Lección 12 Edición Maestros – Los acontecimientos finales de la Tierra – Sábado 22 Junio

EL SÁBADO ENSEÑARÉ

Introducción:

El pueblo de Dios, que participa del conflicto final entre Cristo y Satanás, no avanza a tientas en cuanto a los acontecimientos finales, y Dios no lo abandona mientras estos se van cumpliendo. Mas bien, nos prepara para la batalla al darnos su Palabra profética para que nos sirva de inspiración, orientación y empoderamiento. Esta semana, nos centraremos en varios elementos clave de la preparación del pueblo de Dios para los últimos días. En primer lugar, se nos recuerda que la Palabra de Dios es nuestra única guía segura; es la fuente de toda verdad y poder. Únicamente estaremos a salvo en la medida en que permanezcamos fieles a esta Palabra. Por lo tanto, debemos adherirnos al consejo y la sabiduría de la Biblia, independientemente de que las apariencias indiquen lo contrario en el escenario de los acontecimientos mundiales. En segundo lugar, la observancia del sábado es la señal de nuestro compro- miso y lealtad a nuestro Creador y Salvador. En tercer lugar, no estamos solos, y nunca lo estaremos, en nuestra participación en el Gran Conflicto y en el cumplimiento de la misión de Dios de proclamar su evangelio eterno. Es más, el Espíritu Santo mismo dará poder al pueblo de Dios de una manera especial para testificar públicamente al mundo del tiempo del fin respecto del poder del evangelio y el llamado de Dios para que todos se vuelvan a él, y abandonen al diablo y sus posiciones. Estos acontecimientos se conocen como la lluvia tardía, o poder que Dios otorga a su pueblo, y el fuerte clamor, que constituye la proclamación pública final del evangelio.

Temática de la lección:

El estudio de esta semana se centra en dos temas principales:

1. Aceptar el amor y la salvación de Dios en Jesucristo generará en nosotros un amor inquebrantable por él y la resolución de ser fieles a él, a su Palabra y a su sábado.

2. El Espíritu Santo nos dará poder al recibir el derramamiento de la lluvia tardía. Este derramamiento nos capacitará para dar el “fuerte clamor”, o llamado final al mundo para que se arrepienta y sea salvo.

 

COMENTARIO

Sé fiel: Dios tendrá la última palabra

Iván nació y creció en una familia adventista fiel en la Unión Soviética. Aunque su familia era pobre y se veía obligada a trabajar duro, tuvo una infancia y una juventud despreocupadas y felices. A los 18 años, Iván fue reclutado para servir en el ejército soviético. Junto con otros reclutas, subió a un tren y, siete días después, se encontraba a tres mil kilómetros de casa. Así comenzó su largo período militar de dos años.

Iván sabía que lo esperaba su mayor reto. Incluso antes de ser reclutado, había decidido en su corazón que permanecería leal a Dios y guardaría el sábado, independientemente de lo que pudiera ocurrirle. Los dos primeros sábados les explicó a sus superiores inmediatos que no podía trabajar en ese día debido a sus convicciones religiosas. Los mandos le toleraron esos primeros sábados, pensando que pronto abandonaría sus costumbres extrañas, “provincianas” y “primitivas”. Sin embargo, al poco tiempo se dieron cuenta de que el joven hablaba en serio, y tomaron importantes medidas disciplinarias y “educativas”. Un viernes de tarde, tras una agotadora jornada de trabajo, le dijeron a Iván que no merecía dormir en una cama cómoda el fin de semana si se negaba a trabajar los sábados. En su lugar, le informaron que pasaría el fin de semana en el centro de detención temporal. Cuando llegaron a la cárcel, descubrieron que estaba cerrada y que el carcelero se había marchado a otro lugar. Mientras esperaban a que el carcelero regresara, Iván buscó consuelo y apoyo en Dios. De repente, un sargento que pasaba por allí se detuvo y preguntó casualmente a los superiores de Iván a quién habían llevado a la cárcel. –A un guardador del sábado –respondieron–.

Queremos reeducarlo para que obedezca órdenes y trabaje los sábados. –¡Nunca! –exclamó el sargento–. Conozco a esta gente. ¡Preferirían morir antes que trabajar los sábados! Los oficiales se dieron cuenta de que habían cometido un error al permitir que el sargento hablara en presencia de Iván. Pero ya era demasiado tarde. Iván recibió la dosis de ánimo que tanto necesitaba. Llegó el carcelero y, justo cuando empezaba el sábado, escoltó a Iván hasta la cárcel: una habitación de 2×3 metros abarrotada por otros diez soldados, la mayoría de los cuales fumaban. La pesada puerta metálica se cerró e Iván ocupó el único lugar disponible junto a la entrada, dispuesto a permanecer de pie o sentado el resto del fin de semana.

Los minutos se convirtieron en horas, y a medianoche Iván empezó a imaginar cómo los hermanos de su ciudad natal se dirigían alegremente a la iglesia para adorar a Dios durante la víspera del Día Santo, mientras él permanecía encerrado en una oscura celda, llena de humo de cigarrillo, con tres días más por delante. De repente, Iván recordó el último sermón que escuchó en su iglesia antes de partir para el servicio militar. Se trataba de la historia de Elías en el monte Carmelo y de cómo oró siete veces para que lloviera. ¿Y si yo también oro siete veces?, pensó Iván. Aunque parecía casi una presunción, decidió intentarlo. Pronunció la primera oración sencilla en su corazón. No ocurrió nada. Siguió la segunda oración. Aun así, ninguna “nube”. Tercera oración. Luego la cuarta. Quinta. Y sexta. Finalmente, pronunció en su corazón la séptima oración.

Al terminar, reinó un silencio total. El silencio no hizo nada para cambiar la determinación ni la fe de Iván. Estaba dispuesto a ser leal a Dios, aunque Dios no respondiera sus siete oraciones de forma evidente. Al menos, pensó para sí, lo he intentado, ¿no? Sin embargo, apenas un minuto después, el silencio se vio interrumpido por unos pasos fuera de la cárcel. A los pasos siguió el tintineo de las llaves y el chirrido de la puerta al abrirse. El carcelero apareció en la puerta, miró a Iván y le ordenó que saliera. Una vez afuera, el supervisor llevó a Iván a su despacho, improvisó una cama sencilla pero cómoda e invitó al joven a dormir. Iván se desplomó y se durmió de inmediato. Por la mañana, Iván se despertó con otra sorpresa: el supervisor le había traído el desayuno. Aún más, el supervisor le dio a Iván una bolsa con comida y lo condujo a la orilla del lago, donde lo dejó libre para que disfrutara del sábado en la naturaleza.

Iván pasó los siguientes sábados de la misma manera. Los funcionarios lo llevaban a la cárcel los fines de semana. El carcelero liberaba a Iván y lo alimentaba durante el resto del fin de semana. Luego, el lunes por la mañana Iván volvía a su barracón. Los meses y los años siguientes estuvieron repletos de experiencias similares de intervenciones milagrosas de Dios en su favor. Al cabo de dos años, Iván volvió a casa convertido en un joven maduro, fuerte y fiel a Dios. Sí, se enfrentó al gigantesco ejército soviético, que trató de aplastar su fe. Pero Dios tuvo la última palabra. Dios cuida de su pueblo fiel, que toma la decisión, como hizo Daniel en la Biblia y como hizo Iván, de permanecer leal a él.

 

APLICACIÓN A LA VIDA

La historia de Iván es realmente sorprendente y alentadora. Pero también sabemos que, por cada relato como ese, hay muchos otros cuya fidelidad les acarreó calamidades y sufrimientos a ellos y, tal vez, a sus seres queridos. ¿Cómo entendemos historias semejantes?

1. Si bien podemos imaginar cómo nos mantendremos firmes y guardaremos el sábado de Dios en tiempos de persecución, ¿cuántas veces no logramos mantener el carácter sagrado y la solemnidad del sábado en tiempos de paz y prosperidad? A veces, nos preguntamos si no es más fácil traicionar al Señor del sábado en tiempos de libertad que en tiempos de persecución. Si no podemos santificar el sábado cuando tenemos toda la libertad para hacerlo, ¿cómo podemos esperar ser fieles al sábado en tiempos de turbulencia y presión? Crea una estrategia para ser fiel al sábado de Dios tanto en los buenos como en los malos tiempos.

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