EL SÁBADO ENSEÑARÉ…
RESEÑA
Texto clave: Juan 17:3.
Enfoque del estudio: Jer. 23:23, 24; Gén. 1:1; 2:7; Isa. 7:14.
Jeremías 23:23
23¿Soy yo Dios de cerca solamente, dice Jehová, y no Dios desde muy lejos?
Génesis 1:1
1En el principio creó Dios los cielos y la tierra.
Génesis 2:7
7Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.
Isaías 7:14
14Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.
No podemos comprender plenamente a Dios en toda su gloria y majestad, pues sus caminos y sus pensamientos están más allá de nuestro entendimiento (Isa. 55:9; Rom. 11:33). De hecho, están tan lejos de nuestra comprensión finita como los Cielos de la Tierra. Sin embargo, maravilla de maravillas, la Biblia insiste en que podemos y debemos conocer a Dios (Jer. 9:23, 24).
Al rey de Babilonia, quien creía que los dioses eran inalcanzables porque, como insistían sus sabios, “no viven entre nosotros” (Dan. 2:11, NVI), Daniel le responde lo contrario.
Aunque Dios está en el Cielo, Daniel declara que revela secretos (Dan. 2:28). La Biblia transmite, entonces, un mensaje paradójico acerca del conocimiento de Dios, quien está lejos y cerca a la vez (Jer. 23:23, 24). Esta tensión dinámica ya está presente en la historia de la Creación, que presenta la simultaneidad de la lejanía y la cercanía de Dios (compara las relaciones divino-humanas en Gén. 1 y 2). Además, el Creador es también el Salvador (Gén. 3:15). Esta verdad básica, que aprendemos al principio de las Escrituras, contiene una lección importante sobre nuestra respuesta de adoración a nuestro grandioso y poderoso Dios: no solo nos creó a nosotros y al Universo, sino también es el Dios accesible y amoroso que adoptó la naturaleza humana y descendió para estar “con nosotros” (Isa. 7:14).
COMENTARIO
“Conocer a Dios”. El concepto hebreo de “conocer” lleva implícita una metáfora conyugal, como lo ejemplifica la frase “Adán conoció a su esposa Eva, que concibió” (Gén. 4:1).
Conocer a Dios se refiere esencialmente a la relación metafóricamente conyugal o de pacto que mantenemos con él. Este lenguaje típico de un pacto o alianza (Gén. 17:7, 8) también se refleja en el lenguaje amoroso del Cantar de los Cantares (Cant. 2:16). En el Nuevo Testamento, Pablo juega con la paradoja de conocer a Dios y ser conocidos por él (Gál. 4:9).
El Dios de la Creación y la Salvación. La Biblia comienza con dos relatos paralelos acerca de la Creación: Génesis 1 y 2. “Elohim”, el nombre de Dios en el primer relato de la Creación (Gén. 1), comunica la idea de grandeza y poder. Ese nombre es gramaticalmente plural, lo que expresa intensidad y majestad. Por su parte, el nombre yahweh, que aparece en el segundo relato de la Creación (Gén. 2), implica proximidad y existencia. Esta designación divina, que está etimológicamente relacionada con el verbo hayah, “ser”, se refiere al Dios que existe para nosotros: él desciende a la Tierra, habla a los seres humanos y camina con ellos. Él es el Dios de la historia, el Dios personal de Abraham, Isaac y Jacob.
También es significativo el número de referencias a Dios en los relatos de la Creación en comparación con el número de referencias a los seres humanos. Mientras que “Dios” (hebreo, elohim) aparece 35 veces en el primer relato de la Creación, “Dios el Señor” (hebreo, yahweh elohim) aparece 11 veces en el segundo relato. En el primer relato, Dios solo habla a los seres humanos dos veces y de manera general. Además, en ese relato los seres humanos son creados a imagen de Dios (Gén. 1:27). En el segundo relato, Dios crea al hombre dando forma al polvo, la materia prima de su creación, con sus propias manos, y soplando en él el aliento de vida (Gén. 2:7). En el primer relato, Dios habla a los seres humanos, pero no se registra ninguna respuesta de ellos. En el segundo, Dios habla personalmente a los seres humanos y ellos le responden.
El contraste entre los dos relatos paralelos de la Creación tiene por objeto resaltar la gloriosa paradoja de Dios: el poderoso Creador del universo es al mismo tiempo el Dios personal de la salvación, que se relaciona con los seres humanos.
El Dios al que adoramos. Dios es nuestro Creador y Salvador. Estas dos revelaciones de Dios influyen en nuestra adoración. Además, estas revelaciones contienen lecciones importantes acerca de la razón por la que debemos adorar. La primera y fundamental razón es la Creación: Dios creó los Cielos y la Tierra (Gén. 1, 2), incluyendo a la humanidad (Gén. 1:26, 27; 2:7; Sal. 139:13-16). En la Biblia, la adoración es una respuesta a las obras de la creación divina. Por ejemplo, la adoración a Dios en el séptimo día, el sábado (Gén. 2:1-3), constituye la primera respuesta humana a la Creación. Temer o respetar a Dios significa guardar sus mandamientos, y el mandamiento acerca del séptimo día, el sábado semanal, es el único que se refiere a la Creación (Éxo. 20:8-11). En los Salmos, la adoración siempre está directamente relacionada con la Creación. Además, el libro de Apocalipsis se refiere a la Creación como la razón principal de la adoración: “Señor y Dios, digno eres de recibir gloria, honra y poder; porque tú creaste todas las cosas” (Apoc. 4:11).
La segunda razón para adorar a Dios se basa en la comprensión de la salvación como una nueva Creación que tendrá lugar al final de los tiempos. La mención del primer ángel acerca de las “fuentes de las aguas” (Apoc. 14:7), además de los componentes habituales de la Creación —a saber, el cielo, la tierra y el mar (Éxo. 20:11; Neh. 9:6)—, transmite la connotación escatológica de la vida y, por extensión, la esperanza (comparar con Gén. 16:7; Éxo. 15:27; Sal. 107:35). En el libro de Ezequiel, la Nueva Jerusalén abunda en manantiales de agua (Eze. 47:1-12) que evocan el jardín del Edén (Gén. 2:10-14; compara con Joel 3:18; Zac. 13:1; Sal. 46:4). Del mismo modo, el río que aparece al final del Apocalipsis denota vida (Apoc. 22:1, 2). El Cordero, que representa a Cristo, conduce a su pueblo a los manantiales de agua (Apoc. 7:17; 21:6; 22:17). Las “fuentes de agua” tienen, por lo tanto, un matiz futuro que apunta a la redención final, la recuperación del jardín del Edén, con la promesa de la presencia real del Señor en medio de su pueblo (Apoc. 22:1-3).
El Dios que oculta su rostro. El ocultamiento que hace Dios de su rostro es un tema importante en el libro de Isaías. Pero es en el contexto del Siervo Sufriente donde este tema adquiere su significado más conmovedor. La imagen del rostro oculto, utilizada en Isaías 53, no significa la muerte de Dios o la nuestra y, por lo tanto, nuestra separación de él. Por el contrario, es un ocultamiento que salva y, paradójicamente, restaura la relación de Dios con los seres humanos pecadores. Es significativo que esta característica divina en particular sea contrastada con los ídolos que, a diferencia de Dios, son visibles (Isa. 45:15). El versículo en cuestión deja claro que, en contraste con los ídolos, el Dios que se oculta es el Dios verdadero, “el que salva”. El siguiente versículo enfatiza el contraste entre Dios y los ídolos. Inmediatamente después de mencionar la vergüenza y la confusión de los fabricantes de ídolos en Isaías 45:16, el versículo 17 se refiere a la salvación de Israel por parte del Señor, el Creador. La salvación no proviene de los ídolos de fabricación humana y visibles, sino del Dios que no es un producto humano y que no es visible. Es decir, la salvación proviene del Dios que oculta su rostro.
“Dios con nosotros”. La historia que hay detrás de la profecía del nacimiento de Emanuel contiene una lección de esperanza a pesar del escepticismo humano. Acaz teme perder la guerra contra sus enemigos y que la línea davídica se vea interrumpida. Entonces, el Señor le amonesta: “Si no creen, no permanecerán” (Isa. 7:9). Sin embargo, Acaz sigue negándose a creer y rechaza el ofrecimiento divino de una señal (Isa. 7:12).
La respuesta de Dios parece estar llena de ironía. Puesto que el rey de Israel se niega a participar en el plan divino, el niño será concebido sin “su” ayuda; es decir, sin la intervención humana. Así, “la virgen concebirá y dará a luz un hijo” (Isa. 7:14). El profeta Isaías predijo al rey el nacimiento de un personaje sobrenatural. Este niño nacería de una mujer virgen. Además, el nombre del niño sería “Emanuel”, que significa “Dios con nosotros”. El nacimiento de este niño produciría un acercamiento entre Dios y su pueblo, una experiencia que sería la demostración de que Dios respondería y estaría presente en la historia, a pesar del propio rey.
Para Acaz, el futuro nacimiento de Emanuel de una virgen sería una señal de que el trono de David no quedaría vacío, una garantía de que la línea davídica no se interrumpiría. Para el rey, la promesa del futuro nacimiento de Emanuel era una señal de esperanza para consolarlo en sus circunstancias presentes. Para nosotros hoy, la promesa de Emanuel, quien vino y volverá, debería iluminar nuestro camino desde ahora y hasta el fin. Como dijo nuestro Salvador: “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mat. 28:20).
APLICACIÓN A LA VIDA
Orientación para el maestro: ¿De cuántas maneras podemos conocer y responder a Dios? Para profundizar en estos temas, pide a algunos voluntarios que lean los pasajes que aparecen a continuación. Analicen luego como clase las preguntas propuestas.
Lee Salmos 139:19-24
Salmos 139:19-24
19De cierto, oh Dios, harás morir al impío; Apartaos, pues, de mí, hombres sanguinarios.
20Porque blasfemias dicen ellos contra ti; Tus enemigos toman en vano tu nombre.
21¿No odio, oh Jehová, a los que te aborrecen, Y me enardezco contra tus enemigos?
22Los aborrezco por completo; Los tengo por enemigos.
23Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis pensamientos;
24Y ve si hay en mí camino de perversidad, Y guíame en el camino eterno.
Pablo dice que Dios nos conoce (Gál. 4:9). ¿Cómo incide este hecho en mi vida?
¿Qué efecto tiene este conocimiento en mi forma de pensar y en mis inquietudes?
¿Qué impacto tiene el hecho de ser conocido por Dios en mi relación con otras personas (Sal. 139:19)?
¿De qué manera el hecho de ser conocido por Dios inspira mis relaciones con las personas y mis decisiones diarias (Sal. 139:23, 24)?
Lee Apocalipsis 14:7
Apocalipsis 14:7
7diciendo a gran voz: Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas.
¿Cómo respondes al Dios de la Creación?
Apocalipsis 14:7 dice que Dios es el destinatario de nuestra adoración. ¿Cómo afecta ese hecho tu forma de adorarlo?
¿Es la adoración posible sin Dios? Explica tu respuesta.
¿Qué puedes hacer para que la presencia de Dios sea real en la iglesia y en tu mente?
Lee Daniel 3
Haz una lista comparativa de las características de la adoración falsa (los cortesanos y súbditos del rey) en contraste con la adoración verdadera (los tres jóvenes hebreos).
¿Qué aprendes de esta comparación acerca de la diferencia entre la adoración verdadera y la falsa?
Lee Isaías 6:5
Isaías 6:5
Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.
Recuerda los sentimientos de Isaías mientras adoras a Dios. ¿Qué te enseña la actitud de Isaías acerca de la necesidad de la humildad en la presencia de Dios?
Lee Éxodo 34:6-7
Éxodo 34:6-7
6 Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad;
7 que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación.
Identifica en estos versículos las numerosas características de Dios.
¿Cómo has experimentado estas características (misericordia, gracia, bondad, perdón, etc.) en tu propia experiencia con el Señor?
Actividad: El hecho de que la adoración sea una respuesta a la Creación debería motivar nuestra forma de adorar. El Dios al que adoramos es tanto elohim, el Dios poderoso y trascendente (Gén. 1:1-2:4), como Jehová el Señor, el Dios personal y amoroso (Gén. 2:4-25). El llamado del salmista a la adoración resuena con esta misma tensión: “Sirvan al Señor con reverencia y alégrense con respeto” (Sal. 2:11). Prepara un programa de adoración que incluya música y predicación, y que refleje esta tensión o equilibrio dinámico entre las dos historias de la Creación.




