Jesús indicó en su oración por sus discípulos que debían tener unidad (Juan 17). Pablo también deseaba que el pueblo de Dios estuviera unido entre sí. Esta unidad era necesaria si el evangelio iba a predicarse al mundo a través de ellos.
Solo teniendo humildad, estimando a los demás por encima de sí mismos, se pudo lograr esta unidad. Nuestra mente no debe centrarse en nosotros mismos, sino en Cristo, aquel cuya vida habló de humildad de principio a fin.
Los lazos de compañerismo entre nosotros no solo deberían afectar nuestras acciones, sino también nuestros pensamientos y sentimientos. Debemos pensar y actuar como Jesús para que tal transformación tenga lugar en nuestros corazones y mentes. Pablo llamó a esta transformación una renovación de nuestra mente (Efesios 4:23 y Romanos 12:2). 2 Corintios 5:17 dice que esta humildad nos convierte en una “nueva creación”: alguien capaz de trabajar al unísono con los demás en la iglesia. Jesús lo llamó el nuevo nacimiento, el nacimiento de nuevo (Juan 3:3).




