A muchos de nosotros se nos ha enseñado que cuando hacemos lo mejor que podemos, Dios hace el resto. Pero Martín Lutero descubrió que, en realidad, Dios lo hace todo. Nuestros esfuerzos no tienen ningún valor cuando se trata de ser salvos. Esto no quiere decir que la obediencia no sea importante en la vida cristiana, pero la obediencia, o incluso la fe, no es lo que nos salva. “Porque por gracia sois salvos mediante la fe, y no de vosotros mismos; es don de Dios” (Efesios 2:8).
Este versículo fue una buena noticia para Lutero, quien había pasado años tratando de agradar a Dios mediante rituales opresivos y actos de penitencia que la iglesia romana imponía a sus seguidores. Cuán emocionante debe haber sido para él descubrir que sólo Cristo llevó una vida perfecta, y que su justicia puede ser nuestra, con sólo pedirla.
Junto con el principio de sola scriptura, se agregaron sola gratia y sola fide como ideas bienvenidas sobre el carácter misericordioso y amoroso de Dios. Sólo por Su gracia y nuestra fe en Él somos preparados para la vida eterna en el reino celestial de Dios.




