EL SÁBADO ENSEÑARÉ…
RESEÑA
Texto clave: Josué 4:23-24.
Enfoque del estudio: Josué 3; Números 14:44; Lucas 18:18-27; Josué 4; Juan 14:26; Hebreos 4:9–11.
Con el regreso de los espías, Israel estuvo listo para entrar en la Tierra Prometida. Aún quedaba una barrera infranqueable, al menos desde una perspectiva humana: el río Jordán durante la temporada de crecida. Sin embargo, nada puede detener al Dios vivo de Israel. Una vez más, él demostró su soberanía como Señor de toda la Tierra (y de las aguas). Desde que Israel salió de Egipto, el problema nunca fue el poder de Dios para obrar maravillas, sino la preparación de su pueblo, que una vez más sería puesta a prueba con el llamado a santificarse. Al igual que sus antepasados, caminando hacia las orillas del Mar Rojo, los israelitas levantaron el campamento por última vez, antes de entrar finalmente en Canaán.
Más de cuatrocientos años después de la promesa inicial a Abraham, sus descendientes caminaban de nuevo hacia la frontera de lo imposible. Desde el cruce del Mar Rojo hasta el cruce del río Jordán, Dios había convocado a su pueblo para demostrar que para él nada es imposible. El Arca de la Alianza iba delante de ellos para mostrar que el paso por tierra firme no era una casualidad ni un plan de la mano del hombre, sino un acto de Dios. El cruce del río Jordán pasó a la historia como un día singular. El paso también estaba marcado geográficamente con los dos grupos de doce piedras. La pregunta es si este acontecimiento quedaría o no en la memoria de las generaciones futuras. Lamentablemente, con el paso del tiempo, se perdería de vista el significado espiritual de estas piedras. Este trágico olvido llevó a Israel no solo a la idolatría sino también de vuelta a Egipto.
COMENTARIO
Teología del agua
Existen varios paralelismos entre el cruce del mar Rojo y el del río Jordán. Entre ellos, se encuentran el uso de tres términos hebreos importantes: (a) el verbo hebreo pl’ (“maravilla”), para designar ambos cruces milagrosos (Éxo. 15:11; Jos. 3:5); (b) la palabra ned, para referirse a la acumulación de agua como “monton” (Éxo. 15:8; Jos. 3:16); y (c) la poco común palabra harabah, que significa “tierra seca” (Éxo. 14:21; Jos. 3:17). Además, Dios mismo trazó un paralelo entre Moisés y Josué en Josué 3:7, conectando explícitamente los dos eventos. El salmista ve los dos eventos como uno solo (por ejemplo, en Sal. 114:1, 3, 5).
Pero ¿cuál es el significado teológico del paso del Jordán? Esta semana, el autor ya nos ha guiado a través del significado tipológico del acontecimiento a la luz de Jesús y de la iglesia. Así pues, podemos explorar aquí el significado teológico del paso del Jordán para su audiencia original.
Actualmente, si uno visita el río Jordán, resulta difícil imaginar el desafío que supuso para Israel atravesarlo hace milenios. En primer lugar, la irrigación para fines agrícolas y consumo humano, a lo largo de los 360 kilómetros que recorre el cauce del río, ha disminuido considerablemente su tamaño y su caudal. En segundo lugar, la celebración de la Pascua, justo después del cruce, indica que el cruce del río Jordán se produjo en primavera, cuando el río podía llegar a tener hasta un kilómetro de ancho como resultado del deshielo de la nieve en las tierras altas. Esto significa que cruzar esta gran masa de agua con fuertes corrientes no fue un milagro menor que cruzar el Mar Rojo.
En la mente de los pueblos del antiguo Cercano Oriente, como los cananeos, el mar tenía matices mitológicos. Era el lugar de donde provenían sus deidades cuando las fuerzas del caos eran sometidas por dioses más poderosos.
Según el mito cananeo, Baal, que era el dios patrono de la tierra, se convirtió en el dios supremo de la tormenta cuando derrotó a Yam, el dios del mar. Así, “en el pensamiento politeísta antiguo, las naciones ganaban batallas en la tierra porque sus dioses patronos ganaban batallas en el cosmos. Si el Dios de Israel, con mucha facilidad, podía derrotar y someter a sus propósitos el poder del dios-río en plena inundación, ¿qué haría con Baal? ¿Qué, entonces, haría el pueblo del Señor a Canaán?” (Joseph Coleson, “Joshua”, en Cornerstone Biblical Commentary: Joshua, Judges, Ruth [Carol Stream, IL: Tyndale House Publishers, 2012], p. 56). Con este contexto histórico en mente, el cruce del Jordán expresa una triple dimensión teológica que no es fácilmente evidente para los lectores modernos.
En primer lugar, la condición de Dios como “el Señor de toda la tierra” (Jos. 3:11, 13) pone de relieve una diferencia esencial entre las deidades cananeas y el Dios de Israel. Su dominio no se limita a ningún territorio. Toda la Tierra le pertenece y está bajo su jurisdicción. Él es el verdadero Dueño y Señor del mundo y, en este sentido, Baal (que también significa “dueño” o “señor”, en hebreo) es un impostor. El poder de Dios sobre el agua sirve como prueba de su supremacía.
En segundo lugar, Dios es victorioso. Tanto en la mitología babilónica como en la cananea, Marduk y Baal se convierten en dioses principales al aplastar poderosas fuerzas acuáticas. Tanto en pasajes poéticos como en proféticos, se alaba al Señor por conquistar enemigos cósmicos, descritos como un dragón marino o una serpiente, también llamado Rahab, o Leviatán (ver Job 41:1; Sal. 74:13; Isa. 30:7).
Cuando el Señor vence a las fuerzas acuáticas del caos, su victoria es suprema. Sin embargo, la diferencia crucial entre el Dios de Israel y estos dioses es que él es un Dios vivo (Jos. 3:10), que actúa en tiempo real. No es un dios de la mitología, sino que es el Dios de la historia.
Finalmente, Dios es santo. El Arca del Pacto aparece al menos veinte veces en Josué 3 y 4, lo que resalta su importancia en la historia como una representación física de Aquel que va literalmente delante de ellos (Jos. 3:11). La gloria del Señor, que reposaba sobre el Arca, era una manifestación visible de la presencia divina. Sin embargo, esta muestra de su presencia era visible solo para el sumo sacerdote una vez al año, y solo bajo condiciones restringidas. Durante el cruce del Jordán, el Arca iría aproximadamente un kilómetro por delante del pueblo, y permanecía a la vista de ellos solo durante el cruce en medio del lecho del río. A diferencia de los ídolos de Canaán, que fueron creados a imagen de sus “hacedores” humanos, Dios estaba formando una nueva nación a su semejanza, como se expresa en el mandamiento: “Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo” (Lev. 19:2).
Estos tres aspectos teológicos —el dominio de Dios, la victoria y la santidad— debieron de estar presentes en la mente de los israelitas al entrar en la tierra idólatra de Canaán. El recuerdo de ese día espectacular debió de haber servido como antídoto contra la idolatría, un antídoto que, por desgracia, Israel no tomó.
El problema de la memoria
El concepto de memoria en la Biblia es dinámico porque abarca más que el mero proceso cognitivo de recordar información. Este concepto se muestra cuando, en varias ocasiones, Dios “se acuerda” de su pueblo (por ejemplo, en Éxodo 2:24). Cuando Dios se acuerda, actúa favorablemente hacia su pueblo. Por lo tanto, cuando Dios llama a su pueblo a recordar, también lo invita a actuar.
La memoria debe representarse en el tiempo y el espacio a través de diversos medios, como la transmisión de la tradición de padres a hijos, la construcción de monumentos como el de Josué 4 y, lo más importante, a través de la celebración de rituales durante las grandes fiestas del calendario religioso. Es significativo que estas fiestas tuvieran un triple propósito. En primer lugar, conmemoraban las acciones de Dios en la vida presente de Israel, al pasar las estaciones de la siembra y la cosecha. En segundo lugar, estas fiestas conmemoraban las acciones de Dios en el pasado, en particular las relacionadas con el Éxodo y la Conquista. Y, finalmente, también apuntaban tipológicamente a las acciones de Dios en el futuro, en la era escatológica, inaugurada por Jesús. Así, la dinámica bíblica de la memoria no solo abarca el pasado, sino también nos permite vivir en el presente con gratitud y mirar hacia el futuro con esperanza.
Lamentablemente, Israel no obedeció el consejo divino de recordar. El libro de los Jueces comienza con una nota sombría sobre la amnesia espiritual de la generación posterior a la muerte de Josué: “Se levantó otra generación que no conocía al Señor ni la obra que él había hecho por Israel” (Juec. 2:10). Más adelante, el narrador afirma explícitamente: “Los israelitas […] se olvidaron del Señor su Dios, que los había librado de todos sus enemigos de alrededor” (Juec. 8:33, 34).
El resultado fue la apostasía en forma de idolatría, que persistió a lo largo de la historia de Israel, desde Salomón hasta Sedequías, el último rey de Judea antes del cautiverio. La idolatría es el resultado natural del olvido espiritual. Este resultado es claramente evidente en la historia de Gomer, quien, como representación de Israel, olvidó que había sido Dios, no Baal, quien le había dado “el trigo, el vino y el aceite, quien multiplicaba la plata y el oro que ofrecían a Baal” (Ose. 2:8, RVR 1995). En este sentido, la idolatría es ingratitud, basada en una catastrófica amnesia espiritual. El olvido radical de Israel condujo a una pérdida casi completa de su identidad antes del exilio en Babilonia, con excepción de un remanente. Muchos de los que permanecieron en la tierra durante el exilio optaron por regresar a Egipto. La historia de los reyes de Israel y de Judá termina con el Éxodo al revés, con todo el pueblo que quedó vivo en Jerusalén retornando a Egipto (Jer. 43:7). Este exilio es el espantoso resultado del olvido espiritual.
APLICACIÓN A LA VIDA
Oportunidades evangelizadoras
En el contexto original del Antiguo Testamento, los milagros del Mar Rojo y del río Jordán enfatizan el poder divino de Dios para vencer las fuerzas del mal y su superioridad sobre todas las demás deidades. Estas manifestaciones públicas tenían como objetivo no solo ser demostraciones de la fuerza divina en sí, sino también oportunidades de evangelización, para que otras naciones pudieran conocer la verdad acerca del Dios de Israel.
¿Cómo puedes usar cada experiencia con Dios en tu vida como una oportunidad para mostrar a otros la verdadera naturaleza del Dios al que adoras?
Recordando el pasado
Uno de los momentos más agradables que tenemos en familia es el momento en que nos sentamos a mirar fotografías antiguas. Estas imágenes son momentos congelados en el tiempo, llenos de emociones. En cierto modo, recordar es como revivir esos recuerdos.
Considera tu vida como un gran álbum de fotografías y trata de identificar los momentos en los que puedes ver la poderosa presencia de Dios.
En un sermón titulado “Cuando Dios recuerda”, Hans K. LaRondelle dijo que recordar “el pasado significa renovar nuestra esperanza en el futuro”. En el mismo sentido, al hablar de cómo Dios estaba conduciendo el movimiento adventista del séptimo día, Elena de White dijo memorablemente: “No tenemos nada que temer del futuro, a menos que olvidemos la manera en que el Señor nos ha conducido, y lo que nos ha enseñado en nuestra historia pasada” (Notas biográficas [Florida: ACES, 2013], p. 196).
Comparte con tu clase de qué manera los recuerdos de cómo Dios actuó en tu vida te han animado en los momentos difíciles.




