Libro Complementario Capitulo 7: – “La capital humillada y un pueblecito exaltado” Miqueas

Miqueas
La capital humillada y un pueblecito exaltadolibro-complementario

Hay gente humilde y sencilla en todos los lugares, independientemente de donde vivan y de su estatus económico o social. Por otro lado, vivir en un centro de poder político y finan-ciero, como son las capitales del mundo moderno, en ocasiones eleva su autoestima más de lo normal. Independientemente de su posición económica, entre algunos que viven en las metrópolis se les crea un ha-lo de superioridad que los hace muy sensibles a las censuras sobre el lugar en el que viven. Algunos consideran que su posición privilegiada los hace diferentes de los que los rodean. Esto no es nuevo, parece que ha sido así “siempre”, aunque en la antigüedad la situación era más complicada. En el Antiguo Cercano Oriente (ACO) había leyendas, poemas e himnos que ensalzaban las ciudades-estado como centros religiosos e incluso cosmológicos. Había urbanitas que se consideraban mejores que los habitantes de otras ciudades, pues creían que su ciudad había sido divinamente elegida. En ese contexto, cualquier crítica hacia esa ciudad “escogida”, o a sus habitantes, podía ser considerada como alta traición o blasfemia.
Así que, hay que tener cuidado con hablar mal de la ciudad de Pa-namá, que es la puerta del mundo, o la hermosa arquitectura de Bue-nos Aires. Nadie debe cuestionar que el Distrito Federal de México es más alto y grande que ninguno; ni dudar de la inigualable belleza de Río de Janeiro durante las navidades. Las ciudades importantes y las capitales tienen monumentos icónicos, como son las fortalezas colonia-les en puertos de Bahía (Brasil), San Cristóbal (Venezuela), Martinica v Curazao. Cualquier sugerencia de que van a ser demolidas o destruidas sería considerado un acto de barbarie. Sin embargo, ¡eso es lo que hace Miqueas con Jerusalén, en contra de sus edificios políticos y sa-grados! El mensaje de Miqueas, el sexto de los doce profetas menores, no debió caer muy bien entre los habitantes de Jerusalén.
Este libro muestra la contradicción de que mientras Jerusalén es hu-millada y condenada a ser destruida, un pueblecito humilde es exalta-do como un lugar central en la historia de la salvación. El colmo de las ironías es posicionar a una insignificante comunidad rural sobre una capital que estaba destinada a ser cabeza de naciones. ¿Se puede probar el cumplimiento de esa profecía arqueológicamente? Hay serios debates sobre el papel de Jerusalén en los tiempos del ACO, pero se pueden ver restos arqueológicos de estructuras monumentales, murallas colo-sales y arquitectura sofisticada. Por otro lado, la humilde aldea de Be-lén no ha dejado muestras de estructuras importantes construidas en la antigüedad, ni se le podría adjudicar ninguna importancia política o económica. ¿Cómo fue exaltado el pequeño asentamiento de Belén? ¿Qué podemos aprender de la condicionalidad de las promesas divinas con esa profecía?
A pesar de que Jerusalén será castigada y los escogidos sufrirán, Mi-queas les asegura que hay esperanza. Yahveh es un Dios misericordio-so, que insiste en llamar a sus hijos al arrepentimiento. Puede observar-se que Miqueas no es arrogante en su tono, al contrario, su angustia queda patente en sus llamados al arrepentimiento. Su libro es una invi-tación hecha a quienes han sido negligentes en ser fieles al pacto, ya sea por infidelidad al ser muy laxos en los sacrificios o por ser simplemente legalistas en la adoración. Yahveh muestra su paciencia y misericordia al hacer un llamado a tener una relación con él que se evidenciará en una vida ética y moral.

Jerusalén, la ciudad escogida
Hay varias ciudades que han incorporado a su folklore o fama el te-ner las playas más hermosas, una arquitectura envidiable, ciudadanos muy amables o un clima paradisíaco. Pero las ciudades del ACO iban un paso más lejos cuando se trataba de demostrar que su ciudad era la mejor, la más exaltada. En varias ciudades mesopotámicas y del valle del Nilo se compusieron relatos sobre los orígenes de la humanidad que señalaban que en ellas comenzó la creación de los seres vivos. Esos poemas e himnos presentan a esas ciudades como superiores a las que las rodeaban, con base teológica en sus complejos rituales politeístas. En Egipto encontramos varios relatos de la creación: uno narra que el génesis de la vida ocurrió en Heliópolis, otro relato lo presenta en Menfis, y algunos siglos después Tebas es presentada como la ciudad madre de todas. Sin embargo, ese no es el caso de Jerusalén: no hay un re-lato que le adjudique ese papel central entre los hebreos. Por eso, el re-lato de la creación de Génesis 1 y 2 es único entre las culturas del ACO. Jerusalén no carga con esa tradición pagana que le da carácter santo de forma intrínseca.
La Biblia hebrea describe cómo Jerusalén fue conquistada unos mil años antes de Cristo por los ejércitos de David (1 Crónicas 11:4-9). Aunque desde entonces a Jerusalén se la considera como Sion, ocupan-do un lugar central en la teología hebrea, no se le atribuyen relatos mí-ticos sobre su origen. Aun así, Jerusalén se convierte en la ciudad escogida, inspirando salmos en su honor y profecías que la señalan como capital de las naciones. La importancia de Jerusalén va creciendo des-pués de la división entre las tribus del norte y las del sur. Sigue siendo tan importante en la mente de los hebreos que en el norte (Israel) se es-tablecen dos santuarios oficiales (Dan y Bet-el), para ser rivales de Jeru-salén (ver 1 Reyes 12). Esos centros de culto estaban separados de la capital del reino. Eso se nota, ya que Israel cambió de capital en varias ocasiones, siendo la última de ellas Samaria. En el caso de Judá, Jerusa-lén se mantuvo como la única capital y centro religioso de las tribus del sur.
Una de las razones por las cuales Jerusalén fue destacada entre las tribus israelitas es por su favorable localización geográfica. La zona montañosa de Judea queda entre las rutas principales que unen los continentes de África, Asia y Europa. La Vía Horus pasa al oeste de la cordillera de Judea, paralela a la costa del mar Mediterráneo. Esa ruta sube desde Egipto hasta llegar a Anatolia (hoy Turquía). Al otro lado del río Jordán, está el Camino Real, que era la arteria principal usada por las caravanas que traían mercancía desde el Lejano Oriente. La ciudad que hoy conocemos como Jerusalén, está en una ruta vital que une estas dos vías internacionales.
Por otro lado, hay ciudades que han preservado y superado su im-portancia estratégica sobre Jerusalén. Así que, no era tanto su localización geográfica o política lo que le daba a Jerusalén su estatus de ciu-dad escogida. El Templo era realmente el factor principal para exaltar la ciudad, ese era el aposento de Dios mismo, quien habitaba en su santo Santuario. El hecho de que Yahveh escogiera ese lugar para ser adorado, convertía a Jerusalén en el centro de la vida de los hebreos. Dios había hecho un pacto con su pueblo, por el que haría de Jerusalén capi-tal de naciones.

Un pacto quebrantado
Todos los profetas menores enfatizan el lugar que tiene el pacto en-tre Yahveh y su pueblo. Entre los doce, los profetas canónicamente an-teriores, preceden cronológicamente a Miqueas. En cuanto a las referencias sobre el pacto, esos profetas se habían concentrado principalmente en Israel y las naciones vecinas (excepto Joel). Por otro lado, Mi-queas comenzó su ministerio poco después de que Oseas predicara en Israel. Miqueas enfatiza la importancia del pacto y el papel central de Judá. Aquí se demuestra claramente que no se debiera llamar a estos profetas “menores”, ya que Miqueas dejó un impacto impresionante en su tiempo y en la posteridad. Se le podría atribuir el lugar del primer gran profeta que tiene propiamente Judá, entre una serie de profetas que ejercieron su ministerio durante dos siglos. Miqueas influyó sobre su contemporáneo más joven, Isaías, y fue citado por Jeremías cien años más tarde (Jeremías 26:18). Miqueas es, sin lugar a dudas, un profeta “mayor”, aun cuando su libro es breve en comparación con otros.
En sus profecías, Miqueas hace referencias futuras a la destrucción de Samaria (1:5-7), lo que demuestra que comenzó su ministerio antes del 721 a.C. Por otro lado, Miqueas es conocido por sus amenazas contra Jerusalén y el reino de Judá. Esas profecías de juicio se cumplieron poco después, cuando los neoasirios invadieron el reino de Judá, des-truyendo casi todas las ciudades principales a su paso. Sin embargo, su cumplimiento pleno ocurrió cuando marcharon los ejércitos neobabilónicos sobre las colinas de Judá un siglo más tarde y el venerado Tem-plo, que había sido cuidadosamente construido por Salomón, quedó en ruinas.
El mensaje de Miqueas sacudió a la nación y a toda la región, debido al tenso clima político que se vivía a mediados del siglo VIII a.C. en el ACO. Los sirios habían estado atacando a Israel en el norte, después de alianzas esporádicas que los habían llevado a invadir a Judá. Esos pactos sirio-efrainitas provocaron que Judá buscara hacer un pacto con los neoasirios para protegerse (2 Reyes 16:7; 2 Crónicas 28:16;
cf. Isaías 7, 8). Hasta ese momento, Judá quedaba en la esfera de influencia de su vecino al sur, Egipto, quien estaba interesado en mantener el control de la Vía Horus para fines comerciales. Egipto tenía numerosos ejércitos y una poderosa flota naval, con la cual mantenía en jaque a todos los reinos costeros del Levante y se ganaba el respeto en la zona.
Sin embargo, el poder que había estado emergiendo de nuevo con gran fuerza era el Imperio Neoasirio. Los crueles neoasirios buscaban controlar las caravanas que venían desde Asia hacia el Mediterráneo, y así comerciar con Occidente. Ellos se beneficiaban de las riñas locales de los reyes de la región acudiendo a “ayudarles”. Invadieron desde el norte los territorios levantinos, devastando primero a Siria y los pueblos de la Alta Mesopotamia, absorbiéndolos en su hegemonía impe-rial. Mientras eso sucede en el sur, en el reino de Israel hay toda una se-rie de golpes de estado y magnicidios, que están asociados a ser fieles a los pactos con los neoasirios, quienes se han declarado como soberanos sobre esos vasallos. Irónicamente, esas tensiones internacionales son muy similares a las que se pueden reconocer en tiempos modernos en esas latitudes. Los intereses de los imperios externos (en ese tiempo Egipto y Asiria) técnicamente estaban en una “guerra fría”, mientras naciones pequeñas, que no se podían poner de acuerdo entre ellas, es-taban enfrascadas en guerras fratricidas. La fragilidad de los tratados, pactos, convenios y acuerdos es una realidad hoy, como lo fue hace más de dos milenios. Los tratados entre las naciones no son una crea-ción reciente. Los pactos entre países que se firman en nuestros días, y que muchas veces se quebrantan, son parte de una dinámica muy anti-gua entre las naciones.
Había varios modelos de pactos “soberano-vasallo” en el ACO des-de el segundo milenio a.C. Es importante notar que los modelos usados en el Pentateuco son similares a los pactos comunes en la Edad de Bronce tardío (cerca del XV a.C.). Por el contrario, los pactos del tiempo de Miqueas eran diferentes, según los modelos que vemos en la litera-tura neoasiria del siglo VIII a.C. Eso demuestra la antigüedad de los primeros cinco libros de la Biblia (Torá). Los pactos registrados por Moisés no son tardíos, como algunos críticos de la Biblia han querido sugerir.
Miqueas escribe un milenio más tarde que Moisés, y modela partes de su libro en forma de un rib, demanda legal que era conocida en los juicios de sus días (ver Miqueas 1:2). Por otro lado, cuando Miqueas presenta a Yahveh haciendo una demanda, va más allá de los tribuna-les de la época, en los cuales los oyentes eran ancianos tribales o conci-lios de diputados, otros reyes vasallos, o sacerdotes. Aquí no se invo-can otros dioses o autoridades humanas: los testigos son la tierra y los montes. Miqueas describe con lenguaje cósmico la escena donde Dios reclama a Jacob (incluidos Israel y Judá) el haber quebrantado el pacto.
Yahveh es el gran Soberano, Rey de reyes y Señor de señores, que merece fidelidad en medio de las tensiones internacionales. Pero sus vasallos han elegido a los poderes terrenales, en pactos donde se invo-caban a los dioses nacionales de esos reinos o imperios. Así quedaba fuera el Dador de la vida, aquel con quienes se habían comprometido al salir de Egipto el milenio anterior y quien les había prometido un reino eterno de forma condicional. Los términos legales usados por Miqueas de “rebelión” e “infidelidad” son iguales a los términos que los escribas usaban para referirse a la situación política del país, en relación con los poderes imperiales. Es de lo que se hablaba en los tribunales y en la ca-lle. Si hubiesen habido medios de comunicación masiva en ese tiempo, los reporteros y los comentaristas habrían usado ese vocabulario en la televisión y los periódicos de Judá.
Israel y Judá han quebrantado el pacto con Yahveh, han sido infieles al someterse a naciones paganas, han adorado a sus dioses y la conduc-ta de sus ciudadanos ha sido inmoral. Las consecuencias van a ser ne-fastas para Samaria y Jerusalén, la humillación que se les acerca es ho-rrible, como la vivida por otros reinos que son descritos en himnos y poemas asirios, en los que se jactan de cómo torturan a sus víctimas. Dios le advierte a Samaria que la hará “montones de ruinas”, eco de las amenazas hechas por Amós y Oseas (Miqueas 1:6). Jerusalén está con-denada a la misma suerte, si no se arrepiente de su infidelidad al pacto con su Dios. Así como en el Edén la primera pareja tenía garantizado el pacto eterno de manera condicional, su pueblo debía entender las con-secuencias de violar las condiciones del pacto.

Actitud del profeta ante la humillación
¿Cuál fue la actitud del profeta ante su audiencia? ¿Utilizó un tono acusador contra sus oyentes? ¿Cómo pronunció sus palabras?
Se cuenta de una iglesia conocida como “difícil”, en la cual su pastor se había jubilado después de varias décadas de ministerio. Su organización envió a la congregación a otro pastor experimentado que pudiese seguir con el trabajo en esta gran iglesia de ciudad. Antes de que acabara el mes, llamaron al supervisor de los pastores para que se llevaran a ese pastor porque los condenaba y los “mandaba al infierno”. El super-visor decidió enviar a uno de sus mejores pastores para que sirviera en esta iglesia, que tenía fama de haber tolerado problemas morales en el pasado. A las pocas semanas se estaban quejando nuevamente, porque también los “mandaba al infierno”, y no lo querían. Los dirigentes no sabían qué hacer después del cuarto pastor que rechazaban por las mismas razones, así que decidieron enviar a un jovencito recién graduado. Pasaron las semanas y los meses, y no había noticias de los an-cianos locales o de los dirigentes de esa iglesia. El supervisor estaba in-trigado, y quiso llamar para saber qué estaba sucediendo. Los hermanos estaban encantados con el muchacho. Sorprendido y sospechando que el joven no estaba siendo lo suficientemente firme con la congrega-ción les preguntó si los “mandaba al infierno”, a lo que ellos respondieron que: “sí, cada domingo; pero lo hace con tanto amor”. Eso los había impresionado y motivado a reformarse.
Al leer el primer capítulo, podemos ver la conmovedora actitud de Miqueas cuando presenta la demanda contra Jerusalén. En esos tiem-pos no había computadoras ni medios modernos para llamar la aten-ción de las masas. Dios inspiró a los profetas a representar muchos de sus mensajes, como en el caso de Oseas, a quien hemos estudiado, o el inigualable Ezequiel del siglo siguiente. Miqueas parece que llegó a profetizar desnudo (1:8), no porque fuese exhibicionista o por algún trance profético como en el caso del rey Saúl (1 Samuel 19:24). Miqueas y, al mismo tiempo, Isaías (32:11), profetizaban desnudos para ilustrar la humillación que iban a sufrir los habitantes de Judá durante las de-portaciones neoasirias y neobabilónicas. Eso demuestra el deseo divino de usar medios visuales y físicos para ilustrar los mensajes del Cielo.
Miqueas no señala de forma agresiva los pecados de su pueblo, su dolor es como el de alguien que ha perdido a un ser querido. Su len-guaje es similar al de David cuando se enteró de la muerte de su amigo Jonatán y del rey Saúl (ver 2 Samuel 1:20). ¿Cómo reaccionas cuando escuchas que alguien se ha equivocado? ¿Cuáles son tus palabras, cuando te enteras de que algún dirigente ha caído? Cuando tenemos la responsabilidad de llamar la atención de alguien sobre alguna falta moral o algún error, debemos demostrar nuestro dolor y compasión por los que han caído. Es nuestra responsabilidad tratar con firmeza, pero con respeto, a aquellos que han quebrantado su pacto con el Cielo (ver Mat. 18). Nuestra audiencia tiene la capacidad de sentir lo que le que-remos transmitir, observando nuestra actitud. Y eso especialmente con los jóvenes. Debemos comunicar la compasión divina y la gracia celestial. Miqueas usa la expresión “dolorosa destrucción” (2:10). Se ha comprobado que nuestro lenguaje corporal demuestra mucho más que el contenido de nuestras palabras. En el caso de Miqueas, mostraba más de lo que yo me sentiría cómodo en demostrar; pero de alguna manera debemos exteriorizar nuestros sentimientos en nuestros mensajes.
Es impresionante reconocer que Miqueas estuvo dispuesto a ser hu-millado para ilustrar de forma vivida y real su mensaje. Únicamente Cristo fue capaz de ir tan lejos, como lo describe Pablo en Filipenses 2. Miqueas encarna el espíritu que hubo en Cristo, que trataba a los demás como superiores a sí mismo. Nunca se comparaba ni hablaba des-de un pedestal. Se destaca por sus mensajes envueltos en lágrimas cuando disciplinaba. Ese es el carácter de un verdadero reformador, que no está constantemente criticando y condenando, sino que se angustia cuando tiene que pronunciar mensajes de juicio. Sobre todo, las personas que son verdaderas reformadoras, herederas de los profetas bíblicos, siempre señalan soluciones a los problemas actuales y extien-den la gracia del Rey de reyes.

El pueblecito exaltado
Miqueas sorprende a su audiencia al señalar que la restauración que iba a tener Judá no iba a estar centrada en la cosmopolita ciudad de Je-rusalén. No eran las mansiones reales las que se convertirían en el centro de atracción y veneración. La “Simiente”, aquel que había sido pro-fetizado en el principio como el Libertador del pecado (Génesis 3:15) provendría de la pequeña aldea de Belén. Un giro que debió haberles caído como un jarro de agua fría a los arrogantes habitantes de Jerusa-lén, que consideraban que su estatus de metropolitanos los ponía en una posición superior a los campesinos del interior. La aldea de Belén es señalada como el epicentro del acontecimiento más maravilloso de la historia humana: el nacimiento de Jesús (Miqueas 5:2).
La célebre profecía de Isaías 60:6 que describe que “multitud de ca-mellos te cubrirá y dromedarios de Madián y de Efa. Vendrán todos los de Sabá trayendo oro e incienso, y publicarán las alabanzas de Jehová”, trasciende a Jerusalén, pues los sabios de oriente llegaron hasta Belén. Aunque Isaías presenta detalles, en su profecía, que son alusiones a la Ciudad de David, su cumplimiento fue más allá de Sion y tuvo su realización
antitípica en la aldea de David. Mientras que en Jerusalén se es-cucharían los ejércitos marchando, en Belén sonaría la música de coros celestes. Eso ha sido demostrado en la historia: mientras Jerusalén fue saqueada por persas, musulmanes y cruzados, Belén pudo escapar de las mayores destrucciones.
Miqueas hace referencia a la humillación y la exaltación del Mesías. En su profecía mesiánica, Miqueas repite la fatal predicción de Génesis 3:1 5 sobre la Simiente que sería herida, al recordarles que “herirán con vara en la mejilla al juez de Israel” (5:1). Eso rompía los esquemas de exaltación que tenían los gobernantes sobre el esperado Mesías. No se trata del opulento rey que los hebreos estaban esperando, quien los li-braría de los odiados asirios y alejaría a los egipcios. Aquí se hace refe-rencia a uno que sería humillado; un cuadro similar al del “Siervo su-friente” descrito por Isaías (Isaías 53).
Por otro lado, Miqueas señala que, “aunque eres pequeña”, desde ese pueblecito saldría el “gobernante de Israel”. En visión profética, Miqueas señala la divinidad de Cristo al señalar hasta la eternidad para describir el origen de Jesús (Miqueas 5:2). El humilde niño de Belén se-ría exaltado, y apacentaría “con el poder de Jehová” (5:4). El profeta mira más allá de Belén o del Calvario, cuando “será engrandecido has-ta los fines de la tierra”. Miqueas describe al Hijo en el pasado, su ministerio terrenal, su obra de redención y su glorificación.

Llamado individual
El mensaje de Miqueas no se trata simplemente de señalar cómo un pueblecito pasa de la oscuridad a un primer plano, por ser la cuna del Salvador. Su mensaje enfatiza que todos nosotros hemos sido escogidos con un propósito y que Dios quiere cumplirlo en nuestras vidas. El llamado del profeta va más allá de puntos geográficos, política internacional o situaciones locales. Su voz trasciende la localización geográfica de Judá y llega hasta nuestros días.
Por un lado, Yahveh condena a Jerusalén, pues ha sido edificada con sangre e iniquidad (3:10). El profeta les reprocha tener jueces que juz-gan por soborno, sacerdotes que enseñan por precio y profetas que predicen por dinero (3:11). Por otro lado, Miqueas advierte que la religión verdadera no es el mero formalismo de traer carneros, aceite y ofrendas al Templo de forma legalista (6:7). Esa no es la voluntad divi-na para su pueblo; ninguno de los dos extremos.
Miqueas nos recuerda lo que Dios requiere de cada uno de nosotros. Yahveh te habla específicamente a ti, de forma personal, para recordarte que “solamente” lo que él espera es que hagas justicia, ames la mise-ricordia y camines humildemente con tu Dios (6:8). Tienes la oportuni-dad de renovar tu pacto con el Cielo, pues él echa nuestros pecados pasados en las “profundidades del mar” (7:19). Tú tienes la oportunidad de ser parte del remanente que será salvo (2:12; 7:18), aquellos que han sido humildes, amables y fieles.

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