RESEÑA
Las últimas semanas han puesto de relieve que la misión tiene su origen en la iniciativa de Dios, y que Dios nos llama a la misión. Esta semana, la atención se centra en la realidad de que algunos que han tenido una experiencia con Dios evitan el llamado a la misión y el privilegio de compartir la experiencia de amor que han tenido.
En algún momento, todos los que han tenido una experiencia con Dios se enfrentarán a la tentación de evitar compartir esta experiencia con los demás. Es mejor admitir con humildad esta realidad, en lugar de suponer que esa tentación solo les ocurre a los demás. Una vez que reconocemos que nos enfrentamos a esta tentación en algún momento, es más fácil avanzar intencionalmente para salir de esta zona de evasión y entrar en el espacio más saludable de compartir el amor de Dios con los demás.
En última instancia, las excusas para evitar la misión son tentaciones del diablo, que no quiere que nadie escuche o experimente la bondad de Dios. De esta manera, evitar la misión no es simplemente faltar al deber, sino perder la oportunidad de llevar a los demás a un camino más profundo y significativo con Dios y hacia una vida más abundante. La siguiente sección de comentarios describe dos posibles formas en las que se utilizan las excusas para evitar la misión. Estas excusas no son las únicas, pero son dos de las más importantes. El primer ejemplo se demuestra mediante la historia de los discípulos en el huerto del Getsemaní. El segundo ejemplo extraerá puntos críticos de la historia de Jonás.
COMENTARIO
Getsemaní
Cuando Jesús se acercaba a sus últimas horas de vida en la Tierra antes de ser arrestado, juzgado y muerto, llevó a los discípulos al huerto de Getsemaní para orar. Jesús pidió a los tres discípulos que estaban más cerca de él que oraran con él y permanecieran despiertos mientras él oraba, porque la carga de lo que le estaba sucediendo era muy pesada. Jesús necesitaba desesperadamente el consuelo de sus amigos en ese momento (Mat. 26:36-45).
Desgraciadamente, los discípulos, que amaban sinceramente a Jesús y lo consideraban un Amigo querido, no pudieron cumplir la petición, y se durmieron. Esta negligencia ocurrió dos veces; los discípulos se volvieron complacientes y permitieron que su somnolencia les impidiera compartir las cargas del Señor. Antes de que tuvieran la oportunidad de enmendarlo, Jesús fue arrestado y se lo llevaron (Mat. 26:47-56). De este modo, los discípulos perdieron la oportunidad de servir a aquel a quien tanto amaban.
El problema en esta situación no era que los discípulos nunca hubieran experimentado el amor de Jesús; a estas alturas, ya tenían muchas pruebas que demostraban su amor por ellos. Ni siquiera era que se hubieran alejado mucho de Jesús; al fin y al cabo, estaban con él en el huerto. Sin embargo, se instaló en ellos un sentimiento de complacencia. Los discípulos no podían entender lo importante que era permanecer despiertos y orar por Jesús en ese momento crucial. Los discípulos perdieron la oportunidad de compartir el amor del Padre con aquel que tanto les había enseñado sobre el amor.
Es triste decirlo, pero hoy en día a menudo somos culpables de la misma complacencia y negligencia. Tenemos hermosas experiencias con Jesús. Y somos abiertamente seguidores de Jesús. Pero la realidad, cuando miramos más de cerca, es que muchos de nosotros nos hemos vuelto complacientes en nuestra fe. Esta complacencia a menudo ocurre sutilmente. Cuando reflexionamos sobre nuestra vida, nos damos cuenta de que no amamos a los demás de forma tangible. Al igual que los discípulos, sabemos que Jesús es bueno y que queremos estar con él, pero caemos en un estado de somnolencia espiritual, y perdemos múltiples oportunidades de compartir el amor de Dios con un mundo desesperado. Necesitamos recordarnos unos a otros, respetuosamente, que debemos mantenernos despiertos y estar siempre dispuestos a compartir el amor que hemos experimentado con un mundo que sufre.
Jonás
La segunda excusa que ponemos para evadir la misión se materializa en forma de oportunidades perdidas, en la historia de Jonás. Esta forma de excusa difiere de la negligencia y la complacencia que mostraron los discípulos en Getsemaní. Sin embargo, la segunda excusa, al igual que la primera, también es frecuente. La historia de Jonás ejemplifica la segunda excusa en varios casos. Aunque la historia tiene muchas facetas, el libro de Jonás es, en esencia, como acabamos de afirmar, una historia de oportunidades perdidas.
Jonás conocía a Dios y profetizó en su nombre en Israel antes de recibir el llamado para ir a Nínive (2 Rey. 14:25). Pero su labor profética anterior siempre había sido entre israelitas y consistió en hechos alentadores en favor de Israel. El trabajo de Jonás no incluía profetizar entre los enemigos de Israel. Al leer todo el libro de Jonás, observamos que tuvo muchos problemas para amar a gente proveniente de un trasfondo no judío.
En el libro de Jonás encontramos dos importantes oportunidades perdidas. La primera tiene lugar en la embarcación que Jonás abordó para huir de Dios. Durante la tormenta, Jonás estaba rodeado de marineros que adoraban a otras deidades. Sin embargo, durante esta tormenta, los marineros rogaron a Jonás que orara a su Dios, con la esperanza de que su intercesión cambiara las cosas (Jon. 1:6). Jonás nunca oró. La solución de Jonás fue cometer “suicidio asistido” (Jon. 1:12). A estas alturas de la historia, Jonás no sabía que un gran pez le salvaría la vida, por lo que pidió que lo arrojaran por la borda hacia la muerte.
Los marineros, que tenían un corazón más compasivo que Jonás, al principio se negaron, hasta que no tuvieron otra opción (Jon. 1:13). (Recuerda la lección anterior sobre estar abiertos a recibir una bendición de aquellos con quienes te encuentras.) La tormenta cesó cuando Jonás fue arrojado por la borda. Como resultado, los marineros sintieron un nuevo respeto por el Dios de Jonás. El problema fue que Jonás perdió la oportunidad de orar a Dios en lugar de proponer una solución humana. Esta oportunidad les habría proporcionado a los marineros una comprensión más completa y clara de quién es Dios.
La segunda oportunidad perdida llegó después de que Jonás predicó en Níni- ve. La gente aceptó el mensaje de Jonás y se arrepintió. Pero no pudo encontrar a Jonás por ninguna parte. Él había subido a una colina cercana con la esperanza de ver la destrucción de Nínive (Jon. 4:5). Al no ver materializados sus deseos, Jonás se enfadó con Dios (Jon. 4:1). Jonás revela la verdadera razón de sus excusas para evadir la misión de Dios: le dice al Señor que él sabía que Dios es un Ser amoroso y compasivo y que, por lo tanto, probablemente perdonaría a los ninivitas (Jon. 4:2). Como reconocía esta verdad bíblica, Jonás no quería hacer misión entre personas que no eran de su agrado, porque no quería que experimentaran la bondad de Dios.
El libro de Jonás es el único libro de la Biblia que termina con una pregunta (Jon. 4:11). La pregunta es directa. Dios le pregunta a Jonás: “¿Por qué no puedes amar a la gente como yo lo hago?” Dado que Jonás se negaba a amar a sus enemigos, estaba fuera de la ciudad cuando debería haber estado adentro, ayudando al pueblo de Nínive a dar los siguientes pasos en su relación con Dios. La negativa de Jonás se convirtió en una oportunidad perdida.
Las excusas de Jonás estaban envueltas en lo que hoy llamamos etnocentrismo, prejuicios y racismo. Jonás experimentó el amor de Dios en su vida y sabía que Dios era compasivo. Pero no pudo superar sus sentimientos de orgullo nacionalista. Como creía que era mejor que los demás, no estaba dispuesto a hacer actividad misionera, como Dios deseaba. Qué historia tan triste. No obstante, hoy podemos seguir aprendiendo de ella.
El interrogante al final del libro de Jonás es una pregunta que debemos hacernos personalmente y a nuestras iglesias. ¿Demostramos amor por la comunidad que nos rodea, especialmente por la gente que tiene un aspecto diferente del nuestro o procede de otras partes del mundo? Con demasiada frecuencia, he escuchado conversaciones en la iglesia o en la Escuela Sabática que revelan prejuicios y actitudes etnocéntricas perjudiciales. Estas actitudes suelen ir acompañadas de excusas de por qué ciertos grupos quedan fuera de nuestra misión. Esa forma de pensar no difiere de la mentalidad de Jonás.
Jonás no comprendió que, cuando Dios muestra amor y compasión por los de- más, su manifestación divina de misericordia debe servirnos de recordatorio de que Dios ha hecho lo mismo por nosotros. Cuando haces obra misionera, compartes el amor de Dios y ves cómo transforma la vida de la gente, esa experiencia también puede mejorar tu propia vivencia con Dios. Esta experiencia también puede llevarte a nuevas relaciones humanas con gente que puede ser muy diferente de ti pero que comparte una relación con Jesús. Jonás podría haber hecho nuevos amigos en el barco con los cuales compartir su fe; lo mismo ocurrió en Nínive. Por desgracia, esas oportunidades se perdieron porque Jonás optó por excusas arraigadas en su orgullo egoísta y su etnocentrismo.




