EL SÁBADO ENSEÑARÉ…
RESEÑA
Texto clave: Lucas 14:11.
Enfoque del estudio: Gén. 11:5; Isa. 14:12-14; Núm. 12:3; Luc. 18:9-14; Sal. 20:7.
La semana pasada analizamos el diagnóstico del Señor acerca de la enfermedad espiritual de Laodicea: “Tú dices: ‘Yo soy rico […] y nada necesito’. Y no conoces que eres un cuitado y miserable, pobre, ciego y desnudo” (Apoc. 3:17). Jesús, aquí, señaló el problema del orgullo espiritual, cuya raíz es el enfoque en el “yo”. La cruda realidad es que somos incapaces de vencer el orgullo sin la ayuda de Dios. Por lo tanto, podemos estar agradecidos de que el mensaje bíblico se ocupe precisamente de ese problema que nos concierne a todos. Esta semana analizaremos el pecado del orgullo para comprender su mecanismo y tomar conciencia de su peligro. Lo haremos en tres pasos.
1. En primer lugar, rastrearemos el origen del orgullo en el Cielo, cuando Lucifer se propuso usurpar el lugar de Dios (Isa. 14:13).
2. Pasaremos luego a la Tierra para examinar el proyecto de los constructores de Babel, que consistía en hacerse famosos edificando una torre que llegara hasta el cielo (Gén. 11:4).
3. En tercer lugar, estudiaremos varios ejemplos de orgullo juntamente con algunos modelos contrastantes de humildad: el faraón y Moisés, Nabucodonosor y Daniel, y el fariseo y el recaudador de impuestos en la parábola de Jesús (Luc. 18:9-14). Esta tercera sección ofrecerá una reflexión comparativa acerca del orgullo y la humildad basada en las enseñanzas de la sabiduría bíblica (Prov. 11:2; 27:1, 2).
COMENTARIO
El orgullo de Lucifer
El texto clave acerca del orgullo de Lucifer se encuentra en Isaías 14:12 al 15, cuyo contexto es la profecía pronunciada por Isaías contra Babilonia (Isa. 14:3-23). Es interesante observar que el lenguaje de ese anuncio divino contra Babilonia/Lucifer recuerda el lenguaje del mensaje apocalíptico dirigido a la iglesia de Laodicea. Ambas reprensiones tienen que ver con afirmaciones (“tú [Lucifer/Laodicea] decías” [Isa 14:13; comparar con Apoc. 3:17]). Al igual que en la carta a Laodicea, el oráculo de Isaías contra Lucifer enfatiza la perspectiva centrada en la persona (en este caso, la de Lucifer), lo cual se repite cinco veces: “Subiré”, “levantaré”, “me sentaré”, “subiré” y “seré semejante al Altísimo”. Al igual que en la carta a la iglesia de Laodicea, el anuncio de Isaías marca un punto de inflexión inesperado cuando predice: “Serás derribado” (Isa. 14:15, BJS). En ambas profecías, los autores inspirados describen un escenario de jactancia (como lo indica el orgulloso uso del pronombre “yo”), lo cual es condenado de manera inequívoca.
Con estos antecedentes en mente, centrémonos ahora en la historia de la caída de Lucifer, que está repleta de lecciones espirituales que analizaremos punto por punto:
El nombre de Lucifer: El problema de Lucifer está implícito en su nombre, que deriva del latín lux ferre: “portador de luz”, traducción del nombre hebreo heylal, “luz”, palabra emparentada con la exclamación de adoración “aleluya”, referida a Dios. Por lo tanto, como sugiere el significado de su nombre, la profunda intención de Lucifer (es decir, lo que buscaba en su corazón [Isa. 14:13]) era ser adorado.
Su ascenso: Para ser adorado, Lucifer buscó ascender jerárquicamente desde donde estaba hasta la posición suprema ocupada por Dios. Esa ilegítima aspiración ascendente es destacada en el texto mediante el recurso de la repetición. En primer lugar, el verbo clave que describe su pretensión es alah, “ascender”, el cual es utilizado dos veces, como primer y último verbo de la serie de acciones en las frases “subiré al cielo” (Isa. 14:13) y “sobre las altas nubes subiré” (Isa. 14:14). Este movimiento ascendente resuena de nuevo en el verbo ‘arim, “exaltaré”, que significa literalmente “llevar hacia arriba”, en referencia al trono de Lucifer. Lucifer pretendía audazmente elevar su trono “por encima de las estrellas de Dios”; es decir, las estrellas más elevadas.
El destino pretendido: Lucifer pretendía alcanzar “el Monte de la Reunión”. El pasaje paralelo se encuentra en Ezequiel 28 y se refiere al santo “monte de Dios” (Eze. 28:16), que designa el lugar del Templo, donde el pueblo de Dios se reunía para adorarlo. Isaías 14:13 especifica que este lugar se encuentra en “el extremo norte” (NVI), un superlativo para designar el sitio más elevado, donde Dios mismo es adorado en el Cielo. La misma frase es utilizada en el Salmo 48 para designar el lugar donde se encontraba el Templo (Sal. 48:2).
La intención profunda: El pasaje concluye con la revelación de la verdadera intención de Lucifer: “Seré semejante al Altísimo” (Isa. 14:14). Estas son las últimas palabras de Lucifer registradas en el pasaje (Isa. 14:14). Esta historia revela la audaz blasfemia del orgullo en toda su arrogancia: llegar a ser como Dios. La conclusión nos advierte sobre el resultado de tal aspiración. El orgullo que busca usurpar el lugar más alto del Cielo, el lugar de Dios mismo, hará que quien aspire a ello termine “cuitado y miserable, pobre, ciego y desnudo” (Apoc. 3:17), en el “más profundo abismo” (Isa. 14:15).
El orgullo de Babel
El lenguaje utilizado para describir la obra de los constructores de Babel se hace eco del relato de la Creación, lo que indica claramente la intención de los constructores de suplantar e identificarse como el Creador. Esta intención ya se anticipaba en el capítulo anterior, en la tabla de las naciones, donde se presenta la fundación del reino de Babel por parte de Nimrod con la palabra técnica re’shit, “la gran ciudad” (Gén. 10:12, énfasis añadido) o “la mayor” (BNP). Este es el mismo término que introduce la obra creadora de Dios (Gén. 1:1).
Los constructores de la Torre de Babel muestran el mismo deseo de Nimrod de ocupar el lugar de Dios. La palabra del Señor (hebreo, wayyomer ’elohim), traducida como “Dios dijo”, que señala el ritmo de la obra divina de la Creación, también es utilizada aquí para referirse a los constructores: wayy’omeru, “y dijeron” (Gén. 11:3, 4). La concreción divina de la Creación (“y hubo”, traducción del hebreo wayehi; Gén. 1:3) describe ahora el logro de Babel (wattehi: “y les sirvió” [Gén. 11:3]). El mismo lenguaje que se refiere a la deliberación de la Deidad cuando propone crear a la humanidad (na‘aseh, “hagamos” [Gén. 1:26]) reaparece cuatro veces en referencia a la deliberación de los constructores: “Hagamos ladrillo” (Gén. 11:3), “cozámoslo” (Gén. 11:3), “edifiquemos” (Gén. 11:4) y “para hacernos […]” (Gén. 11:4). Incluso su intención de “hacerse un nombre famoso” (Gén. 11:4) es una usurpación de las prerrogativas divinas, ya que Dios es el único que “engrandece” el nombre de alguien (Gén. 12:2) y el único que puede engrandecerse; es decir, “hacer un nombre” para sí mismo (Isa. 63:12, 14; Jer. 32:20).
En vista de ello, los constructores de Babel tenían la misma ambición que Lucifer. Al igual que él, querían ascender al lugar de Dios, a la “puerta de Dios” (Bab-el). La historia termina con un juego idiomático irónico acerca del nombre de la torre: Bab-el (“la puerta de Dios”), el nombre de la presuntuosa empresa edilicia, conduce a balal, “confusión” (ver Gén. 11:9).
El soberbio y el humilde: El faraón versus Moisés
La Biblia no contiene un ensayo abstracto acerca del orgullo y la humildad. Las virtudes y los defectos se comprenden mejor a la luz del accionar de los individuos, en el curso de los acontecimientos. En consecuencia, la enseñanza bíblica acerca del orgullo y la humildad es ejemplificada mediante el contraste entre personas humildes y orgullosas: entre Abel y Caín, Jacob y Esaú, José y sus hermanos, Moisés y el faraón, Daniel y Nabucodonosor. En esta lección, solo se presentará el contraste entre Moisés y el faraón.
Al comienzo del libro de Éxodo, ambos hombres se enfrentan a la sorprendente singularidad de Dios. Sin embargo, reaccionan de manera diferente ante la presencia divina. Moisés lo hace respondiendo a Dios con dos preguntas. La primera se centra en sí mismo: “¿Quién soy yo?” (Éxo. 3:11). Moisés se siente insignificante ante Dios e incapaz de cumplir la misión que se le ha encomendado. La segunda pregunta se refiere al propio Dios. Moisés quiere conocerlo (Éxo. 3:13) para poder entablar una relación con él. Por otra parte, cuando el faraón oye hablar de Dios, reacciona negando su existencia. A diferencia de Moisés, el gobernante se niega a conocerlo (Éxo. 5:2). El faraón no puede reconocer la existencia del Señor simplemente porque se considera divino. En consecuencia, se niega a oír hablar de otra deidad. El faraón revoca la orden divina de dejar ir a los israelitas para que puedan guardar el sábado (Éxo. 5:6-9) y, en cambio, ordena a Israel que trabaje más. Además, el Señor conocía a Moisés cara a cara (Deut. 34:10), mientras que el faraón seguía rechazando a Dios y se negaba a humillarse ante él (Éxo. 10:3). Mientras que Moisés fue recordado como la persona más humilde de la Tierra (Núm. 12:3), el faraón fue recordado como el más orgulloso (Éxo. 7-10; comparar con Neh. 9:10).
APLICACIÓN A LA VIDA
Primera orientación para el maestro: ¿Cómo morimos a nosotros mismos? E igualmente importante, ¿cómo podemos permanecer humildes y al servicio de nuestro Creador? Para explorar en profundidad las respuestas a ambos interrogantes, lee la reflexión que aparece a continuación y analiza con tu clase las preguntas que siguen.
Para reflexionar
El Señor nos concede dones espirituales y naturales a fin de que resulten una bendición para su iglesia. Entre ellos, el del canto, la predicación, la enseñanza, el servicio, la hospitalidad, la evangelización, la narración de relatos, etc. Desafortunadamente, es muy fácil perder de vista al Dador de los dones y exaltar a quienes los han recibido.
1. ¿Qué puedes hacer para mantenerte humilde cuando sirves al Señor con los dones que él te ha dado para glorificarlo?
2. ¿Cuáles son los peligros del orgullo y la autoexaltación?
3. ¿Por qué es tan importante la humildad cuando se sirve al Señor?
4. Comparte tus respuestas a las preguntas anteriores a la luz de la confesión de Pablo:
“Cada día muero” (1 Cor. 15:31, RVR 1960). ¿Cómo propone el apóstol que logremos esta “muerte”? ¿Por qué es ella tan importante para la humildad y el servicio eficaz al Señor?
Segunda orientación para el maestro: Divide la clase en pequeños grupos y asigna a cada grupo uno de los siguientes contrastes entre orgullo y humildad: Caín y Abel, Abraham y Lot, Jacob y Esaú, José y sus hermanos, Daniel y Nabucodonosor. Da tiempo a cada grupo para que explore los contrastes y prepare una breve presentación acerca de los resultados de su análisis. Invítalos a compartir sus ideas con la clase.
Caín versus Abel (Gén. 4): Compara el significado contrastante de los nombres de Caín y Abel, la ofrenda que cada uno de ellos presentó al Señor y el diálogo entre Caín y Dios.
Abraham versus Lot (Gén. 13): Considera la actitud de cada uno de ellos cuando eligieron el territorio en el que se establecerían.
Isaac versus Ismael (Gén. 18): Compara los momentos de risa mencionados en la narración. Reflexiona acerca de la sumisión de Isaac y su disposición a ser sacrificado (Gén. 22).
Jacob versus Esaú (Gén. 27): Comparte las actitudes de los hermanos respecto de la primogenitura y su posterior encuentro en Génesis 33.
José versus sus hermanos (Gén. 37): Compara la reacción de los hermanos de José ante sus sueños con el temor de ellos a las represalias posteriores (Gén. 50).
Nabucodonosor versus Daniel (Dan. 1; 3; 4): Considera la humildad cortés de Daniel ante el mandato del rey. Compara también el intento de Nabucodonosor de usurpar la supremacía de Dios en Daniel 3 con su experiencia de humillación extrema y su resultante humildad en Daniel 4.




