Libro Complementario Capítulo 1 – Prosperidad económina y decadencia moral – Oseas 1a Parte

Oseas – 1ª parte
Prosperidad económica y decadencia moral

Resulta evidente que el dinero no es la solución a los problemas sociales que nos aquejan. Los países más ricos no han logrado erradicar la ignorancia, el vicio o los males que han plagado a la humanidad durante milenios. Cada día se escuchan patéticas noticias de los países “desarrollados”, impropiamente llamados del “primer mundo”, que ponen de manifiesto que su prosperidad económica no implica que sean menos corruptos ni que su moral sea mejor que la de los demás. La promesa de la Ilustración, con todo su entusiasmo sobre el progreso y la ciencia, no se ha cumplido. Guerras, abusos, desigual-dades sociales y económicas continúan siendo una realidad en pleno siglo XXI. Por supuesto, no estamos diciendo que la pobreza sea equi-valente a virtud, o que la miseria sea beneficiosa. Pero, debemos refle-xionar un poco respecto de qué creemos sobre la abundancia. Dios nos ama, independientemente de cuál sea nuestra condición económica. Además, según las Escrituras, lo que determina la condición del ser humano no es la cantidad de dinero que posea, sino su relación con Dios.
Oseas es un profeta que presenta de forma gráfica, y casi obscena, las contradicciones que existen entre las realidades económicas y las espirituales. Yahveh había hecho un compromiso con los hebreos: lle-varlos a una tierra donde fluía “leche y miel”; y esperaba fidelidad al pacto con el cual se habían comprometido los descendientes de Abraham (Génesis 9:12; Éxodo 3:8; Levítico 26). Pero ellos no fueron fieles; no cumplieron con su compromiso ético. Aun así, a pesar de la infidelidad al pacto por parte de los israelitas, Dios continuó siendo fiel. El amor incondicional por parte del Cielo es el tema principal de Oseas
ben-Beeri (hijo de Beeri), el primer profeta del “Libro de los Do-ce”.
Oseas llama la atención de su audiencia, gente que vivió hace más de 2.700 años, de una manera cruda y radical. Sin embargo, hay que re-conocer que el tema que introduce el sufrido profeta es demasiado fa-miliar: la infidelidad. No cabe la menor duda de que en su libro hay pasajes que debemos estudiar basándonos en la arqueología, la historia y la exégesis. 1 Pero para entender la traición… no hay que ser ningún erudito. Aquellos que hemos visto a nuestros seres amados sumidos en el dolor que causa la infidelidad matrimonial, sabemos muy bien cuán profunda es la agonía que provoca. Infidelidad: casi nadie ha podido escapar de ella. Nos traicionan los amigos, los familiares; hemos sido traspasados por la lanza de la traición cuando los votos matrimoniales han quedado quebrantados. Hijos afectados; familiares humillados. Por todo esto, nos parece inconcebible y contradictorio que sea Dios quien guíe a Oseas ben-Beeri a casarse con una mujer de dudosa reputación.

Elegida a pesar de…
A través de los siglos, judíos y cristianos han tratado de explicar por qué Dios le ordenó a un profeta: “Ve, toma por mujer a una prostituta” (Oseas 1:2). Sin embargo, nadie ha encontrado una respuesta completa-mente satisfactoria a ese difícil pasaje. En la ley de Moisés, únicamente los sacerdotes no podían casarse con una prostituta (ver Levítico 21:7). Pero el hecho de que existiera esta prohibición, implica que no era ex-traño que esas uniones se realizaran entre los hebreos. 2 Por ejemplo, Salmón se casó con Rahab, una mujer de mala reputación; quien inclu-so es mencionada en la genealogía de Jesús (Mateo 1:5). Esto no contra-dice las leyes levíticas, porque Salmón no era sacerdote.
En el caso de Oseas, lo único que sabemos de su parentela es que fue uno de los dos únicos profetas del reino del norte que escribieron en la Biblia. Su tribu y profesión continúan siendo un misterio. Entre los ofi-cios que se le han atribuido están: panadero, escriba, agricultor o sacer-dote. Sin embargo, la Biblia no da detalles sobre su vida ni de su enig-mática esposa. La falta de información ha provocado que Gomer bat Diblaim (hija de Diblaim) y el profeta sean descritos desde varias pers-pectivas.
Una reconstrucción de eventos, muy completa y plausible, fue escri-ta por David Vélez, que describe con detalles vividos el posible pasado de Gomer. 3 Vélez ensambla una biografía de Gomer usando inferen-cias y material contextual que cuidadosamente ha investigado. Su mi-sión es enfatizar el perdón, tema principal del libro de Oseas, presen-tándolo en forma real y clara.
La imagen de Gomer como una prostituta es difícil de aceptar para quienes prefieren imaginar a Israel como una joven virgen y pura. Pero la Biblia está llena de pasajes que destacan la condición caída de la hu-manidad, y cómo Dios acepta y transforma a los que han pecado. No debe ser difícil de reconocer que Israel, al salir de Egipto, estaba lejos de ser “virgen” o “pura”. Dios toma a los israelitas precisamente donde estos se encontraban. Al Israel infiel se le ofrece un pacto matrimonia-ren el que Yahveh se convierte en su esposo y le promete prosperidad. Dios garantiza olvidar el pasado de su pueblo y lo toma como si fuera virgen. Por tanto, nadie tiene derecho a recordar nuestro pasado cuan-do Dios nos ha garantizado un futuro transformado. Gomer representa a Israel… a ti y a mí, a quienes Dios extiende su gracia y su ternura. Un amor que escoge amar a quien no merece ser amado: eso sí que es una contradicción.

Prosperidad de los elegidos
Se nos asegura que Gomer e Israel recibieron todos los honores de una “señora” a quien su esposo le ofrece lo mejor. Pero ¿hay evidencias de que Dios haya cumplido su compromiso con Israel? El libro de Josué describe a los israelitas estableciéndose en Canaán hace unos tres mil cuatrocientos años. Sin embargo, su llegada a ese territorio no fue una conquista devastadora como la que imaginaban algunos arqueólogos del siglo XX. Muchos críticos se mofaron porque no se encontró ningu-na evidencia de una invasión masiva de hordas israelitas por todo Ca-naán, en el período posterior al Éxodo. Sin embargo, el problema no es-tá en la descripción bíblica o el registro arqueológico; las presuposicio-nes y las expectativas irreales de los investigadores son las que han causado tanta confusión. David Merling ha demostrado que las des-cripciones de Josué no implican una conquista total de Canaán ni la aniquilación de sus habitantes. Por otro lado, su estudio textual y arqueológico demuestra que los pocos lugares que la Biblia señala como destruidos tienen extensas proporciones de ceniza. 4 Dios asentó a Is-rael como una gran nación en una de las zonas más estratégicas del mundo.
Esa región conecta los continentes con rutas comerciales, y durante milenios ha sido famosa por su fertilidad. Las grandes cantidades de prensas de aceite excavadas, la abundante flora, los dulces dátiles y el ganado demuestran que fueron establecidos en una tierra donde literal-mente fluía “leche y miel”. Israel había llegado a una tierra próspera, tal y como se le había prometido al patriarca Abraham. La deforesta-ción, los cambios climáticos y la erosión que pueden observarse en el Cercano Oriente no se corresponden con la realidad de hace tres mile-nios. Gran parte de esa región era boscosa, con abundante fauna, y te-nía una mayor precipitación pluvial.
En esa etapa inicial de Israel, es evidente que, aun cuando recibió los beneficios del pacto, no cumplió su parte. A pesar de la riqueza y la prosperidad de Canaán, ellos se alejaron de su compromiso con Dios, por eso fueron privados de los beneficios de la protección divina y sufrieron las consecuencias, como se describe en el libro de los Jueces. Aun así, siglos más tarde Dios hace un pacto con David, e Israel llega a disfrutar de riquezas maravillosas. El registro arqueológico muestra es-tructuras monumentales, sistemas de acueductos, graneros, caballerizas y ciudades que coinciden con las descripciones bíblicas del imperio davídico.
Esa prosperidad económica no declinó drásticamente después de la separación de las tribus del norte. El reino de Israel llegó a ser más próspero que el reino del sur (Judá). 5 Más aún, la época de Gomer fue una de las más prósperas en la historia de Israel. La nación era rica, y gozaba de una bonanza económica tan grande como su decadencia mo-ral. Gomer pudo haber disfrutado de este bienestar económico mien-tras vivía con Oseas. No hay razones para pensar que Oseas era pobre y que Gomer tuvo acceso a las riquezas solamente cuando ejercía la prostitución. Si bien es cierto que algunas mujeres se prostituyen para salir de la pobreza, ese no siempre es el caso. Siguiendo el patrón bíblico, Oseas debió haber provisto a Gomer de todo lo que necesitaba. Gomer no vivía en la miseria ni con escasos recursos: vivió cómoda-mente; y eso hace su caso más paradójico y doloroso.
Gomer llegó a decir descaradamente: “Iré tras mis amantes, que me dan mi pan y mi agua, mi lana y mi lino, mi aceite y mi bebida” (Oseas 2:5). Cuando pensamos en la prostitución, no siempre debemos recurrir a imágenes de una calle oscura donde alguien vende su cuerpo. En la antigüedad, y en la actualidad, hombres y mujeres han obtenido mu-chos beneficios al hacer “favores” a cambio de otros “favores”. Comi-das elegantes, paseos, vacaciones, joyas, ropas lujosas, entrada a círcu-los exclusivos u oportunidades profesionales son parte del intercambio que pueden “negociar” hombres o mujeres por su cuerpo. En la actua-lidad, el sexo es una moneda que se usa o como protección y seguridad para quien no quiere estar solo, y necesita aceptación y afecto, o como la “emoción” de hacer algo “prohibido”.
¿Por qué ser infiel? No hay ninguna razón, es un misterio; la infide-lidad no se determina por clases sociales, estatus económico o educa-ción. Aun cuando Dios se ha mostrado fiel y benévolo con sus criatu-ras, constantemente elegimos ser infieles. Elegimos abandonar los be-neficios del pacto y las promesas divinas, a cambio de momentos de sa-tisfacción personal o gratificación inmediata. En mayor o menor grado, hemos recibido dones celestiales en diferentes momentos de nuestras vidas. A pesar de los beneficios que el Cielo nos ha otorgado, no hemos sido fieles y no somos mejores que Gomer, que llegó a lo más profundo de la denigración humana.

Decadencia moral por un “dios”
La caída de Gomer no fue súbita; al contrario, fue un proceso que paradójicamente estuvo acompañado de justificación “divina”. Es muy probable que la prostitución de Gomer fuera de naturaleza religiosa. Su imagen no es de la “profesional” que aguarda en una calleja poco ilu-minada. Es posible que ella estuviera participando en rituales baalísti-cos. La “prostitución sagrada” era parte de la religión que se practicaba en el Antiguo Cercano Oriente (ACO). En la “magia imitativa”, se prac-ticaban cultos de fertilidad que terminaban en orgías para “bendecir” las cosechas y el ganado. Gomer estuvo disfrutando de las ganancias económicas de ese denigrante ritual, que era de alta estima en la socie-dad levantina.
Según la religión cananea, Baal era el dios de la lluvia. A diferencia de Mesopotamia (tierra entre ríos) o Egipto (que dependía del Nilo), en Canaán no se podía depender de inundaciones anuales para asegurar las cosechas. En los territorios del Creciente Fértil los ríos eran deida-des principales, pero en Canaán se dependía del “dios de la tormenta” para asegurar una buena cosecha. Baal era venerado como el dios de la lluvia y en Israel llegó a sustituir a Yahveh como divinidad principal. Gomer eligió venderse por un “dios”, en vez de servir al único y verdadero Dios.
Aquellos que conocían a Oseas podían ver la prosperidad de Gomer como una evidencia de que el culto a Baal era efectivo. Aunque se en-contraba bien con Oseas, parecía que ahora estaba “mejor” con los baales. ¿Qué ocurre en algunas ocasiones cuando hay prosperidad eco-nómica? No siempre es el caso pero, desgraciadamente, algunos eligen acomodarse a una vida de vicio e inmoralidad. Yahveh cumplió su promesa de bendecir la tierra con grano, mosto y aceite (Deuteronomio 7:1-3); pero Israel y Gomer se alejaron de la verdadera fuente de bendi-ción. La experiencia de Israel nos debe enseñar que la prosperidad no es un barómetro confiable para identificar la intervención de Dios en nuestras vidas.
La “teología de la prosperidad” que se practicaba en los días de Oseas no era exactamente igual a las versiones recientes de ese fenó-meno sociorreligioso. Sin embargo, de forma similar, proponía que la abundancia económica era garantizada a aquellos que tenían algún tipo de “experiencia” o celebraban los ritos correctos. Yahveh mismo había prometido bendiciones si se cumplían las condiciones del pacto. El én-fasis en la fidelidad era lo que los israelitas no parecían comprender. Aun así, “los castigos predichos quedaron suspendidos por un tiempo, y durante el largo reinado de Jeroboam II los ejércitos de Israel obtuvie-ron señaladas victorias; pero ese tiempo de prosperidad aparente no cambió el corazón de los impenitentes” (Profetas y reyes, cap. 23, p. 214). Los israelitas no supieron aprovechar las bendiciones que Dios les ha-bía dado. La contradicción es que la bendición se convirtió en maldi-ción, cuando la prosperidad fue usada de manera errónea. Su decaden-cia moral estaba fundamentada en el “dios” de su egoísmo.

La “prosperidad” nacional ante Dios
Las contradicciones del libro de Oseas no se quedan con este cuadro de Gomer. Las imágenes que tenemos de los “grandes hombres” y de las “grandes naciones” del mundo son diferentes de las presentadas en las Escrituras. Nuestra época no es la única que reconoce grandes po-tencias militares y económicas. En la antigüedad, también se exaltaba a las naciones poderosas y a los gobernantes exitosos. Lo irónico es que, después de 2.700 años, la memoria de esos personajes políticos de Israel se ha ido olvidando y no son familiares para la mayoría de los lectores modernos.
Por esa razón, se debe mirar por la ventana del pasado para ver quiénes fueron “grandes” y prósperos.
En la época antigua, el reino de Israel fue más conocido internacio-nalmente que Judá, aunque en la Biblia se le da mayor atención al reino del sur. En la mayoría de los pasajes proféticos y las crónicas históricas, cuando se hace referencia a “Israel” o a “Efraín”, se está describiendo al reino del norte. El lector tiene que ser consciente de esto al leer el libro de Oseas y el resto de los doce profetas. El contexto determina a quié-nes se están refiriendo los profetas; sin embargo, me gustaría sugerir que, en Oseas, Gomer representaba a la totalidad de las tribus de Israel (norte y sur). 6 Irónicamente, después de tres mil años el reino que más se recuerda es Judá, y no el próspero Israel.
¿Y qué podemos decir en cuanto a los gobernantes? Si tuviéramos que destacar los nombres de los héroes políticos de Israel, deberíamos poner en primer lugar a Jeroboam I. Jeroboam I fue el primer rey del reino del norte (Israel), tras la división de las tribus de Israel, que go-bernó a diez de las tribus. Para los “norteños”, David no era el héroe principal, sino que Jeroboam I era el mayor orgullo del pueblo (1 Reyes 11:2-6). En Oseas se menciona a Jeroboam II (1:1), que no era descen-diente del primer Jeroboam sino de Jehú. Jeroboam II adoptó ese famo-so nombre, aunque vivió más de un siglo después (793-753 a. C.). Entre los norteños, la figura de Jeroboam era venerada como un “padre de la patria” y su nombre evocaba recuerdos positivos, como los que inspi-ran Benito Juárez, José de San Martín o Adolphe Roberts en algunas partes de América. Sin embargo, es irónico que alguien tan famoso po-líticamente en Israel fuese recordado en las Escrituras como el que co-menzó el culto del becerro de oro (1 Reyes 12:2-8). Los reyes israelitas subsiguientes son condenados porque continuaron el pecado de Jero-boam, “haciendo pecar a Israel” (cf. 1 Reyes 15:30; 16:1 9, 30; 21:2-12). Lo que ensalzan las naciones no siempre es lo que ensalza el Cielo; ser famoso en la tierra no garantiza la codiciada inmortalidad.
¿Hay evidencias históricas de esos “grandes” de la antigüedad? La arqueología nos demuestra que Jeroboam II pudo disfrutar de uno de los períodos más prósperos de la historia de Israel. Los grandes pode-res regionales no estaban ejerciendo un fuerte control sobre esta región. Hacia el siglo VII a. C. Egipto, desde el sur, trataba de influir política y económicamente sobre su puente a Asia. Por otro lado, Asiria, en el no-reste, quería controlar las caravanas del Lejano Oriente que llegaban hasta el mar Mediterráneo. Los reinos que no estaban alineados con los bloques políticos del norte o del sur prosperaban mientras coqueteaban con ambos imperios.
Las complicadas situaciones políticas en Asiria debilitaron a esa na-ción, que había ejercido su poder sobre Israel algunas décadas antes. Jehú, el abuelo de Jeroboam II, se había tenido que humillar ante los asirios y pagarles tributo. La única imagen arqueológica que tenemos de un rey de Israel es de Jehú, que aparece esculpido en el Obelisco Negro de Salmanasar III. Eso explica la actitud negativa de Jonás, que vivió en el tiempo del padre de Jeroboam II (790 a. C.) y que no sentía el más mínimo afecto por los asirios. Los problemas internos de Asiria habían librado a Israel de pagar tributo. Israel vivía en una “época do-rada” durante el reinado de Jeroboam II. Pero, eso estaba por cambiar cuando las ambiciones imperiales de Asiria comenzaran a despertar en el tiempo de Oseas.
Israel, como nación, se había prostituido con las naciones vecinas y sus respectivos dioses. En vez de recordar quién “los había sacado de Egipto”, habían sustituido al verdadero Dios por un panteón de dioses falsos. Las alianzas políticas estaban unidas a alianzas religiosas y, al igual que Gomer, Israel se había acostado con muchos amantes. Sin embargo, esos honores temporales no duraron para siempre. Esa pros-peridad que se había obtenido a costa de la inmoralidad tuvo conse-cuencias nefastas, e Israel iba a experimentar las consecuencias de sus elecciones.

Decadencia económica y prosperidad moral
¿Cómo reaccionamos cuando las comodidades se esfuman repenti-namente? Lo contrario a la abundancia es la pobreza, y cuando llega, no todo el mundo reacciona igual. Aún tengo un vivo recuerdo de cuán rápido se deterioró el ambiente en Nueva Orleans tras 48 horas sin elec-tricidad ni otros servicios. En 2005, me encontraba en esa ciudad cuan-do la azotó el huracán Katrina. Recuerdo la desesperación en los ros-tros, las voces angustiadas, la muerte… La anarquía se apoderó de la ciudad; muchos comenzaron a saquear establecimientos y hubo quién llegó a matar por agua potable. La miseria arrancó maldiciones de los labios de la gente, y hay quienes fueron empujados al abismo de renegar a Dios. Sin embargo, esas mismas experiencias fueron para otros el acelerador que los acercó al Cielo. Algunos que vivían para sí mismos, reconocieron al Creador en medio de la tragedia. Muchos se volvieron al Señor en medio de las dificultades. Hay ocasiones en que la deca-dencia económica es lo que motiva a algunos a prosperar espiritual-mente.
A Israel y a Gomer les llegó la tragedia, y vieron cómo sus riquezas se esfumaban. Asiria invadió el reino del norte; los soldados alardea-ban sobre sus métodos de tortura brutalmente crueles; eran expertos en cómo hacer sufrir a sus víctimas. Los israelitas tuvieron que lidiar con varias campañas asirias hasta que fueron deportados de forma masiva. Durante esas invasiones, aquellos que vivieron en el lujo y la opulencia fueron obligados a vivir en las más repugnantes condiciones de degra-dación humana. De la misma manera, Gomer sucumbió en la más ho-rrible prostitución. No tenemos detalles de cómo llegó a esa condición, por deudas, compromisos equivocados o alguna mala jugada que le hubieran hecho. El resultado es el mismo… era una esclava.
Por otro lado, Gomer no muere como esclava, pues su amante espo-so va a buscarla y se propone enamorarla. Oseas 2:14 declara: “Por eso voy a seducirla”; la expresión hebrea implica que ha de “seducirla”, enamorarla, hablarle como a una novia. Y continúa diciendo: “la llevaré al desierto y hablaré a su corazón”. La experiencia en el desierto alude a la época cuando la nube guiaba al pueblo de Israel, en la que había un contacto diario de Dios con su pueblo. Oseas fue a buscarla, la compró y la rescató (3:2). Oseas no fue con la actitud de “Te lo dije”, o con la arrogancia que recuerda los pecados pasados. Esa clase de “perdón” que echa en cara el pasado conlleva más maldición que estar bajo el yugo de un esclavo.
Oseas (Yahveh) promete: “Le daré sus viñas desde allí, y haré del valle de Acor una puerta de esperanza. Y allí cantará, como en los días de su juventud, como en el día de su subida de la tierra de Egipto” (2:15). Estos son ecos del Éxodo; la liberación perfuma la conversación amorosa del profeta, que es considerado como el “Juan del Antiguo Testamento”. 7 El profeta del amor evangélico habla de redención, amor y perdón incondicional. Elena de White nos recuerda que: “en los terribles castigos que cayeron sobre las diez tribus, el Señor tenía un propósito sabio y misericordioso. Lo que ya no podía lograr por medio de ellas en la tierra de sus padres, procuraría hacerlo esparciéndolas entre los paganos” (Profetas y reyes, cap. 23, p. 217). En el caso de Israel,
la decadencia económica les iba a llevar a la prosperidad moral.
La disciplina divina no tiene como propósito ser punitiva, un simple castigo o una consecuencia. El plan de Dios era redimir a su pueblo e incluso a las otras naciones. “Su plan para salvar a todos los que quisie-ran obtener perdón mediante el Salvador de la familia humana, debía cumplirse todavía; y en las aflicciones impuestas a Israel estaba prepa-rando el terreno para que su gloria se revelase a las naciones de la tie-rra” (Ibíd., cap. 23, pp. 217, 218). El testimonio de aquellos corazones arrepentidos sería una bendición para los que no habían escuchado ha-blar de Dios. Muchos en esas tribus “perdidas” llegaron a ser una luz en medio de las tinieblas; una demostración de que si buscamos a Dios, viviremos.

Referencias
1 Una introducción profunda y práctica a Oseas es la de J. Dybdahl, Hosea, Micah: a Call to Radical Reform (Boise, Idaho: Pacific Press, 1996). Para los detalles históricos y arqueo-lógicos la mejor guía ha sido preparada por P. King, Amos, Hosea, Micah: An Archaeolo-gical Commentary (Filadelfia: Westminster, 1988). Una monumental exegesis sobre el texto de Oseas la han producido F. I. Andersen y D. N. Freedman, Hosea: Anchor Bible (Garden City, NY: Doubleday, 1980).
2 No debe quedar la impresión de que el adulterio era algo de menor importancia entre las sociedades del Antiguo Cercano Oriente. Eran y continúan siendo culturas basadas en los conceptos de vergüenza y honor. El adulterio por parte de una mujer era una afrenta condenable con la muerte en Israel y las naciones vecinas. Ni siquiera había po-sibilidad de expiar ese pecado en el sistema de sacrificios del santuario hebreo.
3 David Vélez, Una historia de perdón (Mayagüez, PR: Editorial Plaza Mayor, 2005).
4 Ver D. Merling, The Book of Joshua: It’s Theme and Role in Archaeological Discussions (Ber-rien Springs, MI: Andrews), 1997.
5 Este “Israel” no debe confundirse con la confederación de tribus que habían salido de Egipto que eran conocidas como “Israel” y así lo reconocían otras naciones (por ejem-plo, Egipto en la Estela de Mernepta).
6 Esto puede parecer un poco confuso para el lector, ya que Oseas en algunas profecías parece estar refiriéndose únicamente a las diez tribus y usa a “Efraín” como sinónimo de Israel.
7 Francisco Clyde y John R. Sampey, Introducción al Antiguo Testamento (El Paso, TX: Ca-sa Bautista de Publicaciones, 1993), p. 146.

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