Como indica 1 Juan 1:9, nuestro Señor es fiel (lleno de bondad) y justo (lo suficientemente confiable para tratarnos con justicia). Cuando nos arrepentimos de nuestros pensamientos y acciones que nos separan de Él, el perdón de Dios tiene el poder de purificarnos de nuestro comportamiento impío.
Uno de los episodios más dramáticos de la historia del Éxodo que demuestra el perdón de Dios ocurrió cuando los hebreos permitieron que se hiciera y adorara un becerro de oro mientras Moisés estaba en la montaña recibiendo los Diez Mandamientos. Una multitud mixta que se unió a los hebreos cuando salieron de su tierra de esclavitud había instigado y participado en este comportamiento profanador. Ni siquiera Aarón, hermano de Moisés, tuvo la fuerza ni el valor para negar sus amenazas exigentes.
Por horrible que fuera este pecado, Dios ofreció un camino para que quienes se arrepentieran fueran salvados de la muerte inevitable que traía su comportamiento despreciable. Moisés intercedió por el pueblo de Dios, así como Cristo, el que nos ha sacado de la esclavitud del pecado, intercede ahora por nosotros en los patios del cielo.




