Lección 12 Edición Maestros. 4to Trimestre – ¡Dios es fiel! – Sábado 20 de Diciembre 2025

EL SÁBADO ENSEÑARÉ…

RESEÑA

Texto clave: Josué 21:45.

Enfoque del estudio: Josué 21:43-45; 2 Timoteo 2:11-13; Josué 23; Apocalipsis 14:10, 19; Deuteronomio. 6:5.

 

La Biblia relata historias con un propósito específico. Los autores no son observadores neutrales, sino que siempre intentan transmitir un mensaje teológico.

Representan la versión inspirada de lo que sucedió, pero también se interesan por el significado de la historia. La inspiración divina proporcionó a los historiadores bíblicos los lentes adecuados para ver la historia. Que el libro de Josué posee un significado profético es evidente en la tradición hebrea, que incluye el libro en la sección llamada Nevi’im (Profetas). Todos los libros entre Josué y 2 Reyes se conocen como los “Profetas anteriores”, y es parte del contexto histórico que prepara el escenario para comprender a los profetas mayores y menores, que se conocen como los “Profetas posteriores” en el canon hebreo.

Los discursos finales de Josué presentan el núcleo teológico del libro. El mensaje principal se puede resumir en tres palabras: “Dios es fiel”. Y, como también es poderoso, ninguna de sus promesas puede fallar. El libro presenta la perspectiva bíblica de que la historia avanza de acuerdo con el propósito soberano de Dios, independientemente de la respuesta de Israel. Sin embargo, señala que, para que Israel reciba y mantenga las bendiciones de Dios, también debe ser fiel. Lamentablemente, las generaciones posteriores no hicieron caso de esta amonestación, como lo muestran los relatos posteriores de las Escrituras. En este contexto, Josué y Jueces representan dos caras de la misma moneda: la primera es la fidelidad inquebrantable de Dios, y la segunda es la infidelidad persistente de Israel.

 

COMENTARIO

La fidelidad de Dios se hizo evidente en la relación con sus hijos dentro del contexto del Pacto. El relato bíblico retrata la devoción inquebrantable de Dios a su pacto, a pesar de la actitud rebelde de los seres humanos. La fidelidad de Dios es un atributo de su carácter (Deut. 32:4; Isa. 49:7), que está arraigado en su “fiel amor” (hesed) (Deut. 7:9, NVI). De hecho, el amor fiel y la fidelidad de Dios a menudo se mencionan juntos (Miq. 7:20). El compromiso divino de cumplir sus promesas a pesar de los vergonzosos fracasos humanos es una manifestación concreta del amor leal de Dios (hesed), evidente en cada pacto a lo largo de la Biblia, desde el pacto adánico hasta el pacto davídico.

 

Pacto adánico

La promesa fundamental del pacto adánico incluía una descendencia numerosa y el dominio sobre la Tierra (Gén. 1:28). Los seres humanos, como portadores de la imagen de Dios, debían prosperar como mayordomos de Dios que se procrearían y gobernarían la Creación. Sin embargo, esta bendición divina se vio interrumpida por la desobediencia humana. A pesar de esta interrupción, los planes de Dios no se vieron frustrados. A pesar del fracaso humano, Dios siguió comprometido con su plan y prometió que el Descendiente de la mujer destruiría a la serpiente y restauraría el dominio perdido (Gén. 3:15). El trágico capítulo de Génesis 3 alcanza un clímax con el hecho de que Adán nombró a su esposa como “Eva” (en hebreo, “vida”). Ella se convertiría en la madre de toda vida (Gén. 3:20), lo que indica claramente que la muerte no tendría la última palabra.

Pacto con Noé

En Génesis 6, el pecado había llevado a la humanidad casi al punto de no retorno. En el ámbito moral, hubo un proceso de des-Creación, que revirtió la Creación perfecta y la llevó a un estado moral en el que solo había maldad (Gén. 6:5). Por lo tanto, no es de extrañar que la des-Creación también tenga lugar en el mundo natural, lo que lleva a la Tierra al estado inicial: “Desierta y vacía” (Gén. 1:2). Este vacío llegó a su fin cuando Noé y su familia salieron del arca. Después del Diluvio, Dios renovó el pacto adánico con Noé, utilizando la misma fraseología que se encuentra en Génesis 1:28 (comparar con Génesis 9:1). Como nuevo Adán, Noé fue bendecido con la promesa de muchos descendientes y dominio sobre la Tierra. Sin embargo, Noé también fracasó.

En un eco de la Caída, Noé tomó del fruto de la vid, bebió vino y se expuso; quedó desnudo, como Adán y Eva antes que él. Como resultado de su acción, se pronunció una maldición, que definió el futuro de su descendencia. Pero, aun así, Dios siguió comprometido con su plan.

 

Pacto abrahámico

La historia de los orígenes del mundo concluye con Génesis 11, donde la humanidad se rebeló una vez más contra Dios. En un intento de frustrar el plan original de Dios de dispersar a la humanidad, y para establecer un dominio independiente de él (haciendo “un nombre para nosotros” [Gén. 11:4]), los seres humanos construyeron la Torre de Babel, que se convirtió en un monumento a la confusión. Poniendo en duda la fidelidad de Dios a sus promesas, personificaron el legalismo al buscar salvarse a sí mismos sin él. Desde una perspectiva canónica, la aparición de Abraham en este punto no fue casual. El llamado de Abraham mostró que no todo estaba perdido.

Todavía había fidelidad en esta Tierra. Los mismos elementos de la bendición original se encuentran en el pacto abrahámico: numerosos descendientes y dominio sobre la Tierra (Gén. 12:1-3). Este pacto marcó un nuevo comienzo para la Creación.

De hecho, los paralelos entre los pactos con Abraham y con Noé son notables e indican que eran diferentes fases del mismo pacto. Sin embargo, al igual que Adán, Abraham fracasó cuando siguió el consejo de Sara de tomar a Agar como esposa. Los paralelismos entre la caída de Adán y las acciones de Abraham son evidentes, como se muestra en la siguiente tabla.

 

Génesis 16

“Entonces dijo Sarai a Abram” (vers. 2)

“Abram atendió la voz de Sarai” (vers. 2)

“Sarai, esposa de Abram, tomó a Agar su sierva egipcia” (vers. 3)

“y la dio por esposa a Abram” (vers. 3)

Génesis 3

“La mujer respondió” (vers. 2)

“Por cuanto obedeciste a la voz de tu esposa” (vers. 17)

“La mujer […] tomó de su fruto” (vers. 6)

“y también dio a su esposo” (vers. 6)

 

Sin duda, Abraham fue obediente, pero su obediencia fue demasiado precaria. Su descendencia siguió su fiel ejemplo, pero también tuvo momentos de fracaso. De hecho, el linaje leal se convirtió en un caos entre Isaac y Jacob. Aun así, Dios pudo usarlos para ser una bendición para las naciones; pero terminaron atrapados en Egipto, para luego convertirse en esclavos. No obstante, Dios siguió comprometido con su plan.

 

Pacto mosaico

Incluso mientras el pueblo de Dios era esclavo en Egipto, el plan de Dios para ellos estaba en marcha. Los ecos de Génesis 1:28 son evidentes en Éxodo 1:7: “Y los israelitas crecieron y se multiplicaron. Se aumentaron y fortalecieron en extremo, y llenaron el país”. Solo faltaba un elemento: el dominio sobre la Tierra. Y allí es donde empezaban las preocupaciones del faraón, que ideó un plan para disminuir el número de israelitas y evitar que se hicieran más fuertes que los egipcios y los dominaran. En este contexto, el faraón estaba interviniendo en el plan original de Dios y, por eso, él y su reino fueron juzgados.

Dios sacó a su pueblo de Egipto para renovar el pacto en el monte Sinaí. Una vez más, la humanidad no estuvo a la altura de las expectativas divinas. Moisés estaba todavía en la cima del monte cuando el pueblo comenzó a adorar el becerro de oro, atribuyéndole la liberación de la esclavitud (Éxo. 32:4). Apenas unas semanas después, Israel se rebeló nuevamente y se negó a entrar en Canaán, debido a su incredulidad (Núm. 14:11). No obstante, Dios siguió comprometido con su plan. Aunque en cada pacto hubo nuevos actores humanos, Dios se adaptó a las nuevas circunstancias y su fidelidad permaneció inalterada.

 

Pacto davídico

La conquista inicial bajo el liderazgo de Josué fue un éxito, pero aún faltaba completarla. Además de terminar de ocupar el territorio, el pueblo de Dios necesitaba conservar lo conquistado. El período de los jueces muestra cómo la segunda generación fracasó en hacerlo. En su misericordia, Dios levantó libertadores (llamados jueces en el libro) para defender a Israel; sin embargo, a medida que avanzó la historia, incluso estos jueces se volvieron infieles y se desató el caos. Dios llamó a Samuel para que fuera sacerdote, juez y profeta al mismo tiempo. Sin embargo, a medida que fue creciendo, el pueblo se dio cuenta de que sus hijos no seguirían sus pasos y, motivado por el ejemplo de otras naciones, pidió un rey.

Nuevamente, Dios adaptó su plan (una medida ya prevista en Deuteronomio) y permitió que Israel eligiera un rey. Saúl parecía ser el candidato perfecto, pero su conducta posterior reveló que era un rey conforme al corazón del pueblo. Después del rechazo de Saúl, David fue ungido rey por Samuel. Dios reafirmó sus promesas a Abraham en su pacto con David: un gran nombre, un lugar para Israel y una descendencia (2 Sam. 7:9-14). Sin embargo, David y sus descendientes también fracasaron miserablemente, lo que llevó a Israel a dividirse en dos reinos, uno de los cuales fue destruido y el otro llevado al exilio. No obstante, Dios siguió fiel a su plan y no abandonó a su pueblo.

 

Esta secuencia de pactos muestra un patrón de bendición, pecado y gracia. Demuestra que la fidelidad y el amor fiel (hesed) de Dios se mantuvieron constantes a través de los siglos. Jesús inauguró el Nuevo Pacto, que, basado en sus méritos, no fracasaría como los anteriores. En la escatología, desarrollada desde Daniel hasta Apocalipsis, queda claro que en Jesús se restauran a la humanidad las bendiciones originales de Génesis 1 y 2: los numerosos descendientes de la mujer reciben el Reino. El dominio vuelve a ser restaurado a las manos correctas (Dan. 7:13, 14).

 

APLICACIÓN A LA VIDA

 

La fidelidad de Dios hoy

Josué animó a Israel a reflexionar sobre las promesas y los hechos pasados de Dios para reconocer su fidelidad en el presente (Jos. 23:2-5).

Piensa en tu propia vida y comparte con la clase las ocasiones en las que has presenciado la fidelidad de Dios de forma más vívida y clara.

Uno de los versículos más conocidos sobre la fidelidad de Dios es Lamentaciones 3:23, en el que Jeremías proclama: “Grande es tu fidelidad”. En el momento de esta proclamación de Jeremías, el pueblo de Dios, a causa de su rebelión, se encontraba en un lugar oscuro. Los tres pilares fundamentales de la sociedad judía estaban arruinados: la tierra, la monarquía y el Templo. Pero, incluso ante la dura realidad del exilio y la destrucción, el profeta proclamó con valentía las palabras “¡Grande es tu fidelidad!”

 

1. ¿Cómo puedes ver la fidelidad de Dios en medio de los tiempos difíciles de la vida?

2. ¿Cómo puede el hecho de que Dios es fiel y digno de confianza ayudarte a navegar las aguas turbulentas de la vida cuando no ves sus acciones con claridad?

3. Considera el contexto inmediato de Lamentaciones 3:23, especialmente los versículos 22 y 24. Observa cómo estos versículos ayudan a responder las preguntas anteriores. Reflexiona en las “misericordias” (hesed) de Dios, su compasión y la esperanza que él infunde en nosotros en el contexto de estos versículos y a la luz de la situación de Jeremías. ¿Qué estímulo te brindan estos versículos?

 

Nuestra fidelidad hoy

En Gálatas 5:22, la fidelidad es identificada como un fruto del Espíritu Santo.

1. ¿Cómo puedes reflejar verticalmente la fidelidad de Dios, es decir, en tu relación con él?

2. ¿Cómo puedes reflejar horizontalmente la fidelidad de Dios, es decir, en tu relación con tus semejantes?

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