El rey David, llamado “el dulce salmista de Israel” (2 Samuel 23:1), es el principal contribuyente de los Salmos. Desempeñó un papel importante en la redacción y organización de la liturgia, o rituales públicos de adoración, basados en estos salmos.
Sin embargo, hubo muchos otros contribuyentes, principalmente músicos del templo de la tribu de los levitas, que contribuyeron a los escritos del libro de los Salmos. Además, el rey Salomón, hijo de David, escribió los Salmos 72 y 127. Moisés incluso tiene una oración registrada en uno de los salmos, el Salmo 90.
Todos estos salmistas representan personas devotas que tenían una fe profunda, pero que no eran inmunes al desánimo y luchaban contra la tentación como el resto de nosotros. Sus dificultades y alegrías nos alcanzan por igual, ya que en ocasiones clamaron a Dios, lo alabaron y glorificaron y ofrecieron sus promesas leales de seguirlo. Sus palabras resuenan con muchas de las experiencias que todos encontramos mientras nos esforzamos por conocer mejor a Dios.




