Capítulo 8 | Libro Complementario | La ley de Dios y la ley de Cristo | Roberto Badenas

Capitulo 8

La ley de Dios y la ley de Cristo

Hay quienes entienden que Jesús puso fin a la ley de Moisés, promulgando
una ley nueva, a la que llaman «ley de Cristo» para distinguirla de la
«ley de Dios» del Antiguo Testamento, resumida en el Decálogo. Por
consiguiente, enseñan que existe una ruptura entre la dispensación judaica
y la cristiana, marcada especialmente por estas dos leyes. Eso implica que el
ideario ético que Dios propuso a los hijos Israel es, en cierto sentido, distinto
de las pautas de comportamiento propuestas a los miembros de la iglesia.

Importancia del Decálogo
No podemos hablar de ley de Dios sin referirnos explícitamente al Decálogo
(del griego deka, diez, y logos, palabra), la colección de preceptos
más famosa de la historia gracias al lugar excepcional que ocupan los Diez
Mandamientos entre las demás leyes de la Tora1, de las que son a la vez
prólogo y resumen (Éxo. 20:1-7; Deut. 5: 6-21). Los textos señalan, como
mínimo, tres diferencias significativas que colocan al Decálogo por encima
del resto de las leyes del Pentateuco. En primer lugar, afirman que Moisés
escribió las demás leyes en un libro (o rollo de pergamino) mientras que el
Decálogo fue grabado por Dios mismo en dos tablas de piedra, llamadas,
indistintamente «de la alianza» o «del testimonio» (Éxo. 31: 18; 32: 16; 34:
1-28; Deut. 4: 13; 5: 19; 9: 10, etc.). En segundo lugar, precisan que el Decálogo
estaba guardado en el lugar santísimo del santuario, dentro del Arca
del pacto, bajo los querubines, en el lugar que simbolizaba el trono de
Dios, mientras que el libro de la ley se guardaba al lado, fuera del Arca
(Deut. 10: 1-4). Finalmente, para designar a los preceptos del Decálogo y
diferenciarlos de los demás, no los denominan «mandamientos» (mitsvot)
sino debarim, un término que significa «palabras» y que suele referirse a las
grandes revelaciones divinas (Éxo. 34: 28; Deut. 4: 13, y 10: 4).2
Hay otras singularidades que ponen de relieve el carácter especial del Decálogo.
Por ejemplo, no se conoce ningún otro resumen de leyes morales tan
breve y a la vez tan completo. El Decálogo, a pesar de su brevedad, es un código
ético que abarca prácticamente todos los aspectos de la vida. Ninguno de
los pasajes bíblicos paralelos puede compararse con los Diez Mandamientos
en ese sentido, ni en su forma ni en su fondo.3 No existe ningún compendio
de leyes que contenga tanto y tan bien dicho en tan pocas palabras.
Su posición privilegiada como prefacio a las demás leyes, tanto en el libro
del Éxodo (Éxo. 20: 22-23:19) como en Deuteronomio (Deut. 4: 13;
5: 6-21; 10: 1-4), demuestra que el Decálogo funciona, en cierta manera,
como la declaración de principios de la ley divina. Grandes comentaristas
judíos, como Filón de Alejandría y Saadia Gaon, clasificaron los preceptos
del Pentateuco en función del Decálogo, por considerarlo resumen y esencia
de toda la ley.4
Todos los mandamientos están formulados en segunda persona del singular,
la de mayor fuerza vinculante, como si la intención del legislador fuese
dirigirse individualmente a cada uno de sus destinatarios. Con esta relación
personal «yo-tu»,5 el legislador se dirige personalmente a cada ser humano
para comunicarle lo que espera de él. Este tratamiento no deja a nadie la
posibilidad de eximirse bajo ninguna excusa.6

Libro complementarioEl Decálogo no especifica ni prescribe ningún tipo de castigo en caso de
transgresión. La lógica categórica de sus exigencias y la fuerza moral de su
formulación se imponen por sí mismas, sin necesidad de amenazas. Aunque
algunos mandamientos parecerían legislables, otros no lo son, ya que
resulta imposible sancionar en cuestiones que pertenecen a una categoría
de sentimientos tan personales e íntimos como la codicia. En ese sentido,
el Decálogo escapa a lo que normalmente llamamos «ley» y se sitúa más
bien en la perspectiva de lo que podríamos denominar un «ideario». Sin
embargo, el Decálogo no es tampoco una lista de principios morales generales,
del tipo «ama a tu prójimo como a ti mismo» (Lev. 19: 18, NYI). Es,
más bien, un compendio de directrices básicas concretas para la vida, incluyendo
las dimensiones espirituales y sociales. Unas reclaman el respeto a
Dios y las otras sientan las bases del respeto al prójimo. Su formulación
general y negativa marca unas pautas que deben ser tomadas como «míni8.
mos» y no como únicas directrices. La cifra redonda de diez confirma la
idea de que no se trata de una lista exhaustiva, sino de una lista básica.7
El hecho de que, en cuanto al contenido, todas las prescripciones (excepto
las del décimo mandamiento) aparecen desarrolladas en otros pasajes
del Pentateuco,8 indica que la importancia del Decálogo no radica solo
en el valor intrínseco de sus preceptos. La condena del homicidio, del adulterio,
del robo y del falso testimonio, así como la exigencia de honrar a los
padres, se encuentra en la mayoría de las legislaciones. Lo primordial es la
relación indisociable que el Decálogo establece entre el comportamiento
moral y la espiritualidad9, es decir, entre lo ético y lo religioso.
El orden de los mandamientos dista mucho de ser fortuito. El bloque de
los preceptos que se refieren a las relaciones con Dios se cierra con el cuarto,
el reposo sabático, que abarca en un mismo precepto la reverencia al
Creador y el respeto a uno mismo. Los seis que se refieren a las relaciones
humanas están encabezados por el deber de honrar a los padres, que, en su
calidad de procreadores, sirven de nexo entre el Creador y las criaturas.10 El
orden de los cinco restantes es obviamente decreciente:
1. Homicidio (delitos contra la vida, agresiones físicas).
2. Adulterio (delitos contra la familia, transgresiones morales).
3. Hurto (delitos contra la propiedad, deshonestidades económicas).
4. Falso testimonio (delitos contra la reputación, atentados verbales).
5. Codicia (delitos a nivel del deseo, agresiones mentales).
Como vemos, estos mandamientos abarcan explícitamente la totalidad
de las actividades humana, a saber, la acción, la palabra y el pensamiento,
como Jesús recordará en su Sermón del Monte (Mat. 5: 21-37).
Resumiendo, podríamos decir que el Decálogo es comparable a una ley
fundamental o «constitucional», en la que se inspiran y a la que se refieren
todas las demás leyes del Pentateuco.11 Por eso resulta paradójico que el
Decálogo, como paradigma de «la ley de Dios», siga suscitando cierto rechazo
por parte de algunos sectores cristianos, y sea contrapuesto a la llamada
«ley de Cristo», como si fuesen antagónicas. Algunas declaraciones
de los detractores de la ley veterotestamentaria son tan desconcertantes que
cabría pensar que sus portavoces no conocen bien el texto que combaten.
Se impone, pues, revisar a la luz del evangelio los contenidos del Decálogo,
uno de los textos aparentemente más conocidos de la Biblia, pero también uno
de los menos comprendidos.

Más allá de las prohibiciones
AI parecer, a algunos les molesta el tono negativo del Decálogo. Excepto
dos mandamientos («Acuérdate del día de reposo» y «Honra a tu padre y a
tu madre») todos los demás se presentan encabezados por un «no». Puesto
que toda prohibición se percibe como un atentado contra la libertad, muchos
se preguntan por qué Dios ha escogido esta forma negativa de apelar
a la voluntad humana. Si desde niños detestamos que nos manden, no hay
nada peor que nos prohiban. Las órdenes se cuestionan sistemáticamente,
pero las prohibiciones parecen provocar automáticamente el deseo de hacer
lo vedado. Sin embargo, es innegable que la prohibición deja un margen
de acción mayor que el mandato. Una orden abre solamente dos opciones:
acatarla o transgredirla. En cambio, una prohibición cierra una puerta
y deja las demás abiertas. Una prohibición supone mil permisos. No cabe
duda que sería mucho más restrictiva una ley hecha exclusivamente de órdenes.
Veamos un ejemplo. En el Edén había un sólo árbol prohibido (Gén.
2: 8-17; 3:1-13). Plena libertad para todas las opciones con una restricción
mínima: cuidado con el «árbol del conocimiento del bien y del mal», cuyo
extraño nombre revela ya su función. No comer de ese fruto significa abstenerse
de experimentar el mal. La finalidad de dicha orden, como la de todas
las divinas, no es reprimir sino protegernos de las terribles consecuencias de
nuestros actos al margen de Dios.
Ahora bien, ¿estamos seguros de que el Decálogo es una lista de prohibiciones?
Si acudimos a una buena traducción, o aun mejor, a un texto en
hebreo, observamos que este pasaje no esta redactado en imperativo sino
en futuro: «no tomarás el nombre de Dios en vano», «no matarás», «no
hurtarás», etc. Hay una primera razón gramatical: el hebreo bíblico para
mandar usa el imperativo, pero para describir un acto todavía no realizado,
o una posibilidad, prefiere recurrir al modo verbal imperfecto que se traduce
en castellano por un futuro. Este giro lingüístico no carece de significado.
Las estructuras gramaticales revelan los esquemas mentales de una lengua
o la intención de un autor.12 En el Decálogo las órdenes se sitúan en lo
inmediato («seis días trabajarás», «honra a tus padres»), mientras que las
prohibiciones se sitúan en el futuro, forma mucho más amplia que el imperativo,
que no permite otra comprensión.13
Es cierto que el mandamiento «no hurtarás», por ejemplo, expresa la
condena del hurto. Pero la forma futura en la que está redactado revela que
no se está imponiendo sino proponiendo el respeto a la propiedad ajena.

La diferencia psicológica y teológica entre «no hurtes» y «no hurtarás» es lo
suficientemente significativa para que merezca nuestra atención. Con esta
forma verbal el texto dice que «cuando se te presente la tentación de hurtar,
deseo que no lo hagas y espero que, finalmente, no lo harás». El tiempo
futuro siempre está abierto a la libertad.
Esto implica que el Decálogo no nos ata de pies y manos con sus prohibiciones.
Nos trata con respeto. No como a niños desobedientes, presuntos
transgresores a quienes hay que imponer normas porque no saben comportarse,
sino como a seres libres e inteligentes, capaces de escoger. Dios no
nos legisla como lo haría un dictador. Nos propone las mejores pautas para
el ejercicio de nuestra voluntad porque desea que un día nuestra conducta
se ponga en armonía con ellas: «no hablarás contra tu prójimo falso testimonio
», «no serás infiel», etc.

El futuro es, pues, el tiempo de la esperanza. Así lo dejan a entender las
explicaciones de Jesús en el Sermón del Monte. «No matarás» significa que
mi agresividad puede transformarse en la dirección de la armonía con la
vida. El mandamiento, esperando ya mi respeto y mi lealtad actuales, estipula
lo que Dios pide hoy, pero su forma en futuro también anuncia lo que
promete: un acatamiento y una obediencia mayores porvenir: «si me sigues,
llegará un día en que no matarás, ni siquiera herirás con palabras ofensivas
o disgustos». El legislador invita a confiar en el poder de la gracia. Por eso,
el Decálogo es, además de un resumen de la ley, un ideario ético, en el que
la ley de Dios y la de Cristo coinciden.

En nuestra experiencia de pecadores redimidos, la introspección a menudo
produce efectos contrarios a nuestros buenos propósitos. Al examinar
nuestras acciones y verlas contaminadas de egoísmo, vacías de generosidad,
el desánimo nos bloquea. El Decálogo, con sus futuros, y el Sermón
del Monte, con sus promesas, piden confianza. Dios mismo se encarga de
liberar nuestros actos de su lastre negativo. Vivir pendientes de nosotros
mismos no hace más que crisparnos, haciéndonos perder la paz del alma.14
En lugar de concentrar nuestra atención en nuestra realidad inestable o en
nuestras motivaciones, el Decálogo invita a dejar de lado el «yo» como referencia
básica, a superar nuestro egocentrismo negativo, y a mirar hacia
Dios (Isa. 45: 22).
El último mandamiento, el único que parece tener en cuenta las motivaciones
(«no codiciarás»), nos exhorta a reconciliarnos con nuestra existencia.
Su intención podría traducirse así: «asume tu realidad. Hay cosas
que podrás alcanzar, otras no. No vivas alienado por lo imposible o lo
innecesario. No vivas atormentado por lo que no eres ni tienes, ni puedes
ser ni tener. Aprende a esperar, asumiendo tus límites, sin obsesiones paralizantes.
Un día llegarás a prescindir de ciertos deseos inútiles y dejarás
de codiciar porque habrás aprendido a amar». A su manera, tanto la ley de
Dios como Jesús en persona (ver Mat. 6:25-34), nos enseñan que si queremos
realizarnos plenamente como seres humanos, es fundamentar aprender
a seguir las propuestas divinas. Por eso querer ver diferencias entre la
ley de Dios y la de Cristo es muy arriesgado y no tiene apoyo bíblico.

De un texto mutilado a una ley liberadora
He observado, tanto en las iglesias como en los hogares, muchos cuadros
que reproducen el Decálogo. La mayoría presentan un texto mutilado
del que se ha excluido el prólogo: «Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de
la tierra de Egipto, de casa de servidumbre» (Éxo. 20:1-2). Dichos cuadros
nada más enumeran los mandamientos. El hecho de que prescindan de
esta introducción revela la forma en que algunos perciben la ley. No solo
ven imperativos donde hay futuros, sino que pasan por alto el maravilloso
pretérito perfecto «te saqué de Egipto, del país donde eras esclavo» (NVI), y
comienzan a leer a partir de donde dice «no».
Lo primero que llama la atención en esta introducción de es que Dios
no se presenta como «juez», sino como quien «te saqué de Egipto».15 Esta
frase se encadena sin transición con la que sigue, haciéndolas inseparables.
Literalmente podría leerse de la siguiente manera: «Yo soy el Señor, tu Dios,
que te saqué de Egipto, de la esclavitud. Por tanto, ya no tendrás dioses
ajenos a mí» (NBE). Es como si Dios dijera: Estabas oprimido por los faraones,
produciendo ladrillos a fuerza de látigo, y yo te he liberado.16 Ahora
vas a ser libre, además, de todos sus ídolos, del terror de los espíritus, de los
brujos, del miedo a las fuerzas de la naturaleza y de todos los sacrificios
para aplacarlos… Este primer mandamiento es el más importante, porque
«cuando Dios no supone el centro de nuestras vidas, otros dioses toman
posesión de nosotros».17
Dios expresa su solicitud por los suyos como quien habla al esclavo al
que acaba de conceder la liberación y ha adoptado como hijo, o a la esclava
liberada convertida en esposa. De un texto que empieza con una afirmación
tan liberadora, no cabe retener tan solo prohibiciones y órdenes. Sería
ver dos dioses en un mismo texto: uno liberador (el del éxodo y más tarde
el de Jesús) y otro opresor (el de los mandamientos). Percibir los mandamientos
como condiciones de aceptación es pues bíblicamente falso, además
de teológicamente absurdo. Dios da su ideario a un pueblo ya liberado,
para ayudarle a alcanzar una calidad de vida superior, no para complicarle
la existencia o imponerle una nueva esclavitud. Quien liberó a su
pueblo de Egipto, quiere con mayor razón liberarlo de sus problemas familiares
y personales. Al darle una ley, Dios ha querido hacer del esclavo un
sujeto de derecho.18
Así pues, la ley divina se presenta a Israel en el marco de una redención:
«Yo te he liberado de Egipto. Ahora eres súbdito mío. Ya no estás bajo la
soberanía caprichosa de los faraones sino bajo la mía. ¿Qué espero de ti?
Mi Decálogo te lo recuerda. Deseo que te liberes de quienes hasta ahora te
han dominado y de sus idearios (“no tendrás dioses ajenos delante de
mí”). No solamente de las fuerzas que te oprimen sino de las imágenes que
te haces sobre las autoridades que te oprimen (“no te harás imagen ni siquiera
de las cosas que están en el cielo, porque tus imágenes siempre serán
falsas”). Conmigo, en vez de hacerte dioses a imagen y semejanza tuya,
como es tu tendencia, irás transformándote tú a imagen y semejanza de mi
Hijo». El Decálogo es el texto de una alianza basada en la gracia absoluta
de un Dios que desea transformar a los esclavos en herederos (Gál. 4:1-7).
Por eso Jesús no necesitó aportar ninguna ley nueva, y fue capaz de resumir
la ley de Dios en un solo verbo: un doble «amarás» (Mat. 22:34-40;
Mar. 1: 28-31). Sin embargo, casi dos mil años más tarde, muchos de sus
presuntos seguidores intentan descalificar esa ley tratándola como una
simple lista de prohibiciones desfasadas. Una visión reduccionista de la
religión ha deformado bajo un cristal de prejuicios el rico y profundo contenido
del viejo texto, oponiéndolo al mandamiento de amor.
Un antiguo grabado judío, denominado Torat ‘haitn («una ley que da
vida»), representa las dos tablas del Decálogo bajo la forma de dos siluetas
con la cabeza cubierta. La de la derecha (la primera siguiendo la dirección
de la escritura hebraica) acoge con sus dos manos la cabeza de la otra en un
gesto de ternura, ilustrando gráficamente la declaración del Salmo 85:10
(«La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron»)
aplicada a las tablas del Decálogo.13 A su manera, este grabado intenta expresar
la comunión ideal entre Dios y el ser humano, a través de la relación de
amor entre un hombre y su amada o entre un padre y su hijo. Dos figuras
unidas en un abrazo de confidencia, en el secreto que uno murmura al otro.
Ese texto de «las Diez Palabras», esencia de la alianza, resumen de la ley de

Dios y de la ley de Cristo («amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y al
prójimo como a ti mismo»), es, ante todo, un mensaje de amor.20
Estas palabras de amor sobreentienden siempre «te he liberado, estoy
contigo en la alegría y en las pruebas. Vive sin temor. Hagas lo que hagas…
estaré a tu lado». Cuando el corazón entiende este diálogo21 la vida se transforma,
como la mujer enamorada confía en el amado y actúa en consecuencia.
La tradición de Israel ha observado la correspondencia existente
entre las dos tablas, que permite leerlas en interrelación. Las primeras cinco
Palabras se corresponden con las otras cinco. Son como las dos manos de
Dios. Con una bendice y con la otra respalda.22
Quien llega a escuchar la voz del amor en estas palabras, nunca más las
percibe como restricciones. Más allá de sus barreras,23 el espíritu que las inspiró
alienta a avanzar en el camino de esperanza que proponen y a reconsiderarlas
en serio, como un ideario ético incomparable para todos los aprendices
del difícil arte de amar.

Amor y ley
La oposición de amor y ley, como si se tratase de dos alternativas irreconciliables,
tampoco tiene fundamento bíblico. Desechar la observancia de
cualquiera de los mandamientos alegando que lo que importa es el amor,
como si ambas realidades fuesen incompatibles, no tiene sentido. Porque
quien ama con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas, no
vive bajo la ley sino bajo la gracia, ya que el que obra por amor es libre. Amar
a Dios supone aceptar su voluntad. Cristo insiste en que los mandamientos
de Dios conservan siempre su vigencia (Mat. 5:18-21 Mat. 5:18-21), porque
sin la realidad concreta de un texto redactado en palabras en el que apoyarse,
el «espíritu de la ley» no es más que una entelequia.24 El respeto voluntario
de la ley transforma el acatamiento de un código en un servicio gozoso
a Dios y al otro.
En realidad, cada mandamiento requiere, para ser observado en todo su
valor, según la intención del legislador, una enorme dosis de amor y de fe.
De ahí que, en la tradición hebrea, se afirme que el cumplimiento de los
mitsvot (mandamientos) es más importante que su comprensión (Abot 1:17).
Para el observador exterior (como para quien ve moverse a lo lejos a alguien
que toca un instrumento, pero no llega a percibir la música) se trata
de gestos carentes de sentido. Sin embargo, quien los vive desde su interior,
experimenta una vivencia en la que las nociones de «letra» y «espíritu»
coinciden. Quien actúa por amor transciende la dicotomía entre ley y gracia
y, en este esfuerzo de unificación, la ley de Dios pierde la aparente dureza
de sus imperativos presentes en beneficio de la belleza de sus indicativos
y de sus futuros.
El proyecto divino es transformar al ser humano mediante el triunfo del
amor. Empleando el lenguaje del Antiguo Testamento, se trata de conseguir
la circuncisión de los corazones (Deut. 10: 16; Lev. 26: 41). De los corazones
avaros de los ricos, de los corazones resentidos de los pobres, de los
corazones crueles de los opresores, de los corazones de piedra de los indiferentes,
de los corazones enemistados de unos y otros.25 Cuando en el Sermón
del Monte Jesús resume sus enseñanzas sobre la vida cristiana, subraya
el valor de los motivos por encima de los comportamientos, el espíritu
de la ley por encima de su letra, la gracia más allá de la ley. El que «la ley fue
dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de
Jesucristo» (Juan 1:17), implica que Cristo, mediante su Espíritu, es capaz
de producir en el creyente actitudes que no solo cumplen sino que superan
las exigencias de la ley de Dios desbordando totalmente el ámbito de lo
jurídico (cf. Gál. 5: 22-23; Rom. 13: 8-10).
En la parábola del buen Samaritano (Luc. 10: 30-37), Jesús describe
cómo en nombre de la ley, el sacerdote y el levita pasan de largo, al lado de
un herido nutriéndose en la cuneta del camino y tranquilizan su conciencia
alegando que el reglamento requería del personal sacerdotal en servicio
abstenerse de tocar sangre o cadáveres humanos. En nombre de la gracia
(aunque él lo ignore), sin embargo, el Samaritano se hace cargo del herido
y lo lleva al puesto de socorro más cercano, gozoso de haber llegado a tiempo
para salvar una vida.

La ley de Cristo
Es importante observar que Jesús asocia sus mandamientos a los de su
Padre: «Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor, como
yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor»
(Juan 15: 10. Cf. Mar. 10: 18-27; Luc. 10: 25-37, etc.) Su voluntad se confunde
con el ideal de justicia divino, y por eso «la ley de Cristo» llama a los
hombres a compartir su ideal.26 Por eso no es de extrañar que Jesús relacione
la salvación con el «conocimiento» de Dios (Juan 17:3; cf. Deut. 6:1-25),
un conocimiento que va más allá de lo racional y cognitivo, afectando al ser
humano en su totalidad existencial, en su comunión amorosa con el otro.27
Es un conocimiento que parte del corazón para moverlo en la dirección de
Dios, y conmoverlo frente a las necesidades del prójimo.
Para aprender a amar a Dios necesitábamos verlo representado en alguien
que diera ganas de amarlo. Dios nos dio su ley para educar nuestro amor, y
algunos vieron en ella una exigencia de obediencia amenazadora de nuestra
libertad. Pero Dios no quiere ser obedecido sin amor y sin libertad… Obedecer
con meros actos, sin el corazón, no es obedecer: falta la libertad del amor.
Los legisladores de este mundo pueden contentarse con este tipo de obediencia
a sus leyes, pero Dios no. Tampoco nosotros nos contentaríamos si estuviéramos
en su lugar. En nuestras relaciones con Dios, mientras no haya
amor, no nos sentiremos ni libres, ni tampoco lo seremos.
En Cristo cada ser humano puede verse amado por Dios con un amor
sin medida. Como solo Dios es capaz de amar. Jesús nos revela que el Padre
celestial nos ama más que una madre. Si hasta conocer a Cristo hemos respetado
la ley, hemos tratado de observarla, sintiendo sobre nuestros hombros
todo su peso, al conocer a Jesús no es posible que nuestro corazón no se
abra a la alegría, al amor y a la libertad que él nos ofrece. Con él todo cambia,
hasta nuestra percepción de la ley. La vida, la muerte, el tiempo, la
eternidad. Todo se convierte con Cristo en consuelo, bendición, esperanza.
Saberse amado por Dios, no hay mayor felicidad.
El amor nace en nuestro corazón y nos libera, elevándonos hasta la
verdadera obediencia. Con Cristo ya no estamos bajo el yugo de la ley, y a
la vez lo estamos más que nunca. Pero no a una ley exterior, sino a la ley
del amor, que es gracia. El evangelio es ley y gracia al mismo tiempo. Porque
ley y gracia, como manifestaciones de la voluntad de Dios, son inseparables
una de otra. Cada una se encuentra en la otra, la gracia en la ley
y la ley en la gracia.28 Por eso, para que la ley alcance su verdadero objetivo
no basta que se cumpla en Jesús: es necesario que, gracias a él, se cumpla
también en nosotros. Es gracias a Jesús que nosotros podemos cumplir el
espíritu de la ley, que es el amor, es decir, el fin de la ley, su cumplimiento,
el vínculo de la perfección. Porque solo por amor podemos obedecer.
Quien no ama, difícilmente obedece. En realidad, cede, se pliega, se doblega.
Pero no obedece. Para obedecer hemos de sentirnos plenamente
libres. El yugo de Cristo es fácil y ligera su carga. Sus mandamientos no
son penosos. Porque todo lo podemos cuando él nos fortalece (Fil. 4:13).
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1 Ver F. García López, E¿ Decálogo (Estella: Verbo Divino, 1992).
2 La expresión áabar, reservada a la palabra pronunciada por Dios, significa al mismo tiempo «comunicación» y «acontecimiento
». Cf. Jer. 5 : 1 3 . J . Loza, Las palabras de Yahvé: estudio del Decálogo, (México: FCE 1989).
3 Los más aproximados serían Deut. 27: 15-26; Eze. 18 y 22; Sal. 15 y 24; Isa. 33.
4 La propia estructura del libro de Deuteronomio (capítulos 5-26) sigue el contenido del Decálogo en orden. Walter C. Kaiser,
Jr., «The Lawof Deuteronomy» en Towards Oíd Testament Ethics (Grand Rapids: Zondervan, 1983), pp. 127-137; James B Jordán,
The laxo ofthe Covenant (Tyler: Institute for Christian Economics, 1984), pp. 199-206; Y. Amir, «The Ten Commendements
According to Philo of Alexandria» en The Decalogue Throughout the Qenerations, B. Z. Segal, ed. (Jerusalén: Magnes,
1985), pp.95 y ss.
5 Véase Martin Buber, The Knowledge ofMan (Adantic Highlands: Humanities Press., 1988), pp. 1-48.
6 Filón, De legibus 30; De Decálogo 154; cf. Misná, Tamid 5:1.
7 Pierre Grelot sugiere que «la elección del número diez es convencional y mnemotécnica, sin duda relacionada con los dedos
de las manos» (Problémes de morale fondamentale: un éclariage biblicjue [Temas morales fundamentales: Una perspectiva bíblica
[París: Editions du Cerf, 1982], p. 109). Es interesante observar que, cuando en el sermón del monte Jesús dice que «no se
perderá ni la letra más pequeña ni una tilde de la Ley» (Mat. 5:18, NBLH), la letra mencionada es una yod, que es eí signo más
pequeño del alefato hebreo, y también representa al número 10. Las diez palabras representan, en cierto sentido, un mínimo.
Un mínimo vital para un máximo de vida (D. fennah, obra citada, p. 122).
8 Io y 2 o, el rechazo de la idolatría (Éxo. 34: 14; 20: 20-23; 23: 24; 34:17; Lev. 19: 4; 2 6 : 1 ) ; 3 o, el respeto del nombre divino
(Lev. 19: 12; 5: 22); 4o , el reposo sabático (Éxo. 23:12; 34:21; 31:12-17; 35:1-13; 16: 29-30; Lev. 19: 3; 23:3; 26: 31; Núm.
15: 32-35); 5 o , la honra a los padres (19:4; Éxo. 21: 15-17); 6o , el rechazo del homicidio (Éxo. 21:12; Lev. 24:17; Núm. 35:
30-34; Deut. 19:11-13); 7 o , el rechazo del adulterio (Lev. 19: 11; Deut. 22:22; Núm. 5:11-30); 8o , la condena del robo (Lev.
19: II; Éxo. 21:16-22:12); 9 o , la repulsa del falso testimonio (Éxo. 23:1; Deut. 19:16-19).
9 W. Eichrodt, Theology ofthe Oíd Testament, vol. I, p. 76. Existe una versión en español publicada por Ediciones Cristiandad.
10 Filón, Del Decálogo 107.
11 C. Wiener, Le Uvre de l’Éxode (El libro de Éxodo} (París: Seuil, 1985), p.37
12 Cf. Alphonse Maillot, Le Décalogue [El Decálogo], p. 15.
13 La forma verbal del Decálogo no puede circunscribirse al tiempo futuro. El imperfecto hebreo denota una acción incompleta,
continuada o repetida, que igualmente puede afectar ai pasado o al presente. Esta forma verbal subraya ciertamente la atemporalidad
del pacto y de sus promesas.
14 Esto puede llegar en algunos a la «neurosis religiosa», es decir, a un sentimiento de culpabilidad tal, una obsesión tal por la
propia salvación, que en realidad «pierde» al individuo atormentado por ella.
15 La palabra «Egipto» (Mitzraim) es un plural, como si se tratase menos de un país concreto que de todas las situaciones de
opresión.
16 Éxo. 20:1-2. El Dios del Decálogo primero libera y después dice: «Aquí tienen Ja solución para evitar esclavitudes presentes y
futuras: mi ayuda». Tomar a Dios por un policía cósmico escondido detrás de su omnipotencia, esperando que cometamos
una falta pava castigarla, es tomarlo poT un dios falso. Dios libera de Egipto antes de pedir nada. Y lo primero que pide es que
recordemos que nuestro prójimo tiene los mismos derechos que nosotros.
17 «Entonces nos importa, [por ejemplo], lo que otros piensan de nosotros […], su opinión, su aprobación…»(Anselm Grün, Los
Diez Mandamientos. Camino hacia la libertad, [San Pablo, Estella, Madrid, 2007], p. 35).
18 «El esclavo intentará por todos sus medios hacer lo que se le pide, ya que la vida le va en ello. Se esforzará, trabajará y, en el
mejor de los casos, cumplirá. Toda su energía estará volcada en llevar a término las órdenes de su amo para no recibir castigo.
Su motivación es el miedo. Hará lo que se le pide pero ni un ápice más, como es lógico. Quien se siente amado, sin embargo,
no espera a que se le pida nada. Porque aprende a amar. Nace en él la intensa necesidad de agradar a quien lo ama. […] No
conoce el miedo porque lo inunda la alegría cada vez que piensa en la persona que transformó su soledad en compañía»
(Juan Ramón Junqueras, Facebook, 27 de febrero de 2013).
19 Logo adoptado por la colección Torat ‘haitn de Jerusalén. Una vieja tradición dice que los mandamientos se dieron en dos
tablas «para evocarla relación entre el cielo y Ja tierra, el esposo y la esposa, los dos testigos, el mundo presente y el venidero».
Cf. M. H. Foumier Lophem, «Les dix paroles et leur indicatif oublié» [Las Diez Palabras: Su significado olvidado] SID1C, 19,
2 (1986) 47-51, p. 50.
20 De ahí que se pueda resumir en la famosa frase «amarás a) Señor tu Dios con todo tu corazón y ai prójimo como a ti mismo».
Cf Deut. 6: 5, Lev. 19:18
21 Como muy ingeniosamente dice X. Leon-Dufour: «Si el Decálogo no se hace diálogo, se endurece en catálogo» (Diccionario
del Nuevo Testamento [Madrid: Cristiandad, 1977], p. 280).
22 Comentario de la Mekhilta, sobre Cantares 1: 7.
23 Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 274
24 Incluso los místicos judíos, que rebuscan el significado alegórico de la Escrituray consideran que el sentido oculto es superior
al sentido obvio e inmediato, afirman constantemente que, a pesar de todo, el secreto de la fe reside en el respeto de su literalidad.
Abraham J. Heschel, Dios en busca del hombre. Una filosofía de! judaismo (Ediciones Seminarío Rabínico Latinoamericano,
1956), p. 171.
25 El plan de Dios propone además, la circuncisión de las instituciones: el culto debe ser un anticipo de la salvación prefigurada,
el sacerdocio una plataforma de servicio, etc.
26 Con ese carácter persona!, se reveló desde el principio a los patriarcas (Gén. 12: 1-3). Por ello, durante siglos fue conocido
como «el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob», es decir, el que se revela en la historia. Este Dios invisible y eterno «que es,
que era y que será», el «Dios vivo», que tiene el ser en sí (Éxo. 3: 13-15), rechaza toda representación material. Una parte
fundamental de la legislación y del culto tienen la misión de preservar la transcendencia de Dios evitando todo lo que pudiera
circunscribirla a un lugar o una estatua (Éxo. 20:4-6).
27 Conocer, en hebreo, es algo tan experimental que el término se usa para describir las relaciones sexuales: «Conoció Adán a su
mujer Eva y esta concibió y dio a luz a Caín» (Gén. 4:1).
28 Reflexiones inspiradas en AlexandreVinet, Meditaciones angélicas, (París, 1349). Revista Signes ties Temps [Señales de los tiempos),
(marzo-abril 1979), pp. 15-19).

Radio Adventista
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  • La disertación del decálogo lo encuentro muy interesante,nunca
    Ha bia leído y pensado lo que el escritor escribió .gracias

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