La fe es algo que reside en lo más profundo de nosotros, y la naturaleza divina del Hijo de Dios le permitió sentir la fe de quienes vinieron a Él por diversas razones. A menudo identificaba y afirmaba la fe de algunos que acudían en busca de sanación, y en ocasiones reprendía a otros por no tener suficiente fe, o incluso por no tener fe alguna.
Un hombre cuyo hijo había tenido convulsiones acudió a Jesús pidiendo ayuda, y Jesús le consoló recordándole que todo era posible para quien creía. El padre, afligido, reconoció de inmediato que su fe quizá no era lo suficientemente fuerte y pidió a Jesús que ayudara a su incredulidad. Jesús concedió su petición y curó a su hijo epiléptico en el acto. Esta historia nos recuerda que podemos pedirle fe a Dios y saber que Él se deleita en responder a esa oración.
Por suerte, Jesús sabe lo que hay en nosotros, tanto lo bueno como lo malo, y hace todo lo posible por proporcionar pruebas que harán crecer nuestra fe y nos harán amarle más. Véase Juan 2:23-25.




