137:7 al 9. ¿Qué sentimientos transmiten estos salmos? ¿Quién es el agente del juicio en estos salmos?
Algunos salmos suplican a Dios que se vengue de las personas y las naciones que pretenden dañar a los salmistas o a su pueblo, o que ya les han hecho daño. Estos salmos pueden parecer desconcertantes por su lenguaje duro y su aparente discordancia con el principio bíblico del amor a los enemigos (Mat. 5:44).
Sin embargo, la indignación de los salmistas ante la opresión es buena. Significa que el salmista se tomaba muy en serio el bien y el mal, más que mucha gente. Se preocupa, y mucho, por la maldad que hay en el mundo; no solo por la maldad que lo afecta a él personalmente, sino también a los demás.
Sin embargo, el salmista no se propone, en ningún momento, ser el encargado de vengarse; al contrario, deja la retribución únicamente en manos de Dios. Los salmos evocan las maldiciones del Pacto divino (Deut. 27:9-16) e imploran a Dios que actúe como lo ha prometido.
Los salmos son proclamas proféticas sobre el inminente juicio de Dios; no son tan solo las oraciones del salmista. Salmo 137 refleja los anuncios del juicio divino sobre Babilonia, como se observa en los profetas. La devastación que los babilonios causaron a otras naciones se volvería contra ellos. Los salmos transmiten las advertencias divinas de que el mal no quedará impune para siempre.
La retribución de Dios se mide con justicia y gracia. Los hijos de Dios están llamados a orar por quienes los maltratan, e incluso a desear su conversión (Sal. 83:18; Jer. 29:7).
Sin embargo, al tratar de armonizar estos salmos con las normas bíblicas de amar a los enemigos, debemos tener cuidado de no minimizar la experiencia agonizante que se expresa en ellos. Dios reconoce el sufrimiento de sus hijos y les asegura que, “a los ojos del Señor, muy estimada es la muerte de sus santos” (Sal. 116:15). El juicio divino obliga al pueblo de Dios a alzar su voz contra todo mal y a buscar la venida del Reino de Dios en su plenitud. Los salmos también dan voz a los que sufren, haciéndoles saber que Dios es consciente de su sufrimiento y que, un día, se hará justicia.
¿Quién no tiene, a veces, pensamientos o fantasías acerca de la venganza contra quienes han hecho un daño terrible a él o a sus seres queridos? ¿Cómo pueden ayudarte estos salmos a analizar estos sentimientos desde una perspectiva correcta?
Jueves, Febrero 08
El juicio del Señor y el santuario
Lee Salmos 96:6 al 10; 99:1 al 4; y 132:7 al 9 y 13 al 18. ¿Dónde tiene lugar el juicio de Dios y qué implicaciones tiene la respuesta para nosotros? ¿Cómo nos ayuda el Santuario a entender la manera en que tratará Dios el mal?
El Juicio del Señor está estrechamente relacionado con el Santuario. El Santuario fue el entorno donde el salmista cambió su percepción acerca del problema del mal (Sal. 73:17-20). El Santuario fue designado como el lugar del juicio divino, como indicaban el juicio del Urim (Núm. 27:21) y el pectoral del juicio del sumo sacerdote (Éxo. 28:15, 28-30). En consecuencia, muchos salmos representan a Dios en su Trono en el Santuario, listo para juzgar al mundo por su pecado y su maldad.
En el Santuario se revelaba el plan de salvación. En el paganismo, el pecado se entendía principalmente como una mancha física, que debía eliminarse mediante ritos mágicos. En contraste, la Biblia presenta el pecado como una violación de la Ley moral de Dios. La santidad de Dios significa que él ama la justicia y la rectitud. Del mismo modo, el pueblo de Dios debe buscar la justicia y la rectitud y debe adorar a Dios en su santidad. Para hacerlo, debe guardar la Ley de Dios, que es una expresión de su santidad.
Por consiguiente, el Santuario es el lugar del perdón del pecado y de la restauración de la justicia, como indican el propiciatorio del Trono de Dios y los “sacrificios de justicia” (Deut. 33:19; Sal. 4:5).
Sin embargo, el “Dios perdonador” se venga de las malas acciones de los impenitentes (Sal. 99:8). Las implicaciones prácticas de que el Santuario sea el lugar del juicio divino se manifiestan en la conciencia constante de la santidad de Dios y en las exigencias de una vida recta conforme a los requisitos del Pacto de Dios.
El juicio del Señor desde Sion trae como resultado el bienestar de los justos y la derrota de los impíos (Sal. 132:13-18). El Santuario alentaba las jubilosas expectativas de la venida del Señor como Juez, especialmente durante el Día de la Expiación. Asimismo, los salmos refuerzan la certeza de la inminente llegada del Juez divino (Sal. 96:13; Sal. 98:9); a saber, Jesucristo en el Santuario celestial (Apoc. 11:15-19).
Lee Romanos 8:34. ¿Cómo nos muestra este versículo que lo que Cristo está haciendo en el Santuario celestial es una buena noticia para su pueblo?
Viernes, Febrero 09
Para estudiar y meditar
Lee Elena de White, El discurso maestro de Jesucristo, “Las Bienaventuranzas”, pp. 19-76.
Muchos salmos son protestas contra la indiferencia humana ante la injusticia; son un rechazo a aceptar el mal. No están motivados por el deseo de venganza, sino por el celo de glorificar el nombre de Dios. Por eso, no es incorrecto que los justos se alegren cuando vean la venganza de Dios sobre el mal, porque así se restablecen en el mundo el nombre de Dios y su justicia (Sal. 58:10, 11). Estos salmos obligan a levantar la voz contra el mal y a anhelar la venida del Reino de Dios en su plenitud. En ellos, se nos da la seguridad del consuelo y la liberación divinos. ¡El Señor se levantará!
“Jesús dijo: ‘Cuando por mi causa os vituperen y os persigan […] gozaos y alegraos’. Señaló a sus oyentes que los profetas que habían hablado en el nombre de Dios habían sido ejemplos ‘de aflicción y de paciencia’ (Sant. 5:10). Abel, el primer cristiano entre los hijos de Adán, murió como mártir. Enoc caminó con Dios, y el mundo no lo supo. Noé fue escarnecido como fanático y alarmista. ‘Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles’. Y ‘otros fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección’ ” (Elena de White, El discurso maestro de Jesucristo, pp. 57).
Preguntas para dialogar:
Dado que la dolorosa constatación del mal en el mundo puede hacer que nos preguntemos si el Señor reina realmente, ¿cómo podemos desarrollar una fe inquebrantable que se mantenga firme incluso bajo la tentación? Es decir, ¿en qué debemos centrarnos para mantener nuestra fe en el amor, la bondad y el poder de Dios? ¿Qué debería decirnos la Cruz acerca de Dios y su carácter?
¿Por qué es importante no confiar en los medios humanos (autoridades, instituciones y movimientos sociales) como sabiduría y solución finales para la justicia en el mundo, sino confiar únicamente en la Palabra y el juicio de Dios?
¿Qué implicaciones prácticas podemos extraer de la verdad de que el Santuario es el lugar del juicio divino?
¿Cómo podemos entender el lenguaje duro de algunos salmos? ¿Cómo nos ayuda ese lenguaje a vernos reflejados en la humanidad de quienes los escribieron?




