Pensar en los apellidos de Moisés y Aarón, que se encuentran al final del capítulo seis, puede haberlos animado a continuar su desagradable misión. Después de todo, lo hacían por la familia, lo que siempre es un fuerte factor de motivación cuando tenemos cosas desagradables que hacer.
Dios les ayudó aún más a entender sus roles al señalar que en sus tratos con Faraón, Moisés representaría a Dios y Aarón sería su profeta o portavoz. Este papel inusual de Moisés era necesario en ese momento, para impresionar al gobernante arrogante de que en realidad estaba tratando con Dios mismo. Cualquier cosa menos que Dios nunca habría sido suficiente para liberarlos de la esclavitud egipcia.
Una vez más, se les advirtió que no sería fácil ganarse a Faraón. Su duro corazón haría que sus esfuerzos fueran extremadamente difíciles. Pero al final, al menos los egipcios quedarían impresionados con las señales y maravillas que Dios estaba a punto de desatar en su tierra. “Y los egipcios sabrán que yo soy el Señor…”, como dice en Éxodo 7: 5.




