Sábado, Noviembre 09
Bienaventurados los que creen
Lee para el estudio de esta semana
Juan 8:54-58; Génesis 12:3; Romanos 4:1-5; Juan 12:1-8; 19:4-22; 20:19-31; Daniel 2, 7.
Para memorizar
“Jesús le dijo: ‘Porque me has visto, Tomás, creíste. ¡Dichosos los que no vieron y creyeron!’ ” (Juan 20:29).
A lo largo de su Evangelio, Juan presenta una diversidad de personas con diferentes antecedentes, creencias y experiencias que dan testimonio de quién era Jesús.
“¡Este es el Cordero de Dios!” (Juan 1:36). “Hemos hallado al Mesías” (Juan 1:41). “Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés” (Juan 1:45). “¡Rabí! ¡Tú eres el Hijo de Dios, el Rey de Israel!” (Juan 1:49). “¿No será el Cristo?” (Juan 4:29). “Nosotros mismos lo hemos oído, y sabemos que en verdad este es el Salvador del mundo” (Juan 4:42). “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68). “Yo era ciego y ahora veo” (Juan 9:25). “Yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo” (Juan 11:27). “¡Aquí está su rey!” (Juan 19:14). “Yo no hallo delito en él” (Juan 19:6). “¡Señor mío y Dios mío!” (Juan 20:28).
¿Quiénes eran algunas de estas personas y por qué dieron testimonio acerca de la identidad de Jesús?
Domingo, Noviembre 10
Remontándonos a Abraham
Jesús no tuvo reparos en declarar quién era, ni tampoco en llamar a testigos para que dieran testimonio de quién era, incluso a testigos que habían desaparecido hacía mucho tiempo; Abraham, entre ellos: “Abraham, el padre de ustedes, se gozó en que vería mi día. Y lo vio, y se gozó” (Juan 8:56).
¿Por qué fue el testimonio de Abraham tan importante como para ser incluido en el Evangelio de Juan? Génesis 12:3; 18:16-18; 26:4; Mateo 1:1; Hechos 3:25.
“Mediante símbolos y promesas, Dios ‘evangelizó antes a Abraham’ (Gál. 3: 8). Y la fe del patriarca se fijó en el Redentor que había de venir. Cristo dijo a los judíos: ‘Abraham, vuestro padre, se gozó de que había de ver mi día; y lo vio y se gozó’ (Juan 8: 56). El carnero ofrecido en lugar de Isaac representaba al Hijo de Dios, que había de ser sacrificado en nuestro lugar. Cuando el hombre estaba condenado a la muerte por su transgresión de la ley de Dios, el Padre, mirando a su Hijo, dijo al pecador: ‘Vive, he hallado un rescate’” (Elena de White, Patriarcas y profetas, p. 132).
Abraham fue el padre de la nación judía. Recibió la promesa de que todas las naciones serían bendecidas por medio de él. Esta bendición llegó a través del Mesías, nacido de su linaje.
Fue también el padre de los que responden a Dios con fe (Heb. 11:8, 17-19). Su voluntad de sacrificar a su hijo Isaac (Gén. 22), el hijo de la promesa, no solo fue una prueba de fe, sino también una ventana al Plan de Salvación.
Cuando Jesús dijo: “Abraham, el padre de ustedes, se gozó en que vería mi día. Y lo vio, y se gozó” (Juan 8:56), los líderes respondieron: “Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?” (Juan 8:57).
La respuesta de Jesús fue asombrosa. “Les aseguro: Antes que Abraham existiera, yo soy” (Juan 8:58).
Jesús utiliza un lenguaje que recuerda el que Dios usó cuando se dirigió a Moisés en la zarza ardiente. Era una afirmación de divinidad, de existencia autónoma. Los dirigentes, sin duda, entendieron lo que eso implicaba en labios de Jesús, pues “tomaron piedras para apedrearlo” (Juan 8:59).
Lee Romanos 4:1 al 5. ¿Cómo utiliza Pablo esta historia de Abraham para revelar la gran verdad de la salvación solo por la fe, sin las obras de la Ley? ¿Cómo nos ayudan estos versículos a entender que Abraham es el padre de quienes viven por la fe?
Lunes, Noviembre 11
El testimonio de María
Seis días antes de la Pascua, Jesús fue a visitar a María, Marta y su hermano Lázaro, a quien Jesús había resucitado. Simón, que había sido curado de la lepra, celebraba una fiesta en agradecimiento por lo que Jesús había hecho por él. Marta servía, y Lázaro estaba sentado a la mesa con los invitados (Juan 12:1-8).
¿Qué significado tenían aquí las acciones de María? ¿En qué sentido daban testimonio de quién era Jesús? Juan 12:1-3.
El perfume era muy caro. Su valor equivalía aproximadamente al salario anual de un trabajador común. María probablemente trajo este regalo como expresión de gratitud al Salvador por el perdón de sus pecados y por la resurrección de su hermano. Su intención era que sirviera algún día para el entierro de Jesús. Pero, al enterarse de que pronto sería ungido Rey, decidió ser la primera en rendirle honores.
María probablemente no tenía intención de que se notara su gesto, pero Juan señala que “la casa se llenó de la fragancia del perfume” (Juan 12:3). Judas respondió con una rápida reprimenda, afirmando que el perfume debería haberse vendido para dar el dinero resultante a los pobres. Jesús tranquilizó inmediatamente a María, diciendo: “ ‘Déjala […]. Porque a los pobres siempre los tendrán con ustedes, pero a mí no siempre me tendrán’ ” (Juan 12:7, 8).
Un tema recurrente en el Evangelio de Juan es que Jesús conoce el interior de las personas (Juan 2:24, 25; 6:70, 71; 13:11; 16:19). En este caso, en la fiesta de Simón, Jesús sabe lo que hay en el corazón de Judas. En tal sentido, Juan deja en claro quién era Judas: un ladrón egoísta (Juan 12:6).
“El don fragante que María había pensado prodigar al cuerpo muerto del Salvador, lo derramó sobre él en vida. En el entierro, su dulzura solo hubiese llenado la tumba, pero ahora llenó su corazón con la seguridad de su fe y amor. José de Arimatea y Nicodemo no ofrecieron su don de amor a Jesús durante su vida. Con lágrimas amargas, trajeron sus costosas especias para su cuerpo rígido e inconsciente. Las mujeres que llevaron sustancias aromáticas a la tumba hallaron que su diligencia era vana, porque él había resucitado. Pero María, al derramar su ofrenda sobre el Salvador, mientras él era consciente de su devoción, le ungió para la sepultura. Y cuando él penetró en las tinieblas de su gran prueba, llevó con sigo el recuerdo de aquel acto, anticipo del amor que le tributarían para siempre aquellos que redimiera” (Elena de White, El Deseado de todas las gentes, p. 528).
Jesús sabía lo que había en el corazón de María y en el de Judas. También sabe lo que hay en el nuestro. ¿Qué debería decirnos esto acerca de nuestra necesidad de Cristo como nuestra justicia, tanto imputada como transformadora?
Martes, Noviembre 12
El testimonio involuntario de Pilato
Juan registra una y otra vez los intentos de los líderes religiosos de apresar a Jesús, llevarlo a juicio y sentenciarlo a muerte. Un tema característico del Evangelio de Juan, expuesto a menudo por Jesús, es que aún no había llegado su tiempo, o su hora; es decir, el momento de su crucifixión (Juan 2:4; 7:6, 8, 30; 12:7, 23, 27; 13:1; 17:1).
Ahora había llegado la hora. Jesús fue arrestado en el huerto de Getsemaní, llevado ante Anás, luego ante el sumo sacerdote Caifás y dos veces ante Pilato.
Juan ha llamado a muchos testigos de todas las clases sociales para que den testimonio de que Jesús era el Cristo. Ahora Juan llama a Pilato, el gobernador que juzgó a Jesús. Este fue un testimonio importante porque Pilato era romano, gobernador y juez; la mayoría de los otros testigos eran judíos y plebeyos.
¿Cómo se relaciona el veredicto de Pilato con el tema del Evangelio de Juan? Juan 18:38; 19:4-22.
Jesús fue llevado ante Pilato el viernes de mañana, temprano (Juan 18:28). El plan de los conspiradores era enviar rápidamente al prisionero a la cruz. Pero el comportamiento de Jesús llamó la atención de Pilato. El gobernador interrogó atentamente a Jesús y escuchó de sus labios: “ ‘Yo para esto he nacido, para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad oye mi voz’ ” (Juan 18:37).
Aunque el gobernador condenó finalmente a Jesús a muerte, proclamó tres veces su inocencia (Juan 18:38; 19:4, 6). Y sobre la cruz escribió las palabras: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos” (Juan 19:19), completando su testimonio acerca de quién era Jesús. Sin embargo, a pesar de su testimonio en favor de la inocencia de Cristo, lo condenó a muerte.
Pilato tenía ante sí a la Verdad misma. Sin embargo, dejó que la turba lo intimidara y condenó a muerte a Jesús. ¡Qué trágico ejemplo de lo que significa no seguir los dictados de la conciencia acerca de lo que es correcto!
¿Qué podemos aprender del ejemplo de Pilato sobre los peligros de permitir que el sentimiento popular y la presión grupal nos impidan hacer lo que creemos correcto?
Miércoles, Noviembre 13
El testimonio de Tomás
Lee Juan 20:19 al 31. ¿Qué podemos aprender de la historia de Tomás acerca de la fe y la duda? ¿Qué grave error cometió él?
Cristo apareció a los discípulos tras su resurrección, cuando estaban a puertas cerradas por temor. Tomás no estaba con ellos. Más tarde, escuchó los informes de la Resurrección de labios de los otros discípulos, pero aun así se desanimó. Aquello no coincidía con su idea acerca del Reino. Y seguramente se preguntó por qué Jesús se reveló a los demás cuando él no estaba allí.
Tomás dijo: “Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en la señal de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré” (Juan 20:25).
Él estaba estableciendo sus propias condiciones para creer. Este planteamiento acerca de la fe en Jesús aparece con frecuencia en Juan. Nicodemo respondió a Jesús: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?” (Juan 3:4). La mujer del pozo preguntó: “Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde tienes agua viva?” (Juan 4:11). La multitud que había sido alimentada con los panes y los peces preguntó: “¿Qué señal haces tú para que veamos y te creamos?” (Juan 6:30).
El Evangelio de Juan se opone a la perspectiva “Ver para creer”. Cuando Jesús se encontró con Tomás después de la Resurrección, lo invitó a venir, ver y tocar su cuerpo resucitado. Pero luego dijo: “¡Dichosos los que no vieron y creyeron!” (Juan 20:29).
“Dios nunca nos exige que creamos sin ofrecernos suficientes evidencias en las cuales basar nuestra fe. Su existencia, su carácter, la veracidad de su Palabra, todo se halla establecido por abundantes testimonios que apelan a nuestra razón. Sin embargo, Dios no ha eliminado toda posibilidad de dudar. Nuestra fe tiene que re posar sobre evidencias, no sobre demostraciones” (Elena de White, El camino a Cristo, p. 158).
A través de la Palabra de Dios, de la Creación y de la experiencia personal, se nos ha dado una asombrosa cantidad de evidencia para nuestra fe en Jesús.
Si alguien te preguntara por qué crees en Jesús, ¿qué responderías?
Jueves, Noviembre 14
Nuestro testimonio en favor de Jesús
Una y otra vez, cuando Juan presenta testigos de Jesús, su objetivo es llevarnos a una conclusión contundente: “También hizo Jesús muchas otras señales, en presencia de sus discípulos, que no están escritas en este libro. Pero estas fueron escritas para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que, creyendo, tengan vida por medio de él” (Juan 20:30, 31).
Imagina lo que significó ser testigo presencial de los milagros de Jesús. De haber estado allí, estaríamos entre quienes creyeron, ¿verdad? Sin embargo, nuestras razones para creer en Jesús son mayores que las de quienes presenciaron sus milagros.
¿Por qué? ¿Con qué cosas contamos hoy que no tenían quienes vivieron en la época de Jesús y que deberían ayudarnos a creer? Ver, por ejemplo, Mateo 24:2, 6 al 8 y 14.
No solo contamos con los poderosos relatos del Evangelio de Juan, sino también tenemos la gran ventaja de ver cómo se cumplió mucho de lo que Jesús y otros escritores bíblicos predijeron, como la destrucción del Templo (Mat. 24:2), la proclamación del evangelio a todo el mundo (Mat. 24:14), la gran apostasía (2 Tes. 2:3), y que el mundo continúa siendo un lugar caído y malvado (Mat. 24:6-8). Durante toda la vida y el ministerio de Jesús, sus seguidores siguieron siendo un pequeño y perseguido grupo de hombres y mujeres que, según todos los criterios humanos, deberían haber desaparecido de la historia hacía mucho tiempo. A diferencia de nosotros, ¿cómo podrían haber sabido que todas estas cosas sucederían? De hecho, nuestra propia fe es el cumplimiento de la profecía de Jesús según la cual el evangelio llegaría a todo el mundo.
Hoy, unos dos mil años después, también nosotros, como seguidores de Jesús, tenemos el privilegio de dar testimonio de Jesús y de lo que él ha hecho por nosotros. No es por los dichos de Natanael, Nicodemo, la mujer de Samaria o las enseñanzas de los fariseos que podemos conocer a Jesús como el Mesías. Es por la lectura de las Escrituras y la convicción producida por el Espíritu Santo que aceptamos a Jesús como el Salvador del mundo.
Cada uno de nosotros, a nuestra manera y a partir de nuestra propia relación con Dios, podemos tener una historia que contar. Puede ser que nuestra historia no sea tan espectacular como la resurrección de un muerto o la restauración de un ciego de nacimiento, pero lo que importa es que conozcamos a Jesús personalmente y demos testimonio de él como lo hicieron los testigos registrados en el Evangelio de Juan.
Viernes, Noviembre 15
Para estudiar y meditar
Lee en Patriarcas y profetas, de Elena de White, el capítulo “La prueba de la fe” (pp. 125-134); y en El Deseado de todas las gentes, de la misma autora, el capítulo “En el tribunal de Pilato” (pp. 685-702).
“Entonces Tomás exclamó: ‘¡Señor mío y Dios mío!’ ” (Juan 20:28).
“Jesús aceptó este reconocimiento, pero reprendió suavemente su incredulidad: ‘Porque me has visto, Tomás, creíste. Bienaventurados los que no vieron y creyeron’. La fe de Tomás habría sido más grata a Cristo si hubiese estado dispuesto a creer por el testimonio de sus hermanos. Si el mundo siguiese ahora el ejemplo de Tomás, nadie creería en la salvación; porque todos los que reciben a Cristo deben hacerlo por el testimonio de otros.
“Muchos aficionados a la duda se disculpan diciendo que si tuviesen las pruebas que Tomás recibió de sus compañeros, creerían. No comprenden que no solamente tienen esa prueba, sino mucho más. Muchos que, como Tomás, esperan que sea suprimida toda causa de duda, no realizarán nunca su deseo. Quedan gradualmente confirmados en la incredulidad. Los que se acostumbran a mirar el lado sombrío, a murmurar y quejarse, no saben lo que hacen. Están sembrando las semillas de la duda, y segarán una cosecha de duda. En un tiempo en que la fe y la confianza son muy esenciales, muchos se hallarán así incapaces de esperar y creer” (Elena de White, El Deseado de todas las gentes, p. 764).
Preguntas para dialogar:
¿Cuál fue la diferencia esencial entre las expresiones de fe de Abraham y Tomás? ¿Qué podemos aprender de sus historias?
Demos voluntariamente testimonio acerca de Jesús en la clase siguiendo el ejemplo de los testigos presentados en el Evangelio de Juan. Aunque esos relatos difieren, ¿qué dice allí la gente y cómo testifican todos acerca del mismo Señor?
Pilato hizo una pregunta muy filosófica: “¿Qué es la verdad?” Da tu respuesta a esa pregunta a la luz de todo lo que hemos estudiado en el Evangelio de Juan.
Observa las profecías de Daniel 2 y 7. Aunque quienes vivían en la época de Jesús disponían de esos dos capítulos, ¿qué gran ventaja tenemos hoy, a diferencia de ellos, gracias al cumplimiento de esas profecías y en cuanto a nuestras razones para creer?




