Lección 7 edicion Adultos: “Nuestro Dios perdonador” Para el 16 de noviembre de 2019

Sábado 9 de noviembre

LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Nehemías 9:1–3; Daniel 9:4–19; Nehemías 9:4–8; Colosenses 1:16, 17; Nehemías 9:9–38; Romanos 5:6–8.

PARA MEMORIZAR:
“El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Prov. 28:13).
Una vez terminada la Fiesta de los Tabernáculos (Sucot), los dirigentes reunieron nuevamente al pueblo. Acababan de celebrar; ahora era tiempo de retomar al asunto pendiente de la confesión y el arrepentimiento delante de Dios por sus pecados.
Sí, anteriormente, los dirigentes les habían dicho que dejaran de llorar y de estar tristes por sus faltas, pero eso no significa que el dolor y la confesión no sean importantes. Por lo tanto, ahora que habían celebrado las fiestas, era hora de una confesión adecuada.
El orden de los acontecimientos presentados aquí no significa necesariamente que esa sea la secuencia en la que siempre se experimenten el gozo y la confesión; tampoco significa que solo deba seguirse el orden inverso. Aunque naturalmente podemos seguir primero el orden de confesión, seguido de una celebración, tal vez la celebración de Dios en nuestra vida debería ser lo primero. Al fin y al cabo, Romanos 2:4 nos dice que es la “la bondad de Dios” (NTV) lo que nos lleva al arrepentimiento.

Domingo 10 de noviembre

AYUNO Y ADORACIÓN

Lee Nehemías 9:1 al 3. ¿Por qué el pueblo se separaba de todos los extranjeros?
Aunque Nehemías procuraba que el pueblo relacionara esta ocasión con el gozo, ahora condujo a la asamblea a ayunar. Se humillaron ante Dios, se arrojaron tierra sobre la cabeza y se vistieron con ropa áspera. Como los extranjeros no participaban del pecado colectivo del pueblo de Israel, los israelitas se apartaron de ellos, ya que los hebreos sabían que eran sus pecados los que debían ser perdonados. Reconocieron los pecados de su nación, que los habían llevado al exilio.
Sus oraciones colectivas y su confesión demostraron una profunda percepción de la naturaleza del pecado. Los israelitas podrían haberse enojado porque sus predecesores arruinaron a toda su nación y la condujeron al exilio. O podrían haberse quejado de las decisiones de sus líderes y por la falta de piedad que mostraron las generaciones anteriores, lo que los llevó a su situación actual: eran tan solo un grupito de repatriados. Sin embargo, en lugar de albergar odio y descontento, se volvieron a Dios con humildad y confesión.
Nehemías 9:3 nos informa que el pueblo leyó el Libro de la Ley un cuarto del día, y durante otro cuarto confesaron sus pecados y adoraron a Dios. Esta es la tercera lectura de la Torá. Leer la Torá es fundamental para la confesión, que debe fundamentarse en la verdad que proviene de Dios. Mediante la lectura de la Biblia, Dios se acerca a nosotros, y el Espíritu Santo puede hablarnos y enseñarnos. La verdad de su Palabra moldea nuestro pensamiento y comprensión, nos alienta y nos eleva. Los israelitas también se compungieron y lloraron, porque dedicar tiempo a estar en la santa presencia de Dios nos hace conscientes de su belleza y bondad, al tiempo que nos inculca lo increíble que es que el Creador del Universo decida estar con nosotros a pesar de nuestra indignidad. Por lo tanto, nos damos cuenta de que sin Dios en nuestra vida no diferimos de ninguno de nuestros antepasados en la fe. Solo cuando Dios obre en nosotros podremos ser lo que debemos ser.
Lee Daniel 9:4 al 19. Su oración, ¿de qué modo se aplica a nosotros hoy? La realidad de esta aplicación, ¿qué debería decirnos individualmente y como iglesia?

Lunes 11 de noviembre

EL COMIENZO DE LA ORACIÓN

La respuesta del pueblo a la lectura de la Biblia fue una larga oración que relataba la bondad de Dios en contraste con la historia de la infidelidad de Israel. Se puede observar que la respuesta es más un sermón que una oración, porque casi todos los versículos tienen un paralelo en algún lugar de la Biblia.
Lee Nehemías 9:4 al 8. ¿Cuáles son los temas principales en los que se centró la oración en estos versículos iniciales y por qué?
En la primera parte de la oración, el pueblo bendice a Dios y, específicamente, su nombre. En la cultura hebrea, el nombre no era solo una forma de llamar a alguien, sino además le daba identidad a una persona. Por lo tanto, la alabanza del nombre de Dios es relevante porque le demuestra al mundo que este es un nombre digno de alabanza y honor. Es el nombre del Creador del Universo. La oración comienza con la adoración a Dios como el Creador y como aquel que “vivifica” todas las cosas (Neh. 9:6; ver además Col. 1:16, 17). La palabra “vivificar” viene de un verbo hebreo que significa “mantener vivo”.
El que creó todo es el que escogió a Abraham, un ser humano que no tenía nada de especial más que “un corazón fiel” (Neh. 9:8, NVI). Quizá parezca que a Abraham le faltó fe en muchas ocasiones, pero cuando se le pidió que sacrificara a su hijo no vaciló (ver Gén. 22). Aprendió a ser fiel no de la noche a la mañana, sino durante su largo andar con Dios. En el pensamiento hebreo, el “corazón” se refiere a la mente. En otras palabras, Abraham desarrolló la fidelidad en pensamiento y acción, y Dios lo reconoció por esto.
Las primeras frases de la oración se centran en Dios como (1) Creador, (2) Vivificador y (3) fiel a sus promesas. El pueblo primeramente recuerda quién es Dios: el Fiel que nos creó, el que da vida y siempre cumple sus promesas. Tener esto en mente nos ayuda a mantener la vida en perspectiva y aprender a confiar en él incluso en las situaciones más difíciles, cuando podría parecer que está lejos de nosotros y no se preocupa por nuestros problemas.
La doctrina de Dios como nuestro Creador, ¿por qué es tan esencial para nuestra fe? A fin de cuentas, ¿qué otra enseñanza es tan importante en comparación con esta, en la que Dios nos ordena dedicar una séptima parte de nuestra vida cada semana para recordarlo como nuestro Creador?

Martes 12 de noviembre

LECCIONES DEL PASADO

Nehemías 9:9 al 22. ¿En qué se diferencia esta parte de la oración de la primera?
La oración pasa de alabar a Dios por su fidelidad a relatar la infidelidad contrastante de los israelitas en sus experiencias en Egipto y en el desierto. Esboza las diferentes cosas que Dios les dio a los israelitas; pero lamentablemente, la respuesta de los “padres” a esos regalos fue el orgullo, la obstinación y el desprecio por los actos divinos de misericordia en medio de ellos.
Reconocer el fracaso humano y la falta de verdadera devoción a Dios es un paso importante en la confesión y el arrepentimiento. Y, a pesar de que en estos pasajes se habla de gente muy distante de nosotros, nadie puede negar que cada uno de nosotros tiene un problema con esas mismas cuestiones.
Por supuesto, aquí es donde el evangelio interviene tanto para nosotros como para ellos. La confesión de nuestros pecados no nos salva; solo el sacrificio de Cristo en nuestro favor nos puede salvar. La confesión, junto con el arrepentimiento, es fundamental para percibir que solo en Cristo somos justificados. “Cuando por el arrepentimiento y la fe aceptamos a Cristo como nuestro Salvador, el Señor perdona nuestros pecados y nos libra de la penalidad prescrita para la transgresión de la Ley. El pecador aparece delante de Dios como una persona justa; goza del favor del Cielo, y por medio del Espíritu tiene comunión con el Padre y con el Hijo” (MS 3:217).
Al mismo tiempo, debido a que su bondad hace que confesemos nuestros pecados y nos arrepintamos de ellos, debemos resolver abandonarlos también, mediante el poder de Dios.
La conclusión es que Israel había sido rebelde, y que Dios había sido amante. Al mirar atrás, a lo que Dios hizo por la nación israelita, el pueblo recordó que Dios había hecho mucho por ellos en el pasado, y por ende seguiría cuidándolos en el presente y en el futuro. Por eso era tan importante para el pueblo recordar siempre cómo había actuado Dios en su historia. Cuando se olvidaban, allí era donde se metían en problemas.
Vuelve a pensar en ocasiones en las que estabas seguro de que Dios obró en tu vida. ¿Cómo puedes hallar consuelo en eso la próxima vez que te enfrentes a dificultades? ¿Cómo puedes aprender a confiar más en la bondad de Dios en los momentos en que te sientas completamente desanimado, decepcionado y con miedo al futuro?

Miércoles 13 de noviembre

LA LEY Y LOS PROFETAS

Lee Nehemías 9:23 al 31. ¿Cómo se describe a los israelitas en comparación con la “gran bondad” de Dios (Neh. 9:25)?
La siguiente parte de la oración/sermón se centra en la vida en Canaán cuando los israelitas poseyeron la tierra que Dios les había dado. Se les dio tierras, ciudades, viñedos y campos listos para usar, pero ellos dieron todo por sentado. Al final del versículo 25, se nos dice que “comieron, se saciaron y se deleitaron en [s]u gran bondad”. Saciarse es una expresión que aparece pocas veces en la Biblia (Deut. 32:15; Jer. 5:28), y en cada una de ellas tiene una connotación negativa.
El pueblo podría haberse deleitado “en [s]u gran bondad”, pero no se deleitó en Dios sino en todo lo que tenía. Aparentemente, tener todo no produce una estrecha comunión con Dios. Muchas veces pensamos: Si tan solo tuviera esto o aquello, entonces sería feliz. Desgraciadamente, vemos que los israelitas recibieron todo de Dios y, sin embargo, su “felicidad” por esas cosas solo los hacía menos consagrados a Dios. Muy a menudo es demasiado fácil que nos concentremos en los dones mientras que nos olvidamos del Dador. Este es un engaño fatal.
Por supuesto, esto no significa que no podamos alegrarnos por las cosas que Dios nos ha dado. Él desea que nos regocijemos en sus dones, pero este gozo en las cosas que él nos da no garantiza una relación con Dios. De hecho, si no prestamos atención, estas cosas pueden convertirse en un obstáculo.
No obstante, en este capítulo, los dirigentes confesaron de qué manera habían sido infieles a Dios. Al repasar su historia, mencionaron específicamente las transgresiones que habían cometido como nación. Algunos aspectos se destacan como especialmente importantes, porque se repiten: (1) Israel desechó la Ley de Dios y (2) persiguió a los profetas.
En otras palabras, se dieron cuenta de que la Ley de Dios y sus profetas eran esenciales para su desarrollo como nación piadosa y como personas. La oración enfatiza esta conclusión al afirmar que, “si el hombre hiciere” los mandamientos de Dios, “en ellos vivirá” (Neh. 9:29; cita directa de Lev. 18:5), y al destacar que fue el Espíritu el que habló a través de los profetas. Dios nos ha dado sus mandamientos para una vida abundante, y envió a sus profetas para guiarnos en nuestra comprensión de la verdad. Lo que hacemos con estos dones es esencial para todos nosotros.

Jueves 14 de noviembre

ALABANZA Y PETICIÓN

Lee Nehemías 9:32 al 38. ¿En qué se centra la conclusión de la oración de confesión?
Una vez más, la oración recurre a la alabanza a Dios por lo que él es: grande, fuerte y temible, que guarda el pacto y la misericordia. Parecen sinceros en su reconocimiento de la bondad de Dios hacia ellos.
También presentan una petición en forma de pacto con Dios, que se describe en detalle en el capítulo 10. ¿Cuál es su petición?
“Ahora, Dios nuestro –Dios grande, poderoso y temible que cumple su pacto de amor inagotable–, no permitas que todas las privaciones que hemos sufrido te parezcan insignificantes” (Neh. 9:32, NTV).
La comunidad tiene que pagar tributo a los reyes que están sobre ellos. La opresión está asolando al grupito de israelitas por todos lados, y están cansados de eso. Han tenido que soportar una tiranía tras otra, y esperan un alivio.
Curiosamente, se dicen“siervos”. Después de delinear la infidelidad de su nación, terminan refiriéndose a sí mismos con esa palabra. Los siervos, por supuesto, obedecen a los que están sobre ellos. El uso de este término, por ende, implica que reconocen que necesitan obedecer al Señor de una forma que quienes vinieron antes que ellos no lo hicieron. Esta es una expresión de su deseo de ser fieles al Señor y a sus mandamientos. Y, como siervos de Dios, le piden que intervenga en su favor.
La comunidad de Esdras y Nehemías describe su experiencia actual como “en grande angustia” (Neh. 9:37), que puede compararse con la aflicción que los israelitas experimentaron en Egipto (Neh. 9:9). La oración alaba a Dios porque él vio su aflicción en Egipto y no los ignoró. La comunidad ahora le está pidiendo a Dios que intervenga como lo hizo en el pasado, aunque no lo merezcan, porque nadie (reyes, príncipes, sacerdotes, profetas, padres) fue fiel. Por lo tanto, confían solo en la gracia y la misericordia de Dios hacia ellos, y no en ellos mismos ni en las obras de sus antepasados, con la esperanza de que el Señor intervenga en su favor.
Lee Romanos 5:6 al 8. ¿Cómo reflejan estos versículos lo que los israelitas le pedían a Dios? ¿Qué consuelo podemos obtener de lo que los israelitas pedían y de lo que Pablo dijo en Romanos?

Viernes 15 de noviembre

PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:

Lee Elena de White, El camino a Cristo, “Confesión”, pp. 37-41.
En Nehemías 9:25, los hebreos mencionaron cuánto “se deleitaron” sus antepasados en la gran bondad de Dios. La raíz verbal es la misma que el nombre de Edén, como en el “huerto de Edén” (Gén. 2:15). Tal vez, la mejor traducción sería “se edenizaron”, suponiendo que edenizar fuese un verbo.
A fin de cuentas, el evangelio es restauración, y ¿qué mejor símbolo que el Edén para representar aquello a lo que finalmente seremos restaurados? Dios estableció al pueblo hebreo y lo puso en la intersección del mundo antiguo para crear el reflejo más parecido al Edén que pudiera existir en una Tierra caída. Incluso después del cautiverio y el regreso, el potencial seguía allí. “Sin duda, el Señor consolará a Sión; consolará todas sus ruinas. Convertirá en un Edén su desierto” (Isa. 51:3, NVI).
Sí, el pueblo disfrutaba de las bendiciones materiales que el Señor le había prometido; bendiciones que, dentro de lo posible en un mundo caído, evocaban la abundancia del Edén. Y eso estaba bien. Se suponía que debían disfrutarlas. Dios creó el mundo físico precisamente para que la humanidad pudiera disfrutarlo, y el antiguo Israel, bendecido por Dios, también lo disfrutaba. Su pecado no consistía en “edenizarse” en la gran bondad de Dios, sino en olvidarse del Señor (Eze. 23:35), cuya bondad disfrutaban. Las bendiciones se convirtieron en un fin en sí mismas en lugar de un medio para un fin, que era revelar a Dios a quienes los rodeaban.
PREGUNTAS PARA DIALOGAR:
1. Jesús había dicho: “El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa” (Mat. 13:22). ¿Qué quiere decir con “el engaño de las riquezas” y cómo se asocia con la oración de confesión que estudiamos esta semana?
2. Reflexiona en la doctrina de la Creación. Observa la oración de Nehemías 9, que casi de inmediato menciona al Señor como Creador y Sustentador. ¿Qué nos dice eso acerca de cuán fundamental es esta doctrina para nuestra fe?
3. ¿Cómo logramos el equilibrio correcto de reconocer nuestra pecaminosidad innata y, al mismo tiempo, no permitir que Satanás la use para desanimarnos y hacernos abandonar nuestra fe por completo?

Radio Adventista
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