La misión de Dios tiene varias fases. Cada fase deja claro que el mundo entero recibirá lo que Pedro llamó “la verdad presente” (2 Pedro 1:12).
A Abraham se le dio una idea acerca del Mesías, uno de sus descendientes, que bendeciría a “todas las familias de la tierra” (Génesis 12:3).
Antes de que Jesús regresara al cielo, dio a sus discípulos la comisión de predicar acerca de su vida, muerte y resurrección, haciendo discípulos de “todas las naciones” (Mateo 28:19).
Y finalmente, Juan, el Revelador, nos desafía a advertir a otros, para que “toda nación, tribu, lengua y pueblo” pueda prepararse para el Juicio venidero (Apocalipsis 14:6).
El evangelio de salvación es para toda la humanidad. Tanto los santos como los pecadores tienen la libertad de elegir su destino. Jesús murió por todos nosotros (2 Corintios 5:15). Por lo tanto, el mundo es el público previsto para escuchar el evangelio, sin importar raza, etnia o cualquier otra barrera terrenal.
Dios no hace nada sin revelarlo de antemano a través de Sus siervos, para que todos conozcan el alcance de Su ley de amor (Amós 3:7). Difundir la verdad presente de los mensajes de los tres ángeles es ahora nuestra misión




