EL SÁBADO ENSEÑARÉ…
RESEÑA
Texto clave: Hebreos 13:7.
Enfoque del estudio: Números 13:6, 30-32; Josué 14:6-14; Lucas 18:1-5; Josué 19: 49-51; 2 Corintios 3:18; Romanos 12:1, 2.
Josué y Caleb tuvieron vidas muy intensas. Pasaron sus primeros años como esclavos en Egipto. Al principio de su edad adulta, fueron testigos de los actos poderosos de Dios en el Éxodo. Durante la mediana edad, vagaron por el desierto con la generación condenada, que intentó matarlos cuando se levantaron contra su incredulidad. Finalmente, en sus años de vejez, cruzaron el río Jordán para tomar posesión de la tierra. Su vida abarcó los acontecimientos narrados en todo el Pentateuco, excepto Génesis. Estas experiencias y acontecimientos moldearon el carácter de estos excepcionales hombres de Dios. Experimentaron esclavitud y libertad, desilusión y esperanza, demora y realización.
Esta semana tenemos la oportunidad de reflexionar sobre el éxito espiritual de Josué y Caleb. Dos momentos decisivos caracterizan su fe y compromiso. El primero se encuentra en el regreso de los doce espías, cuando Josué y Caleb tratan de animar a la primera generación a seguir adelante y poseer la tierra, a pesar de las amenazas que planteaban los cananeos (Núm. 13:30-33; 14:5-10). Cuarenta años después, en el segundo relato, Josué y Caleb eligen una porción de la tierra como su herencia. El aspecto inusual de su elección (Jos. 14:6-15) muestra por qué están marcados en la historia bíblica como ejemplos de fe, coraje, compromiso y perseverancia. Su legado permanece hoy, y puede inspirar a la generación actual a confiar en Dios en las situaciones más audaces.
COMENTARIO
La perspectiva de la fe (Núm. 13:25–14:10)
En Números 13:25 a 14:10, los doce espías coincidieron en la veracidad de los hechos de su informe. La tierra era sumamente fértil. El fruto que trajeron de regreso era prueba de que la tierra “manaba leche y miel”, una expresión común en el antiguo Cercano Oriente que describía la abundancia de alimentos (Núm. 13:27). Esta frase no es una coincidencia, ya que también aparece en el discurso de Dios acerca de Canaán a Moisés y al pueblo (Éxo. 3:8; Lev. 20:24). Dios tenía razón, la tierra era extraordinaria. Todos coincidieron en que los cananeos eran militarmente poderosos y que vivían en enormes ciudades fortificadas (Núm. 13:28). Hasta este punto, Josué y Caleb guardaron silencio, ya que no podían negar lo que habían visto. El desacuerdo comenzó en la interpretación de estos hechos. La mayoría concluyó: “No podremos subir contra esa gente, porque son más fuertes que nosotros. […] La tierra que reconocimos traga a sus habitantes; todo el pueblo que vimos en ella son hombres de gran estatura. […] Nosotros, a nuestro parecer, éramos como langostas. Así les parecíamos a ellos” (Núm. 13:31-33). En su pesimista reporte, los diez espías también distorsionaron los hechos al afirmar que la tierra “traga a sus habitantes”.
De esta manera, se contradecían a sí mismos y a la realidad de que la tierra en realidad estaba vomitando a sus habitantes (Lev. 18:25-29), no comiéndolos. La interpretación de la minoría (Caleb y Josué) fue completamente diferente.
Elena de White describe vívidamente el efecto que el informe de los diez espías tuvo sobre la congregación:
La incredulidad arrojó una sombra lóbrega sobre la congregación, y esta se olvidó de la omnipotencia de Dios, tan a menudo manifestada en favor de la nación escogida. La gente no se detuvo a reflexionar; no razonó que Aquel que la había llevado hasta allí le daría ciertamente la tierra; no recordó cuán milagrosamente Dios la había librado de sus opresores, abriéndole paso a través del mar y destruyendo a las huestes del faraón que los perseguían. Hizo caso omiso de Dios, y obró como si debieran depender únicamente del poder de las armas (Patriarcas y profetas, p. 408).
En contraste con la cobardía y la infidelidad de los diez espías, Caleb insistió: “Subamos en seguida, y tomemos posesión de ella, que más podremos nosotros que ellos” (Núm. 13:30). En sintonía con esta exhortación positiva, Josué y Caleb, rasgando sus vestiduras en señal de consternación, reafirmaron que no tenían por qué temer si el Señor estaba de su lado (Núm. 14:8-10). Contradiciendo directamente a los diez espías incrédulos, Josué y Caleb afirmaron que sus habitantes serían alimento para Israel, no al revés (Núm. 14:9).
Decisiones correctas
Si la vida está hecha de decisiones, las decisiones también revelan el carácter y definen nuestro futuro y nuestro legado. Al final de su vida, Josué y Caleb tomaron decisiones inusuales con respecto al lugar donde vivir su vejez. Estas decisiones muestran que el tiempo no había cambiado su compromiso total con el plan de Dios y que vivían para glorificar a Dios, no a sí mismos.
Monte Hebrón
Caleb pidió permiso a Josué para heredar el monte Hebrón (Jos. 14:12). Pero ¿por qué Hebrón? Es cierto que el lugar tenía importancia histórica. El lugar también era conocido como Quiriat-Arba y era una de las regiones habitadas más antiguas mencionadas en la Biblia (Gén. 23:1, 2). Además, el propio Abraham había vivido allí y fue enterrado con Isaac en la región (Gén. 25:9, 10; 35:27-29). Sin embargo, esta no fue la motivación de Caleb. Como él tenía 85 años, podría haber buscado un lugar con fácil acceso. Pero esa tampoco era la razón, porque, después de todo, estaba pidiendo una montaña. Nada hace creer al lector que el monte Hebrón era un buen lugar para pasar la vejez: no presentaba oportunidades agrícolas, ni infraestructura o seguridad decente.
Caleb mismo declaró explícitamente el motivo de su elección: “Tú oíste ese día que los anaceos están allí; y hay ciudades grandes y fuertes” (Jos. 14:12). ¡Quería el refugio de los gigantes! Siglos después, un anaceo muy conocido fue Goliat de Gat, uno de los pocos lugares donde aún quedaban estas personas (Jos. 11:22). Goliat medía 2,9 metros de altura. Caleb quería conquistar uno de los lugares más difíciles de la Tierra. Pero ¿por qué Caleb, a sus 85 años, desearía hacer eso? Todos esos años desde Cades Barnea no habían borrado su fe ni su manera de ver los hechos desde la perspectiva de la fe. Probablemente, su petición tenía tres objetivos: inspirar fe en esta nueva generación, demostrar que su generación estaba equivocada y exaltar el nombre de Dios. Un anciano que confiaba en el poder de Dios podía vencer lo que aterrorizaba a toda una nación.
La herencia de Josué
De la misma manera, la elección de Josué no estuvo motivada por el beneficio personal. Tanto Josué como Caleb ejemplifican la verdadera esencia del liderazgo: servir a los demás en lugar de a uno mismo. La trayectoria de Josué —desde asistente de Moisés (Jos. 1:1) hasta siervo del Señor (Jos. 24:29)— es relativamente sencilla. Sin embargo, ¿cómo desarrolló Josué su carácter de líder?
En primer lugar, Josué aprendió bajo la sombra de un gran líder. A lo largo de las apariciones de Josué en el Pentateuco, estuvo bajo la autoridad de Moisés. Por ejemplo, en Éxodo 17:8 al 13, la victoria de Josué en el campo de batalla dependió de que Moisés mantuviera en alto su vara. En Éxodo 32:17 y 18, se ve a Josué siguiendo a Moisés en la cima de la montaña. Como una clara señal de autoridad sobre Josué, Moisés cambió su nombre (Núm. 13:16).
Josué, siendo muy joven (naar), fue seleccionado para seguir a Moisés (Éxo. 33:11), y durante toda su vida adulta estuvo estrechamente vinculado a él. En segundo lugar, a pesar de su falta inicial de experiencia, fue elegido por Dios porque era un hombre espiritual (Núm. 27:18). En consecuencia, su vida no estuvo impulsada por ninguna ambición terrenal de engrandecimiento o satisfacción personales. Al ver las cosas desde una perspectiva espiritual, Josué vivió para la gloria de Dios, priorizando lo que era verdaderamente importante. Finalmente, Josué aprendió de sus propios errores. Después de la muerte de Moisés, Josué todavía era un líder en formación. Esta idea se hizo evidente en la conquista de Hai (Jos. 7) y el incidente con los gabaonitas (Jos. 9). De hecho, aprender a ser líder es un proceso de formación, crecimiento y transformación que dura toda la vida.
La vida de estos dos gigantes espirituales, Josué y Caleb, nos enseña al menos cinco lecciones valiosas. En primer lugar, los hechos de la vida importan menos que la forma en que los percibimos. En un mundo caído, los hechos suelen ser duros, pero la revelación divina nos proporciona el lente adecuado para verlos en la perspectiva correcta. En segundo lugar, la fe no ignora los hechos; simplemente ofrece un ángulo diferente de comprensión. En tercer lugar, en lugar de quejarnos, estamos llamados a confiar y someternos a los planes de Dios, que siempre son mejores que los nuestros. En cuarto lugar, las bendiciones llegan a quienes permanecen totalmente en el Señor. En el ámbito espiritual, muchas personas ven que su fe se debilita con el tiempo, a medida que pierden su “primer amor” (Apoc. 2:4). Sin embargo, tal pérdida de amor y fe no fue el caso de Josué y Caleb, quienes mantuvieron su fe y su compromiso total con el plan de Dios durante toda su vida. Por último, la vida en todas sus dimensiones debe vivirse de acuerdo con los planes establecidos por Dios, no motivados por la ambición codiciosa y egoísta. Las vidas de Josué y Caleb ejemplifican las palabras de Pablo: “Así, si comen, o beben, o hacen otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios” (1 Cor. 10:31).
APLICACIÓN A LA VIDA
¿Cuál es tu perspectiva?
Cuando las personas tienen la oportunidad de volar en avión o subir a una montaña alta para ver una ciudad desde arriba, se dan cuenta de lo pequeños que parecen los edificios desde la distancia. Sin embargo, cuando caminan por la misma ciudad, se dan cuenta de lo pequeños que son ellos en comparación con estas estructuras. ¿Qué ha cambiado? Solo la perspectiva, el punto de vista desde el que veían las cosas. Cuando nos enfrentamos a los desafíos de la vida, podemos verlos desde la perspectiva de la duda o de la fe. Como alguien dijo una vez: “La duda ve los obstáculos; ¡la fe ve el camino! La duda ve la noche más oscura; ¡la fe ve el día! La duda teme dar un paso; ¡la fe se eleva a lo alto! La duda pregunta: ‘¿Quién cree?’; la fe responde: ‘¡Yo!’ ” (Paul Lee Tan, Encyclopedia of 7700 Illustrations [Garland, TX: Bible Communications, 1996], p. 404).
Lee las siguientes historias y reflexiona en el papel que la duda y la fe desempeñaron en ellas: 1. Abraham, a los cien años, confía en la promesa de Dios de una descendencia numerosa (Gén. 15:1–6; 17:1–7; 21:1–7). 2. Eliseo ora para que los ojos de su siervo se abran para ver el ejército de Dios a su alrededor (2 Rey. 6:17). 3. Jesús explica a sus discípulos que, a través del ciego, se revelarían las obras de Dios (Juan 9:1–7). 4. Pablo, el prisionero, apela al rey Agripa y a su corte para que sean como él (Hech. 26:28, 29). Reflexiona sobre las realidades dolorosas y desafiantes de la historia de tu propia vida. ¿Cómo ver estas cosas desde la perspectiva de la fe puede darte ánimo y valor para enfrentarlas?




