Sábado, Noviembre 02
Más testimonios acerca de Jesús
Lee para el estudio de esta semana
Juan 3:25-36; 1:32-36; Dan. 7:18; Juan 6:51-71; 5:36-38; 7:37-53.
Para memorizar
“Y cuando yo sea levantado de la tierra, a todos atraeré hacia mí” (Juan 12:32).
Jesús no se limitó a decir cosas asombrosas acerca de sí mismo, de quién era, de quién lo envió o de su procedencia. También mostró quién era mediante los milagros y las señales que realizó. En las palabras de algunos que testificaron abiertamente en favor de Jesús: “Cuando venga el Cristo, ¿acaso hará más señales que este hombre?” (Juan 7:31). En efecto, él respaldó sus palabras con acciones que demostraron la veracidad de ellas.
Pero, a medida que el drama continúa, comienza una división entre la gente. La curación del hombre junto al estanque de Betesda atrae la ira de algunos líderes. La discusión en Capernaum tras la alimentación de los cinco mil da lugar al rechazo de Jesús por parte de las multitudes. La resurrección de Lázaro suscita fe en algunos, pero desencadena en otros una hostilidad que conducirá al juicio y la ejecución de Jesús.
La lección de esta semana examina a algunos que dieron testimonio en favor de Jesús. En cada uno de estos incidentes se revelan algunos aspectos de quién es realmente Jesús, y juntos crean una visión más profunda de Jesús como el Mesías.
Domingo, Noviembre 03
Humildad: Juan el Bautista vuelve a dar testimonio
La lección 2 describió cómo el testimonio de Juan el Bautista llevó a los primeros discípulos (Andrés y Juan, Pedro, Felipe y Natanael) a Jesús. Cabría esperar que el Bautista desapareciera de escena tras dar su testimonio. Pero reaparece varias veces en el Evangelio de Juan.
Lee Juan 3:25 al 36. ¿De qué manera Juan el Bautista es comparado con Jesús?
Surgió una disputa entre los discípulos de Juan el Bautista y un judío anónimo acerca de la purificación, probablemente, sobre la eficacia del bautismo (comparar con Mar. 1:4, 5). Curiosamente, cuando los discípulos de Juan acuden a él para dirimir la cuestión, mencionan a Jesús: “Está bautizando, y todos van a él” (Juan 3:26). No es difícil leer entre líneas que están celosos de Jesús y preocupados por la reputación tanto de su maestro como de ellos mismos.
Habría sido muy fácil que Juan cediera a los celos, pero no lo hizo pues sabía cuál era su misión. A diferencia de ello, recordó a sus discípulos que nunca pretendió ser el Cristo. Vino, en cambio, a señalar hacia él, a prepararle el camino, a ser su testigo (Juan 1:6-8).
Utilizando la ilustración de una boda, se compara a sí mismo con el amigo del novio, y a Jesús con el novio. La novia sería el pueblo de Dios (comparar con Ose. 2:16-23; Isa. 62:1-5). Luego, en palabras que muestran la verdadera grandeza de Juan, dice: “Él tiene que crecer y yo menguar” (Juan 3:30).
Juan 3:31 al 36 continúa la comparación entre Jesús y Juan para destacar así la superioridad del Mesías respecto de su precursor. Al dirigir así la atención hacia Jesús, Juan subraya nuevamente la idea del testimonio. Quienes reciben ese testimonio y creen en Jesús tienen vida eterna. Quienes no lo reciben quedan bajo la ira de Dios. Eso dice el texto. Dios ama al mundo y envió a su Hijo para salvarlo (Juan 3:16, 17), pero quienes rechazan el regalo que se les ofrece enfrentarán la consecuencia de sus propios pecados: la muerte eterna.
¿Cómo podemos aprender la lección de la humildad en relación con Dios y con los demás? ¿Qué podemos aprender del ejemplo de Juan acerca de la humildad?
Lunes, Noviembre 04
Una nueva concepción acerca del Mesías
Lee Juan 1:32 al 36. ¿Qué dice Juan el Bautista de Jesús que la gente no esperaba oír acerca del tan anhelado Mesías?
Los judíos esperaban la venida de un Mesías que los liberara del dominio de Roma. Sometidos a una larga opresión, creían que el Mesías no solo derrocaría a Roma, sino además los convertiría en una nación grande y poderosa. Sin embargo, las palabras de Juan, que llamaba a Jesús “el Cordero de Dios”, aunque apuntaban directamente a su sacrificio expiatorio, probablemente fueron malinterpretadas por la mayoría de los oyentes. Es posible que no supieran de qué estaba hablando.
Por eso, Juan quiso con su Evangelio cambiar la idea que tenían del Mesías, para que reconocieran en Jesús el cumplimiento de las profecías acerca del Rey que vendría y de su misión. Jesús no venía como líder político y militar, sino para ofrecerse como sacrificio por los pecados del mundo. Ese era su propósito. Solo después de eso, y cuando todo hubiese terminado, vendría el reino final (ver Dan. 7:18).
“Cuando, en ocasión del bautismo de Jesús, Juan lo señaló como el Cordero de Dios, una nueva luz resplandeció sobre la obra del Mesías. La mente del profeta fue dirigida a las palabras de Isaías: ‘Como cordero fue llevado al matadero’ (Isa. 53:7)” (Elena de White, El Deseado de todas las gentes, p. 115).
Juan el Bautista dice, en Juan 1:31: “Yo no lo conocía”. ¿Cómo pudo entonces reconocer a Jesús como el Mesías? La respuesta es que el Señor que envió a Juan le había dicho antes: “ ‘Aquel sobre quien veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautizará con Espíritu Santo’. Yo lo vi, y he dado testimonio que este es el Hijo de Dios” (Juan 1:33, 34). En otras palabras, fue Dios quien reveló a Juan que Jesús era el Mesías.
“Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios” (1 Cor. 1:24). El conocimiento de que Jesús es el Cristo proviene de Dios mismo mediante el poder de convicción que produce su Espíritu. Este tema aparece con frecuencia en Juan. La salvación no proviene de la filosofía mundana, la ciencia o la educación superior. Solo llega de parte de Dios a los corazones que responden con fe y obedecen a Jesús.
¿Cómo podríamos conocer la verdad acerca de Jesús como nuestro sacrificio expiatorio si no nos fuera revelada? ¿Por qué, entonces, es tan crucial conocer la Biblia y lo que enseña acerca Jesús?
Martes, Noviembre 05
Aceptación y rechazo
La lección 2 describió la alimentación de los cinco mil en Juan 6, pero no cubrió la sección final de esa historia, que se estudia aquí.
Lee Juan 6:51 al 71. ¿Qué dijo Jesús que resultó difícil de aceptar para la gente?
Después de ser alimentada milagrosamente por Jesús, la gente estaba dispuesta a coronarlo rey (Juan 6:1-15). Luego, Jesús explicó en la sinagoga de Capernaum el significado espiritual del milagro: “Yo soy el pan de vida” (Juan 6:35). Explica con más detalle que este pan es su carne, que da para la vida del mundo (Juan 6:51).
Esto abrió los ojos de la multitud al hecho de que Jesús no sería su rey terrenal. Él no encajaba en el molde del pensamiento terrenal. Rechazaron la conversión, que transformaría su forma de pensar para que pudieran reconocer y aceptar a Jesús como el Mesías. Muchos de sus discípulos lo abandonaron desde ese momento (Juan 6:66).
Desde un punto de vista humano, esto debió ser difícil para Jesús. La aprobación de la multitud es agradable. ¿Quién no quiere ser aceptado? Pero, cuando alguien ve que muchos retroceden y cuestionan sus principios, eso resulta naturalmente desalentador. Al ver a la multitud marcharse, Jesús pregunta a su círculo íntimo, los Doce, si quieren irse también.
Entonces, Pedro hace su sorprendente confesión, otro testimonio tanto de lo que Jesús tiene como de quién es: “Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros creemos y conocemos que tú eres el Santo de Dios” (Juan 6:68, 69).
Los discípulos llevaban bastante tiempo viajando con Jesús, viendo sus milagros y escuchando sus sermones. Sabían por experiencia que no había nadie como él. Se apoderó de ellos la convicción de que, por insólitas que fueran algunas situaciones y por mucho que todavía no comprendieran acerca del propósito de su venida, este hombre era el Mesías. Solo después de su muerte y su resurrección comenzaron a entender por qué había venido al mundo.
¿Qué podemos aprender de esta historia sobre el hecho de que la mayoría suele estar equivocada? ¿Por qué debemos recordar esto, especialmente en los aspectos de nuestra fe que son impopulares para la mayoría, incluso para la mayoría de los cristianos?
Miércoles, Noviembre 06
El testimonio del padre
El Evangelio de Juan comienza hablando de la Palabra (logos) como de Alguien que está con Dios el Padre (Juan 1:1). Cuando el Verbo se hizo carne, el Espíritu dio testimonio de Jesús al descender sobre él en ocasión de su bautismo (Juan 1:32-34). Pero el Padre también dio testimonio de Jesús durante su ministerio terrenal.
Lee Juan 5:36 al 38. ¿Qué dice Jesús aquí acerca del Padre?
Jesús vincula al Padre con las obras y los milagros que había realizado. Tiene muy claro el hecho de que el Padre lo envió y también de que había dado testimonio acerca de él.
Lee Mateo 3:17; 17:5; Marcos 1:11; y Lucas 3:22 (ver también 2 Ped. 1:17, 18). ¿Qué dice el Padre acerca de Jesús?
En el bautismo de Jesús, el Padre y el Espíritu se unieron al Hijo para destacar esta importante ocasión: el comienzo del ministerio de Jesús. El Padre afirma que Jesús es su Hijo amado, en quien se complace. Pero, en un momento crucial del ministerio de Cristo, el Padre vuelve a hablar, esta vez según consta en el Evangelio de Juan.
Las cosas estaban llegando a un punto culminante en los últimos días de ese ministerio. Los líderes religiosos, incapaces de detenerlo (ver Juan 12:19), querían verlo muerto, ahora más que nunca. Las multitudes estaban muy entusiasmadas por él, sobre todo porque cada vez más gente lo seguía al oír el testimonio de quienes lo vieron resucitar a Lázaro (Juan 12:17, 18). Incluso los griegos que estaban allí para la fiesta querían ver a Jesús.
En respuesta a las palabras de Jesús en Juan 12:28: “Padre, glorifica tu nombre”, el Padre vuelve a hablar desde el Cielo: “Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez”.
Como ya hemos visto, la hora de gloria de Jesús es la Cruz. Por lo tanto, el testimonio del Padre en favor de Jesús apunta al gran sacrificio del Cordero de Dios por los pecados del mundo. La Cruz es la culminación de su ministerio terrenal. Su muerte en nuestro favor pagó la deuda completa por nuestros pecados. Gracias a él, por la fe, ya no tenemos que afrontar esa deuda.
Jueves, Noviembre 07
El testimonio de la multitud
El último gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y exclamó: “ ‘¡Si alguno tiene sed, venga a mí y beba! Como dice la Escritura, del que cree en mí, ríos de agua viva brotarán de su corazón’ ” (Juan 7:37, 38).
Juan había registrado en numerosas ocasiones las audaces declaraciones de Jesús acerca de sí mismo, de quién era y qué había venido a hacer.
Las líneas citadas anteriormente de Juan 7:37 y 38 son otro ejemplo de lo que Jesús afirmó acerca de sí mismo y de lo que haría en favor de todos aquellos que acudieran a él. Eran afirmaciones sorprendentes.
Cuando Jesús habló a los judíos que asistían a la Fiesta de los Tabernáculos, ¿cuál fue la respuesta de muchos de ellos? Juan 7:37-53.
Algunos dijeron que él era el profeta anunciado por Moisés (ver Deut. 18:15-19). Otros pensaban que Jesús era el Cristo, el Mesías. Pero esto suscitó el argumento de que el Mesías no vendría de Galilea, que debía ser descendiente de David y que tenía que nacer en Belén, todo lo cual era cierto acerca de Jesús (comparar con Mat. 1; 2), ¡aunque muchos parecían no saberlo!
Incluso los oficiales que lo arrestaron quedaron perplejos ante él y su elocuencia. Los fariseos respondieron a los oficiales con una pregunta. “¿Ha creído en él alguno de los gobernantes o de los fariseos?” (Juan 7:48). Esta pregunta de los fariseos dio a Juan la oportunidad de convocar nuevamente al testigo Nicodemo, quien tras su encuentro con Jesús procuraba protegerlo de las maquinaciones de sus pares: “¿Juzga nuestra ley a un hombre sin oírlo primero y sin entender lo que ha hecho?” (Juan 7:51).
¿Aceptó Nicodemo a Jesús como el Mesías? Aunque su intervención en favor de Jesús ante el Sanedrín no es suficiente para afirmarlo, tal acción sumada a lo que hizo después de la muerte de Jesús (ver Juan 19:39, 40) es evidencia sólida de que llegó a creer en él. Y así, la respuesta a la pregunta de los fariseos en Juan 7:48 fue: Sí, uno de los fariseos creyó en él.
Lee Juan 7:49. ¿Qué decían los líderes que mostraba su desdén por las masas que seguían a Jesús? ¿Qué lección podemos extraer de ello?
Viernes, Noviembre 08
Para estudiar y meditar
Lee en El Deseado de todas las gentes, de Elena de White, los capítulos “La crisis en Galilea” (pp. 353-364) y “En el atrio exterior” (pp. 589-596).
“Los maestros de Israel eran esclavos del formalismo. Los fariseos y los saduceos estaban en constante contienda. Dejar a Jesús era caer entre los que se aferraban a ritos y ceremonias, y entre hombres ambiciosos que buscaban su propia gloria. Los discípulos habían encontrado más paz y gozo desde que habían aceptado a Cristo que en toda su vida anterior. ¿Cómo podrían volver a aquellos que habían despreciado y perseguido al Amigo de los pecadores? Habían estado buscando durante mucho tiempo al Mesías; ahora había venido, y no podían apartarse de su presencia, para ir a aquellos que buscaban su vida y que los habían perseguido por haberse hecho discípulos de él.
“ ‘¿A quién iremos?’ No podían dejar la enseñanza de Cristo, sus lecciones de amor y misericordia, por las tinieblas de la incredulidad, la iniquidad del mundo. Mientras que abandonaban al Salvador muchos de los que habían presenciado sus obras admirables, Pedro expresó la fe de los discípulos: ‘Tú eres el Cristo’. El mismo pensamiento de perder esta ancla de sus almas los llenaba de temor y dolor. Verse privados de un Salvador era quedar a la deriva en un mar sombrío y tormentoso” (Elena de White, El Deseado de todas las gentes, p. 363).
Preguntas para dialogar:
En clase, hablen sobre la difícil cuestión de por qué algunas personas, cuando se les dan pruebas de que Jesús es el Mesías y de la verdad del cristianismo, las aceptan de buen grado, y por qué otras, cuando se les dan esas mismas pruebas, las rechazan.
¿Qué verdad más importante puede haber que el hecho de que Jesucristo haya muerto por nuestros pecados? Sin embargo, ¿cómo hemos llegado a conocer esta verdad crucial? ¿Por la ciencia, la ley natural, la teología natural, la lógica, la razón? Ciertamente, estas cosas podrían, de hecho, llevarnos a creer en un Dios creador, una primera Causa, un Motor inmóvil, lo que sea. Ninguna de estas disciplinas, ya sea solas o incluso juntas, podrían enseñarnos la verdad más importante que necesitamos saber: Cristo murió por nuestros pecados. ¿Qué debería enseñarnos este hecho (que todas estas disciplinas, incluso en principio, no podrían llevarnos a lo único que realmente necesitamos saber) sobre lo crucial que es hacer de la Biblia nuestra autoridad final y última en cuestiones de fe?
¿Por qué es tan importante para nuestra fe contar lo que Dios ha hecho en y por nosotros?




