Libro Complementario Capítulo 9 – (Sofonías y Nahúm) Maldiciendo a los que fueron bendecidos – 1/06/2013

Maldiciendo a los que fueron bendecidos
¿Podemos confiar en alguien que cambia aquello que nos había prometido? ¿Y si fuera Dios?libro-complementario ¿Hay profecías que no se han cumplido en la Biblia? ¿Cuán absoluta es la bendición o la maldición divina? ¿Qué papel tiene la condicionalidad en las profecías bíblicas? ¿Cuán confiables son los juicios de Dios?
Muchas personas se han confundido al leer los textos de los profetas sin usar los principios de interpretación adecuados. Eso ha llevado a unos a aplicaciones equivocadas de textos bíblicos, y a otros a perder su confianza de forma definitiva en el don profético. Lo cierto es que algunos pasajes de las Escrituras parecen totalmente contradictorios. Hay textos que parecen enfatizar la condicionalidad de las profecías y que han sido interpretados como universalistas, mientras que otros pasajes parecen ser nacionalistas y subrayan la soberanía divina.
¿Por qué Yahveh maldice a los que una vez bendijo? Las naciones que rodeaban a Judá ¿eran su campo misionero o enemigos que tenían que ser erradicados? ¿Son las promesas a la nación de Israel irrevocables? ¿Qué les sucederá a las demás naciones en el “Día de Yahveh”?
Los profetas hebreos tienen como tema recurrente el “Día de Yahveh”, para aludir a la liberación de los justos y la retribución de los desobedien-tes. Los profetas usaban esa expresión para ciertos acontecimientos políti-cos e históricos que estaban en el cercano futuro, a la vez que aludían al día escatológico en el que Dios va a restaurar la tierra. Al igual que Jesús en el sermón profético (Mateo 24,25) donde se refirió al acontecimiento cercano de la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C. como el “Día de Yahveh” y que servía como un
tipo de su Segunda Venida. Sofonías y Nahúm hacen algo similar, son dos de nuestros amigos entre los doce pro-fetas menores que describen de forma gráfica ese día deseado y también temido. Las amenazas proféticas son dirigidas hacia las naciones que rodean a Judá, pero también se hacen en contra de los herederos del pacto. Se pueden escuchar las palabras de Sofonías: “Calla en la presencia de Jehová, el Señor, porque el día de Jehová está cercano” (1:7). En un relativismo que se parece al de nuestros días, los habitantes de Judá no creían que Dios realmente cumpliría sus advertencias o promesas, y habían lle-gado a la conclusión de que “Jehová ni hará bien ni hará mal” (1:12).
Sin embargo, el Señor les quiere dejar claro quién gobierna sobre las naciones y es el Soberano del universo. Vamos a abrir algunas ventanas a la historia y la localización geopolítica de las naciones referidas en estos pro-fetas para poder entenderlos en el siglo XXI, a muchos kilómetros de distancia de donde escribieron originalmente. Antes de hacer interpretaciones creativas y aplicaciones alegóricas, hay que usar principios de interpreta-ción que sean coherentes con la Escritura. En este aspecto, debemos reco-nocer la diferencia entre la profecía “clásica” (“general”) y la “apocalíptica”. Son dos tipos de literatura sagrada y deben ser estudiados de forma pertinente. 1 En el Antiguo Testamento, Daniel es el principal exponente de la profecía apocalíptica y está fuera de los límites de este estudio. Pero los doce profetas menores son, en su mayoría, profecía clásica y su interés principal era nacional y étnico. Eso contrasta con la profecía apocalíptica, que es universal e incondicional. Vamos a tratar de contestar algunas pre-guntas sobre las profecías de Sofonías y Nahúm, para entender los princi-pios de interpretación profética a los que hemos aludido en páginas ante-riores, y el mensaje sobre el “Día de Yahveh”.

Cuándo comenzaron a maldecir
Hasta ahora hemos ido conociendo a la mitad de los doce profetas “menores”; que han demostrado ser “mayores” en cuanto al impacto que tuvieron en su época y la herencia que nos han dejado a generaciones futu-ras. El primero de ellos fue Jonás, quien ejerció su ministerio posiblemente entre el 800 y el 750 a.C. Las realidades sociopolíticas en el Antiguo Cer-cano Oriente eran muy diferentes en el tiempo de Jonás de la situación que les tocó vivir a Sofonías y a Nahúm. Egipto ya no era gobernada por los poderosos faraones etíopes de la dinastía XXV que habían desafiado a Asi-ria por controlar la zona levantina (Nahúm 3:9; cf. 2 Reyes 19:9, Isaías 37:9). Según Nahúm, Asurbanipal II ya había destruido a Tebas (No Amón) en el año 663 a.C. y había echado a esos invasores del sur, restaurando la dinastía local, que ahora eran aliados de Asiria (Nahúm 3:8; cf. 2 Reyes 23:29). 2 Asiria no estaba en crisis política como en el tiempo de Jonás, ni en ascenso como en el tiempo de Miqueas e Isaías (finales del siglo VIII a.C.). En la época de Sofonías y Nahúm, Asiria estaba en su clímax de poder y exten-sión imperial. Sus posesiones se extendían desde parte de lo que conoce-mos hoy como Irán en el este, hasta parte de la moderna Turquía en el oes-te y ocupando Egipto en el sur.
Nahúm, aproximadamente en el año 650 a.C., nos relata el resto de la historia que Jonás nos dejó inconclusa aproximadamente un siglo antes. Recordamos que los temores de Jonás se habían materializado y Asiria había atacado a su nación, deportando a la mayoría de las diez tribus del nor-te y erradicando al reino de Israel del mapa para siempre. 3 Las promesas de bendición que les habían sido dadas a estos descendientes de Abraham eran condicionales, y desaparecieron de las páginas de la historia al sufrir las maldiciones anunciadas por Oseas y Amós. Habían quebrantado el pacto y sufrieron las consecuencias de su infidelidad. Judá hubiese expe-rimentado las mismas consecuencias, de no haber sido por la gracia divina y la humillación del pueblo. Ezequías formaba parte de los reyes rebeldes que desafiaron a Asiria. Pero se humilló, y promovió un reavivamiento y una reforma en Jerusalén. La condicionalidad de las bendiciones y las maldiciones son evidentes en la experiencia de Jerusalén en el tiempo de Ezequías, mientras ejercían su ministerio Isaías y Miqueas (ver 2 Crónicas 32:26; 2 Reyes 20:16-19).
La situación social y religiosa en Judá se había deteriorado horriblemente después de la muerte del rey Ezequías. Sofonías hace referencia a ese célebre monarca y su bisnieto Josías, pero no menciona ni a Manasés ni a Amón, que fueron reyes infieles entre los reinados de esos gobernantes (1:1). Manasés, a quien Ezequías engendró durante los años que le fueron añadidos, a pedido suyo, fue el peor de los reyes que tuvo Judá en toda su historia. Su largo reinado de medio siglo estableció un rumbo nefasto en la nación, del cual fue imposible recuperarse (2 Crónicas 33:1-11; cf. Profetas y reyes, cap. 32, p. 281). Aunque Manasés se llegó a arrepentir de sus pecados y trató de girar el timón espiritual de la nación (2 Crónicas 12-16), la violencia, la promiscuidad, la degeneración y la lujuria que dominaban la sociedad de Judá demostraban que habían perdido su brújula moral del todo.
Ese cuadro de anarquía espiritual me hace recordar una tarde que me llevaron a caminar por la orilla de la playa, en una de las grandes metrópolis de América. Esa ciudad es conocida por las mismas características que Sofonías denuncia en Jerusalén. Esta había sido un epicentro de violencia extrema dos décadas atrás por “razones” raciales, lo cual había costado millones de dólares en pérdidas y varias vidas. Al caminar de la mano de mi esposa y mi hija, quedamos impresionados por la forma abierta en que se vendía la droga, por la vestimenta de la gente y lo natural que era para muchos llevar un estilo de vida que es condenado por la Biblia. El fuerte olor a incienso no venía de altares a Baal, sino de los centros médicos donde se vende la marihuana de forma legal para aquellos que “la necesitan”. Mi visita fue en un lugar público y a la luz del día; no me quiero imaginar cómo eran las noches en esos barrios o en esas violentas calles.
Casi me puedo imaginar a Sofonías en una de las esquinas de la plaza predicando: “¡Cercano está el día grande de Jehová! ¡Cercano, muy próxi-mo! Amargo será el clamor del día de Jehová; hasta el valiente allí gritará. Día de ira aquel día, día de angustia y de aprieto, día de alboroto y de aso-lamiento, día de tiniebla y de oscuridad, día de nublado y de entenebreci-miento” (1:14,15). O tal vez a su contemporáneo Nahúm, advirtiendo: “¿Quién puede resistir su ira? ¿Quién quedará en pie ante el ardor de su enojo? Su ira se derrama como fuego y ante él se quiebran las peñas” (1:6). Mi corazón se angustiaba, porque para mí no era una escena de repugnancia, sino de compasión y necesidad. Ese era un vivo cuadro de un campo misionero donde me preguntaba: “¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” (Romanos 10:14). Aunque estaba estudiando a estos profetas, yo no tuve el valor de ponerme a predicar y hacer un llamado al arrepenti-miento.
Citando a Sofonías, se nos recuerda que “era necesario despertar a los hombres y hacerles sentir su peligro, para inducirlos a que se preparasen para los solemnes acontecimientos relacionados con el fin del tiempo de gracia” (El conflicto de los siglos, cap. 18, p. 355). Estos valientes profetas fueron llamados a ejercer su ministerio en tiempos peligrosos. Ellos tenían el vivo recuerdo del fiel Isaías, que había sido martirizado por predicar sus mensajes de juicio unas décadas antes, como muchos otros que fueron exterminados por Manasés. Pero aun así se arriesgaron a proclamar profecías de destrucción, que no solo se referían a las naciones vecinas sino además al mismo Judá.
“El testimonio que ellos daban a favor de la verdad y la justicia despertó la ira de Manasés” que lanzó campañas de exterminio de los fieles (Profetas y reyes, cap. 32, p. 281; cf. 2 Reyes 21:1 6). Eso no quiere decir que no hubiera profetas durante los 55 años del reinado de Manasés; aunque tal vez hubo silencio durante algunas décadas. El cronista nos asegura que: “Los demás hechos de Manasés, su oración a su Dios y las palabras de los videntes que le hablaron en nombre de Jehová, el Dios de Israel, están es-critos en las actas de los reyes de Israel” (2 Crónicas 33:18). No me cabe duda de que aquí el cronista se está refiriendo a Sofonías y a Nahúm, junto a algunos pocos que estuvieron dispuestos a mantenerse firmes en mo-mentos en que no era popular denunciar los males espirituales de la nación. Algunos de los momentos más críticos de Judá se vivieron entre los años 660 y 612 a.C. Cuando comprendemos lo oscura que era la noche por la cual estaba pasando Judá, entonces podemos apreciar la luz de aquellos valientes que estuvieron dispuestos a proclamar la “Palabra del Señor”.
Las ventanas que hemos abierto nos permiten contemplar cuándo co-menzaron a pronunciar sus aterradoras maldiciones estos hombres, hacia dónde estaban dirigidas y el porqué de su tono. Sin embargo, debemos analizar más profundamente las razones por las cuales las bendiciones que habían sido pronunciadas sobre Nínive y Jerusalén son convertidas en maldiciones. La experiencia de esas ciudades nos ayuda a entender cómo interactúan la soberanía y la condicionalidad divinas en la profecía. 4 ¿Por qué se convirtieron las canciones de alabanza en violentos juicios?
Las Escrituras hebreas no presentan a Yahveh como un “dios nacional” que solamente se interesaba por los israelitas. A diferencia de otros pueblos que trazan su origen a un mítico pasado en el cual ellos son el centro exclusivo de todo, Israel es presentado como un vehículo por el cual serían bendecidas todas las naciones (Génesis 12:1-3). Yahveh, y no Israel, es el originador de todos los pueblos de la tierra y es Soberano sobre ellos, capaz de conocer el futuro (Isaías 46:10; cf. Salmo 96:10). Son muchos los rela-tos y profecías que demuestran que la nación hebrea no era etnocentrista y que Yahveh estaba interesado en personas de diferentes orígenes.
El pueblo asirio y el egipcio llegaron a ser llamados “instrumentos di-vinos”; algunos personajes de esas naciones son protagonistas en los pla-nes del Cielo. Esos imperios fueron elogiados encarecidamente por Yahveh como suyos (Isaías 19:25). El interés de Yahveh por Asiria fue la razón que envió al reticente evangelista Jonás para que se salvaran.
Aunque Jonás dio un mensaje a Nínive, en el cual no ofrecía condicionalidad o posibilidades de cambio (3:4), solo anunciaba la devastación de la ciudad en cuarenta días. Pero los ninivitas se libraron de la destrucción a principios del siglo VIII a.C., al arrepentirse (Jonás 3:5-10). Ese mensaje de destrucción no es una “profecía no cumplida” o que sugiere bipolaridad divina. “Dios les había enviado a Jonás con un mensaje de amonestación, y durante un tiempo [los ninivitas] se humillaron delante de Jehová de los ejércitos, y procuraron su perdón” (Profetas y reyes, cap. 30, p. 268). Sin embargo, el pueblo asirio se volvió a sus dioses falsos y desafiaron al Dios verdadero. Así como lo anunciaran nuestros amigos los profetas, Asiria su-frió las consecuencias de su iniquidad casi dos siglos más tarde.
La maldición y los juicios de Dios fueron ejecutados por el de nuevo emergente poder neobabilonio. Nabu-apla-usur derrotó a los neoasirios en varias batallas importantes. Él decidió aliarse con los medos para conquis-tar la impenetrable ciudad de Nínive. La crónica neobabilónica de la caída de Nínive describe cómo sitiaron la ciudad en mayo del 612 a.C. Se nos re-lata sobre el ingenioso desvío de las aguas del río Éufrates para inundar la ciudad
(cf. Nahúm 2:6) después de tres meses de sitio. El saqueo de la ciudad duró hasta agosto y fue desolador (2:9; 3:12-15). La ayuda de los egipcios no llegó a tiempo para impedir que se cumplieran las profecías contra esa orgullosa ciudad que era conocida por su violencia. 5 Nahúm había descrito a Nínive: “¡Ay de ti, ciudad sanguinaria, toda llena de mentira y de pillaje! ¡Tu rapiña no tiene fin!” (3:1). La ciudad que una vez se había arrepentido y que había sido un ejemplo de éxito de evangelización ahora sufría por los pecados condenados por el profeta.
Sofonías menciona otras naciones vecinas de Judá que también expe-rimentarían las consecuencias de no haberse arrepentido. La Biblia no nos describe a todos los profetas que existieron, ni las diferentes formas en que Yahveh se dirigió a los otros reinos que rodeaban a Israel; pero hay sufi-ciente información como para ver el interés divino en esas naciones (ver Romanos 1, 2). Sofonías menciona profecías contra varias de las ciudades filisteas de la pentápolis que se encontraba en la costa del Mediterráneo (2:4-7). Los nombres de Gaza, Ascalón y Ecrón son reconocibles por las experiencias del tiempo de los jueces y la monarquía hebrea temprana (ver 1 Samuel 6:17; 7:14; 17:52; etc.). Estos se describen como desoladas y destruidas totalmente “hasta que no quede morador” (Sofonías 2:5).
Después de haber enjuiciado a las naciones al oeste se dirige al este, al otro lado del Jordán. Sofonías la emprende contra Moab y Amón, hasta el punto de comparar su perpetua desolación con la que sufrió Sodoma y Gomorra (2:8, 9). Para ilustrar que no se pueden tener lecturas literalistas de la profecía clásica, podemos notar que Jeremías da a entender que regresarían cautivos de Moab y Amón (Jeremías 48:47; 49:6). Se ha usado la arqueología en muchas ocasiones para “probar” la Biblia, al mostrar fotos de las ruinas de algunas de esas ciudades que no han sido reconstruidas totalmente hoy (Nínive, Babilonia, Tiro, etc.). Sin embargo, si buscamos todas las ciudades que han sido condenadas con un lenguaje similarmente fuerte, nos encontraríamos sorpresas.
Amán, capital de los amonitas, es una ciudad tan próspera que es la ca-pital del Reino Hachemita de Jordania en el siglo XXI. Gaza no solo está poblada, sino superpoblada, con más de un millón y medio de habitantes que coexisten en 360 km2. En la antigua capital moabita hay una ciudad muy próspera (Karak) que conserva un imponente castillo de la época me-dieval, lo que demuestra que no quedó como Sodoma. Ascalón es un parque nacional, pero tiene ruinas de períodos posteriores al de su destrucción por los neobabilonios. Ecrón es de la única que no queda básicamente nada; actualmente es una plantación agrícola. Evidentemente, no se pueden seleccionar a conveniencia unas en vez de otras, se debe explicar el fe-nómeno de forma diferente. Por otro lado, Richard Davidson nos recuerda que “aun si edificios, o hasta ciudades, son erigidas en este lugar, esto no necesariamente disminuye la certeza de la predicción, ya que las ciudades antiguas con su cultura y civilización, han desaparecido para siempre”. 6 Todas las ciudades mencionadas, incluyendo Jerusalén, sufrieron la destrucción del “Día de Yahveh” durante las invasiones neobabilónicas. La arqueología muéstrala intervención de los caldeos y lo devastadoras que fueron esas destrucciones tal y como lo habían anunciado los profetas, quienes acentuaban sus profecías con connotaciones del “Día de Yahveh” al final del tiempo. 7
Esas naciones fueron bendecidas de muchas formas durante siglos y tuvieron oportunidades de arrepentirse, pero no lo hicieron, al igual que Judá. Dios no se contradice, y aunque había pronunciado bendiciones so-bre Jerusalén, su pacto estaba condicionado a su obediencia. Jerusalén ha-bía recibido mensajes de advertencia por sus pecados e injusticias desde los días de Amós. La ciudad no recibió su merecido castigo en el tiempo de Isaías por la gracia divina, ya que Ezequías se humilló de corazón. Aunque los asirios habían atacado a Judá en el siglo VIII a.C., Dios los había liberado milagrosamente (2 Crónicas 32:1-21).
Pero esa liberación fue condicional, Sofonías se queja porque en Jerusalén se había reiniciado el culto de Baal, había sacerdotes idólatras, se postraban en las azoteas ante el ejército de los cielos y juraban por Jehová, y al mismo tiempo juraban por Moloc (1:4,5). El “Día de Yahveh” sería de liberación para los oprimidos por las injusticias y de retribución para los infieles. Ahora no se está haciendo referencia a otras naciones, Sofonías sentencia que “extenderé mi mano contra Judá y contra todos los habi-tantes de Jerusalén” (1:4). Ellos vivieron la crueldad de la invasión de los neobabilonios, que fue traumática y devastadora, pero se hubiesen librado si se hubiesen humillado también. Jeremías “les rogó que se sometiesen al rey de Babilonia por el plazo que el Señor había especificado. Citó a los hombres de Judá las profecías de Oseas, Habacuc, Sofonías y otros cuyos mensajes de amonestación habían sido similares a los propios” (Profetas y reyes, cap. 36, p. 327, 328). Pero ellos no lo escucharon, y hoy podemos ver evidencias de la totalidad de la destrucción.
La actitud de esos profetas era de suplicantes y misericordiosos llama-dos al arrepentimiento. Casi se puede sentir la angustia en la voz de Sofonías mientras ruega: “Buscad a Jehová todos los humildes de la tierra, los que pusisteis por obra su juicio; buscad justicia, buscad mansedumbre; quizá seréis guardados en el día del enojo de Jehová” (2:3). En esos inten-tos de motivarlos al arrepentimiento, los profetas hacen frecuentes referencias a un “remanente” que será purificado en medio de las dificultades y recibirá las bendiciones eternas. Ese remanente no es salvado por sus buenas obras, sino por gracia, como en el caso de los ninivitas y los habitantes de Judá del tiempo de Ezequías. Solo la actitud de arrepentimiento es el determinante para gozar de bendición o sufrir maldición. “En la historia del Antiguo Testamento, la justicia nunca era un prerrequisito para la liberación. La necesidad era la única condición”. 8 Si aceptamos la gracia, podemos revertir la condenación para gozar de liberación.

Las bendiciones y las maldiciones hoy
Esta breve introducción a los principios de cómo se deben entender las profecías clásicas muestra su condicionalidad. Es muy importante enten-der su contexto histórico y político, para comprender mejor su aplicación y evitar interpretaciones creativas. Ser alegóricos ni “literalistas” es acepta-ble en la interpretación bíblica, solo leer de forma literal con información histórica y gramatical. Hay que comprender que la intención principal de los profetas era nacional y respondía a las realidades de sus contemporáneos. El interés de Dios por todas las naciones ha estado siempre en su corazón, y desea que haya salvos de toda nación, tribu, lengua y pueblo. La condicionalidad de esas promesas y condenas no deben ser olvidadas. Eso se aplica a los pueblos vecinos y a sus descendientes, y también a los hebreos, con sus descendientes judíos en el siglo XXI. 9 Las aplicaciones tipológicas de estas profecías deben ser guiadas por la misma Palabra de Dios que llega hasta nuestros días
Alguien que continuó profetizando después de Sofonías y Nahúm nos puede clarificar el dilema que sugiere esta contradicción; es decir, cuando Dios maldice a los que antes había bendecido. Su nombre es Jeremías, y cita a Yahveh diciendo: “En un instante hablaré contra naciones y contra reinos, para arrancar, derribar y destruir. Pero si esas naciones se con-vierten de su maldad contra la cual hablé, yo me arrepentiré del mal que había pensado hacerles, y en un instante hablaré de esas naciones y de esos reinos, para edificar y para plantar. Pero si hacen lo malo delante de mis ojos, no oyendo mi voz, me arrepentiré del bien que había determinado hacerles” (18:7-10). La conversión de los seres humanos es lo que establece la diferencia, no un decreto totalitario.
No debemos dejar de anunciar la cercanía del “Día de Yahveh”; en nuestro caso, ya vemos el cumplimiento de profecías apocalípticas que tienen un alcance mundial e irrevocable. “Ante la perspectiva de aquel día, la Palabra de Dios exhorta a su pueblo del modo más solemne y expresivo a que despierte de su letargo espiritual, y a que busque su faz con arrepen-timiento y humillación” (El conflicto de los siglos, cap. 18, p. 356). Los habitantes de Judá no quisieron escuchar, y sufrieron la destrucción de Jerusa-lén y su estimado Templo en el año 586 a.C. Dios salvó a un remanente que regresaría para recibir las bendiciones prometidas. Hoy, Dios quiere que la maldición que merecen nuestros actos se convierta en una bendición si aceptamos su gracia.

Referencias
1 Los trabajos de Kenneth Strand son fundamentales en el estudio de las profecías “clásicas” y “apocalípticas”. Tuve la oportunidad de leer sus manuscritos en el Centro White de la Universidad Andrews. Esos documentos fueron parcialmente publicados en “Foundational Principles of Interpretation”, Symposium on Revelation: Introductory and Exegetical Studies—Book I Daniel and Revelation Committee Series, vol. 6; ed. Frank B. Holbrook (Silver Spring, MD: Biblical Research Institute, 1992), pp. 11-22. Por otro lado, mi deuda mayor es con Richard Davidson, quien explicó detalladamente esos conceptos en sus clases sobre los profetas y escatología que dicta en el Seminario Teológico Adventista de la Universidad Andrews. Davidson ha publicado el resumen de sus in-vestigaciones en “Interpreting Old Testament Prophecy”, Understanding Scripture: An Adventist Approach, Biblical Research Institute Studies, volumen 1; ed. George Reid (Sil-ver Spring, MD: Biblical Research Institute, 2006), pp. 183-204.
2 Algunos han debatido la identificación de No-Amón con Tebas por las variantes en la Septuaginta y la Vulgata, sin embargo la evidencia del topónimo en el texto hebreo apunta a Tebas. Ver John Huddlestun, “Nahum, Niniveh, and the Nile: The Description of Thebes in Nahum 3:8-9”, en Journal of Near Eastern Studies, 62:2 (abril de 2003), pp. 97-110.
3 Desde hace siglos se han tratado de identificar las “tribus perdidas” e n diferentes lugares geográficos, desde el Lejano Oriente, el Oriente Medio (zona de Afganistán) hasta África (tan lejos como Zimbabue en el sur). Algunos occidentales han sugerido que las tribus llegaron hasta las islas británicas (para justificar su imperialismo como herencia de Dios) mientras que otros las localizaron en el Nuevo Mundo (como Joseph Smith y sus fantasiosas sugerencias sobre las tribus en Mesoamérica). Por otro lado, se han po-dido encontrar nombres yahvistas en registros asirios de Mesopotamia y arqueológicamente se pueden hacer sugerencias que tienen sentido. Las evidencias apuntan a que esas tribus fueron dispersas dentro del Imperio Asirio y no se “perdieron” de la forma en que algunos han sugerido. Eso es lo que explica Elena G. de White cuando señala que los asirios “dispersaron las diez tribus entre las muchas provincias del reino asirio” (Profetas y reyes, cap. 30, p. 260; cf. Ibíd., p. 283).
4 Una experiencia similar a la de los amorreos según Génesis 15:16 (cf. Éxodo 12:41; 13:5; Deuteronomio 7:1 -5; Josué 3:10; 6:1 7-19).
5 Necao II llegó después para asistir a los asirios que se defendían desde Harán. Josías trató de impedir que los egipcios llegaran a atacar a los neobabilonios, y su imprudencia le costó la vida.
6 Richard Davidson, “Biblical Principles for Interpreting Old Testament Classical Prop-hecy”, presentación en un Retiro de Ministros en Michigan en otoño de 2006, p. 19.
7 Algunos eruditos han tratado de negar el impacto de las invasiones neobabilónicas y lo llaman el “mito de tierra vacía. Un estudio cabal que analiza esos argumentos sobre bases arqueológicas fue escrito por Efraín Velázquez II, “The Persian Period and the Origins of Israel: Beyond the “Myths” en Critical Issues in Early Israelite History” (ed. Richard Hess, Gerald Klingbeil, and Paul Ray Jr.; BBRSup 3; Winona Lake, IN: Eisen brauns, 2008).
8 Jon Dybdahl, A Strange Place for Grace: Discovering a Loving God in the Old Testament (Pacific Press, 2006), p. 38.
9 Las profecías clásicas que se hicieron al Israel político y fueron cumplidas tipológicamente en Jesús quien es el Israel antitípico junto a su pueblo que incluye todas las etnias.

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