Lección 2 Edición Adultos – SEÑALES DE DIVINIDAD – Sábado 12 de Octubre 2024 (4to Trimestre)

IA Para Docentes

Sabado, Octubre 05

Señales de divinidad

Lee para el estudio de esta semana

Juan 6:1-15; Isaías 53:4-6; 1 Corintios 5:7; Juan 6:26-36; 9:1-41; 1 Corintios 1:26-29; Juan 11.

Para memorizar
“Jesús respondió: ‘Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?’ ” (Juan 11:25, 26).

La Biblia deja en claro que Jesucristo es el Hijo eterno, uno con el Padre, no creado ni engendrado. Jesús es quien creó todo lo que existe (Juan 1:1-3). Por lo tanto, Jesús siempre ha existido; nunca hubo un momento en el que no haya existido. Aunque Jesús vino a este mundo y tomó sobre sí nuestra humanidad, siempre conservó su divinidad y, en momentos concretos, dijo e hizo cosas que la revelaron.

Esta verdad era importante para Juan. Por eso, al relatar algunos de los milagros de Jesús, Juan los utilizó para señalar la divinidad de Cristo. Jesús no solo dijo cosas que revelaban su divinidad, sino también respaldó sus palabras con hechos que la corroboraron.

La lección de esta semana examina tres de las mayores señales o evidencias de la divinidad de Jesús. Lo sorprendente es que, en cada caso, algunas personas no creyeron en el milagro o no percibieron su significado. Algunas de ellas se alejaron de Jesús; otras profundizaron su ceguera espiritual; y otras tramaron la muerte de Jesús. Aun otros aceptaron la evidencia que se les ofreció y creyeron en Jesús como el Mesías.

 

Domingo, Octubre 06

La alimentación de los cinco mil

En Juan 6:4 y 5, el apóstol se esfuerza por afirmar que el momento de la alimentación de los cinco mil ocurrió cerca de la Pascua, una conmemoración de la liberación de Israel de Egipto. El cordero pascual sustituía a la muerte de los primogénitos. Este sacrificio simbolizaba la muerte de Jesús en nuestro favor. En la Cruz, el castigo que merecíamos por nuestros pecados recayó sobre Jesús. En efecto, Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado por nosotros (1 Cor. 5:7).

“Cargó con la culpabilidad de la transgresión y sufrió tanto, cuando su Padre apartó su faz de él, que su corazón fue destrozado y su vida aniquilada. Hizo todos esos sacrificios a fin de redimir al pecador” (Elena de White, El conflicto de los siglos, p. 529).

Lee Juan 6:1 al 14. ¿Qué paralelos se pueden encontrar aquí entre Jesús y Moisés? Es decir, ¿qué hizo Jesús que debería haber recordado a la gente la liberación que sus antepasados habían recibido a través del ministerio de Moisés?

Numerosos detalles de esta historia representan un paralelo con Moisés en el Éxodo. El momento de la Pascua (Juan 6:4) apunta a la gran liberación respecto de Egipto. Jesús sube a una montaña (Juan 6:3), así como Moisés ascendió al Sinaí. Jesús pone a prueba a Felipe (Juan 6:5, 6) como los israelitas fueron puestos a prueba en el desierto. La multiplicación de los panes (Juan 6:11) recuerda al maná. La recolección de las sobras (Juan 6:12) recuerda la del maná por parte de los israelitas. Se recogen doce cestas de sobras (Juan 6:13), el número de las tribus de Israel. Y la gente comenta que Jesús es el profeta que viene al mundo (Juan 6:14), paralelismo con el “profeta como Moisés” predicho en Deuteronomio 18:15. Todo esto señala a Jesús como el nuevo Moisés, venido para liberar a su pueblo.

Así, Juan muestra a Jesús haciendo señales y prodigios, que en su contexto deberían haber tenido un significado especial para el pueblo judío. Les estaba mostrando, en esencia, su propia divinidad.

Lee Isaías 53:4 al 7 y 1 Pedro 2:24. ¿Qué gran verdad enseñan estos textos acerca de Jesús como Cordero de Dios? ¿Cómo se relaciona su divinidad con esta verdad y por qué es la verdad más importante que podemos conocer?

 

Lunes, Octubre 07

“Realmente, este es el profeta”

Lee Juan 6:14, 15 y 26 al 36. ¿Cómo respondió la gente a su milagro y cómo lo utilizó Jesús para enseñarles quién era?

Los judíos esperaban un mesías terrenal que los librara de la opresión del Imperio Romano. Dos de las cosas más difíciles en una guerra son alimentar a las tropas y cuidar de los heridos, además de disponer de los caídos en acción. Los milagros de Jesús hicieron que se lo viera como quien podía resolver eso.

Pero Jesús no había venido para eso, y ese no era el propósito de su milagro. En lugar de ello, el relato de la alimentación de los cinco mil dio la oportunidad de ilustrar que Jesús es el Pan de vida, que Dios mismo descendió del Cielo. Dijo: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre” (Juan 6:35).

Esta es la primera de las siete afirmaciones “Yo soy” del Evangelio de Juan, en las que la declaración “Yo soy” está relacionada con algún predicado: “el pan de vida” (Juan 6:35); “la luz del mundo” (Juan 8:12); “la puerta” (Juan 10:7, 9); “el buen pastor” (Juan 10:11, 14); “la resurrección y la vida” (Juan 11:25); “el camino, la verdad y la vida” (Juan 14:6); “la vid verdadera” (Juan 15:1, 5). Cada una de ellas apunta a una verdad importante acerca de Jesús. Las afirmaciones “Yo soy” se remontan a Éxodo 3, donde Dios se presenta a Moisés como el gran YO SOY (comparar con Juan 8:58). Jesús es ese gran YO SOY. Pero la gente no captó nada de eso.

“Con corazón desconforme, preguntaban por qué, si Jesús podía hacer obras tan admirables como las que habían presenciado, no podía dar a todos los suyos salud, fuerza y riquezas, librarlos de sus opresores y exaltarlos al poder y la honra. El hecho de que aseverara ser el Enviado de Dios, y, sin embargo, se negara a ser el Rey de Israel era un misterio que no podían sondear. Su negativa fue mal interpretada. Muchos concluyeron que no se atrevía a presentar sus derechos porque él mismo dudaba del carácter divino de su misión. Así abrieron su corazón a la incredulidad, y la semilla que Satanás había sembrado llevó fruto según su especie: incomprensión y deserción” (Elena de White, El Deseado de todas las gentes, p. 355).

Buscaban el beneficio material, no la verdad que perdura eternamente. Esta es una trampa que todos enfrentamos potencialmente si no somos cuidadosos.

¿Cómo podemos evitar quedar atrapados en las cosas materiales a expensas de lo espiritual?

 

Martes, Octubre 08

La curación del ciego: Parte 1

Lee Juan 9:1 al 16. ¿Cuál era, según los discípulos, la causa de la ceguera de este hombre? ¿Cómo corrigió Jesús esas ideas erróneas?

Los discípulos relacionaron la enfermedad con el pecado. Varios pasajes del Antiguo Testamento apuntan en esa dirección (comparar con Éxo. 20:5; 2 Rey. 5:15-27; 2 Rey. 15:5; 2 Crón. 26:16-21), pero la historia de Job debería haber sido suficiente para demostrar que tal conexión no es siempre el caso.

Jesús aclara el asunto, sin negar que exista a veces cierta relación de causa y efecto entre el pecado y el sufrimiento, pero en este caso señalando un propósito más elevado: que Dios sería glorificado por la curación. El relato contiene ciertas afinidades con la historia de la Creación, cuando Dios formó al primer hombre del polvo de la tierra (Gén. 2:7), del mismo modo que Jesús hace barro para suplir al ciego de lo que carecía al nacer.

En Mateo, Marcos y Lucas, los relatos de milagros siguen un patrón común: la descripción del problema, la presentación de la persona a Jesús, la curación y el reconocimiento de la curación con alabanzas a Dios.

En el relato de Juan 9, esta secuencia se completa en Juan 9:7. Pero, como es típico en Juan, el significado del milagro se convierte en un tema de discusión mucho más amplio, que conduce a una larga interacción entre el hombre curado y los líderes religiosos. Esta sorprendente discusión gira en torno a dos pares de conceptos entrelazados y contrapuestos: pecado/obras de Dios y ceguera/visión.

El narrador informa al lector recién en Juan 9:14 que Jesús hizo este milagro en sábado, lo que según la tradición, no la Biblia, significaba violar el cuarto Mandamiento. Por lo tanto, los fariseos lo consideraron un transgresor del sábado. La conclusión de ellos fue que él no venía de Dios, pues sostenían que “no guardaba el sábado”. Pero a otros les parecía preocupante que un pecador pudiera hacer tales señales (Juan 9:16).

La discusión está lejos de terminar, pero ya aparece una división. El ciego tiene cada vez más claro quién es Jesús, pero los dirigentes religiosos están cada vez más confundidos o ciegos en cuanto a su verdadera identidad.

¿Qué debería decirnos esta historia acerca del peligro de estar tan cegados por nuestras propias creencias y tradiciones que pasemos por alto verdades importantes y evidentes?

 

Miércoles, Octubre 09

La curación del ciego: Parte 2

Lee Juan 9:17 al 34. ¿Qué preguntas hicieron los líderes al ciego y cómo respondió él?

Esta larga sección de Juan 9 es la única parte del Evangelio en la que Jesús no es el actor principal, aunque ciertamente es el tema de discusión. Así como la cuestión del pecado dio inicio a la historia (Juan 9:2), los fariseos piensan que Jesús es un pecador porque sanó al ciego en sábado (Juan 9:16, 24), y calumnian al hombre sanado diciéndole: “En pecado eres nacido del todo” (Juan 9:34).

Se produce una curiosa inversión. El ciego ve cada vez más, no solo físicamente, sino también espiritualmente, a medida que crece su aprecio por Jesús y su fe en él. Los fariseos, por el contrario, se vuelven cada vez más ciegos en su entendimiento: primero, divididos acerca de Jesús (Juan 9:16); y luego, sin saber de dónde vino (Juan 9:29).

Mientras tanto, su relato de este milagro da a Juan la oportunidad de decirnos quién es Jesús. El tema de las señales en Juan 9 se entrecruza con otros temas del Evangelio. Juan reafirma que Jesús es la Luz del mundo (Juan 9:5; comparar con Juan 8:12). El relato también aborda el misterioso origen de Jesús. ¿Quién es? ¿De dónde viene? ¿Cuál es su misión? (Juan 9:12, 29; comparar con Juan 1:14). La figura de Moisés, a la que se hace referencia en anteriores relatos de milagros, también aparece en este capítulo (Juan 9:28, 29; comparar con Juan 5:45, 46 y Juan 6:32). Por último, está el tema de la respuesta de la multitud. Algunos aman más las tinieblas que la luz, mientras que otros responden con fe (Juan 9:16-18, 35-41; comparar con Juan 1:9-16; 3:16-21; 6:60-71).

Lo que asusta aquí es la ceguera espiritual de los líderes religiosos. Un mendigo antes ciego puede declarar: “Desde el principio del mundo no se ha oído que nadie abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si este no fuera de Dios, nada podría hacer” (Juan 9:32, 33). Sin embargo, los líderes religiosos, los guías espirituales de la nación, quienes debieron ser los primeros en reconocer a Jesús y aceptarlo como el Mesías, no pueden verlo a pesar de toda la poderosa evidencia. En realidad, no quieren verlo. ¡Qué poderosa advertencia acerca de cómo nuestros corazones pueden engañarnos!

Lee 1 Corintios 1:26 al 29. ¿Cómo armoniza lo que Pablo escribe allí con lo que sucedió en esta escena, y cómo se aplica el mismo principio incluso ahora?

 

Jueves, Octubre 10

La resurrección de Lázaro

Juan 11 está lleno de tristeza: la triste noticia de la enfermedad de un querido amigo (Juan 11:1-3); el llanto por su muerte (Juan 11:19, 31, 33); el lamento de las hermanas de que Lázaro no habría muerto si Jesús hubiera estado presente (Juan 11:21, 32); y las propias lágrimas de Jesús (Juan 11:35).

Jesús esperó dos días antes de emprender el viaje hacia el hogar de Lázaro (Juan 11:6) y dijo incluso que se alegraba de no haber ido antes (Juan 11:14, 15). Esto no fue un acto de insensibilidad hacia el sufrimiento de Lázaro y de sus hermanas, sino su deseo de revelar más plenamente la gloria de Dios.

Cuando llegamos a Juan 11:17 al 27, Lázaro llevaba cuatro días muerto y su cuerpo ya estaba en franco proceso de descomposición. Como dijo Marta: “Señor, hiede ya, que es de cuatro días” (Juan 11:39). Sin duda, el retraso de Jesús solo contribuyó a que el milagro que siguió fuera aún más asombroso. ¿Resucitar un cadáver en avanzado estado de descomposición? ¿Qué mejor prueba podía dar Jesús de que era Dios mismo?

Y, como Dios, como aquel que creó la vida al comienzo, Jesús tenía poder sobre la muerte. Así, Jesús aprovecha esta oportunidad, la de la muerte de Lázaro, para revelar una verdad crucial acerca de él mismo. “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre” (Juan 11:25, 26).

Lee Juan 11:38 al 44. ¿Qué hizo Jesús para apoyar su afirmación?

Así como Jesús demostró que él es la Luz del mundo (Juan 8:12; 9:5) al dar la vista al ciego (Juan 9:7), aquí resucita a Lázaro de entre los muertos (Juan 11:43, 44), demostrando así que él es la Resurrección y la Vida (Juan 11:25).

Este milagro, más que ningún otro, señala a Jesús como el Dador de vida, como Dios mismo. Es, además, un fuerte apoyo a la aseveración de Juan de que Jesús es el Hijo divino de Dios, y de que quienes creen pueden tener vida a través de él (Juan 20:30, 31).

Sin embargo, cuando llegamos al final de esta asombrosa historia (Juan 11:45-54), que suscitó la fe en muchos de sus testigos (Juan 11:45), se despliega una poderosa pero triste ironía: Jesús demuestra que puede resucitar a los muertos, pero sus enemigos creen que pueden detenerlo matándolo. ¡Qué ejemplo de las debilidades humanas en contraste con la sabiduría y el poder de Dios!

 

Viernes, Octubre 11

Para estudiar y meditar

Lee en El Deseado de todas las gentes, de Elena de White, los capítulos “La crisis en Galilea” (pp. 353-364), “Lázaro, ven fuera” (pp. 495-506) y “Conspiraciones sacerdotales” (pp. 507-512).

“La vida de Cristo, que da vida al mundo, está en su palabra. Fue por su palabra como Jesús sanó la enfermedad y echó los demonios; por su palabra calmó el mar y resucitó los muertos; y la gente dio testimonio de que su palabra era con autoridad. Él hablaba la palabra de Dios, como había hablado por medio de todos los profetas y los maestros del Antiguo Testamento. Toda la Biblia es una manifestación de Cristo, y el Salvador deseaba fijar la fe de sus seguidores en la Palabra. Cuando su presencia visible se hubiese retirado, la Palabra sería fuente de poder para ellos. Como su Maestro, habían de vivir ‘con toda palabra que sale de la boca de Dios’.

“Así como nuestra vida física es sostenida por el alimento, nuestra vida espiritual es sostenida por la palabra de Dios. Y cada alma ha de recibir vida de la Palabra de Dios para sí. Como debemos comer por nosotros mismos a fin de recibir alimento, así hemos de recibir la Palabra por nosotros mismos. No hemos de obtenerla simplemente por medio de otra mente. Debemos estudiar cuidadosamente la Biblia, pidiendo a Dios la ayuda del Espíritu Santo a fin de comprender su Palabra” (Elena de White, El Deseado de todas las gentes, p. 360).

Preguntas para dialogar:

Esta semana vimos a Jesús alimentando a los cinco mil, sanando a un hombre ciego de nacimiento y resucitando a Lázaro. En cada caso, Jesús proporcionó una poderosa evidencia de su divinidad. Sin embargo, estos milagros, por asombrosos que fueran, crearon división. Algunos respondieron con fe; otros, con duda. ¿Qué nos enseña esto acerca de cómo, incluso frente a poderosas evidencias, las personas pueden elegir rechazar a Dios?

Todos estos relatos señalan a Cristo como el Hijo divino de Dios. ¿Por qué su divinidad es tan importante para la fe en Jesús como Salvador?

Vuelve a leer 1 Corintios 1:26 al 29. ¿De qué manera vemos este mismo principio en acción en el siglo XXI?

¿Cuáles son algunas de las cosas “insensatas” que creen los cristianos y de las que los “sabios según la carne” se burlan y rechazan? ¿Qué creemos nosotros que también “avergüenza” a los “poderosos”?

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