Lección 02 Edición Maestros – LA MISIÓN DE DIOS EN FAVOR DE NOSOTROS: Parte 2 – Sábado 14 Octubre

RESEÑA

En el discurso de despedida antes de su ascensión al Cielo, Jesús comisionó a sus discípulos con las siguientes palabras: “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la Tierra. Por tanto, vayan a todas las naciones, hagan discípulos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado. Y yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mat. 28:18-20). Este mandato se conoce como la Gran Comisión. Con la Gran Comisión, Jesús estableció la agenda para la iglesia de todas las épocas y los contextos. Además de especificar claramente la responsabilidad de sus discípulos de difundir sus enseñanzas a todos los pueblos del mundo, Jesús también aseguró a sus seguidores que llevar a cabo esta abrumadora tarea era posible gracias a su omnipotencia y su omnipresencia, que él ejercería en favor de ellos.

COMENTARIO

Aunque al comienzo hubo intensos desacuerdos sobre algunos aspectos relacionados con la Gran Comisión (Hech. 15:1-29; Gál. 2:11-14), en general, la iglesia primitiva entendía que su identidad y su misión giraban en torno al mandato de Cristo de hacer discípulos en todas las naciones. El hecho de que cada uno de los cuatro evangelios termine con una versión de la Gran Comisión es un claro testimonio de su centralidad (Mat. 28:18-20; Mar. 16:15-20; Luc. 24:45-49; Juan 20:21-23). Desde entonces, la Gran Comisión ha sido interpretada y aplicada de diferentes formas a lo largo de los siglos.

Componentes del discipulado

Una revisión de la literatura sobre el discipulado revela tres dimensiones, o procesos, esenciales de todo enfoque eficaz del discipulado: las dimensiones racional, relacional y misional.

La dimensión racional (aprendizaje) del discipulado es el proceso en el que un creyente aprende consciente y deliberadamente acerca de Jesús. En su contexto original, “discípulo” (mathetes) se refería a alguien que aprendía con un maestro.

Esa persona se apegaba a un maestro con el fin de adquirir conocimientos teóricos y prácticos. La dimensión racional subraya la necesidad de una metamorfosis y un crecimiento continuos, incluso para quienes ya se han convertido en discípulos. Dado que la “enseñanza” en Mateo 28:19 es un proceso continuo, la dimensión racional del discipulado es un proceso de aprendizaje y crecimiento que dura toda la vida. Sin embargo, el objetivo de este aprendizaje continuo no es solo impartir conocimientos, sino además inculcar un compromiso total con Jesús.

La dimensión relacional (comunitaria) del discipulado se desarrolla en el contexto de una comunidad de apoyo donde cada miembro tiene que responder ante el grupo. El Nuevo Testamento retrata una cultura comunitaria muy dinámica en la iglesia primitiva, gracias a su comprensión del discipulado como un proceso relacional. Debido a sus raíces en el Antiguo Testamento, la iglesia primitiva siguió haciendo hincapié en las relaciones filiales como uno de sus valores fundamentales.

Lo que diferenciaba a esta nueva comunidad era que el parentesco ya no se definía en términos de consanguinidad ni origen étnico, sino más bien en términos de la fe que compartían y su comunión en Cristo. La iglesia se convirtió en un entorno de inclusión y aceptación (Gál. 3:28). Todos podían ser miembros si profesaban su fe en Cristo como Salvador y demostraban públicamente, mediante el bautismo por agua, su total lealtad a Cristo (Hech. 2:37, 38).

La iglesia primitiva expresaba sus valores de solidaridad corporativa y filiación mediante el uso de metáforas, como “el cuerpo de Cristo” y “la familia de Dios”, para describir la interdependencia entre sus miembros y transmitir el estrecho vínculo que les permitía tratarse mutuamente como miembros de la familia (Rom. 12; 1 Cor. 12; Efe. 2:19; Efe. 4; Gál. 6:10; 1 Tim. 3:15; 1 Ped. 4:17). Esta preocupación fomentó el desarrollo de un sentido duradero de interdependencia, solidaridad colectiva y responsabilidad entre los miembros de la iglesia. Su interdependencia sugería que cada miembro del cuerpo tenía un papel único que desempeñar y, sin embargo, dependía de todos los demás miembros.

Al demostrar una nueva forma de vivir, las multitudes se sintieron atraídas por esta nueva comunidad de fe (Hech. 2:46, 47). En un entorno tal, ser discípulo no era sinónimo de simplemente aceptar verdades proposicionales abstractas acerca de Jesús. Ser discípulos de Cristo consistía en aprender de Jesús y modelar en la vida el conocimiento de él. Este tipo de discipulado era tanto lo que la iglesia primitiva hacía en nombre de Cristo como la forma en que representaba a Cristo ante el mundo. Esta cultura comunitaria del Nuevo Testamento, en la que los creyentes estaban integrados como miembros de grupos de apoyo, se convirtió en un terreno fértil para sembrar y alimentar la semilla del evangelio.

La dimensión misionera (divulgación de nuestra fe) del discipulado tiene que ver con la comprensión del llamado a “hacer discípulos” (math?teusate), en Mateo 28:19, como un llamado esencial a participar de la misión y a reproducirse. Este mandato es la orden principal de la Gran Comisión, y debe continuar siendo la responsabilidad primordial de la iglesia en todos los contextos. Los creyentes del Nuevo Testamento vinculaban la noción de pertenencia a una comunidad con la responsabilidad de compartir lo que esa comunidad representaba. La misión, en el contexto de la Gran Comisión, es más que un llamado a compartir el evangelio con quienes no conocen a Cristo. La misión es un llamado a compartir la fe personal y a discipular a los destinatarios interesados, con el propósito de liberarlos de las garras de Satanás, para que puedan entregarse plena y continuamente al señorío de Jesucristo.

Por lo tanto, el Nuevo Testamento utiliza la palabra “discípulo” para indicar una relación con Cristo y un compromiso total con él, que surge como resultado de aprender e interiorizar sus enseñanzas; ser transformado por el crecimiento continuo en el conocimiento de Jesucristo (2 Ped. 3:18); vivir una vida de sumisión total a su señorío mediante el poder del Espíritu Santo (Fil. 3:8); y ayudar a otros a comenzar a experimentar, confiar y seguir a Jesús (2 Tim. 2:2). Desde esta perspectiva, el discipulado no debe entenderse como un programa de la iglesia, porque no es un evento puntual en el tiempo. El discipulado es, más bien, un proceso de toda la vida de crecimiento en Cristo que transforma las perspectivas cognitivas, afectivas y evaluativas de la vida de los creyentes.

Algunas perspectivas sobre el estado actual del discipulado

Existe un consenso entre los actuales estudiosos del discipulado cristiano de que, en comparación con el Nuevo Testamento, la práctica actual del discipulado ha perdido, en gran medida, su protagonismo entre los cristianos. La formación de discípulos se ha diluido y reducido en gran medida al mero registro de los conver- sos al cristianismo en la membresía de la iglesia. Lamentablemente, el crecimiento actual de la iglesia se percibe como un crecimiento numérico y estadístico, sin mucha profundidad espiritual. En otras palabras, los cristianos son, en términos generales, mucho mejores convirtiendo a la gente que ayudando a los convertidos a convertirse en discípulos de Cristo. Es triste decirlo, pero este fenómeno implica que uno puede convertirse en cristiano sin tener que convertirse necesariamente en discípulo de Cristo.

Hacer discípulos: La responsabilidad de cada creyente

El mandato de Jesús de hacer discípulos de todas las naciones no iba dirigido solo a los doce discípulos originales. Esta orden es una responsabilidad que incumbe a todo cristiano. Para Pedro, esa es la razón de ser de todo creyente: “Pero ustedes son linaje elegido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para Dios, para que anuncien las virtudes de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Ped. 2:9). Observa también las siguientes declaraciones del Espíritu de Profecía:

“Esta mujer representa la obra de una fe práctica en Cristo. Cada verdadero discípulo nace en el Reino de Dios como un misionero. El que bebe del Agua viva llega a ser una fuente de vida. El que recibe llega a ser un dador. La gracia de Cristo en el alma es como un manantial en el desierto, cuyas aguas brotan para refrescar a todos, y da, a quienes están por perecer, avidez de beber el Agua de vida” (Elena de White, El Deseado de todas las gentes, p. 166).

“Dios espera un servicio personal de aquellos a quienes ha confiado el conocimiento de la verdad para este tiempo. No todos pueden ir como misioneros a países lejanos, pero todos pueden ser misioneros en el lugar donde viven, entre sus familiares y vecinos” (Elena de White, Testimonios para la iglesia, t. 9, p. 25). “Tampoco recae únicamente sobre el pastor ordenado la responsabilidad de salir a realizar la comisión evangélica. Todo el que ha recibido a Cristo está llamado a trabajar por la salvación de sus prójimos” (Elena de White, Los hechos de los apóstoles, p. 91).

“Todos los miembros de la iglesia deben participar activamente en la obra mi- sionera dondequiera que se establezca una iglesia. Deben visitar cada familia en el vecindario y conocer su condición espiritual” (Elena de White, Testimonios para la iglesia, t. 6, p. 299).

Participar activamente en el cumplimiento de la Gran Comisión es un requisito obligatorio permanente de ser discípulos de Cristo.

APLICACIÓN A LA VIDA

En virtud de la Comisión Evangélica, todos los cristianos son llamados a compartir su fe, sea cual fuere la función que desempeñen. A continuación, se exponen tres maneras en que los creyentes pueden cumplir el mandato misionero de Cristo en todos los ámbitos de la vida, incluyendo el trabajo:

Todos los cristianos deben hacer de su ética laboral una parte de su testimonio cristiano. Las Escrituras instan a los cristianos a desarrollar un carácter que honre a Dios en su vida profesional, esforzándose al máximo en lo que hacen, como si trabajaran directamente para Dios (Col. 3:23, 24). Cuando los creyentes ven su trabajo como parte del llamado de Dios a su vida, le dan un nuevo significado al testimonio cristiano. Mantener la integridad, esforzarse por la excelencia, ser digno de confianza y tratar a los demás con respeto en el lugar de trabajo son cualidades que pueden dar a los cristianos una plataforma para compartir su fe.

Mediante mentores con mentalidad misionera, las iglesias pueden enseñar a los miembros más jóvenes a conectar profundamente sus sueños profesionales con su fe en Cristo y su mandato misionero.

Con el enfoque adecuado de discipulado y un apoyo continuo, los padres pueden mejorar el potencial misionero de sus hijos. Por lo tanto, las iglesias deben ocuparse en el discipulado de los padres para con sus hijos, y ayudarlos a replantearse la responsabilidad de criar a sus hijos como un llamado a transformarlos en discípulos.

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