EL SÁBADO ENSEÑARÉ…
RESEÑA
Texto clave: Salmos 62:8.
Enfoque del estudio: 1 Rey. 18; 1 Sam. 1:10-17; Mat. 6:5-15; Dan. 9:3-19.
La oración es una necesidad humana universal. Pero nuestras súplicas a Dios parecen a menudo dispersarse en el vacío, sin obtener respuesta. El libro de los Salmos es una poderosa colección de oraciones basadas en la esperanza y el anhelo humanos de respuestas divinas. Por ejemplo, la oración del Salmo 62 comienza con el silencio humano en espera de la respuesta divina (Sal. 62:1, 5) y continúa con un llamamiento a todas las personas para que sigan confiando en Dios y oren “en todo momento” (Sal. 62:8). Finalmente, el salmo concluye con la seguridad de que Dios responderá (Sal. 62:11).
La semana pasada estudiamos acerca de la teología de la oración y reflexionamos sobre su significado espiritual. Esta semana contemplaremos la experiencia real de la oración, tal y como la practicaron diversos personajes bíblicos cuyas súplicas a Dios fueron escuchadas y respondidas.
COMENTARIO
Se han seleccionado tres personajes bíblicos para inspirarnos a orar. El primero es Ana (1 Sam. 1:6-17), cuyas oraciones comienzan con angustia y terminan con alegría (1 Sam. 2:1-11). El segundo es Elías, cuya dramática oración de proclamación y silencio es un poderoso testimonio para quienes presencian la contienda entre Dios y Baal en el monte Carmelo (1 Rey. 18:1-19:18). El tercero es Daniel, quien eleva al Señor una oración de súplica y esperanza (Dan. 9:3-19).
Oraciones de amargura y de gozo: Ana (1 Sam. 1:6-2:11)
La historia de Ana comienza con el relato acerca de un hombre piadoso (1 Sam. 1:3) que tiene una genealogía impresionante (1 Sam. 1:1). El texto también se refiere al sacerdote Elí y sus dos hijos en el tabernáculo de Silo (1 Sam. 1:3, 9). Sin embargo, la heroína inesperada de la historia es Ana, quien no puede tener hijos (1 Sam. 1:6). El texto bíblico relata que ella ora dos veces (1 Sam. 1:10, 11; 2:1-10). Su primera oración brota de la “amargura de [su] alma” (1 Sam. 1:10). En su angustia, ruega al Señor que le responda. Su segunda oración es una expresión de alegría desbordante en respuesta a la generosa intervención de Dios. El texto bíblico está impregnado del tema de la oración, palabra que, junto con otros términos afines, como “petición” y “pedir”, aparece siete veces en el pasaje (1 Sam. 1:10, 12, 17, 20, 26, 27; 2 Sam. 2:1).
La oración de amargura. La primera oración de Ana tiene su origen en la desesperanza. Ella está triste, no come y llora de angustia por no poder cumplir su deseo de tener un hijo. Su esterilidad la convierte en objeto de burlas en su casa. Cuando concurre cada año al templo para adorar, Ana es provocada por su rival (1 Sam. 1:7). Para empeorar las cosas, el sacerdote Elí desprecia su oración, pues piensa que está ebria porque solo le ve mover los labios mientras ora, pero no se oye su voz (1 Sam. 1:13). Sin embargo, la amargura de Ana se transforma de pronto en esperanza. Como resultado, come y ya no está triste (1 Sam. 1:18).
La historia del milagroso embarazo de Ana y el posterior nacimiento de Samuel es narrada en términos que recuerdan los casos de Sara, Rebeca y Raquel: “El Señor se acordó”; “Ana dio a luz” (1 Sam. 1:19, 20; comparar con Gén. 21:1; 30:22).
La oración gozosa. La historia de Ana culmina con una nueva y alegre oración, pues ya no está triste y sola, sino adorando en la casa del Señor con su esposo y su hijo, a quien presenta al sacerdote Elí como el cumplimiento de su plegaria previa (1 Sam. 1:26, 27). La oración de alegría de Ana contrasta con su anterior plegaria de angustia. Mientras que antes se sentía miserable y se lamentaba, ahora se regocija y glorifica al Señor. Esta plegaria, tanto profética como mesiánica, hace eco en la oración de María en ocasión de la anunciación (Luc. 1:46-55).
Oraciones de proclamación y de silencio: Elías (1 Rey. 18:1-19:18) Israel llevaba más de tres años sin lluvia. El profeta Elías desafió entonces al rey Acab a hacer una prueba (1 Rey. 18:19). El enfrentamiento entre el profeta de Dios y los de Baal tuvo lugar en el monte Carmelo. Elías propuso que los sacerdotes de Baal invocaran a su dios para que encendiera fuego sobre el sacrificio puesto sobre el altar que le habían construido. Del mismo modo, Elías pediría luego al Señor que hiciera eso con el sacrificio ofrecido sobre su altar (1 Rey. 18:24).
La oración de los sacerdotes de Baal no es contestada. Los profetas de Baal oraron invocando varias veces a su dios: “¡Baal, respóndenos!”, pero no obtuvieron respuesta. Danzaron en torno al altar, gritaron y se laceraron, pero todo fue en vano. No recibieron respuesta alguna (1 Rey. 18:26, 29).
La oración de Elías es escuchada. Elías vertió entonces agua sobre el sacrificio ofrecida a Dios y alrededor del altar, tras lo cual oró al Señor (1 Rey. 18:33-35). En respuesta, descendió fuego del Cielo y consumió el sacrificio, a pesar de que estaba empapado con agua. Elías no oyó ninguna voz proveniente del Cielo en respuesta a su oración. El derramamiento del fuego fue la única indicación de que Dios había escuchado su oración.
Acto seguido, el profeta exhortó al rey a levantarse, comer y beber, pues vería llover (1 Rey. 18:41). Elías envió a su sirviente siete veces a comprobar el avance de la lluvia que se avecinaba. Cuando esta finalmente cayó, fue tan intensa que el profeta acompañó al rey para evitar que la lluvia le impidiera avanzar. Una vez más, Elías no oyó la voz audible de Dios revelándole su voluntad; la lluvia fue la demostración de que Dios había escuchado su oración.
A pesar del milagro del fuego que descendió del Cielo como demostración de la presencia de Dios, y de la lluvia posterior, Jezabel, a quien Acab informó del milagro obrado por Dios en el monte Carmelo, siguió negándose a reconocer la soberanía del Señor. En cambio, persiguió a Elías, quien por primera vez temió por su vida. El profeta oró a Dios y se quejó amargamente de que todos habían presuntamente abandonado al Señor excepto él (1 Rey. 19:10; comparar con 1 Rey. 18:22). A su amargura se sumó el temor de Elías por su vida ante las amenazas de Jezabel (1 Rey. 19:3).
La voz silenciosa. Elías huyó de Jezabel y se escondió en una cueva. Según la narración, en ese momento se oyó por primera vez la voz de Dios. Pero la voz divina estaba impregnada de un tono de reprensión: “¿Qué haces aquí, Elías?” (1 Rey. 19:9). Para justificar su desánimo, Elías afirmó que él era el único leal al Señor que quedaba en Israel (1 Rey. 19:10). Dios no respondió a esa afirmación. Cuando finalmente le contestó, su voz no se oyó en el viento poderoso, en el terremoto o en el fuego (1 Rey. 19:11, 12). Para su sorpresa, Elías solo oyó “un silbo apacible y suave” (1 Rey. 19:12). La frase hebrea así traducida (qol demamah daqah) significa literalmente: “La voz de un silencio tenue”. Solo entonces Elías comprendió que estaba en la presencia de Dios (1 Rey. 19:13). El sensacional fuego proveniente del Cielo y la lluvia torrencial fueron milagros que demostraron el poder de Dios, pero por sobre esos fenómenos sonoros, la voz del silencio de Dios se escuchó como la manifestación más evidente de su presencia y como una proclamación resonante de la revelación divina.
Una oración sincera de súplica y esperanza (Dan. 9:3-19)
La oración de Daniel no fue un mero ejercicio literario o un tratado teológico, sino la expresión de una estrecha conexión con Dios, quien está lejos y cerca a la vez. La proximidad de Dios se puso de manifiesto en la forma en que Daniel se dirigió al Señor como su Dios personal. El título “el Señor mi Dios” (hebreo: adonai), que expresa la cercanía divina, es la designación usada con más frecuencia para dirigirse a Dios en la oración (Dan. 9:4, 7, 9, 15-17, 19 [3 veces]). Por otra parte, la distancia o trascendencia de Dios se hace evidente por su designación como ha’elohim, “el Dios”. Sin embargo, como se ha señalado, Daniel, quien califica a Dios como el “Dios grande, digno de ser reverenciado” (Dan. 9:4), también lo identifica como su Dios personal, o “mi Dios”. El contraste entre el Dios fiel (Dan. 9:4) y el pueblo pecador e infiel (Dan. 9:5, 6) refuerza la distancia existente entre ambos debido a la gravedad del pecado del pueblo y su necesidad de acercarse al Señor.
La oración concluye con una súplica final: La invocación “Señor” (hebreo: adonai) aparece en tres ocasiones, cada vez seguida de un verbo destinado a llamar la atención de Dios: “¡Escucha, Señor! ¡Señor, perdona! ¡Atiende, Señor, y obra!” (Dan. 9:19).
La oración de Daniel se refiere a la salvación del pueblo de Dios. El profeta anhela una respuesta divina con una intensidad inquebrantable: “¡No tardes”! Esta sincera oración, respondida con la profecía de las setenta semanas (Dan. 9:24-27), conduce a la primera venida de Cristo. El mismo anhelo sincero resuena en la pregunta del ángel: “¿Hasta cuán do?” (Dan. 8:13). Esta pregunta será respondida en la visión de las 2.300 tardes y mañanas, que conduce al día escatológico del juicio previo a la segunda venida de Jesús (Dan. 8:14).
APLICACIÓN A LA VIDA
Orientación para el maestro: Para esta sección aplicada, la clase se centrará en el modelo de oración que Jesús propuso en Mateo 6:9 al 13. Pide a un voluntario que lea este pasaje e invita a los miembros de la clase a extraer de la oración del Salvador consejos o principios prácticos para la vida cotidiana, tal y como se describe a continuación. Pide a los alumnos que estén preparados para compartir el próximo sábado cómo la puesta en práctica de estos principios ha enriquecido su vida de oración.
1. Padre nuestro que estás en los cielos: Cuando ores, recuerda que Dios es tu Padre cercano, aunque se encuentra en el Cielo.
2. Venga tu reino: Cuando ores, piensa en el futuro reino de Dios como un lugar de paz, justicia y amor. Aplica esta esperanza a tu relación con las personas cuando comas, bebas, trabajes y te recrees.
3. Sea hecha tu voluntad en la Tierra como en el Cielo: Aplica este principio de la oración a tus decisiones. Pon todo lo que deseas en el altar de Dios. Traslada esta actitud de sumisión perfecta, que es un anticipo del Cielo, a tus relaciones con los demás, atendiendo humildemente a sus necesidades y estimándolos más que a ti mismo.
4. Danos hoy el pan nuestro de cada día: Participa en un proyecto benéfico en favor de los demás. Cuando comas, da gracias a Dios por lo que te ha proporcionado y sé moderado en tu ingesta para no excederte.
5. Perdona nuestras deudas, como nosotros también perdonamos a nuestros deudores: Pide a Dios que perdone a alguien que te haya hecho daño, y que te dé la gracia para perdonarlo. Ve a visitar a esa persona e invítala a almorzar. No es necesario que le digas que la has perdonado, a menos que el Espíritu te dé la oportunidad y te impulse claramente a hacerlo. Lo importante es ser amoroso y amable, e interactuar sin rencor en tu corazón.
6. No nos dejes caer en la tentación: Pide a Dios que te fortalezca para resistir la tentación y para no favorecerla. Evita probar, tocar o ver cualquier cosa que te aleje de Dios.
7. Líbranos del mal: Ruega a Dios que te libere de una debilidad específica o predilección por el mal que puedas tener. Pídele que te conceda la victoria.




