Libro Compementario Capitulo 3 – Lluvias de maldición y vientos de bendición (Joel) – sabado 20 de Abril

Lluvias de maldición y vientos de bendición (Joel)

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n América sabemos lo que es sufrir bajo lluvias y vientos hu­racanados. Nadie nos tiene que contar lo espantoso que es un huracán rugiendo con furia y libro-complementarioarrasando todo lo que encuentra a su paso. Pero la descripción de una tormenta tropical es inconcebible para alguien que ha crecido en un desierto, donde apenas caen algunos centí­metros o pulgadas de lluvia. Es todo un desafío hacer que un habitante del Antiguo Cercano Oriente (ACO) capte mensaje de Dios a través de imágenes de tormentas tropicales. Por el contrario, así de complicado es para algunos de nosotros imaginar una lluvia de saltamontes o langostas en nuestra casa, pueblo o ciudad. La mayoría de los habitantes del Caribe y Latinoamérica no tiene la menor idea de lo que es sufrir bajo una plaga de esos insectos.

Eso no significa que en esta zona del mundo no se hayan sentido los efectos de esa maldición en el territorio americano. Hay registros his­tóricos que describen terribles plagas de langostas en la península de Yucatán. La plaga azotó las regiones habitadas por los mayas durante cinco años consecutivos (1529-1535). Los anales antiguos relatan cómo esos endemoniados chapulines causaron hambruna y muerte entre las naciones autóctonas, que ya estaban sufriendo por las enfermedades que habían traído los europeos. [i] Algunos siglos más tarde, hubo azotes de langostas en Venezuela durante el siglo XIX. [ii] Sin embargo, los recientes desastres sufridos por langostas en Venezuela, Surinam y algunas zonas del Caribe no se comparan con lo que todavía sucede en zonas de África, el Cercano Oriente o Australia. En esos lugares, los ejércitos de cientos de millones (y a millares de millones) de soldaditos devoradores de todo lo que se encuentra a su paso han dejado miseria, hambre y muerte.

El próximo amigo que vamos a conocer más profundamente es el enig­mático profeta Joel (“Yahveh es Dios”) ben-Petuel (“hijo de Petuel”). Joel es el segundo de los doce profetas menores. Este profeta describe deta­lladamente cómo una plaga de voraces langostas invadió los cultivos de Judá. No estamos del todo seguros de cuándo vivió, pues su libro no nos ofrece suficiente información para indicarnos de forma exacta cuándo fue escrito. Hay muchas posibilidades de que Joel haya sido contemporáneo de Amos y de Oseas (siglo VIII a. C.), aunque la mayoría de los eruditos se inclina a leerlo como un escrito de la época de los profetas que sirvieron a Dios cerca del exilio neobabilónico del siglo VII a. C.  La ausencia de referencias a eventos políticos conocidos o personajes históricos hace que sea más complicado señalar una fecha exacta para el libro. Lo único que resalta en estas profecías es una terrible catástrofe sufrida por una plaga de langostas, que debió haber’ sido tan impresionante como para ser usada por los habitantes de Judá como una referencia histórica. “Oíd esto, ancianos, y escuchad, todos los moradores de la tierra. ¿Ha aconte­cido algo semejante en vuestros días o en los días de vuestros padres? De esto contaréis a vuestros hijos, y vuestros hijos a sus hijos, y sus hijos a la siguiente generación” (Joel 1:2, 3). Lo importante para Joel es la tragedia que ha sufrido Judá. Lo contradictorio es que, a pesar de las lluvias de maldición encarnadas en las langostas, se prometen vientos de bendición del Espíritu Santo para restaurar lo que se había perdido.

Las malditas langostas

El cuadro presentado por Joel es aterrador. Si leemos todo el libro pensando literalmente en esos dañinos insectos, podemos hacernos una idea de lo devastadora que debió haber sido la plaga de langostas que menciona. Estos animalitos son como diminutas máquinas devoradoras que parecen insaciables: “Asoló mi vid y descortezó mi higuera; del todo la desnudó y derribó; sus ramas quedaron blancas” (1:7). Esos ortópteros se comen las plantas, las hojas de los árboles y hasta la corteza de troncos y las ramas. Joel describe una desolación total, una catástrofe nacional que ha marcado a los habitantes de forma visible. La plaga es tan terrible que describe cómo “el grano se pudrió debajo de los terrones; los graneros fueron asolado s y los silos destruidos porque se había secado el trigo” (1:1 7). ¡No hay abastecimientos, graneros, ni nada para alimentarse después de su llegada! Se debe tener en mente que las plagas de langostas no están de paso, no se trata solamente de millones de hambrientos insectos que comen la misma cantidad que su peso por día para alejarse después de una semana. Cuando llegan pueden permanecer durante semanas en su desenfrenada glotonería y la catástrofe deja sus efectos incluso varios años después del ataque inicial.

El ciclo de vida de los ortópteros comienza con la destructiva larva que sale de los huevos que fueron depositados en el suelo después de la primera vez que llega la nube de estos animalitos. Esas larvas se alimentan en la tierra mientras los agricultores siembran nuevas semillas en los campos. Luego viene la etapa juvenil de esos saltamontes, que no causa desastres, pero también es problemática. Sin embargo, cuando las langostas adultas segregan la feromona que las hace agruparse y transformar su cuerpo, es cuando se convierten en pequeñas fieras. El cambio fisonómico es radical, desarrollan alas y patas más grandes y fuertes, su capacidad de comer aumenta y su comportamiento es gregario. Se unen pandillas y “maras” que forman una inmensa turba que marcha y vuela como una horda destructiva. El comportamiento gregario que une a las langostas las hace trágicas, pues su poder está en su número; se unen y pueden seguir comiendo en un lugar hasta que un viento las aleje o de alguna manera se lancen a volar de forma instintiva. Pero antes de salir, habrán dejado huevos en el suelo para la próxima generación de destrucción en el lugar donde crearon caos.

El ciclo ha de repetirse inevitablemente a menos que los huevos o las larvas sean eliminados, o algún cambio climatológico los afecte. Es posible que Joel esté aludiendo a esas etapas del ciclo de vida de las langostas con los términos hebreos que son tan difíciles de traducir en el versículo 4. Allí Joel reseña: “Lo que dejó la oruga se lo comió el saltón; lo que dejó el saltón se lo comió el revoltón; y la langosta se comió lo que el revoltón había dejado” (1:4).

Aunque a nosotros se nos hace difícil entender esa terminología cam­pesina, la audiencia de Joel sabía muy bien de lo que él estaba hablando. En la mayoría de las ocasiones los profetas no trataban de usar un lenguaje esotérico o complicado, como lo hacen algunos religiosos de nuestros días. Jergas cristianas y dialectos de “santos” que solo comprenden los “entendidos” no son propias ni en el Antiguo Testamento ni en el Nuevo Testamento. Por el contrario, en ellos se usa un lenguaje común con ilustraciones de su realidad. Ahora bien, esas categorizaciones de las etapas de la vida de la lan­gosta encuentran una analogía en nuestra peculiaridad para diferenciar los fenómenos atmosféricos. La diferencia entre una depresión, una tormenta tropical y un huracán de diferentes categorías no es obvio para alguien que ha crecido en el Cercano Oriente, pero en América es meridianamente claro.

Es probable que no te sobresaltes si te advierten sobre una lluvia de langostas que ha de llegar a tu ciudad. Pero si la programación de la radio se interrumpe para anunciar que se está aproximando un huracán de categoría cinco, probablemente vas a entrar en pánico. Esos monstruos atmosféricos no atacan a menos de 250 km (156 millas) por hora, produ­ciendo un efecto devastador y mortal. Por esta razón, en agosto de 2005 me consternó saber que en dirección al hospital donde estaba mi madre se estaba acercando la fuerza demoledora de un huracán de esa categoría y fuerza. Había viajado junto con mi padre a la ciudad de Nueva Orleans, a esperar un trasplante de hígado para mi madre. Al escuchar que Katrina se acercaba a nosotros, con vientos endemoniados que estaban devastando todo lo que quedaba a su paso, supe de inmediato las implicaciones de esa terminología meteorológica. No se necesita ser un científico de tec­nología espacial o consultar una enciclopedia para saber que la ciudad de Nueva Orleans, que está bajo el nivel del mar, iba a quedar inundada si se rompían los diques que la protegían. Aunque no nos golpeó con la intensidad que esperábamos, el resultado fue el mayor desastre natural de la historia de los Estados Unidos.

Al regresar a Nueva Orleans algunos años después, pude dirigirme a un grupo de creyentes y hacer referencia a ese evento de destrucción. Yo puedo diferenciar las etapas de esa experiencia: los primeros ventarrones, el cruce del ojo, el resto del huracán y las inundaciones posteriores. Eso es algo que solo los que hemos pasado por esa situación podemos conocer. Con esa autoridad Joel describe en su primer capítulo la calamidad de las langostas como un tipo, una figura o sombra de lo que había de acontecer en el Día de Yahveh (1:15; cf. Isaías 13:6).

El “Día de Yahveh”: lluvias y viento

La extensión de la calamidad causada por la lluvia de langostas en el Día de Yahveh es total. Un cuadro similar al de la ciudad de Nueva Orleans después del paso asesino de Katrina. En el capítulo 1, el profeta hace un catálogo detallado de los implicados en la tragedia: los borrachos, los jó­venes, el clero, la clase trabajadora, la flora y hasta los animales sufren por la devastación. Joel, en la tradición de los videntes del ACO, incluye a los astros y al resto de la naturaleza en su descripción del Día de Yahveh (2:10). Aunque Joel está haciendo referencia a un evento natural de sus días, el mismo tiene connotaciones políticas, eclesiológicas y hasta escatológicas.

La alusión a “ejércitos destructores” bien se puede aplicar literalmente a las langostas que atacaron las plantaciones de los días de Joel (ver 1:6; 2:5). La organización de las langostas se ganó la admiración del sabio Salomón (Proverbios 30:27). Sin embargo, para Joel, su libro no es simplemente un catálogo de biología sobre la vida silvestre levantina o una crónica de eventos de la vida en Judá, como si fuera un diario de noticias o una revista de interés temporal. El profeta tenía en mente hechos políticos e históricos que estaban por acontecer en el reino de Judá. Hay que tener en cuenta que los profetas clásicos hablaron a su audiencia en su contexto. Tenían en mente las problemáticas de su generación, las necesidades de su época. Una plaga literal de langostas podía ser una de esas realidades inmediatas. Los profetas eran relevantes en las sociedades donde vivían; aunque con ojo profético, ellos apuntaban hacia eventos más allá de sus días. Los emisarios de Dios nunca pueden desconectarse de su entorno y llegar a ser irrelevantes para aquellos con los que conviven.

Joel toma como figura los acontecimientos naturales para impactar socialmente, aludir a las calamidades políticas y, sobre todo, elevar la moral y la espiritualidad de su época. La destrucción total de la lluvia de langostas sirve como plataforma para el profeta, quien sabe que en medio de las dificultades es cuando muchas personas se encuentran mejor predispuestas a escuchar los mensajes de parte del Cielo. Pero según Joel, en medio de las lluvias de maldición, Dios asegura que va a traer vientos de bendición. ¡Esto es contradictorio!

Después de la espantosa descripción de eventos con dimensiones cós­micas y estelares, Dios garantiza que ha de derramar su “viento” (hebreo ruati), su Espíritu, la tercera persona de la Divinidad (2:28, 29). No hay razón para no reconocer que la promesa: “Después de esto derramaré mi espíritu sobre todo ser humano, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. También sobre los siervos y las siervas derramaré mi espíritu en aquellos días”, se hubiera cumplido en los días del profeta Joel. Por otro lado, Joel miraba hacia el futuro a “aquellos días, en aquel tiempo en que haré volver la cautividad de Judá y de Jerusalén”. Esto puede referirse a los ataques neoasirios en el siglo VIII o al exilio neobabilónico del siglo VII a. C.

Hemos de saber que para los autores del Nuevo Testamento, las rela­ciones tipológicas eran uno de los elementos clave a la hora de leer e in­terpretar el Antiguo Testamento. Un tipo es un acontecimiento, persona, institución, y a veces hasta un objeto, que Dios designa para prefigurar aspectos de la historia de la salvación que han de cumplirse (inaugurado, apropiado y consumado).  Richard Davidson ha sido elogiado por eruditos no adventistas por identificar principios hermenéuticos sólidos, que evitan la alegoría fantástica y la deconstrucción fría de los textos bíblicos. Se debe recordar que la Escritura, y no la imaginación del predicador, es la que identifica los tipos y su cumplimiento antitípico. La experiencia de la plaga de langostas, los ataques neoasirios del siglo VIII, el cautiverio neobabilónico y la restauración judía sirven como tipos que serán iden­tificados en el Nuevo Testamento.

Las primeras lluvias

La proclamación de esperanza por boca de Joel debió de causar gran gozo entre los habitantes de Judá. No era difícil convencerlos de su nece­sidad, al ver a su alrededor tanta devastación y tantos problemas. Habían sufrido por los insectos y, para empeorar la situación, “fuego consumió los pastos del desierto, la llama abrasó los árboles del campo” (1:19). Sequía y fuegos forestales asolaron Judá, y las noticias de lluvias eran bien recibidas a los oídos de aquellos que se encontraban en necesidad. Pero los profetas clásicos trascendían a su audiencia y la experiencia veterotestamentaria, Pedro reconoce eso al leer la Palabra. Cuando Jesús y los apóstoles leían las Escrituras, estaban usando la Biblia hebrea (el “Antiguo Testamento”). Pedro recuerda lo que había leído en el “Libro de los Doce” y, movido por el Espíritu Santo, les asegura a sus oyentes que estaban presenciando el cumplimiento de la profecía de Joel (Hechos 2:16). A Pedro no le cabe la menor duda de que la experiencia de Pentecostés estaba ligada a las pro­fecías que había pronunciado el profeta Joel más de medio milenio antes.

Elena de White reconoce ese cumplimiento tipológico cuando señala: “Esta profecía se cumplió parcialmente con el derramamiento del Espíritu Santo, el día de Pentecostés; pero alcanzará su cumplimiento completo en las manifestaciones de la gracia divina que han de acompañar la obra final del evangelio” (El conflicto de los siglos, “Introducción”, p. 12). En un juego de palabras, se presenta que, después de las lluvias de maldición, llega el viento (Espíritu) de bendición. En el caso de Pentecostés, esa experiencia de una manifestación del Espíritu Santo es descrita como la “lluvia temprana”; pero se nos promete una “lluvia tardía”.

¿Cómo entendían los habitantes de Judá lo de lluvia “temprana” y “tar­día”? La agricultura en Palestina depende de las lluvias. A diferencia de los egipcios o los mesopotámicos, que contaban con caudalosos ríos que ofrecían crecidas anuales para sus cultivos, en Canaán no sucedía lo mismo. Todo depende principalmente de la precipitación que pudiera caer entre los meses de octubre y marzo. La “lluvia temprana” cae entre mediados de octubre y noviembre, y era indispensable para preparar el terreno cultivable. Entre diciembre y febrero puede nevar, y a veces llueve torrencialmente de forma abrupta. Por otro lado, puede que la lluvia apenas caiga durante años, como en esta última década en las modernas naciones de Israel, Cisjordania y Jordania. Las primeras lluvias son esenciales para que puedan germinar las semillas. Por otro lado, entre marzo y abril desciende la “lluvia tardía”, que prepara los frutos para la cosecha.

Los escritores del Nuevo Testamento se reconocen a sí mismos como protagonistas del cumplimiento de las profecías proclamadas por Joel. Eso le da autoridad a Santiago para identificar a las lluvias “temprana” y “tardía” (Santiago 5:7, cf. Joel 2:2 3). El derramamiento del Espíritu de Joel 2:28 al 32 es citado en varias ocasiones por los escritores apostólicos (ver Hechos 2:17-21,39; 21:9; 22:16; Romanos 10:3; Tito 3:6). Esos cuadros eran fa­miliares para los judíos e incluso para los gentiles que habían conocido de los profetas por la traducción de las Escrituras al griego en la Septuaginta. La experiencia durante Pentecostés ha sido correctamente identificada como esa “lluvia temprana” que Dios le estaba dando al Israel espiritual. Pedro testificó con mucha seguridad que aquellos acontecimientos es­taban conectados con la profecía de Joel. Aunque la profecía había sido tipificada con el reavivamiento experimentado en los días de Ezequías y con el regreso de los exilados de Babilonia, tiene su cumplimento inicial en Pentecostés. Y a pesar de que durante el siglo I d. C. se estaba experi­mentando lo vaticinado por el profeta, en realidad no se cumplieron todos los detalles, pues las descripciones de Joel apuntaban a un cumplimiento de mayor envergadura.

Elena de White usa la lluvia y el derramamiento del Espíritu Santo predichos en Joel para describir la experiencia de los reformadores pro­testantes (Profetas y reyes, cap. 51, p. 461). Según ella, los padres de lo que hoy conocemos como las iglesias luterana, reformada, presbiteriana y bautista gozaron del derramamiento de esas gotas de lluvia tardía. Al identificar el “día oscuro” del 19 de mayo de 1780 con Joel 2:31, ella abre una ventana concreta para identificar el cumplimiento de la profecía (El conflicto de los siglos, cap. 18, p. 351). Elena de White asegura que la experiencia de los milleritas en el siglo XIX se podía ver “como el Señor lo dispusiera por boca del profeta Joel” (El conflicto de los siglos, cap. 22, p. 452). Sin embargo, ella también señala que el derramamiento total de la “lluvia tardía” estaba señalando hacia un tiempo futuro.

Las últimas lluvias

Aunque los profetas identificaban eventos políticos de sus días con el cumplimiento de las profecías sobre el “Día de Yahveh” y todo lo relacionado con el tiempo del fin, eran tipos que tenían elementos que apuntaban al día final. En el Nuevo Testamento se usa el término griego escatón para el tiempo del fin, una palabra que aparece en algunos pa­sajes de la Septuaginta. Pero Joel no usa escatón al referirse a la lluvia tardía; Pedro lo añade en su sermón para referirse a un cumplimiento futuro (ver Hechos 2:16). La “lluvia tardía”, la manifestación mayor y total del poder del Espíritu Santo sobre Israel, está por cumplirse: ti­pología consumada. “Esta obra será semejante a la que se realizó en el día de Pentecostés. Como la “lluvia temprana” fue dada en tiempo de la efusión del Espíritu Santo al principio del ministerio evangélico, para hacer crecer la preciosa semilla, así la “lluvia tardía” será dada al final de dicho ministerio para hacer madurar la cosecha” (El conflicto de los siglos, cap. 39, p. 669).

El Espíritu Santo ha de descender poderosamente antes del fin del “tiempo de gracia”. El mensaje de Dios habrá de llevarse a “toda nación, tribu, lengua y pueblo” (Apocalipsis 14). No hemos de fijar toda nuestra atención en los sucesos políticos, económicos o tecnológicos. Hemos de concentrar nuestra fuerza en la evangelización de los que no conocen a Dios. “Pero acerca del fin de la siega de la tierra, se promete una concesión especial de gracia espiritual, para preparar a la iglesia para la venida del Hijo del hombre” (Los hechos de los apóstoles, cap. 5, p. 45).

La profecía de Joel tendrá su cumplimiento total, en cuanto a bendición y también sobre maldición, al final de la historia humana. Los escritores del Nuevo Testamento se hacen eco del lenguaje de Joel para describir las catástrofes que precederán a la venida de Cristo. El mismo Jesús, en su sermón profético, alude a figuras cósmicas usadas por Joel (2:10 y Mateo 24:29; Marcos 13:24, 25; cf. Joel 2:31 y Mateo 24:29; cf. Marcos 13:2 4, 25 y Apocalipsis 6:12) y a su declaración sobre el Día de Yahveh, que “nunca hubo otro semejante, ni después de él jamás” (cf. Joel 2:2 y Mateo 24:21). Juan hace referencia a Joel para describir lo que ha visto en sus visiones. Usa las figuras de Joel para describir los acontecimientos que cronológicamente están relacionados con la venida de Cristo (cf. Joel 2:10 y Apocalipsis 6:12,13). Juan se hace eco de las devastadoras langostas descritas por Joel (1:6; 2:4, 5), que ahora vienen acompañadas de fenómenos en los cuerpos celestes y de mayor poder destructivo (Apocalipsis 9:1-11). Al describir el Día de Yahveh, Joel pregunta: “¿Quién podrá soportarlo?” (2:11), y Juan plantea el mismo interrogante para cuando llegue el día de la ira de Dios (Apocalipsis 6:1-7).

Lo que resulta paradójico es que el lenguaje de Joel incluya maldición y condenación, además de esperanza y bendición. El Día de Yahveh es un día de salvación, un día asociado al derramamiento especial del Espíritu Santo; pero también es un día fatal para los que rechazan los llamados al arrepentimiento. Joel es capaz de describir lo más glorioso y sublime de los últimos días, al mismo tiempo que se refiere a los momentos más difíciles de la historia de la Tierra.

Los meteorólogos de hoy

¿Cómo se pueden usar las proclamaciones de Joel en nuestros días? Hay quienes tienen en su mente la figura de profetas huraños y gruñones que gozaban proclamando mensajes sádicos contra los impenitentes. Debo admitir que he escuchado a predicadores que encarnan ese estilo acusador, que se sienten llamados a compararse con otros pastores y elevarse a sí mismos y a sus mensajes por encima de los demás. Con tono severo y aires de superioridad, señalan los males del Israel de Dios, su iglesia, de sus dirigentes y de sus miembros. Ellos tendrán que dar cuen­ta en el Juicio, por drenar los recursos económicos y las energías que se deberían usar para la proclamación del evangelio y el derramamiento de la lluvia tardía. No representan a Joel, pues ese no era el propósito de la predicación del profeta.

Eso no significa que debemos callarnos ante aquellos que necesitan ser llamados al arrepentimiento. Es deber de todo cristiano dejarse usar como voz del Cielo para anunciar las invitaciones al reavivamiento y la reforma. Se nos advierte que “hay muy poca oración entre los ministros de Cristo, y hay demasiada exaltación de sí mismos. Hay muy poco llanto entre el pórtico y el altar, y se exclama muy poco: ‘Perdona, oh Jehová, a tu pueblo, y no entregues al oprobio tu heredad’ ” (Joel 2:17)” (El evangelismo, cap. 19, p. 465). Un espíritu humilde es indispensable para que fluya el Espíritu de Dios. Es fácil pretender imitar los momentos en que Jesús usó un látigo en el Templo, y no los años que pasó predicando con amor y paciencia. Ahora es cuando tiene mayor relevancia ese llamado tierno y claro de parte de los que esperan ver pronto el regreso de Jesús. Elena de White usa frecuen­temente a Joel 2:17 para invitar solemne y encarecidamente a la iglesia y los ministros a una reforma. “Ha llegado el solemne tiempo cuando los ministros deben llorar entre la entrada y el altar”. Y añade: “Es un tiempo en que, en vez de elevar sus almas con suficiencia propia, los ministros y el pueblo deben confesar sus pecados delante de Dios y el uno al otro” (Mensajes selectos, tomo 3, cap. 55, p. 445). Yo reconozco que este mensaje es para mí y para quienes han sido puestos bajo mi cuidado.

Debemos orar por el derramamiento especial del Espíritu Santo y la llegada de la lluvia tardía. Elena de White nos asegura que “mediante vuestras oraciones fervientes de fe podréis mover el brazo que mueve al mundo”. Personalmente, me siento concernido por la invitación: “Po­déis enseñar a vuestros hijos a orar efectivamente al estar arrodillados a vuestro lado. Elevad oraciones al trono de Dios: “Perdona, oh Jehová, a tu pueblo, y no entregues al oprobio tu heredad”” (La oración, APIA, 2006, cap. 6, p. 75). Mis hijos, que oraban por papá cuando me encontraba bajo la furia del huracán Katrina, no fueron avergonzados. Nos podemos acercar a Dios de forma especial en medio de las dificultades: él promete vientos de bendición. ¿Estás listo para ellos?



Referencias

[i] Sergio Quezada, “Epidemias, plagas y hambres en Yucatán, México (1520-1700)”, Rev. Bioméd., 1995, pp. 238-242.

[ii] José Germán Pacheco, Agricultura, modernización y ciencias agrícolas en Venezuela (Caracas: Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico), p. 253.

[iii] Comentario bíblico adventista del séptimo día, tomo 4, p. 961. Por otro lado, las sugerencias que lo datan para el período posexílico no tienen fundamento.

[iv] L. Goppelt, Typos: The Typological Interpretation of the Old Tes­tament in the New Testament (Grand Rapids: Eerdmans, 1982), p. 198.

[v] Ver el estudio hecho por R. Davidson, Typology in Scripture: A Study of Hermeneutical Typos Structures (Berrien Springs: Andrews University, 1981).

[vi] Ver W. Edward Glenny, “Typology: A Summary Of The Present Evan­gelical Discussion” en Journal of the Evangelical Theological Society, (marzo, 1997), 40:4, pp. 627-638. Puede leer los principios esbozados por Davidson en “Interpreting Scripture: An Hermeneutical “Decalogue”” en Journal of the Adventist Theological Society 4:2 (1993), pp. 95-114.

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