Sábado, Noviembre 07
¡escuchen Esto!
Lee para el estudio de esta semana
Números 13:26-30; Jeremías 36:20-26; 2 Crónicas 36:15-16; Mateo 23:30-35; 1 Corintios 10:6-12.
Para memorizar
«Estas cosas les sucedieron por ejemplo, y fueron escritas para advertirnos a nosotros, a los que han llegado al fin del tiempo» (1 Cor. 10:11).
Actualmente se anima a las personas a decir «su verdad»; es decir, sus experiencias, sus ideas, sus necesidades, sus límites y sus convicciones, sean cuales fueren. Según esa manera de pensar, toda «verdad» es válida y no debe ser silenciada. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando algunas de esas «verdades» profundamente arraigadas entran en conflicto con la Verdad: Jesucristo y su Palabra escrita?
Algunas personas aceptan las verdades bíblicas y se apartan de sus errores; otras se aferran al error. Algunas cambian su comportamiento en respuesta a la verdad; otras se rebelan contra ella. Así ha ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad.
Los profetas bíblicos a menudo eran llamados a comunicar mensajes que las personas no querían oír. Como resultado, muchos fueron criticados, condenados al ostracismo, incluso amenazados de muerte o hasta asesinados (Heb. 11:32-38). A pesar de todo esto, los profetas de Dios proclamaron fielmente sus mensajes porque el llamado divino al ministerio profético no era opcional para ellos. Habían recibido una instrucción para salvar la vida del pueblo de Dios. Por lo tanto, sus mensajes tenían que ser comunicados sin importar el costo personal.
Estudia esta semana la lección para prepararte para el sábado, 14 de noviembre.
Domingo, Noviembre 08
Enojo Contra El Mensajero De Dios
Moisés, el líder elegido por Dios, conocía las alegrías y los pesares resultantes de conducir a una multitud heterogénea a través del desierto rumbo a la tierra prometida.
Lee Números 14:4-11. ¿Qué narran estos versículos? ¿Por qué estaba el pueblo airado contra Moisés y Aarón?
Una lectura atenta de estos pasajes revela que los hijos de Israel estaban enojados con Dios porque no confiaban en él. Moisés y Aarón, los representantes humanos del Dios supremo, eran blancos fáciles para la ira de la nación. Los seres humanos necesitamos sentirnos seguros física y mentalmente. Cuando nos sentimos amenazados en alguna de esas dos esferas, podemos enfurecernos o incluso volvernos irracionales.
Lee Números 13:26-30. ¿Por qué tenían los israelitas tanto temor? ¿Qué palabras de aliento les dirigió Caleb?
Los israelitas albergaban temores legítimos en relación con los desafíos que les esperaban para poseer la tierra prometida, «pero cuando los hombres entregan su corazón a la incredulidad, se colocan bajo el dominio de Satanás, y nadie puede decir hasta dónde los llevará» (Elena de White, Patriarcas y profetas, p. 409). Moisés tuvo que hacer frente a un desafío de liderazgo casi insuperable en ese momento. Los temores del pueblo pronto se convirtieron en ira contra Aarón y Moisés y en una rebelión abierta contra Dios. Cuando el pueblo buscó nuevos líderes para reemplazar al profeta/líder elegido por Dios (Deut. 34:10-12; Núm. 14:4), Josué y Caleb rasgaron sus vestiduras y suplicaron al pueblo que confiara en Dios a pesar de sus temores: «Si el Señor se agrada de nosotros, nos introducirá en esa tierra que mana leche y miel y nos la entregará. Por tanto, no sean rebeldes contra el Señor ni teman al pueblo de esa tierra, porque nosotros los comeremos como pan. Su amparo se apartó de ellos; pero con nosotros está el Señor. No les teman» (Núm. 14:8-9).
Confiar en Dios es fácil cuando todo va bien, pero ¿qué ocurre ante un desastre o cuando confiar en él implica incomodidad o inconvenientes?
Lunes, Noviembre 09
Destruyendo El Mensaje: Parte 1
Lee Jeremías 36:20-26. ¿Qué estaba sucediendo en la corte y cómo respondieron los líderes a la advertencia profética?
Jeremías era la voz profética de Dios para la nación de Judá en una época de fatalidad inminente. Dios había estado advirtiendo a la nación durante años por medio de Jeremías acerca de su descontento con ellos y de que Babilonia los conquistaría y los llevaría al exilio (Jer. 6:8-19; 26). El Señor quería salvarlos, pero ellos debían obedecer.
Los pecados de Judá eran muchos, evidentes y profundamente arraigados. La idolatría, el sacrificio de niños, el adulterio y la tiranía eran la norma en la época de Jeremías, pero las advertencias y las súplicas del profeta no fueron escuchadas. A medida que el ministerio profético de Jeremías llegaba a su fin, las súplicas de Dios a sus hijos descarriados se hicieron más intensas, pero sus esfuerzos siempre fueron redentores. En Jeremías 32, por ejemplo, Dios ordena al profeta que compre un terreno y conserve la escritura «porque así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel: “Aún se comprarán casas, heredades y viñas en esta tierra”» (Jer. 32:15).
Fue el amor lo que movió a Dios a hacer que Jeremías escribiera una especie de última exhortación al arrepentimiento y la reforma. La respuesta de Joacim a este mensaje fue de desprecio hacia Dios, su mensaje y su mensajero.
Lee Jeremías 36:27-31. ¿Cómo respondió Dios al desafiante acto de Joacim?
A veces tendemos a creer que es posible hacer desaparecer un mensaje divino simplemente rechazándolo, destruyéndolo o deshaciéndose del mensajero. Nuestra renuencia a prestar atención a la palabra profética de Dios no borra el mensaje que Dios tiene para nosotros. El desdén solo intensifica el daño resultante de la rebeldía.
La profecía de Jeremías acerca del fin del rey Joacim constituye una seria admonición para los seres humanos (Jer. 36:30-31): Si desoímos las advertencias de Dios, cosecharemos las consecuencias de nuestro pecado y maldad.
¿Qué nos dice acerca del carácter amoroso de Dios el hecho de que persistiera en intentar llegar al corazón de su pueblo a pesar de la rebeldía de este?
Martes, Noviembre 10
Destruyendo El Mensaje: Parte 2
Las respuestas humanas al don profético son muy variadas. En el caso de Moisés, los hijos de Israel se rebelaron abiertamente contra él y Aarón, impulsados por el temor a los enemigos con los que se encontrarían al intentar entrar en la tierra prometida.
Años más tarde, el rey Joacim quemó el mensaje de Dios con la esperanza de destruir la palabra profética.
Sin embargo, estos no fueron casos aislados. La historia del antiguo Israel y Judá fue, con raras excepciones, una de rechazo a los profetas.
Lee 2 Crónicas 36:15-16. ¿Cómo respondió la nación de Judá a los mensajes que Dios le envió por medio de sus profetas? ¿Cómo reaccionó finalmente Dios ante el comportamiento de Judá?
El ministerio profético de Jeremías abarcó los reinados de Josías, Joacaz, Joacim, Joaquín y Sedequías. El reino de Babilonia, liderado por Nabucodonosor, estaba ahora a las puertas de Judá. Las profecías de Jeremías se cumplieron casi por completo cuando un joven de 21 años llamado Sedequías subió al trono (2 Crón. 36:11). La Biblia dice: «Hizo lo malo ante el Señor, su Dios, y no se humilló ante el profeta Jeremías, que le hablaba de parte del Señor» (2 Crón. 36:12).
Nota cómo es descrito el don profético de Jeremías. Se lo considera un portavoz de Dios. Sin embargo, Sedequías no se humilló ante el profeta, quien, aunque era solo un hombre, un pecador como todos nosotros, era el representante del Señor, en cuyo nombre hablaba.
Jeremías fue uno de los muchos que desempeñaron ese papel. Durante siglos, Dios había estado enviando profetas a su pueblo (Éxo. 3:15; Sal. 105:26; Mal. 3:1; Isa. 6:8; Jer. 25:4; Mat. 11:13; Luc. 11:49; etc.), pues «no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Ped. 3:9). La historia del antiguo Israel y Judá es la de los incesantes intentos de Dios de llegar a su pueblo descarriado con sus promesas de salvación, si tan solo se arrepiente.
Pero, en esa última hora de la historia de Judá, la gracia extendida por Dios a la nación por medio de la guía y el consuelo de la voz profética de Jeremías fue recibida, no con humildad, fe y arrepentimiento, sino con burlas y escarnio.
Se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, algo que nosotros nunca haríamos, ¿o sí?
Miércoles, Noviembre 11
Hipocresía
¿Alguna vez pensaste, acerca de lo que otros hicieron: «Yo nunca habría hecho eso»? Sin embargo, si somos sinceros, puede que no hagamos exactamente lo mismo que los demás, pero a menudo nos comportamos de manera similar, repitiendo los mismos errores y, tal vez, cegándonos deliberadamente ante lo que realmente estamos haciendo.
A eso se refirió precisamente Jesús cuando dijo: «¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, entonces podrás ver para sacar la paja del ojo de tu hermano» (Mat. 7:5).
Lee Mateo 23:30-35. ¿Qué punto importante pero doloroso está señalando Jesús aquí? ¿Qué advertencia debemos extraer de sus palabras?
Jesús odiaba el comportamiento de los fariseos por la hipocresía de ellos y por su renuencia a cambiar. Jesús estaba harto de esa religión de las élites espirituales que vestían largas túnicas, pero no eran más que sepulcros blanqueados llenos de huesos de muertos (Mat. 23:27-28).
No confesaban ni abandonaban sus pecados, ni siquiera cuando Jesús se los señalaba y les daba una y otra vez la oportunidad de arrepentirse y ser salvos.
¡No es de extrañar que Jesús los llamara «hipócritas»!: «¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas!» (ver Mat. 23:14-15, 23, 25, 27).
Sus vidas se caracterizaban, en efecto, por decir una cosa y hacer otra. Por ejemplo, embellecían las tumbas de los profetas pensando que de esa manera honraban la fe, pero no se arrepentían en respuesta a los mensajes de ellos.
Querían que se los asociara con la autoridad y la solemnidad de los profetas, pero no con el contenido de sus mensajes. Al embellecer los sepulcros de los siervos de Dios, se convencían a sí mismos de que nunca habrían derramado la sangre de esos mensajeros. Sin embargo, planeaban en ese mismo momento el asesinato de alguien que era mucho más que un profeta: el Mesías mismo.
¿Cómo podemos evitar la hipocresía de parecer religiosos, pero estar llenos de rebelión, codicia y odio?
Jueves, Noviembre 12
Para Nuestra Advertencia
Los sórdidos y tristes incidentes del Antiguo Testamento fueron registrados allí para que aprendiéramos de ellos qué sucede cuando nos rebelamos contra Dios.
Lee 1 Corintios 10:6-12. Según el apóstol Pablo, ¿por qué inspiró Dios a los profetas para que escribieran lo que leemos en la Biblia?
En estos versículos, Pablo traza una línea que conecta el pasado y el presente, el antiguo Israel y la iglesia que integramos quienes hemos aceptado a Jesús como Señor y Salvador (Gál. 6:14-16).
Pablo deja claro que las experiencias de la humanidad con Dios, ya sean buenas o malas, no deben ser pasadas por alto ni menospreciadas. De hecho, Dios las consideró tan importantes que las incluyó en las Escrituras como ejemplos «para que no codiciemos cosas malas como ellos [nuestros antepasados] codiciaron» (1 Cor. 10:6). En otras palabras, el pasado es a menudo el prólogo del futuro y sirve a menudo como contexto de lo que está sucediendo en el presente y de lo que ocurrirá en el futuro.
En efecto, Dios está diciendo que no estamos condenados a repetir los errores de las generaciones pasadas si prestamos atención a las advertencias de las Escrituras y a los mensajes que él nos envía por medio de sus profetas. Si escuchamos, aprendemos y obedecemos, estaremos seguros y seremos prosperados (2 Crón. 20:20). Según algunos, incluso la prosperidad espiritual se mide por el hecho de tener hermosas casas y automóviles, buena vestimenta y otras posesiones materiales. Dios promete ocuparse de nuestras necesidades, pero desea que también nuestra vida espiritual prospere (3 Juan 1:2). La verdadera y duradera plenitud espiritual requiere obediencia a los mensajes de Dios.
Dios no desperdicia palabras. Cuando habla, sus mensajes son eternos. El poder y la eficacia de ellos nunca terminan (Isa. 40:8). Tienen como propósito «advertirnos a nosotros, a los que han llegado al fin del tiempo» (1 Cor. 10:11). Si eso era cierto entonces, ¡cuánto más se aplican esas palabras a nosotros hoy!
¿Qué lecciones puedes extraer de los relatos bíblicos acerca de la rebelión e incredulidad para no cometer esos errores?
Viernes, Noviembre 13
La Recepción y La Comunicación De Los Mensajes De Elena De White
Arturo White, quien fue director del Patrimonio de los Escritos de Elena G. de White, así como nieto de ella y James White, estimó que su abuela recibió cientos de visiones y sueños proféticos durante su vida. Las visiones duraban desde unos minutos hasta varias horas y, en ocasiones, eran presenciadas por muchas personas. En algunas ocasiones, incluso quienes eran escépticos respecto de su don profético pudieron examinarla durante tales manifestaciones públicas.
Al igual que los profetas bíblicos, Elena de White experimentó fenómenos sobrenaturales mientras estaba en visión. En 1868, James White dio una descripción detallada del estado de su esposa Elena durante una visión. Ella estaba «completamente inconsciente de lo que sucedía a su alrededor»; no respiraba; sus músculos y sus articulaciones estaban «rígidos»; sus movimientos y sus gestos eran «distendidos y delicados» y tenía los ojos abiertos. Después de salir de la visión, perdía temporalmente la vista. Nadie podía controlar cuándo ni cuánto tiempo estaría en visión, ya que las visiones solían ser inesperadas incluso para ella misma (ver James White, Life Incidents, pp. 271-274).
Al igual que en los tiempos bíblicos, algunos aceptaban los consejos comunicados por Dios mediante la profeta, mientras que otros los rechazaban. Como dijo la señora de White: «Dios me puso para reprender a su pueblo, y […] considerará a todos aquellos a quienes se proclama este mensaje como responsables del modo en que lo traten. […] Yo no escogí esta desagradable tarea. No me trae la alabanza o el favor de los hombres. […] En nombre de mi Redentor y con su fuerza, haré cuanto pueda. Advertiré, aconsejaré, reprenderé y alentaré tal como dicta el Espíritu de Dios, tanto si se me escucha como si se me silencia. Mi deber no es complacerme, sino hacer la voluntad de mi Padre celestial, el cual me ha encargado la obra» (Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 229).
Curiosamente, muchos de los que rechazaron sus mensajes proféticos lo hicieron debido a su propia incredulidad o a desacuerdos personales con Elena de White, más que por motivos teológicos. Elena de White se mostró muy amable con quienes expresaron escepticismo acerca de su don profético. De hecho, dejó claro que esas personas debían ser tratadas con «mucha paciencia y amor fraternal […] hasta que encuentren su lugar y adopten una posición en favor o en contra» (Testimonios para la iglesia, t. 1, p. 294).
Elena de White estaba convencida de que la verdadera evidencia de su don profético eran los mensajes que Dios le había dado. Creía que si las personas buscaban sinceramente la verdad, llegarían a comprender que su don era genuino. Confiaba en que Dios las guiaría en su búsqueda de discernimiento, pero también escribió que Dios nos ha dado evidencias suficientes «para inclinar nuestra fe hacia el lado de la verdad» (Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 228).
Para conocer más acerca de este tema, lee Elena de White, «Actitudes acerca de los Testimonios» y «Redacción y distribución de los Testimonios para la iglesia», en Mensajes selectos, t. 1, pp. 47-69.




