EL SÁBADO ENSEÑARÉ…
RESEÑA
Texto clave: Éxodo 3:7, 8.
Enfoque del estudio: Éxodo 3:1-4:31.
Introducción
Dios se reveló a Moisés y lo llamó a ser su siervo para liberar a su pueblo de Egipto y conducirlo a la Tierra Prometida. Moisés se sintió abrumado por ese desafío y pidió a Dios que eligiera a otra persona.
Temática de la lección
En nuestro estudio de Éxodo 3 y 4 subrayaremos un hecho crucial: cuando Dios llama a su pueblo a realizar una tarea específica, también lo equipa y capacita para llevarla a cabo. El llamado y la capacitación van de la mano. El Señor otorga los dones y las habilidades espirituales necesarios. No debemos preocuparnos, aunque la tarea sea enorme y supere con creces nuestras capacidades. Dios está al mando. Debemos permitir que él sea Dios en nuestra vida y confiar plenamente en sus promesas.
Podemos confiar en él. Nuestra responsabilidad es seguirlo y serle obedientes. La estructura de estos dos capítulos, que se refieren a la intervención de Dios en favor de su pueblo, puede dividirse en cuatro partes principales:
1. El encuentro de Dios con Moisés (Éxo. 3:1-4:17), que incluye una introducción, un llamado a cumplir una misión (Éxo. 3:1-10) y cuatro secciones que tratan acerca del diálogo entre el Señor y Moisés: (1) Éxodo 3:11, 12; (2) Éxodo 3:13-22; (3) Éxodo 4:1-9; y (4) Éxodo 4:10-12, además de un epílogo consistente en la última súplica de Moisés, la ira de Dios y el envío de Aarón en apoyo de Moisés (Éxo. 4:13-17).
2. El regreso de Moisés a Egipto con su esposa y sus dos hijos, y la garantía de la ayuda de Dios a Moisés (Éxo. 4:18-23).
3. El problema de la circuncisión (Éxo. 4:24-26).
4. Los encuentros de Moisés con Aarón, los ancianos y los israelitas (Éxo. 4:27-31). Se anticipan grandes y poderosos actos de Dios. El pueblo cree y adora al Dios viviente que obrará para su redención.
COMENTARIO
El acontecimiento más transformador en la vida de Moisés fue su encuentro personal con el Señor durante la experiencia de la zarza ardiente. Este incidente alteró radicalmente su vida. Tenía ochenta años en el momento del suceso, y vivía una vida plena, estable y bien adaptada. Estaba casado, tenía dos hijos, vivía en Madián y era útil al Señor. En sus momentos de tranquilidad, mientras cuidaba ovejas, Dios lo inspiró para que pusiera por escrito dos libros bíblicos: Job y Génesis. Evidentemente, Moisés estaba satisfecho con su vida familiar y su experiencia con el Señor.
Entonces ocurrió una perturbación en su apacible rutina cotidiana: Moisés vio una zarza ardiente que no era consumida por las llamas que la envolvían.
Cuando el Señor llamó la atención de Moisés, le dijo cuán preocupado estaba por la situación de los israelitas en Egipto, por su miseria, opresión, esclavitud, sufrimiento y pedidos de auxilio. El Señor declaró: “He descendido a librarlos” (Éxo. 3:8). Llamó a los israelitas “mi pueblo” (Éxo. 3:10) y quiso conducirlos a una nueva tierra. La llamamos la Tierra Prometida porque Dios dio su palabra a Abraham, Isaac y Jacob de que sus descendientes heredarían Canaán. Había llegado el momento de que Dios actuara, y Moisés sería el instrumento por medio del cual cumpliría su promesa.
Moisés fue llamado por Dios mismo para volver a Egipto, de donde había huido cuarenta años antes (1490 a. C.) para salvar su propia vida. Moisés debía reunirse ahora con el faraón Tutmosis III (1504-1450 a. C.), a quien conocía personalmente desde la época en que vivía en el palacio. Hatshepsut, la madre adoptiva de Moisés, había muerto en el año 1482 a. C. Cuando Dios pidió a Moisés que regresara y cooperara con él para liberar a los israelitas, le dio dos órdenes: “Por tanto ve, yo te envío a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, a los israelitas” (Éxo. 3:10). En este versículo, Dios utilizó dos imperativos que no resultan tan evidentes en nuestras traducciones bíblicas modernas. Dios dijo enfáticamente a Moisés: (1) “Ve” y (2) “saca de Egipto a mi pueblo”. He allí el llamado de Dios a Moisés.
Las cuatro excusas de Moisés y las cuatro promesas de Dios “¿Quién soy yo?” frente a “Yo estaré contigo” (Éxo. 3:11, 12) Cuando escuchó las órdenes “ve” y “saca a mi pueblo de Egipto”, Moisés no estuvo dispuesto a acatarlas y empleó cuatro estrategias para rehuir la misión que se le encomendaba. En primer lugar, se escudó en su humildad y formuló una excelente pregunta: “¿Quién soy yo?” Es importante reconocer nuestra insuficiencia e incapacidad para hacer lo que Dios nos pide.
El poder para avanzar en pos de la conducción divina no reside en nosotros, sino en el hecho de que Dios nos capacita cuando lo seguimos humildemente. Sin embargo, Moisés fue más allá de este reconocimiento para eludir la comisión divina.
En respuesta, Dios aseguró a Moisés que estaría con él (la misma expresión “estaré” se utiliza en los vers. 12 y 14) y que tanto él como los israelitas adorarían a Dios en ese mismo monte, el Sinaí, donde ahora estaban. Esta promesa lo incluía todo, pues la presencia de Dios junto a su pueblo incluye todo lo necesario. En tal sentido, el mensaje implícito en el nombre “Emmanuel” (“Dios con nosotros”) es la promesa más importante.
“¿Cuál es tu nombre?” frente a “Yo soy el que soy” (Éxo. 3:13-22) La segunda excusa de Moisés consistió en interrogar a Dios acerca de su nombre. Esta vez se escudó en la ignorancia del pueblo, alegando con razón que no conocían a Dios personalmente; por lo tanto, ¿cómo sabrían que Moisés era el líder designado por Dios?
El Señor le explicó pacientemente que era el Dios verdadero, eterno y personal; el Dios de la historia, que dirigió a Abraham, Isaac y Jacob, los antepasados de Israel; el Dios que se comunicó con ellos y los cuidó de manera amorosa y misericordiosa; el que les prometió llevarlos a “una tierra que mana leche y miel” (Éxo. 3:17) y bendecirlos abundantemente. El Señor se identificó como el Dios de los hebreos, quien les prometió que cuando salieran de Egipto no lo harían con las manos vacías, sino con muchos dones preciosos que les habían sido retenidos durante el tiempo en que estuvieron esclavizados.
“Ellos no me creerán, ni oirán mi voz” frente a las poderosas señales de Dios (Éxo. 4:1-9) La tercera objeción de Moisés fue la incredulidad de los israelitas: “Ellos no me creerán, ni oirán mi voz”. En respuesta, Dios le dijo que le permitiría realizar dos milagros como demostraciones irrefutables de que lo había elegido como su instrumento para liberar a su pueblo de Egipto: (1) el cayado de Moisés se transformaría en serpiente y viceversa, y (2) la mano de Moisés quedaría leprosa y sería luego sanada. “Nunca he sido hombre de fácil palabra” (Éxo. 4:10) frente a “te enseñaré lo que hayas de hablar” (Éxo. 4:12).
El cuarto pretexto de Moisés para no ir a Egipto fue simple: “No soy buen orador. Nunca he sido elocuente”. Moisés estaba diciendo que no le resultaba fácil formular argumentos y que no dominaba las lenguas egipcia y hebrea. Aquello era comprensible tras cuatro décadas sin usar la lengua egipcia. En respuesta, Dios aseguró a Moisés que le daría la capacidad de expresarse persuasiva y articuladamente pues es el Creador: “Yo estaré en tu boca [es decir, te ayudaré a expresarte], y te enseñaré lo que hayas de hablar” (Éxo. 4:12). Esta promesa nos recuerda un relato similar que aparece en Jeremías 1:5 al 8.
Éxodo 4:13 al 17 describe la excusa final de Moisés y la reacción de Dios ante ella. Moisés estaba acorralado. Todas sus excusas fueron poderosamente refutadas por Dios mismo. ¿Qué haría? Debía definir claramente su posición aceptando o rechazando el llamado de Dios. Sorprendentemente, Moisés se negó a aceptarlo incluso después de que Dios le hizo promesas excepcionales: “Por favor, envía a otro” (Éxo. 4:13).
Ahora se invierten los papeles, ya que Moisés no solo rechaza los imperativos de Dios (“ve” y “saca de Egipto a mi pueblo”), sino también se atreve a decir al Señor lo que este debería hacer, aunque introduce su respuesta con una expresión de respeto: “Por favor, Señor, envía a otro”. El que debía obedecer da, en cambio, indicaciones a Dios. ¡Qué contradicción!
En ese momento, el texto bíblico afirma que “el Señor se enojó con Moisés” (Éxo. 4:14). No obstante, Dios presenta una solución, la persona de Aarón, el hermano de Moisés, quien “ahora […] sale a recibirte” (Éxo. 4:14). Dios conocía de antemano la respuesta negativa de Moisés y ya había enviado a Aarón para animar a ambos a trabajar juntos para cumplir la misión encomendada. Aarón sería la “boca” de Moisés; es decir, el portavoz que comunicaría la palabra del Señor al faraón y al pueblo.
¡Cuán amoroso y bondadoso es Dios! Él ofrece una solución donde nosotros solo vemos oscuridad.
Moisés siguió las instrucciones de Dios con gran vacilación. La Biblia no consigna la respuesta de Moisés a la solución divina, pero los versículos siguientes muestran que fue a Egipto. Como buen hombre de familia, primero habló con Jetro acerca de su designación divina, y su suegro lo envió a Egipto con su bendición. Así, Moisés siguió adelante. De allí en más, todo fluiría de maneras inesperadas.
APLICACIÓN A LA VIDA
1. Todo en nuestra vida depende del concepto que tenemos de Dios. ¿Quién es Dios para ti? ¿Cómo ves y entiendes la presencia de Dios en tu vida? ¿Qué imagen de Dios cultivas?
2. Las relaciones son lo más importante para el Señor, no un objeto, una posesión, un logro, una agenda o una actuación. Él es el Dios de las relaciones. Las relaciones humanas comienzan con una relación vertical con él y se traducen en relaciones horizontales con los demás. ¿De qué manera el encuentro de Moisés con Dios lo convirtió en una nueva persona y en un gran líder?
3. El llamado que Dios nos hace es como una amplia autopista con diferentes sendas o carriles. Normalmente, la tarea o vocación más exigente puede ayudarnos a descubrir que eso es lo que Dios quiere que hagamos. El Señor nunca nos lleva por un camino fácil o egocéntrico. Él quiere nuestro crecimiento y lo mejor para nosotros. Su Palabra nos ordena seguir adelante, aunque la tarea parezca abrumadora o exceda nuestras capacidades. ¿Cómo puedes reconocer el llamado y la vocación que Dios tiene para ti en la vida y estar seguro de ir en pos de ello?
4. Deseamos hacer la voluntad de Dios en armonía con el plan que tiene para nosotros. ¿Qué excusas das a Dios que te impiden aceptar su plan para tu vida? ¿Qué promesas bíblicas necesitas reclamar para llenarte de esperanza y valor mientras recorres tu senda con Dios? ¿Cómo te animan esas promesas en tu servicio a los demás?




