Hay algo que el pecado no cambió en la humanidad en su conjunto. De alguna manera, nunca hemos perdido la esperanza y el anhelo de algo más allá de esta vida en la tierra. Muchas religiones del mundo, ahora y en el pasado, expresan el deseo de algún tipo de vida después de la muerte, algo mejor que el dolor y sufrimiento que tenemos ahora.
Quizá lo que hace tan atractivo al cristianismo es su mensaje de que la salvación no depende de nuestros escasos y limitados esfuerzos. La sangre del Cordero es suficiente para darnos la oportunidad de vivir de nuevo, y por la eternidad. Nuestro deber es simplemente seguir a ese Cordero dondequiera que vaya. Nuestros actos justos solo reflejan los suyos. Nuestro carácter renovado no es más que un reflejo del Único al que seguimos.
El Cordero, que fue asesinado por nuestros pecados, es también nuestro dulce Pastor que nos guiará, las ovejas de Su pasto, hacia un nuevo hogar más allá de nuestros sueños más salvajes. Solo podemos imaginar la gloria que compartiremos con Él en esa Ciudad Santa algún día.




