Lección 6 Edición Maestros – Me levantaré – Sábado 10 Febrero 2024

RESEÑA

Texto clave: Salmo 12:5

En la lección 4, exploramos la idea de que Dios es nuestro abrigo, refugio, torre y fortaleza. Estas metáforas significan la verdad bíblica de que Dios está siempre al lado de sus hijos fieles, brindándoles protección y cuidado. Esta semana, estudiaremos una figura literaria similar: la de nuestro Dios, como Guerrero poderoso, que lucha por sus hijos. También consideraremos esta idea en el contexto de la opresión social, que era muy común en los tiempos bíblicos, al igual que en los nuestros, por desgracia. La temática de la opresión social, una de los principales en los libros proféticos del Antiguo Testamento, se repite a lo largo de Salmos. Aunque nos angustia el maltrato que sufren los pueblos por parte de sus dirigentes políticos, siempre podemos recurrir a la esperanza: ciertamente, el Señor es la defensa de los humildes.

 

COMENTARIO

La opresión social

La ley mosaica ordena al pueblo de Dios cuidar especialmente de tres grupos de personas: los extranjeros, los huérfanos y las viudas (Deut. 10:18; 14:29; 16:11, 14; 24:17-20; 26:12, 13; 27:19). Normalmente, estas personas no tenían una fuente de ingresos estable; muchas veces, no poseían tierras que pudieran trabajar ni labrar para mantener a su familia. En el mejor de los casos, estos ciudadanos marginales e inmigrantes trataban de encontrar lugares donde pudieran alquilar sus servicios o, como mínimo, donde se les permitiera recoger los frutos sobrantes y las gavillas detrás de los segadores (ver Rut 2:6-8). Estas personas no contaban con protección familiar. Dada su vulnerabilidad, podemos ver cómo el abuso de viudas, huérfanos y extranjeros se consideraba uno de los peores pecados de la sociedad en tiempos del Antiguo Testamento. Los profetas amonestaban regularmente al pueblo para que atendiera a esta clase desfavorecida (Isa. 1:17, 23; Jer. 7:6; 22:3; Eze. 22:7; Zac. 7:10).

Por eso, el salmista describe al Señor como “Padre de huérfanos y defensor de viudas” (Sal. 68:5). La promesa del salmo es: “El Señor guarda a los extranjeros, al huérfano y a la viuda sostiene, y trastorna el camino de los impíos” (Sal. 146:9; cf. Sal. 10:14). Nuestro Dios es el Dios de los oprimidos y los marginados.

En la actualidad, algunos lugares tienen programas sociales para ayudar a los huérfanos y a las viudas. Estos programas brindan oportunidades para ayudar a los pobres y los necesitados a salir adelante. Algunos Gobiernos también brindan una ayuda económica, muy necesaria. Pero siempre hay más necesitados, incluso dentro de la iglesia, de los que el sistema puede ayudar. Hoy en día, además de la pobreza, prevalecen otras formas de abuso y opresión, como el acoso y la tortura. Nosotros, como cristianos, debemos identificar a las víctimas de esa opresión e injusticia y ayudarlas. Debemos comprometernos fielmente a encontrar formas de atender sus necesidades.

La inmigración es otro de los retos que se plantean en muchos países del mundo. La inmigración ha sido un problema desde los primeros días de la historia de la humanidad. La gente siempre ha buscado mejores lugares para vivir y prosperar. Somos las manos de Dios: él nos pide que apoyemos y socorramos a los perdidos, los extraviados, los forasteros y los marginados de nuestra sociedad. Deberíamos invitar a los miembros de este grupo a fijar sus ojos en aquel que es el defensor de los huérfanos e inmigrantes.

Dios, el Guerrero divino

Hay una poderosa metáfora acerca de Dios en el Antiguo Testamento y, en menor escala, en el Nuevo Testamento, que no es demasiado popular entre los cristianos de hoy: Dios como guerrero. Esta idea puede resultar demasiado dura o militarista para una cultura que prefiere las expresiones del amor, la misericordia, la inclusión y la paz de Dios.

El “Señor de los ejércitos” (Jos. 5:14; 1 Sam. 1:11; 4:4; 17:45; 2 Sam. 7:26; Jer. 10:16; 31:35; 32:18; Amós 5:16; etc.) es una representación frecuente del carácter de Dios. Describe al Creador como General de los ejércitos celestiales que participa de un conflicto contra poderes malignos. Pero la Palabra de Dios también lo describe como un guerrero. “Varón de guerra” (Éxo. 15:3); “El Señor como guerrero saldrá” (Isa. 42:13, NBLA).

El salmista invoca esta metáfora en Salmo 18:3 al 19. Manifiesta haber sido liberado (Sal. 18:3) de un “poderoso enemigo, y de los que me aborrecían, aunque eran más fuertes que yo” (Sal. 18:17). Se describe a Jehová como un Guerrero, que lucha por su siervo, y como un Paladín que, montado en su caballo de guerra, empuña las armas en contra de los opresores de su pueblo. Lee atentamente los versículos 7 a 15. Hay cuatro escenarios:

Salmo 18:6-8: El Guerrero divino está en su castillo (su Templo); se conmueve con justa ira en favor de su siervo después de escuchar su oración. El Guerrero divino reacciona con furia en defensa de su siervo (Sal. 18:8).

Salmo 18:9-12: La descripción del Guerrero divino, que cabalga en un magnífico despliegue de poder, es impresionante. Esta imagen crea confianza en el corazón del siervo del Guerrero. Nuestro Dios no es ningún enclenque.

Salmo 18:13-15: En estos versículos, leemos acerca de un asalto montado por un Guerrero, junto con sus temibles municiones: piedras de granizo, fuego, flechas y relámpagos. Esta figura del Guerrero, con su arsenal figuradamente meteorológico y militar, connota a un poderoso Soldado que, encolerizado por la injusticia y la opresión, lucha valerosa y justamente por su siervo leal.

Salmo 18:16-19: Aquí leemos acerca de la liberación del siervo: el Guerrero lo rescata, lo emancipa y lo sostiene. “Me sacó a lugar amplio” (Sal. 18:19).

¡Qué descripción tan asombrosa y detallada de la obra del Señor en favor de sus hijos en las circunstancias más difíciles! Esta comprensión del carácter de Dios transformará el mundo, y a nuestra iglesia. Los oprimidos y los perseguidos deben descansar en la seguridad de que Dios lucha por ellos.

Reprimenda a los líderes

Salmo 82 constituye una fuerte reprimenda a los líderes, que tienen la influencia y el poder para cambiar la situación “al débil y al huérfano […], al afligido y al menesteroso”, pero no los ejercen (Sal. 82:3).

Los salmos describen una reunión en la que se reprende a los dirigentes por su negligencia e indiferencia hacia los oprimidos. “¿Hasta cuándo juzgarán ustedes injustamente y se pondrán de parte de los impíos?” (Sal. 82:2). ¿Son algunos líderes menos culpables de estos delitos en nuestros días? El sufrimiento de los pobres y los necesitados, ¿no es el resultado de la corrupción? Además, ¿no es nuestro propio egoísmo y codicia lo que hace que nos centremos en nosotros mismos y en nuestras familias y olvidemos a los que nos rodean y necesitan nuestro apoyo? La caridad debe empezar en casa, en nuestra propia vida y nuestra familia. Deberíamos enseñar a nuestros hijos a ser siempre amables y generosos con los necesitados.

El salmista nos recuerda que somos “dioses” e “hijos del Altísimo” (Sal 82:6). Dios creó a los seres humanos a su imagen y semejanza (Gén. 1:26), lo que significa que somos seres inteligentes con conciencia moral. Por lo tanto, debemos apoyar al afligido, al forastero y al necesitado. Cualquiera que sea nuestro ámbito, ya sea el vecindario o el lugar de trabajo, debemos esforzarnos por ser una fuente de ayuda para los necesitados.

El juicio de Dios

El estudio del jueves nos invita a considerar la difícil situación de los oprimidos en el contexto del Juicio Final en el Santuario celestial (Sal. 96:6-10; 99:1-4; 132:7-9, 13-18) y el gran conflicto entre Dios y Satanás, como se describe especialmente en los libros de Daniel y Apocalipsis.

Daniel 7 revela dos intenciones del Juicio Preadvenimiento en el Cielo: castigar al opresor (Dan. 7:26) y vindicar al oprimido (Dan. 7:22). El Juicio confirma que las acciones de Dios favorecen a los justos.

En el libro del Apocalipsis, el Juicio tiene lugar en el Santuario. En Apocalipsis 6, nos enteramos de que, figuradamente, “las almas de los que habían sido muertos por la palabra de Dios y por el testimonio que habían dado”, están “debajo del altar” (Apoc. 6:9). Reciben vestiduras blancas mientras esperan la acción final del Señor para redimirlos de la muerte.

Apocalipsis 8 comienza con la visión de las siete trompetas (Apoc. 8:2), que reciben los siete ángeles que están de pie cerca del altar de oro “ante el trono” de Dios (Apoc. 8:3). Las trompetas son un símbolo del juicio del Creador contra los poderes que han perseguido al pueblo de Dios durante los largos siglos de la historia humana (ver los siete sellos de Apoc. 6; 7). El Santuario es el lugar donde el Señor actúa en favor de su pueblo para salvarlo y protegerlo de sus opresores. Por eso, no es coincidencia que las siete últimas plagas entregadas a los siete ángeles sean lanzadas desde el Templo, la sede del juicio de Dios (Apoc. 15:5, 6).

De esta manera, cuando el libro de Salmos expresa la certeza de que los creyentes pueden orar al Cielo en busca de liberación, esta afirmación es una seria acusación contra los opresores del pueblo de Dios y una fuente de fe para los oprimidos. “Entremos en sus tiendas, adoremos ante su estrado. Señor, levántate al lugar de tu reposo, tú y el arca de tu poder” (Sal. 132:7, 8).

La verdad bíblica de este versículo revela un hecho en el que haríamos bien en meditar como creyentes fieles. Sí, debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para ayudar y sostener a los necesitados, a las viudas y a los huérfanos. Pero debemos tener siempre presente que la solución final y completa a toda opresión y sufrimiento vendrá del Cielo. No debemos dejarnos engañar por la idea de que la iglesia puede lograr la justicia social en la Tierra, ni de que el principal objetivo de la iglesia es librar batallas políticas para intentar resolver todas las injusticias del mundo. Ese tipo de cuestiones complicadas solo puede resolverlas totalmente el Señor de los ejércitos. Nuestra fe debe centrarse en la promesa de la acción divina en nuestro favor y no en la fuerza ilusoria del poder humano, que es un espejismo en el mejor de los casos.

APLICACIÓN A LA VIDA

Dios es el refugio y el amparo de los que están en apuros; pero también es el Guerrero divino que lucha por los oprimidos. Además, es un líder proactivo. Por lo tanto, debemos ser proactivos a la hora de afrontar los problemas sociales a los que nos enfrentamos hoy en el mundo. Por supuesto, no podemos resolver todos estos problemas, pero podemos esforzarnos por tener un impacto positivo en nuestra comunidad y en la vida de los vulnerables y los oprimidos que nos rodean: los pobres, los marginados y los perseguidos. Podemos realizar una labor significativa para cambiar la vida de las minorías marginadas por la sociedad, como hizo Jesús en su época en favor de los recaudadores de impuestos, los pecadores (Mat. 9:10), las prostitutas (Luc. 7:37-39) y los marginados (Mat. 15:21-28).

La reprimenda del salmista a los dirigentes comunitarios y políticos (Sal. 82) también nos incluye a nosotros, si somos indiferentes al sufrimiento o a las injusticias de la sociedad y no las abordamos ni las aliviamos. Por último, debemos recordar que la solución final para los males de nuestro mundo injusto vendrá del Santuario celestial. Hagamos nuestra parte, confiando en el Guerrero divino para el resultado final de la justicia.

Radio Adventista
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