Desde Adán y Eva, a lo largo de los siglos, Dios siguió repitiendo Su promesa de enviar a Alguien (una Simiente, les dijeron en Génesis 3:15) que los salvaría del gobierno de Satanás. A otros les fue revelado que de Jacob saldría una Estrella (Números 24:17), vendría el Príncipe de Paz (Isaías 9:6), el Mesías (Daniel 9:24-27), y sería llamado Jesús ( Mateo 1:21).
A Abraham, uno de esos primeros patriarcas, se le dijo que dejara su país y su familia extendida y fuera a donde Dios lo guiara. De uno de sus descendientes vendría el Prometido. Isaac, nacido de Sara, y luego su hijo Jacob, se convirtieron en herederos de la bendición dada a Abraham (Hebreos 11:9).
La misma fe que hizo que Abraham obedeciera y fuera a donde Dios lo envió debería inspirarnos a ir a lugares lejanos, si es allí donde somos llamados. Como Abraham, nuestra confianza en Dios nos convertirá en una bendición, dondequiera que seamos enviados.




