Una mera declaración de alguien diciendo que es el Salvador del mundo no sería suficiente para convencer a la mayoría de la gente. Jesús tuvo que incluir señales, obras y prodigios para fundamentar sus afirmaciones de divinidad. Y, sin embargo, muchos todavía cuestionaban Su autoridad y se negaban a creer quién era Él.
Convertir el agua en vino (Éxodo 7:17), limpiar el templo (Salmo 69:9) y ser ungido con el don fragante de María (Daniel 9:24) fueron solo algunas de las muchas señales que indicaban quién era Él.
Su misión terrenal estuvo llena de buenas obras: hacer que los ciegos vieran y los sordos oír, limpiar a los leprosos y hacer caminar a los cojos. Estas condiciones físicas eran un símbolo de las enfermedades espirituales tan rampantes en aquella época. Por supuesto, hizo estas cosas para mejorar las vidas de las personas pobres y marginadas, pero también para recordarnos nuestra débil condición espiritual.
Se cree que dos de sus señales y prodigios más increíbles fueron cuando alimentó a la multitud y resucitó a los muertos, especialmente a Lázaro, que llevaba muerto varios días. Estos eventos estuvieron más allá de cualquier cosa hecha por cualquier profeta, verdadero o falso, antes o después.




