La Biblia comienza con la historia de la creación, ofreciendo mucha visión del Dios al que servimos. Aprendemos en el primer capítulo del Génesis que Él es un Ser poderoso, lo suficientemente poderoso como para dar vida a nuestro planeta, incluyendo a todas sus formas de vida, solo por Su palabra. “Entonces Dios dijo… y así fue”. El nombre hebreo de Elohim refleja este lado majestuoso de su carácter, mostrándonos que es capaz de proveer para todas nuestras necesidades.
Sin embargo, el método que Dios eligió para crear al hombre, registrado en Génesis 2, nos informa de un lado más cercano e íntimo de Dios. El nombre Yahvé se utiliza aquí para retratar a Dios como un Ser más personal. Aquel que insufló en las fosas nasales de Adán el aliento de vida desea estar tan cerca de cada uno de nosotros como lo estuvo de la primera pareja en el Jardín del Edén, que solo se dice que fueron hechos “a su imagen”.
Qué privilegio es saber que somos hijos de Dios, hechos a Su imagen y, como tales, herederos de Su trono en el cielo. Se nos ofrecen muchos otros destellos de nuestro Padre celestial a lo largo de Su santa palabra y en nuestro hermoso mundo natural.




