Solo se pueden imaginar las dolorosas emociones de Pablo cuando habló de la vida y la muerte en su carta a los filipenses. Su frágil situación de vida o muerte como prisionero en Roma debió de hacer que su público se incorporara y prestara atención. Reconocía, más que nadie, que la muerte es más que lo opuesto a la vida. Es el enemigo que mantiene a toda la humanidad en esclavitud.
Por un lado, la muerte le aliviaría de sus muchas tribulaciones y aceleraría el tiempo en que vería a Jesús cara a cara. ¿Quién no lo aceptaría y lo llamaría ganancia? Pero, por otro lado, vivir más tiempo le daría la oportunidad de llegar a más personas con el evangelio.
Pablo sabía que lo más seguro era poner su vida en manos de Dios y confiarle el resultado, fuera cual fuera. Por suerte, sus escritos a las iglesias acabarían llegando a mucha más gente de la que jamás se pensó posible en aquel momento. Dios sabía exactamente cuándo y cómo sería mejor que terminara la vida de Pablo. Así como Él tiene un plan para cada uno de nuestras vidas, cuando nos ponemos bajo su cuidado y cuidado.




