EL SÁBADO ENSEÑARÉ…
RESEÑA
Texto clave: Josué 10:42.
Enfoque del estudio: Génesis 15:16; Levítico 18:24-30; 2 Timoteo 4:1, 8; Éxodo 23:28?30; Deuteronomio 20:10, 15-18; Isaías 9:6.
Como se mencionó la semana pasada, la cuestión de la guerra divina en el Antiguo Testamento es desconcertante. Para abordarla es necesario comprender la cosmovisión del Conflicto Cósmico y analizar adecuadamente los datos bíblicos. El intérprete debe tener en cuenta al menos cuatro aspectos al estudiar los relatos bíblicos.
En primer lugar, los lectores modernos suelen imponer su visión contemporánea de la guerra a las Escrituras. La guerra religiosa en la teocracia del Antiguo Testamento es única y debe interpretarse en consecuencia.
En segundo lugar, también es necesario entender el contexto histórico de Canaán y su religión para comprender por qué sus habitantes estaban siendo expulsados de la tierra.
En tercer lugar, nunca fue la intención de Dios exterminar a los habitantes de la tierra; él tenía mejores planes para ellos. Sin embargo, debido a su persistencia en continuar la ruta de destrucción, Dios ejerció su papel de Juez. Su naturaleza amorosa no puede permitir que el mal siga sin control.
Finalmente, al leer cualquier parte problemática del Antiguo Testamento, es imperativo prestar atención a la trayectoria de los propósitos de Dios para su pueblo y la humanidad.
La guerra, con todas sus terribles secuelas, nunca fue parte del plan de Dios para este mundo. Él está trabajando para restaurar la paz eterna en nuestro mundo y en el Universo. Sin embargo, para lograrlo, necesita eliminar el mal de una vez por todas, no solo de una manera poderosa sino también de una manera sabia.
COMENTARIO
El concepto bíblico de guerra santa
En su comentario sobre el Éxodo, Douglas K. Stuart describe con precisión el sentido bíblico de la guerra divina. Este tipo de guerra, que suele expresarse con el verbo hebreo haram o el sustantivo herem, implica la destrucción de vidas humanas a gran escala y, a veces, de propiedades y de vida animal. Debido a su pertinencia, la lista de Stuart se reproduce a continuación con algunos ajustes (adaptada de Exodus [Nashville, TN: Broadman & Holman, 2006], pp. 395–397).
1. En el antiguo Israel no se permitía la existencia de un ejército profesional. Las batallas las libraban voluntarios, un marcado contraste con las estructuras militares profesionalizadas de la antigüedad y las que conocemos hoy.
2. Los soldados no recibían paga. Obedecían los mandatos de Dios en el contexto del Pacto y no debían luchar por beneficio personal. En muchos casos, esto significaba que se les prohibía saquear o tomar botín.
3. La guerra santa solo podía librarse para la conquista o la defensa de la Tierra Prometida en ese momento histórico particular. Después de la conquista, cualquier agresión estaba estrictamente prohibida. Israel estaba llamado a luchar por la Tierra Prometida en un contexto geográfico e histórico específico.
Una vez que habían conquistado la tierra y consolidado su territorio, los israelitas no debían expandir las fronteras de la Tierra Prometida mediante la guerra. Dios no había llamado a su pueblo a convertirse en un imperio militar expansionista.
4. El inicio de la guerra santa, considerada un acto divino, estuvo únicamente en manos de Dios, y se llevó a cabo a través de sus profetas elegidos, como Moisés o Josué. Esto subraya que la guerra no era nunca una iniciativa humana, sino un deber sagrado.
5. La intervención de Dios en la guerra santa exigía una preparación espiritual, que incluía el ayuno, la abstinencia sexual y otras formas de abnegación. La ceremonia de la circuncisión (Jos. 5:1-9) y la celebración de la Pascua (Jos. 5:10-12), en el contexto de la renovación del Pacto, formaban parte de esta preparación.
6. El israelita que violara cualquiera de estas reglas de la guerra santa se convertiría en enemigo. Como la violación se castigaba con la muerte, la persona que la desafiara se convertiría en un herem, es decir, un hombre consagrado a la destrucción.
7. Finalmente, la intervención directa de Dios condujo a victorias decisivas y rápidas en el contexto de una guerra santa en la que Israel mantuvo su fidelidad. Ejemplos de esto incluyen muchas batallas durante la conquista (Jos. 6:16-21; 10:1- 15) y ocasiones en las que Israel o Judá defendieron su territorio, con la ayuda de Dios, de poderosas fuerzas invasoras (2 Sam. 5:22-25). Por el contrario, hay ejemplos negativos en los que la falta de intervención de Dios resultó en derrota (1 Sam. 31:1-7), como cuando Israel se enfrentó a los amalecitas sin permiso divino y fue derrotado cerca de Horma (Núm. 14:39-45), o cuando fue derrotado por el insignificante ejército de Hai (Jos. 7:2-4).
Con el fin de la teocracia, la aplicación de estas reglas ya no era factible y, por ello, la guerra santa se volvió obsoleta. Lamentablemente, estos relatos se han utilizado para justificar las guerras incluso hoy en día. Sin embargo, a la luz de las Escrituras, tal uso representa una distorsión del texto bíblico, lo que debería hacernos más críticos con respecto a la retórica religiosa que se utiliza para justificar las guerras en la actualidad.
Los siete puntos presentados aquí muestran el carácter único de la guerra santa en la Biblia. La práctica de la guerra por parte de Israel refleja una adaptación divina a la condición humana. Sin embargo, en una cultura en la que la guerra, la brutalidad y la violencia eran la norma, aprendemos a través de estas reglas tres aspectos esenciales de la guerra santa que se deben tener en cuenta cuando los lectores modernos se enfrentan a estos desconcertantes pasajes bíblicos: (a) la guerra se limitaba a situaciones específicas; (b) las guerras justas eran definidas por Dios, quien es el único que conoce el corazón humano y el futuro; y (c) la guerra, en última instancia, representaba una desviación de la trayectoria de paz de Dios.
La buena noticia acerca de la ira de Dios
La guerra divina es una manifestación concreta de la ira de Dios, no solo hacia los cananeos y otras naciones, sino también hacia su propio pueblo en tiempos bíblicos. Las observaciones anteriores pueden explicar la naturaleza de la guerra divina, pero no explican cómo armonizar estas dimensiones aparentemente contradictorias de la personalidad de Dios: el amor y la ira. De hecho, la ira de Dios no es un tema popular hoy en día. El famoso teólogo protestante Charles H. Dodd consideró que la ira de Dios era “una frase arcaica” (The Epistle of Paul to the Romans [Nueva York: Harper & Brothers, 1932], p. 20). A pesar de ser un tema poco popular hoy en día, la ira de Dios no puede pasarse por alto, ya que se menciona 580 veces en el Antiguo Testamento y 100 veces en el Nuevo Testamento.
La ira divina tiene sus raíces en cuatro aspectos inmutables del carácter de Dios: En primer lugar, Dios es santo. Israel está llamado a ser santo porque el Señor es santo (Lev. 11:44). A lo largo del libro de Isaías, se hace referencia a Dios como el “Santo de Israel” 27 veces (ver, por ejemplo, Isa. 1:4; 60:14). Los ángeles declaran:
“Santo, santo, santo” (Apoc. 4:8; Isa. 6:3) en la presencia de Dios. Su santidad lo distingue de los seres humanos pecadores, quienes ni siquiera pueden soportar un atisbo de su presencia física sin caer como muertos al suelo (Dan. 10:8, 9; Apoc. 1:17). La santidad de Dios es incompatible con el mal, por lo que aborrece el pecado debido a este aspecto intrínseco de su naturaleza. En su diálogo con Dios, el profeta Habacuc exclama: “Tú eres demasiado puro para consentir el mal, para contemplar con agrado la iniquidad” (Hab. 1:13, DHH).
En segundo lugar, Dios es justo. David afirma: “El Señor es justo y ama la justicia. El recto contemplará su rostro” (Sal. 11:7). Incluso en la esfera humana, esperamos que se haga justicia. Es interesante ver cómo las personas exigen justicia cuando se enfrentan a la injusticia en el nivel humano, pero luchan con la idea de que Dios, como Juez supremo, administre justicia condenando el mal y a quienes lo abrazan. En el Apocalipsis se relata que las almas de los mártires bajo el altar claman: “¿Hasta cuándo, Señor santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre de los que moran en la tierra?” (Apoc. 6:10). Ellos esperan justicia, porque Dios es justo.
En tercer lugar, Dios crea seres con libre albedrío. Dios no programó a sus criaturas para que lo amaran y obedecieran. Precisamente por eso, ellas pueden tomar malas decisiones que van en contra de su santa voluntad y desencadenan malas consecuencias. Esta prerrogativa es evidente en el concepto del Pacto, que implica un acuerdo entre dos partes. Al reflexionar sobre este aspecto del Pacto, Josué testifica a Israel: “Yo y mi casa serviremos al Señor” (Jos. 24:15).
Finalmente, Dios es amor. A algunos les puede resultar desconcertante cómo la ira de Dios puede revelar su amor. En esencia, Dios también es amor (1 Juan 4:8). Él declara su amor a Israel en términos compasivos: “Con amor eterno te he amado” (Jer. 31:3). La indiferencia, no la ira, es lo opuesto al amor. Por lo tanto, un Dios indiferente puede ser digno de temor, pero nunca de devoción. En términos humanos, los padres reaccionan con enojo cuando alguien hace sufrir a sus hijos.
¿Por qué esperaríamos menos de Dios?
Por supuesto, un Dios perfecto no experimenta la ira como la experimentamos nosotros. En un sentido misterioso, su ira es perfecta y santa. Tal misterio está presente en la Cruz de Jesús, donde el amor y la ira, la misericordia y el juicio, la vida y la muerte se entrelazan poderosamente. El derramamiento de la ira divina es genuino y concreto. Sin embargo, para quienes confían en Cristo, entregando humildemente toda confianza en sí mismos y todo orgullo al pie de su Cruz, no hay razón para temer porque “el amor perfecto elimina el temor” (1 Juan 4:18). Además, Jesús experimentó la ira de Dios en nuestro lugar.
APLICACIÓN A LA VIDA
¿Guerra santa hoy?
Pensemos en cómo se ha utilizado el discurso religioso para justificar y promover la guerra desde la antigüedad. En el contexto cristiano, las Cruzadas son un buen ejemplo. En esta campaña militar, aprobada por la Iglesia Romana, los cruzados creían que estaban en una misión espiritual para liberar la Tierra Santa de los invasores islámicos.
Aunque la mayoría de nosotros estamos de acuerdo en que toda nación tiene derecho a defenderse de sus agresores, ¿por qué no debería emplearse hoy la retórica religiosa de la guerra santa? (Al dar tu respuesta, mantén en mente el concepto bíblico de guerra santa).
Victoria por amor
Jesús ganó la guerra entre el bien y el mal de una manera inesperada y poco convencional. Reflexiona con tu clase en la siguiente idea:
“Así que, en lugar de luchar y ‘ganar’, Jesús eligió ‘perder’. O mejor, eligió perder según los estándares del reino del mundo para poder ganar según los estándares del Reino de Dios. Su confianza no estaba en el poder de la espada, sino en el poder del amor radical y abnegado, y por eso se dejó crucificar. Tres días después, Dios reivindicó su confianza en el poder del amor abnegado. Había llevado a cabo la voluntad de Dios y, por su sacrificio, había derrotado a la muerte y a las fuerzas del mal que mantienen a este mundo en esclavitud (Col. 2:13–15)” (Gregory A. Boyd, The Myth of a Christian Nation: How the Quest for Political Power Is Destroying the Church [Grand Rapids, MI: Zondervan, 2006], p. 39).
¿Cómo puedes aplicar el ejemplo de amor sacrificial dado por Jesús mientras luchas tus batallas espirituales actualmente?





Tremenda la leccion de esta semana, nos abre los ojos para ver lo que esta pasando dia a dia hoy como ASD vemos como no era el ejercito de Israel, NO ERAN PROFESSIONALES el mismo DIOS y sus angeles eran los que hacian el trabajo sucio