Vivir en Canaán, con sus posibles bendiciones, siempre dependió de su relación continua y cercana con Dios. Cuando ese compromiso de adorar y obedecer a Dios se rompió, las consecuencias fueron duras. Las múltiples oportunidades para arrepentirse y volver a la favor de Dios demuestran lo amoroso y misericordioso que es Dios con quienes Lo aman a cambio.
Con el tiempo, se distanciarían tanto de su benefactor celestial que volvieron a ser errantes fuera de su tierra prometida de herencia. Esto ocurrió de forma más dramática durante el cautiverio y exilio babilónico. Incluso durante ese episodio aterrador, Dios nunca le dio la espalda a aquellos pocos que permanecieron fieles.
Dios también puede vivir en el corazón de sus seguidores hoy, sin importar dónde vivan. Al aceptar a Cristo como nuestro Señor y Salvador, recibimos bendiciones espirituales de paz, alegría y esperanza que se vuelven tan plenas como si ya estuviéramos en el cielo con nuestro Señor. Él está con nosotros, aunque aún no estemos físicamente con Él en el hogar celestial que Él prometió en su venida. Cuánto anhelamos su regreso cuando Su reino eterno será restaurado y seamos recibidos en Sus brazos amorosos para quedarnos para siempre.




