EL SÁBADO ENSEÑARÉ…
RESEÑA
Texto clave: Zacarías 9:12.
Enfoque del estudio: Génesis 3:17-24; Deuteronomio 6:3; Josué 13:1-7; Hebreos 12:28; Levítico 25:1-5, 8-13; Ezequiel 37:14, 25.
Las Escrituras enfatizan la conexión entre el pueblo de Dios y la tierra, de inicio a fin. La tierra es un tema importante en el estudio de las primeras cosas (protología) y en el de las últimas cosas (escatología) en la Biblia. La lección de esta semana examinó la dimensión teológica de la tierra desde la perspectiva de la conquista. En el centro de Josué, tras la toma inicial del territorio, se aborda su división entre las doce tribus. Aunque algunos lectores pueden encontrar tediosos los detalles geográficos, son cruciales para transmitir el mensaje del libro, ya que muestran cómo Dios cumple la promesa hecha a los antepasados de Israel.
En este contexto, la tierra es una entidad literal y física, un lugar donde Israel podría comenzar de nuevo. Sin embargo, a medida que se desarrolla la historia de la Redención, el carácter tipológico de la tierra se hace más claro. Tras siglos, Israel mismo es exiliado, y durante el cautiverio babilónico surge la esperanza del retorno. Judá vuelve, pero no encuentra un descanso permanente, que solo se encuentra en la obra del Mesías. En Jesús, el descanso espiritual presente no anula el futuro retorno literal, cuando el pueblo de Dios poseerá nuevamente la tierra. Mientras tanto, vivimos como refugiados, exiliados de nuestro verdadero hogar, viajando hacia nuestra tierra real que está definida, no por confines geográficos, sino por la morada de Dios entre su pueblo.
COMENTARIO
La teología de la tierra: Entre la Creación y la nueva Creación
Este cuadro resume la teología bíblica de la tierra desde Génesis hasta Apocalipsis:
Fase de la historia de la RedenciónTipo de movimientoRelación con la tierraReferencias bíblicasPlan original – EdénSedentarioPosesiónGénesis 1, 2JuicioNomádico (fuera)ExilioGénesis 3–11PromesaNomádico (adentro)PeregrinajeGénesis 12– Deuteronomio 34RestauraciónSedentarioPosesiónJosué 1, 2; 2 Reyes 24JuicioNomádico (fuera)Exilio2 Reyes 25; Jeremías; EzequielPromesaNomádico (adentro)PeregrinajeIsaías 40–65; Hageo; ZacaríasRestauraciónSedentarioPosesiónEsdras; NehemíasRestauración mesiánicaSedentario
Nomádico (adentro)Posesión (ya)
Peregrinación (todavía no)Nuevo TestamentoPlan original – Nuevo EdénSedentarioPosesiónApocalipsis 21, 22
En el plan original de Dios, la humanidad estaba destinada a gobernar la Tierra (Gén. 1:28) y habitar en un lugar de placer eterno llamado el Jardín del Edén (Gén. 2:8). Allí Adán y Eva podrían disfrutar de un contacto directo con Dios (Gén. 3:8). En ese estado sedentario, disfrutarían de la vida eterna, condicionada a su lealtad al Creador. Sin embargo, el pecado trastocó este plan original, dando lugar al primer desplazamiento de la historia humana. Bajo el juicio, Adán y Eva experimentaron el exilio, al salir del Jardín (Gén. 3:23, 24). Desde un punto de vista teológico, la consecuencia de la desobediencia es el desplazamiento del lugar diseñado por Dios. En este sentido, la primera familia se convirtió también en los primeros refugiados espirituales, viviendo como nómadas, a la espera de regresar.
La primera señal de un posible regreso apareció en el llamado de Abraham, en el que Dios le ordenó: “Deja tu tierra […] y ve a la tierra que te mostraré” (Gén. 12:1, NVI). En la historia de la Salvación, la importancia del llamado de Abraham puede apreciarse solo cuando uno se da cuenta de que marcó una transición del juicio a la promesa. Aunque los descendientes de Abraham fueron nómadas durante varios siglos, la obediencia del patriarca puso en marcha el viaje para que pudieran asentarse en la Tierra Prometida. En el camino, Abraham experimentó períodos de exilio, al abandonar temporalmente la tierra y regresar más tarde (Gén. 12:10-20; 20:1-17). De manera similar, sus descendientes también atravesaron ciclos de salida y regreso, como cuando se convirtieron en refugiados en Egipto, y más tarde en esclavos, hasta que Dios intervino en su favor (Éxo. 6:5). Jacques Doukhan resume apropiadamente el significado teológico de estos viajes nómadas: “A través de estos viajes nómadas de la familia-simiente, que nunca llega, nunca se satisface, siempre anhela el hogar, el libro de Génesis vibra con la pulsación de la esperanza. Aunque probaron las bendiciones divinas, signos del fiel cumplimiento de la promesa de Dios, Adán, Noé y los patriarcas continuaron esperando la victoria divina final sobre el mal y la muerte. Porque solo esto los llevaría a ellos, y a nosotros, la Creación entera, de regreso al Jardín del Edén” (Genesis, Seventh-day Adventist International Bible Commentary 1 [Nampa, ID: Pacific Press, 2016], p. 37).
El peregrinaje de cuatrocientos años de los hijos de Abraham terminó con un viaje de cuarenta años por el desierto, donde el discurso final de Moisés, en Deuteronomio, preparó a Israel para la transición de la promesa a la restauración, de un estado nómada a un estado sedentario. Desde el punto de vista teológico, Josué guio a Israel en su regreso a la tierra de Dios. Este regreso no significa que Canaán sea la ubicación real del Jardín del Edén. Los límites geográficos no definen la tierra de Dios, sino más bien su presencia en medio de ella (Éxo. 25:8; 33:14).
De esta manera, el libro de Josué también marca una transición importante en la historia de la Salvación, cuando el pueblo de Dios debía tomar la tierra y disfrutar del descanso. Desafortunadamente, en tan solo una generación, Israel comenzó a vivir en desobediencia, y su control sobre la tierra se volvió tenue (Jos. 2:10-13). Desde el tiempo de los Jueces hasta el exilio, Israel luchó la mayor parte del tiempo para mantener el control sobre la tierra. Hacia el final de este período, Dios envió profetas para advertir a su pueblo sobre el juicio inminente debido a la ruptura del Pacto, pero no escucharon (Jer. 7:23-27). Bajo el juicio, Israel y Judá fueron exiliados del lugar que Dios había planificado para ellos (2 Rey. 17:7-40; 25:1-26). Durante el exilio, se volvieron nómadas una vez más, abandonando la tierra y yendo en dirección opuesta a Abraham (Sal. 137).
Sin embargo, el exilio no debía durar más de setenta años (Jer. 25:11, 12). En los libros proféticos, la promesa de regresar estaba estrechamente vinculada al mensaje inmutable del juicio. Este regreso equivalía a una nueva Creación (Isa. 65:17), con matices edénicos (Isa. 51:3; Eze. 36:35). Esdras y Nehemías, actuando como el Moisés de antaño, guiaron al pueblo de Dios de regreso a Canaán, con la promesa de que Dios bendeciría sus esfuerzos para restaurar Jerusalén. Desde Babilonia, ahora una provincia persa, el pueblo de Dios hizo una peregrinación hacia la tierra (Esd. 1; Neh. 2). A pesar de encontrar una fuerte oposición (Esd. 4), el pueblo finalmente logró reconstruir Jerusalén (Neh. 11; 12). Sin embargo, durante todo el proceso, Esdras y Nehemías tuvieron que luchar contra la apostasía que asolaba al pueblo rebelde de Israel (Esd. 10; Neh. 13). A pesar del avivamiento y la reforma espiritual que se produjeron en los primeros días, la posesión de la tierra se volvió incierta una vez más, y los judíos que regresaron sufrieron la opresión extranjera durante el período intertestamentario.
Con la llegada del Mesías, la luz volvió a brillar. El primer versículo del Nuevo Testamento ya mostraba que Jesús representaba un nuevo comienzo para la humanidad (Mat. 1:1). Jesús vino a vencer allí donde Adán había sido derrotado. El rechazo de Cristo a la tentación del diablo de darle todos los reinos de la Tierra no significa que Jesús no los conquistaría, sino que simplemente muestra que los conquistaría a la manera de Dios (Mat. 4:8-10). Como nuevo Adán, se convirtió en el gobernante de todas las naciones, cuyo reino no pasará (1 Cor. 15:22-26). Esta universalización de la tierra es evidente en el concepto del reino de Dios, que inauguró Jesús. Esta idea no es ni una espiritualización ni una reinterpretación del concepto de tierra del Antiguo Testamento. De hecho, está en sintonía con el aspecto universal del pacto abrahámico ya evidente en el contexto original (Gén. 12:3; 17:6, 16). Lo que hace el Nuevo Testamento es explicar cuándo y cómo se cumplirían las promesas.
La inauguración del reino de Dios en Jesús introduce una tensión que no siempre fue evidente en el Antiguo Testamento. Aunque Cristo trajo la restauración final, su pueblo todavía estaba en peregrinación. En cierto sentido, su pueblo ya era parte de su reino porque Dios “con él nos resucitó y nos sentó en el cielo con Cristo Jesús” (Efe. 2:6). Sin embargo, sus discípulos todavía eran nómadas en un mundo al que no pertenecían (Juan 17:11-19), mientras esperaban el cumplimiento total de la promesa.
La experiencia nómada del pueblo de Dios hacia su lugar definitivo de descanso llega a su fin en la Nueva Jerusalén, que se describe claramente, no solo como un regreso a la Tierra Prometida, modelada según el relato del Éxodo, sino también como un regreso al Edén. El río de la vida fluye por el centro de la ciudad y riega el árbol de la vida, que es accesible a todas las naciones. Como en el Edén antes de la caída, no hay lugar para la maldición del pecado y la muerte, y Dios reside una vez más con su pueblo (Apoc. 22:1-5). Aquí, la historia redentora vuelve al punto de partida. En el centro de todo se encuentra la Cruz, donde el Mesías pagó el rescate y el pasaje de ida con su sangre. El nuevo Adán es el que traerá de vuelta a casa a sus hijos refugiados. ¡Oh, qué día tan glorioso será ese!
APLICACIÓN A LA VIDA
Tierra y esperanza
En el contexto bíblico, la tierra y la esperanza están intrínsecamente conectadas. Esta conexión es evidente en Zacarías 9:12, donde Dios invita a los “cautivos de la esperanza” (NVI) a regresar. Estas personas habían estado esperando este llamado durante los largos años de exilio, y finalmente había llegado el momento de que regresaran a Jerusalén.
¿En qué te hace pensar la expresión “cautivos de la esperanza”?
¿Qué paralelos encuentras entre la experiencia de los exiliados en Babilonia y tu experiencia espiritual, particularmente en el contexto de la inminente Segunda Venida de Jesús?
Esperanza, amor y fe
Agustín de Hipona declaró: “Ni el amor existe sin la esperanza ni la esperanza sin el amor, y ninguna de las dos sin la fe” (El Enjiridion, 8). Estos tres elementos también aparecen juntos en la canción “Prisoner of Hope” [Prisionero de la esperanza], escrita por Benjamin Gaither, Jeff Silvey y Kim Williams:
“Soy un prisionero de la esperanza,
atado por mi fe, encadenado a tu amor,
encerrado en la gracia, soy libre de irme, pero nunca lo haré.
Maravillosamente, voluntariamente, libremente un prisionero de la esperanza”.
¿De qué manera ves la relación entre la esperanza, el amor y la fe en tu viaje espiritual?
Vivir como refugiado
Según la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados, hay aproximadamente 44 millones de refugiados en todo el mundo. La mayoría de ellos se han visto obligados a huir de sus países debido a la violencia, la inestabilidad política y la guerra. En la ley del Antiguo Testamento, la experiencia de Israel como extranjero en Egipto debía influir en la forma en que los israelitas debían tratar a los peregrinos entre ellos (Éxo. 23:9).
¿Cómo debería tu propia experiencia como peregrino espiritual influir en el modo en que tratas con los refugiados hoy en día?




