Lección 13 Edición Maestros. 4to Trimestre – ¡Elijan hoy! – Sábado 27 de Diciembre 2025

EL SÁBADO ENSEÑARÉ…

RESEÑA

Texto clave: Josué 24:15. Enfoque del estudio: Josué 24; Génesis 12:7; Deuteronomio 5:6; 17:19; 1 Reyes 11:2, 4, 9; 2 Timoteo 4:7, 8.

Al estilo de Moisés, el libro de Josué concluye con un discurso en el que Josué insta al pueblo a tomar una posición. Después de una vida larga e intensa, Josué está listo para completar su misión. En la primera parte del discurso, las palabras de Josué son las de Dios, y relatan lo que el Señor ha hecho por Israel desde el llamado de Abraham (Jos. 24:1-13). Al utilizar 19 verbos en primera persona, Dios refuerza el papel pasivo de Israel en este emprendimiento, en contraste con el uso repetido de la segunda persona “ustedes” para describir a Israel.

La segunda parte del discurso comienza con el adverbio “ahora” (atta), que introduce la última apelación de Josué para que el pueblo dé una respuesta. Es un llamado al pueblo a ejercer su libertad de elección. Luego continúa una ceremonia de renovación del Pacto, durante la cual se colocan dos testigos: el pueblo mismo y un monumento de piedra. Continuando los paralelismos con el final de Deuteronomio, el diálogo entre Josué y el pueblo establece una tensión entre dos trayectorias: una hacia la obediencia, la estabilidad y la unidad, y otra hacia la deslealtad, la incertidumbre y la desintegración. En esta encrucijada descansa cada decisión individual. Josué deja clara su elección en el centro del capítulo: “Yo y mi casa serviremos al Señor” (Jos. 24:15).

El libro concluye con tres tumbas (Jos. 24:29-33). La nota sobre el lugar de descanso final de los restos de José cierra un ciclo que comenzó en Génesis. Al igual que la muerte de Aarón y Moisés en Deuteronomio, las muertes de Josué y Eleazar marcan el fin de una era. Al comenzar un período inexplorado, Israel puede confiar en el compromiso inquebrantable de Dios con sus promesas.

 

COMENTARIO

Otra vez en Siquem

En la Biblia, la geografía suele tener importantes implicancias teológicas. La providencia de Dios al traer a Israel a Siquem para esta renovación del Pacto no es casual ni accidental. Siglos antes, Dios se le apareció a Jacob mientras él estaba en Siquem. Allí el Señor le ordenó que fuera a Betel (Gén. 35:1). En preparación para el viaje, Jacob instó a su familia: “Quiten los dioses ajenos que hay entre ustedes. Límpiense, y muden su vestido” (Gén. 35:2). El pueblo obedeció, entregando sus dioses extranjeros y los anillos ornamentales, que fueron enterrados debajo de una encina. Como resultado, el terror de Dios cayó sobre los habitantes de Canaán hasta que Jacob llegó a Betel para construir un altar en honor al Señor (Gén. 35:3- 7). En Betel, Dios reafirmó su promesa a Jacob en términos familiares: “Yo soy el Dios Todopoderoso. Crece y multiplícate. Una nación y un conjunto de naciones procederán de ti, y reyes saldrán de tus lomos. Y la tierra que di a Abraham y a Isaac, te la doy también a ti y a tus descendientes después de ti” (Gén. 35:11, 12).

De la misma manera, Josué promueve un reavivamiento espiritual, reafirmando el compromiso de Dios con sus promesas. De pie sobre los ídolos enterrados, recuerda a Israel el peligro de la idolatría y la importancia de la fidelidad. En este punto, los hijos de Israel se encuentran en la misma encrucijada. Siquem es un lugar de decisión, un lugar para mirar hacia el futuro, sin olvidar el pasado. Tal elección determinaría no solo el destino de cada individuo, sino también el destino colectivo de Israel. La eliminación de los dioses extranjeros en Siquem consolida la identidad singular de la casa de Jacob. La cuestión en tiempos de Josué era si Israel seguiría siendo Israel o no.

 

¿Yo o nosotros?

Una de las diferencias entre la cosmovisión de la sociedad occidental moderna y la sociedad del mundo bíblico es la relación entre la personalidad individual y la colectiva. En términos temporales, en el mundo bíblico las decisiones individuales siempre se consideraron en conexión con la comunidad entera. Esta noción es evidente en Josué 24:6, donde Dios dice: “Cuando saqué de ese país a sus antepasados, ustedes llegaron al mar Rojo” (NVI), aun cuando muchos de los oyentes todavía no habían nacido cuando tuvo lugar el Éxodo y el arrivo al mar Rojo.

Wheeler Robinson fue el primer erudito que aplicó el concepto de “personalidad corporativa” al texto bíblico. El concepto, que proviene del derecho legal inglés, se refiere al “hecho de que un grupo o entidad puede ser considerado legalmente como un individuo, que posee los derechos y los deberes de un individuo” (J. W. Rogerson, “Corporate Personality”, en The Anchor Bible Dictionary [Nueva York: Doubleday, 1992], t. 1, p. 1156). Robinson utiliza el término en dos sentidos: responsabilidad corporativa y representación corporativa. Aunque se lo critica por su falta de precisión y por utilizar principios antropológicos ahora obsoletos, la idea de Robinson no debe ignorarse por completo. En los estudios bíblicos, su concepto ha sido actualizado apropiadamente como “solidaridad corporativa”, que se refiere a “la oscilación o relación recíproca entre el individuo y la comunidad que existía en la mente semítica. El acto del individuo no es meramente un acto individual, ya que afecta a la comunidad y viceversa. El individuo es a menudo representativo de la comunidad y viceversa” (G. K. Beale, The Right Doctrine From the Wrong Texts? Essays on the Use of the Old Testament in the New [Grand Rapids, MI: Baker Academic, 1994], p. 37).

La solidaridad corporativa no es solo una realidad innegable detrás del texto bíblico —y todavía viva en muchas sociedades que enfatizan la interdependencia, la conformidad y la fuerte identidad familiar actualmente— sino también un presupuesto básico de la tipología bíblica. De hecho, está en el centro del evangelio. En el lado negativo, aunque no somos responsables del pecado de Adán, su fracaso abrió la puerta al mal, cuya influencia nadie –excepto Cristo– fue capaz de evitar. Como dice Pablo: “Así como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, pues todos pecaron” (Rom. 5:12).

En el lado positivo, la victoria de Cristo como el nuevo Adán, el Representante de la nueva humanidad, trae la influencia del bien y la posibilidad de victoria para todos: “Si uno murió por todos, luego todos han muerto” (2 Cor. 5:14). Pablo complementa esta noción diciendo: “Así como por el delito de uno vino la condenación a todos los hombres, así también por la justicia de uno solo vino a todos los hombres la justificación que da vida” (Rom. 5:18).

 

Libertad individual

En el contexto de las bendiciones y las maldiciones temporales del Pacto, Dios nunca trató con su pueblo individualmente. La imagen del Nuevo Testamento de la iglesia como el cuerpo de Cristo tiene sus raíces en esta comprensión social. En el Antiguo Testamento, la suma de las decisiones individuales siempre afectaba al pueblo en su conjunto. Este concepto es evidente en la oración de Daniel, en la que busca el perdón de pecados que no había cometido personalmente (Dan. 9). Sin embargo, la Escritura afirma claramente el valor de la libertad individual. Según Ezequiel, “el alma que peque, esa morirá. El hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo. La justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él” (Eze. 18:20; comparar con Deut. 24:16). Desde un punto de vista eterno, Dios tratará con nosotros individualmente. Podemos enfrentar las consecuencias de los pecados de los demás, pero no su culpa.

El discurso final de Josué presenta esta tensión entre la identidad colectiva y la individual. Si bien en un sentido colectivo menciona los actos de redención de Dios en el pasado y alude a los actos de juicio de Dios en el futuro, su llamado es individual. Esta libertad individual debe entenderse dentro de los límites del Pacto.

Por dar un ejemplo, las personas pueden decidir si se casan o no, pero una vez que aceptan casarse, su libertad individual se encuentra limitada por su pacto matrimonial. Las decisiones de un cónyuge afectarán a ambos, y viceversa.

En el lenguaje bíblico, es importante señalar que la liberación de la esclavitud se denomina redención, no libertad. Cuando Israel salió de Egipto, no se trataba solo de tener la capacidad de elegir si servir o no, sino más bien de tener la libertad de elegir a quién servir. De hecho, “el desafío de Josué consolida el argumento de que quienes se convierten en Israel son aquellos que son elegidos y rescatados por Dios. Aquellos que permanecen en Israel son aquellos que eligen y sirven al Señor” (Mark Ziese, Joshua [Joplin, MO: College Press, 2008], p. 383). En este sentido, “la libertad es el estado que surge después de que Dios ha actuado para eliminar todos los obstáculos —sociales, espirituales (el pecado y la muerte), económicos e institucionales— que bloquean el propósito de nuestra Creación. Este propósito es conocer, amar, adorar y disfrutar a Dios para siempre” (Esau McCaulley, “Freedom”, en The Lexham Theological Wordbook [Bellingham, WA: Lexham, 2014]).

La libertad es el don más poderoso que Dios da a sus criaturas. Sin embargo, como demuestra la historia humana, también es el más peligroso, porque puede emplearse mal, con consecuencias nefastas. Dios es, en esencia, amor, y no hay amor sin libertad. Por lo tanto, la cuestión no es si tenemos libertad, sino cómo utilizaremos este don asombroso. Esta pregunta se aborda al final del libro de Josué.

 

APLICACIÓN A LA VIDA

El desafío de la libertad

No es fácil ser libre. Esta idea se demuestra en la historia de Israel, a quien Dios condujo al desierto para aprender la esencia de la libertad. Aunque este período fue prolongado, la escuela del desierto no debía durar más de un año y medio, aproximadamente el tiempo transcurrido entre el Éxodo y la llegada a Cades Barnea (Éxo. 19:1; Núm. 10:11, 12; Deut. 1:2).

 

1. ¿Por qué necesitamos aprender a utilizar la libertad?

 

2. Si eres padre, piensa en cómo puedes enseñar a tus hijos a utilizar su libre albedrío. Comenta tus ideas.

 

3. ¿Cómo pueden las circunstancias difíciles impulsar nuestro aprendizaje?

 

La idolatría hoy en día Consideremos la siguiente definición de ídolo propuesta por Martín Lutero: “La confianza y la fe del corazón se pueden depositar tanto en Dios como en un ídolo. […] A lo que sea que tu corazón se aferre y en lo que sea en que confíes, eso es realmente tu dios” (Obras completas de Martín Lutero, trad. Manuel Vallejo Díaz [Buenos Aires: Paidós, 1971], t. 5, pp. 45, 46; adaptado). La idolatría era una característica básica de la cultura en tiempos bíblicos. De hecho, era una amenaza continua para el pueblo de Dios que finalmente llevó a Israel y Judá al cautiverio.

Aunque, como adventista del séptimo día no adores estatuas de dioses, ¿cómo puede la idolatría seguir siendo una amenaza para tu fe?

 

El fin

Al igual que Deuteronomio, el libro de Josué termina con una referencia a los lugares de sepultura. Parece extraño concluir un libro que trata principalmente de victorias con este tipo de detalles.

 

1. ¿Por qué crees que el libro concluye de esta manera?

2. ¿Qué mensaje está transmitiendo Dios acerca de la naturaleza del liderazgo humano y de la continuidad del control divino sobre la historia?

3. ¿Cómo podría este mensaje afectar tu perspectiva sobre el liderazgo y la supervisión divina de la iglesia?

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