Lección 9 Edición Maestros. 2do Trimestre – El pecado, el evangelio y la Ley – Sábado 30 de Mayo 2026

EL SÁBADO ENSEÑARÉ…

RESEÑA

Texto clave: Mateo 5:17, 18.

Mateo 5:17-18

17 No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir.

18 Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido.

Enfoque del estudio: Sal. 119:93, 94; Ecl. 7:29; Mat. 7:24-29; Rom. 3:20.

Salmos 119:93-94

93 Nunca jamás me olvidaré de tus mandamientos, Porque con ellos me has vivificado.

94 Tuyo soy yo, sálvame, Porque he buscado tus mandamientos.

Eclesiastés 7:29

29 He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones.

Mateo 7:24-29

24 Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.

25 Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca.

26 Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena;

27 y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina.

28 Y cuando terminó Jesús estas palabras, la gente se admiraba de su doctrina;

29 porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.

Romanos 3:20

20 ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.

Se cuenta la historia de dos gemelos a quienes se enseñó desde pequeños que todo placer era pecado. Todas sus acciones estaban restringidas por reglas estrictas: no leas ese libro porque es pecado; no comas eso porque es pecado; no te rías porque es pecado; no vayas a ese lugar porque es pecado.

Cuando estos dos niños crecieron, sus caminos en la vida se separaron. Uno de los hermanos desarrolló un gran temor a lo prohibido y apenas se atrevía a salir de su casa por miedo a entrar en contacto con influencias moral o físicamente contaminantes. Incluso temía abrir las ventanas de su habitación y no se atrevía a consumir muchos de los productos disponibles en el mercado. Finalmente, murió a edad temprana como consecuencia de su desequilibrado estilo de vida.

El otro hermano, sin embargo, sufrió el problema opuesto. Desarrolló una fuerte inclinación por lo prohibido. Experimentó con diversas drogas y frecuentó todo tipo de antros. Desarrolló un gusto especial por ciertos alimentos prohibidos. No pasó mucho tiempo antes de que enfermara y muriera siendo aún joven a causa de sus excesos.

¿Era tan errónea la educación que recibieron esos hermanos durante su niñez? Después de todo, ¿no deberíamos hacer todo lo posible por evitar el pecado? Lo que estaba esencialmente mal en su educación era que nunca aprendieron en qué consiste realmente el pecado. Tampoco entendían por qué el pecado era algo malo: en consecuencia, no estaban preparados para luchar contra él. En esta lección, abordaremos qué es el pecado y cómo superarlo.

 

COMENTARIO

¿Qué es el pecado y por qué es algo malo?

El fracaso en identificar el pecado. Cuando no llamamos al pecado por su nombre, agravamos el problema que él representa. Por ejemplo, si no llamamos “pecado” al adulterio, corremos el riesgo de minimizar su amenaza y, lo que es peor, de normalizarlo.

El problema de no llamar al pecado por su nombre es hoy particularmente frecuente en muchas culturas. La sociedad secularizada evita usar el término “pecado” por varias razones. En primer lugar, porque la palabra tiene connotaciones religiosas. Para la mayoría de las personas que no creen en Dios y no adhieren a las normas morales de la religión, el pecado no existe. Hablan de errores, delitos, comportamientos éticos o sociales inapropiados, pero no de “pecados”. Desde su perspectiva, hablar del pecado es irrelevante o incluso un ataque a sus libertades. Sin embargo, una de las graves consecuencias de no reconocer el pecado como tal es la ignorancia acerca del mal. Según la mentalidad secularizada, ciertos “errores” deberían ser evitados, no porque constituyan algo malo o perverso, sino simplemente por una cuestión de consideración social o cívica. La persona secularizada no sabe que peca, porque no tiene conocimiento de lo que la Biblia llama el “temor de Dios”; es decir, el respeto reverente hacia él.

Cuando Abraham viajó a una tierra extranjera, le preocupaba que lo maltrataran porque los habitantes de ese lugar no respetaban a Dios (Gén. 20:11). Por lo tanto, el concepto de “pecado” les era ajeno. Sin embargo, el hecho de que el concepto de pecado sea desconocido para alguien no lo absuelve de sus faltas. Dios juzgará a quienes no son conscientes de sus pecados y no creen en él tan ciertamente como a su pueblo (Amós 1, 2). En cuanto a quienes pecan conscientemente y se niegan a reconocer sus faltas como tales, Dios promete que entrará en juicio con ellos (Jer. 2:35).

El pecado como distorsión. Una de las palabras hebreas usadas en el Antiguo Testamento para referirse al pecado es jata’ que significa literalmente “errar el blanco”. El “pecado” es, pues, entendido como una “desviación” o “distorsión” respecto del camino “recto” original. Eclesiastés describe la condición humana como trágicamente torcida e irreparable: “Lo torcido no puede enderezarse” (Ecl. 1:15). Por esta razón, el pecado está relacionado con el problema del “olvido”, refiriéndose a una situación pasada que es irremediable, perdida, irrecuperable debido al paso del tiempo. De allí la existencia de numerosos pasajes bíblicos en los que se insta al pueblo de Dios a no olvidar para no caer en pecado sin darse cuenta (Deut. 6:12; 32:18; comparar con Sant. 1:24).

Pecado contra Dios. En el antiguo Israel, el pecado era un acto religioso que concernía directamente a Dios. Por ejemplo, la idolatría (Deut. 9:16) o la desobediencia a Dios (Deut. 1:41). La injusticia o las conductas éticamente incorrectas en perjuicio de las personas eran también consideradas pecados contra Dios. Cuando José resistió las insinuaciones lujuriosas de la esposa de Potifar, quien intentó seducirlo para que tuviera relaciones sexuales con ella, él identificó la propuesta de ella no solo como un delito contra su marido, sino también como un pecado contra el Señor (Gén. 39:9). Cuando David cometió adulterio con Betsabé e hizo asesinar a su marido, Urías el hitita, comprendió más tarde que había pecado contra el Señor (2 Sam. 12:13).

Más adelante en la historia del Antiguo Testamento, los profetas confrontaron a las naciones y a Israel por cometer crímenes violentos y acciones incorrectas que perjudicaban a otros (Amós 1:11; 2:6-8). Miqueas incluso llega a enfatizar la superioridad del deber ético por sobre el ritual religioso (Miq. 6:6-8). El Nuevo Testamento continúa en la misma línea. Según Jesús, pecar contra los demás o no velar por el bienestar de ellos equivale a pecar contra él (Mat. 25:45). Para Pablo, pecar contra los hermanos es pecar “contra Cristo” (1 Cor. 8:12). Incluso cuando pecamos contra nuestro propio cuerpo, pecamos contra Dios. Lo contrario también es cierto: el primer pecado cometido por Adán contra Dios tuvo un impacto en su vida y en su entorno (Gén. 3:17-19). El pecado es la causa de la muerte de todos los seres humanos (Gén. 2:17), un principio que se repite una y otra vez en la Biblia (Prov. 8:36; Eze. 18:4; Rom. 5:12). Dado que nuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo, pecar contra nuestro cuerpo es pecar contra Dios (1 Cor. 6:18, 19).

¿Cómo podemos luchar contra el pecado?

El conocimiento del pecado. No podemos hacer nada contra el pecado con nuestras propias fuerzas. Por lo tanto, la primera solución al problema es simplemente reconocer el pecado y admitir que su naturaleza es maligna. Para ello, necesitamos la Ley de Dios. Porque solo “por la ley se conoce el pecado” (Rom. 3:20). La Ley es, pues, comparada con un “tutor” que nos conduce a Cristo (Gál. 3:24). Así como el tutor debía en la antigua sociedad griega llevar al niño a su maestro, la Ley de Dios nos lleva a Cristo. A medida que luchamos por adecuarnos a la ley de la justicia, nos damos cuenta de cuán difícil resulta y de cuán desesperada es nuestra situación. Entonces, tomamos conciencia de que nuestra única esperanza consiste en abrazar la gracia de Dios.

El camino de Adán y Eva. Consideremos la confesión de pecado de Adán y Eva. Por una parte, es evidente que se dieron cuenta de que habían quebrantado la Ley de Dios, pues se escondieron de su presencia (Gén. 3:6-10). Además, cuando Dios les pidió que se presentaran y luego comenzó a investigar lo que había sucedido, ambos respondieron acusando de su maldad al propio Dios. Adán se refirió a su desnudez, el estado original en el que Dios lo había creado (Gén. 2:25), y luego a la mujer, quien le había sido dada por Dios (Gén. 3:12). Eva culpó a la serpiente, que había sido creada por Dios (Gén. 3:1, 13).

El único pasaje que revela el efecto del pecado sobre la naturaleza de Adán y Eva se encuentra en Génesis 3:22-23, donde Dios observa que Adán y Eva eran originalmente como él en cuanto a su semejanza, aunque no en naturaleza. Nótese que el verbo hebreo hayah, traducido como “ahora […] es”, en Génesis 3:22, debería ser traducido como “era”, en tiempo pasado, al igual que en Génesis 3:1: “La serpiente era astuta”. La traducción “ahora […] es” sugiere erróneamente que el pecado supuso una mejora en la condición y estatus del ser humano como consecuencia de la transgresión. Además, dicha traducción da la impresión de que la serpiente tenía razón cuando advirtió a Eva que Dios no quería que ella y Adán llegaran a ser semejantes a él (Gén. 3:5). En realidad, Dios lamentó el trágico hecho de que Adán y Eva perdieran su semejanza con él. Por lo tanto, solo Dios reconoció el verdadero efecto negativo del pecado sobre ellos. Adán y Eva fueron incapaces de confesar su pecado porque habían perdido su conexión con Dios. Cuando aún no habían pecado, su conexión con Dios les permitía discernir la realidad del mal. Tan pronto como se alejaron de la presencia de Dios, perdieron su capacidad de discernir entre el bien y el mal. Como comenta Elena de White, La educación, p. 25: “Al mezclarse el mal con el bien, su mente [la de Adán y Eva] se volvió confusa, y se entorpecieron sus facultades mentales y espirituales. Ya no [pudieron] apreciar el bien que Dios [les] había otorgado tan generosamente”.

La lección básica que enseña la caída de la humanidad es simplemente esta: A causa del pecado, los seres humanos hemos perdido el sentido innato del discernimiento, la capacidad de distinguir entre el bien y el mal. Por lo tanto, somos incapaces de ejercer ese juicio con éxito sin la asistencia divina. He allí la razón por la que Dios nos dio la Ley y el evangelio. Necesitamos que la Ley nos oriente en la dirección correcta. Del mismo modo, necesitamos la gracia de Cristo para avanzar con esperanza y amor en la dirección correcta.

 

APLICACIÓN A LA VIDA

Orientación para el maestro: Pide a un voluntario que lea las reflexiones acerca del pecado que se encuentran a continuación. Dediquen tiempo a dialogar acerca de las preguntas correspondientes o a compartir testimonios, tal y como se indica seguidamente.

Para reflexionar

El pecado ¿nunca es pecado? Cierto cristiano cometió adulterio. Cuando sus amigos lo confrontaron por su infidelidad, él insistió en que su falta no era un pecado, pues amaba a la mujer con la que había cometido adulterio. Puesto que Dios es amor, el hombre argumentó que lo que había hecho era aprobado por Dios. Más tarde, este hombre se involucró con otra mujer, y luego con otras. Cuando sus amigos lo confrontaron de nuevo por estas últimas faltas y le preguntaron si Dios seguía aprobando su conducta, el hombre respondió que ya no creía en Dios.

El pecado y la felicidad. Basándose en su trabajo sobre la conexión entre la ética y la felicidad, el psiquiatra Henri Baruk concluyó: “La felicidad radica en hacer el bien a los demás. No somos felices cuando buscamos nuestra propia felicidad. El hombre que busca la felicidad nunca la encontrará” (“Interview with Henri Baruk”, Shabbat Shalom, diciembre de 1996, p. 7).

Pide a los miembros de la clase que compartan testimonios acerca de la felicidad que han experimentado al hacer el bien a los demás.
Proponte ayudar esta semana a alguien que tiene necesidades físicas, económicas o espirituales.

Para dialogar

Piensa en experiencias de tu vida o de otras personas en las que el pecado se justifica e incluso se presenta como una buena acción. ¿Qué efecto tienen esas actitudes en la estructura moral de la sociedad y por qué son tan peligrosas?
Piensa en casos de la Biblia, la historia y la actualidad en los que el hecho de ignorar o despenalizar el pecado de una persona empeoró su condición.
¿Qué argumentos utilizarías para ayudar a alguien a afrontar la realidad de su pecado?

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