Los primeros reformadores se emocionaron al encontrar las Escrituras, que durante tanto tiempo habían estado fuera de su alcance para su estudio e iluminación. Sin embargo, la luz que brillaba en sus páginas era tan brillante que las verdades que revelaba debían descubrirse gradualmente con el tiempo.
El objetivo de estos primeros teólogos innovadores era simplemente llevar la palabra de Dios, en su totalidad, a la población, permitiéndoles descubrir sus enseñanzas y hacerlas suyas. Para ello, se dieron cuenta de que la Biblia debía traducirse al idioma hablado del pueblo. Para John Wycliffe, en el siglo XIII, eso significaba el idioma inglés. Entonces emprendió con entusiasmo la tarea de traducir la Vulgata latina al inglés.
Tener la Biblia a su disposición convirtió sus tristezas en gozo, sus dudas en certeza y sus debilidades en fortaleza. Ningún estudio casual y superficial satisfaría a estos reformadores. Se saturaron de la luz que fluía de las páginas de las Escrituras que ahora tenían a su disposición.




