Jonathan Gallagher Lección 2. – La zarza ardiente (3T 2025 El Éxodo de Egipto)

Lección 2. La Zarza ardiente(3T 2025 El Éxodo de Egipto)

Textos bíblicos Éxodo 18:3, 4; Éxodo 3:1–22; Gén. 22:11, 15–18; Éxodo 6:3; Joel 2:32; Éxodo 4:1–31; Gén. 17:10, 11.

Citas

  •  No nos preguntamos por qué Dios eligió como profeta a un tartamudo con fobia a hablar en público. Pero deberíamos. El libro de Éxodo no da muchas explicaciones, pero sus historias sugieren que la introversión es el yin del yang de la extroversión; que el medio no siempre es el mensaje; y que la gente siguió a Moisés porque sus palabras eran reflexivas, no porque las pronunciara bien. Susan Cain
  •  Cuando Dios hace sentir Su presencia a través de nosotros, somos como la zarza ardiente: a Moisés no le importó qué tipo de arbusto era, solo vio el resplandor del Señor. George Eliot
  •  Frente a lo Divino, la gente se refugiaba en lo banal, como si respondiera una pregunta cósmica de opción múltiple: Si vieras una zarza ardiente, ¿(a) llamarías al 911, (b) buscarías los malvaviscos, o (c) reconocerías a Dios? Un número increíblemente pequeño de personas reconocería a Dios… Mary Doria Russell
  •  Moisés era un hombre olvidado en el desierto, pero Dios tenía a Moisés justo donde lo quería y se encontró con él en una zarza ardiente. Michael Catt
  •  Cada arbusto es una zarza ardiente y el mundo está lleno de Dios. C.S. Lewis
  •  La tierra está llena de cielo, y cada arbusto común arde con Dios, pero solo aquel que lo ve se quita los zapatos; los demás se sientan alrededor y recogen moras. Elizabeth Barrett Browning

Para debatir
¿Por qué elige Dios hablar con Moisés desde una zarza ardiente? ¿Cómo sabe Moisés que es Dios quien está hablando? ¿Por qué discute Moisés con Dios, diciendo que no quiere hacerlo, en lugar de simplemente aceptar la tarea? ¿Qué relevancia tienen las afirmaciones de Moisés sobre su dificultad para hablar? ¿Qué lecciones aprendemos de la experiencia de Moisés?

Resumen bíblico
Éxodo 18:3, 4 registra los nombres que Moisés dio a sus hijos en Madián, y revelan que aún reflexionaba sobre su vida pasada. Éxodo 3:1–22 es el llamado de Dios a Moisés desde la zarza ardiente. Génesis 22:11, 15–18 relata al ángel del Señor gritando a Abraham desde el cielo.
En Éxodo 6:3 Dios se identifica a Moisés como Yahvé. Joel 2:32 declara que todo el que invoque el nombre del Señor será salvo. En Éxodo 4:1–31 Moisés discute con Dios diciendo que no puede hacer lo que Él le pide. Génesis 17:10, 11 es la instrucción de Dios a Abraham sobre la circuncisión como señal del pacto.

Comentario
Repasemos la historia: Moisés había huido y se había escondido en Madián. Se había visto obligado a dejarlo todo atrás, incluso a su propio pueblo, porque había matado a un egipcio. Encontró un lugar donde quedarse y terminó casándose con una de las mujeres de Madián. Un día, después de haber estado allí muchos años, se encontró con una zarza que estaba en llamas. Luego notó que, aunque estaba en llamas, no se consumía. ¡Simplemente seguía ardiendo! Moisés se acercó a la zarza para mirarla más de cerca. Al acercarse, una voz salió de la zarza: “¡Moisés! ¡Moisés!”Una zarza en llamas que no se consume ahora habla. ¡Hay que admitir que es muy inusual! La voz continuó: “Quítate las sandalias, porque el lugar donde estás es tierra santa.” Moisés debió de mirar sus pies. ¿Tierra santa? No parecía diferente del resto del desierto que había recorrido. ¿Por qué era santa?Entonces la voz de la zarza le dijo: “Yo soy el Dios de tus padres: Abraham, Isaac y Jacob.”

Eso es lo que hacía santa la tierra: ¡la presencia del Dios de sus padres!
¿Cómo habrías reaccionado tú? Por supuesto, quedaría claro que esto era verdaderamente sobrenatural—las zarzas no arden sin consumirse. ¡Tampoco hablan! Ciertamente prestarías atenciónCuando la voz te llama por tu nombre, y se identifica como el Dios de tus padres, ¿entonces qué?Tendrías razón al sentir miedo. De hecho, sin saber qué iba a pasar, ¡quizás mucho miedo! Porque este encuentro no es “normal”. Muy lejos de eso. Moisés se cubre el rostro…
Ahora bien, no es la zarza ardiente lo importante. Eso solo llama tu atención. Lo importante es el motivo de su aparición. En el monasterio de Santa Catalina en el Sinaí puedes encontrar la zarza ardiente que vio Moisés. Al menos, eso es lo que te dirán con reverencia los custodios. Por supuesto, ahora no está ardiendo, y se parece a cualquier otro arbusto seco de la zona.

Por eso también esa zarza del monasterio es irrelevante. No importa si es la zarza “auténtica” o no. Porque cualquier zarza sirve. Lo especial de la zarza está en la presencia de Dios, no en alguna característica única del arbusto. La clave aquí es encontrarse con Dios. Tal vez Moisés ya había aceptado su destino en la vida. Durante muchos años vivió una vida privilegiada en el palacio del faraón. Luego, por su imprudente asesinato de un egipcio, se vio obligado a huir al desierto y se convirtió en pastor, viviendo con Jetro en Madián. Hablamos de altibajos en la vida. Pero ahora Dios se encuentra con él y le da esta tarea desafiante.
¿Cuál es la respuesta de Moisés? “¡Yo no soy nadie!” Éxodo 3:11. No se siente capaz de ir y enfrentarse al faraón y sacar a los israelitas de Egipto. Curiosamente, parece más preocupado por la reacción que recibiría de sus propios compatriotas. Moisés realmente debate con Dios—claramente no cree poder hacer lo que Dios le pide. También menciona su dificultad para hablar (¿un impedimento?) hasta que Dios permite que Aarón lo acompañe. ¿Qué aprendemos aquí? Que Dios realmente puede hacer lo que dice, incluso en las tareas difíciles. Y puede ayudarnos con nuestras habilidades limitadas. ¡La vida de Moisés es testimonio de esto!

Comentarios de Elena de White
La zarza ardiente, en la cual Cristo se apareció a Moisés, revelaba a Dios. El símbolo elegido para representar a la Deidad fue un arbusto humilde, aparentemente sin atractivo alguno. En él moraba el Infinito. El Dios todo misericordioso cubrió Su gloria bajo una forma sumamente humilde, para que Moisés pudiera contemplarla y vivir. Así también, en la columna de nube durante el día y la columna de fuego durante la noche, Dios se comunicaba con Israel, revelando Su voluntad a los hombres y dándoles Su gracia. La gloria de Dios estaba atenuada, y Su majestad velada, para que la débil visión de los hombres finitos pudiera contemplarla. De la misma manera, Cristo debía venir en “el cuerpo de nuestra humillación” (Filipenses 3:21, RVR), “en semejanza de hombres”. A los ojos del mundo no poseía belleza alguna que lo hiciera deseable; sin embargo, era Dios encarnado, la luz del cielo y de la tierra. Su gloria estaba velada, Su grandeza y majestad escondidas, para que pudiera acercarse a los hombres tristes y tentados. {El Deseado de Todas las Gentes, 23.2}

En soledad, Moisés repasó su vida de vicisitudes y dificultades desde que renunció a los honores del palacio y a un reino prometedor en Egipto para unirse al destino del pueblo escogido de Dios. Recordó aquellos largos años en el desierto con los rebaños de Jetro, la aparición del Ángel en la zarza ardiente y su propio llamado para liberar a Israel… Al repasar los resultados de sus esfuerzos, su vida de pruebas y sacrificios parecía haber sido casi en vano. Sin embargo, no se arrepentía de las cargas que había llevado. Sabía que su misión y su obra habían sido designadas por Dios mismo. Cuando fue llamado por primera vez a ser el líder de Israel en su salida de la esclavitud, se sintió incapaz de asumir tal responsabilidad; pero una vez que tomó el trabajo, no abandonó la carga… Aunque sus pruebas fueron grandes, disfrutó de señales especiales del favor de Dios; obtuvo una rica experiencia durante su estancia en el desierto, al presenciar las manifestaciones del poder y la gloria de Dios, y en la comunión de Su amor; sentía que había tomado una decisión sabia al escoger sufrir aflicción con el pueblo de Dios antes que gozar de los placeres del pecado por un tiempo. {Patriarcas y Profetas, 472.1}

Preparado y escrito por: © Jonathan Gallagher 2025
Traducción: Shelly Barrios De Ávila

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