EL SÁBADO ENSEÑARÉ…
RESEÑA
Texto clave: 1 Corintios 6:19-20.
Enfoque del estudio: 1 Corintios 5:1-13; 6:1-13.
Introducción
En los trenes subterráneos (subtes) de muchos países se recuerda constantemente a los pasajeros, mediante mensajes de audio y advertencias visuales, que «tengan cuidado con el hueco». Aunque es obvio que las personas deben mirar por dónde caminan y no poner el pie en el espacio que separa al tren del andén, porque puede causar lesiones graves, muchos lo hacen. En consecuencia, es necesario recordar continuamente a los viajeros lo que es obvio.
La brecha entre el conocimiento y la conducta explica la disparidad entre lo que sabemos que debemos hacer y lo que realmente hacemos. Este concepto puede definirse como el hecho de poseer el conocimiento, las habilidades o la capacidad para lograr algo, pero no hacerlo.
El concepto de la brecha entre el saber y el hacer puede ofrecernos un buen punto de partida para reflexionar sobre el tema del pecado en la iglesia.
Temas de la lección
La lección de esta semana destaca tres temas importantes:
1. Los peligros de racionalizar el pecado. A menudo establecemos una separación entre la ética y la moral por una parte, y nuestras acciones y decisiones por otra, ya sea ignorando lo obvio o reprimiendo nuestras convicciones para justificar nuestro comportamiento. La conducta de los corintios que motivó el mensaje de Pablo ofrece un buen ejemplo de tal problema y una clara orientación para resolverlo.
2. El fundamento bíblico del matrimonio. El concepto bíblico del matrimonio se basa en la teología de la Creación y debe servir de fundamento para nuestra reflexión acerca del tema. La práctica incestuosa a la que se hace referencia en 1 Corintios 5:1 y la falta de reflexión crítica acerca de ello por parte de la comunidad eclesiástica de Corinto nos recuerdan la realidad de la brecha entre el conocimiento y la acción dentro de la iglesia.
3. Resolución de conflictos. La resolución de conflictos entre los miembros de la iglesia debe realizarse dentro de la iglesia y no ante los tribunales seculares, pues el marco de la comunidad de la fe ofrece la oportunidad de una justicia redentora y subraya la convicción de que la iglesia, el cuerpo de Cristo, es capaz de resolver cuestiones difíciles.
COMENTARIO
Trasfondo: El matrimonio y las prácticas sexuales
El matrimonio en la sociedad grecorromana se caracterizaba por la autoridad de quien era la cabeza de la familia (normalmente el marido). Era habitual que las familias fueran extensas e incluyeran varias generaciones de familiares, empleados y esclavos. Las esposas solían encargarse de las tareas domésticas cotidianas: controlar a los sirvientes y esclavos, dirigir la educación de los hijos y supervisar el abastecimiento de los insumos necesarios para la subsistencia.
Los romanos tenían dos tipos de matrimonios legales: Sin manus (latín «manos») y con manus. En el primer caso, el padre de la mujer conservaba la autoridad legal y económica sobre su hija después del matrimonio. «En los primeros tiempos de Roma, el matrimonio con manus era frecuente. Pero en la época del Nuevo Testamento, el matrimonio sin manus, en el que el padre mantenía la autoridad legal y económica (latín: potestas) sobre su hija casada, era mucho más común. […] Tales medidas [el matrimonio sin manus] reforzaban la conexión de las hijas con sus familias y podían proporcionarles poderosos aliados en las disputas matrimoniales» (Margaret Y. MacDonald, «Marriage, New Testament», en The New Interpreter’s Dictionary of the Bible, ed. K. Doob Sakenfeld [Nashville, TN: Abingdon Press, 2006], t. 3, p. 812). Solo los ciudadanos libres podían contraer matrimonios legales, aunque las inscripciones funerarias muestran que las parejas de esclavos «a menudo se consideraban casadas y se proponían crear una unidad familiar estable» (p. 813), incluso sin acuerdos matrimoniales formales.
El matrimonio judío tenía mucho en común con el del mundo grecorromano. El pago de una dote era importante; los matrimonios solían ser concertados por las familias y creaban una red de familias extendidas. La visión de Pablo acerca del matrimonio refleja su origen judío, aunque él mismo no estaba casado.
La brecha entre el saber y el hacer
Pablo es directo en su mensaje a la iglesia de Corinto acerca de la clara brecha que existía entre el saber y el hacer en esa comunidad eclesiástica. Esta brecha estaba asociada con una inmoralidad sexual (porneia), «tal como ni aun entre los gentiles se tolera» (1 Cor. 5:1, RVA-2015).
La incongruencia entre el saber y el hacer es a menudo un reflejo de la fragilidad y el pecado humanos.
Pablo describe bien esta condición en Romanos 7:19: «Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero». La mayoría de nosotros estaríamos de acuerdo con esa declaración en ciertos momentos de nuestra experiencia. Por alguna razón, el bien del que estamos convencidos, o que incluso nos hemos comprometido a practicar, a veces no es lo que decidimos hacer. Los eruditos especializados en el estudio del Nuevo Testamento tienen distintas opiniones acerca de quién es la persona a la que Pablo se refiere cuando usa la primera persona del singular en ese pasaje de Romanos 7 y han ofrecido varias sugerencias.
No obstante, ninguna de esas interpretaciones disminuirá o cambiará el hecho mismo de la existencia de una brecha entre el saber y el hacer en la vida de los seguidores de Jesús. La ley de Dios, tan presente en Romanos 7, no es suficiente para salvarnos de nosotros mismos y de nuestro pecado. ¡Realmente necesitamos un Salvador!
Nuestra verdadera necesidad es una transformación del corazón que solo puede ser obra del Espíritu de Dios. Pablo afirma esta realidad con las poderosas palabras de Romanos 8:1: «Pero ahora, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús; los que no andan según la carne, sino según el Espíritu». Cuando estamos «en Cristo Jesús», estamos a salvo y la transformación puede comenzar. Superar la brecha entre el saber y el hacer requiere compromiso y disposición al cambio. El cambio mental y cognitivo-conductual requiere nuevos patrones de pensamiento y mucha práctica. En palabras de James K. A. Smith: «En mi camino a la virtud no puedo enfocarme solo con los pensamientos […] Las leyes, las reglas y los mandamientos especifican y articulan el bien; me informan acerca de lo que debo hacer. Pero la virtud es diferente: la virtud no se adquiere intelectualmente, sino afectivamente. La educación en la virtud no consiste en aprender los diez mandamientos o memorizar Colosenses 3:12-14, sino en reentrenar nuestras disposiciones. “Aprender” la virtud, volverse virtuoso, se asemeja a practicar teoría musical en el piano: el objetivo es, en cierto sentido, que nuestros dedos aprendan a tocar los ejercicios musicales para que luego puedan tocar “naturalmente”, por así decirlo. Aprender aquí no es solo adquirir información; es más bien inscribir algo en lo más profundo del ser» (You Are What You Love: The Spiritual Power of Habit [Grand Rapids, MI: Brazos Press, 2016], p. 18).
Inmoralidad sexual
Pocos pecados generan más debates entre los fieles que los relacionados con la sexualidad.
La palabra griega porneia («inmoralidad sexual») es mencionada por primera vez en la epístola en 1 Corintios 5:1 y es analizada más detalladamente en los capítulos 5-7. «En griego koiné [el del Nuevo Testamento], la palabra puede referirse a la inmoralidad en general, pero designaba generalmente las relaciones sexuales con prostitutas o la fornicación» (Paul Gardner, 1 Corinthians [Grand Rapids, MI: Zondervan, 2018], p. 224).
La ética sexual del judaísmo y de la iglesia primitiva se basaba en las Escrituras y consistía en una relación heterosexual arraigada en la teología de la Creación y dentro del contexto del matrimonio. Es evidente que los ciudadanos de Corinto tenían una concepción mucho más laxa de la ética sexual, pero incluso ellos se habrían horrorizado ante la relación sexual entre un hombre y la esposa de su padre. La terminología griega utilizada por Pablo para designar a la mujer en cuestión sugiere que no era la madre biológica de la persona, sino su madrastra, aunque la relación de ambos seguía constituyendo una grave inmoralidad.
Sin embargo, la preocupación de Pablo se debía a la indiferencia de la iglesia de Corinto respecto de la situación que, en lugar de lamentar el hecho, estaba dispuesta a pasar por alto la situación (1 Cor. 5:2). Algunos eruditos han sugerido que el feligrés que practicaba este tipo de inmoralidad sexual era tal vez muy influyente o rico. La situación no requería tolerancia, sino una acción decisiva.
En su carta, Pablo exhorta a la iglesia a actuar con rapidez: «Entreguen al tal a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor» (1 Cor. 5:5). Esta declaración metafórica se refiere a la expulsión de aquel hombre del cuerpo de la iglesia. La iglesia debía confirmar la decisión tomada por el hombre mismo. Como señala un comentario: «Ya que por sus acciones había elegido meterse en el reino de Satanás, la decisión de la iglesia se limitaba a confirmar su decisión y dejarle sufrir las consecuencias de sus malas acciones» (Comentario bíblico Andrews [Florida: ACES, 2024], p. 523).
Esta decisión eclesiástica debe ser entendida en un contexto redentor, a semejanza de la declaración de Jesús en Mateo 18:17 acerca del procedimiento que se debe seguir en la iglesia para con una persona descarriada que no admite su inconducta: «Entonces habrás de considerarlo como un pagano o uno de esos que cobran impuestos para Roma» (DHH). En el caso de la iglesia de Corinto, esa medida debía ser tomada para que el miembro descarriado pudiera ser objeto del amoroso cuidado y la amable preocupación de la iglesia, que entonces podría demostrar ese amor invitando a la persona a arrepentirse y a formar parte nuevamente del reino de Dios.
Resolución de conflictos en la iglesia
La preocupación de Pablo por la iglesia de Corinto también tenía que ver con la forma de resolver las tensiones y los conflictos entre sus integrantes. Que los miembros de la iglesia llevaran a otros feligreses ante un tribunal secular era algo totalmente inaceptable para Pablo (ver 1 Cor. 6:1-8). Este problema pone de relieve los numerosos conflictos y disputas internos que parecen haber existido en la iglesia y su falta de sabiduría a la hora de resolver esos problemas dentro del «cuerpo».
La iglesia, como cuerpo unido, repite y se hace eco de las preocupaciones previas de Pablo acerca de las facciones y la unidad (1 Cor. 3 y 4). La insistencia del apóstol en resolver las tensiones y los problemas internamente parece tener su precedente en el Antiguo Testamento y en la tradición judía. Este precedente se basa en la creencia de que Dios mismo es el juez de su pueblo (comparar con 1 Sam. 24:15; Sal. 50:6; 75:7; Isa. 33:22, etc.) y de toda la tierra (Gén. 18:25).
APLICACIÓN A LA VIDA
Las tensiones y conflictos en la iglesia no son fáciles de resolver. Los textos que se refieren a la inmoralidad sexual y a la manera como la iglesia debía atender ese problema ofrecen al lector moderno estrategias importantes para tratar con el pecado, la tensión y el conflicto en nuestras comunidades de fe. Considera las siguientes preguntas con tu clase.
1. ¿Qué le dirías a un amigo que te confiesa que sabe qué es lo correcto, pero que le cuesta hacerlo?
2. ¿Tiene la brecha entre el saber y el hacer algo que ver con la idea errónea de la justificación por las obras? Fundamenta tu respuesta.
3. ¿Por qué es tan difícil perdonar a quienes cometen pecados sexuales?
4. ¿Cuál sería la mejor estrategia para ayudar a quienes luchan contra esos pecados?




