EL SÁBADO ENSEÑÁRÉ…
RESEÑA
Textos clave: Apocalipsis 3:14-22; Juan 15:9; Jeremías 31:3. Enfoque del estudio: Apoc. 3:14-22.
En esta lección nos enfrentaremos a la realidad de nuestra condición espiritual actual como iglesia. Esta realidad nos concierne tanto colectivamente, como pueblo de Dios, como personalmente. Analizaremos nuestra condición desde la perspectiva del mensaje dirigido a la iglesia de Laodicea, en la séptima y última carta a las iglesias de Asia Menor (Apoc. 2, 3). Las siete cartas son profecías que abarcan la historia de la iglesia cristiana desde el período apostólico hasta el tiempo del fin. Dios mismo se dirige a su iglesia en esos mensajes.
Las cartas a las siete iglesias de “Asia” siguen la tradición de las profecías del Antiguo Testamento (Dan. 2, 7, 8; Jer. 6:2), en las que se emplean figuras para transmitir su mensaje escatológico. Concretamente, esas siete iglesias literales, con sus características históricas y geográficas, son utilizadas como representaciones simbólicas de la verdad profética. A modo de ejemplo, un rápido vistazo a la progresión de las intervenciones del Señor en favor de su iglesia tal como se describen en las siete cartas sugiere que la venida del Señor se acerca cada vez más:
1. Éfeso: El Señor “anda” (Apoc. 2:1).
2. Esmirna: El Señor “estuvo muerto y revivió” (Apoc. 2:8).
3. Pérgamo: El Señor exhorta: “¡Arrepiéntete! Si no, vendré pronto a ti” (Apoc. 2:16).
4. Tiatira: Dios insta a su pueblo a mantenerse firme “hasta que yo venga” (Apoc. 2:25).
5. Sardis: El Señor advierte a su pueblo lo que ocurrirá si no se mantiene firme y se arrepiente: “Vendré como ladrón” (Apoc. 3:3).
6. Filadelfia: El Señor exclama: “Yo vengo pronto” (Apoc. 3:11).
7. Laodicea: El Señor expresa su proximidad: “Yo estoy a la puerta y llamo” (Apoc. 3:20). Por lo tanto, el mensaje a los laodicenses señala el momento crucial en el que la venida del Señor está más cerca: ahora llama a la puerta del corazón. Espera que lo dejemos entrar para poder morar con nosotros (lee también Col. 1:27).
COMENTARIO
Introducción: La carta a la iglesia de Laodicea predice la condición espiritual del pueblo de Dios en los últimos días e insta a sus integrantes a responder en consecuencia. El Autor del mensaje es designado mediante tres títulos que se refieren a la historia humana desde su final hasta su inicio, en una secuencia efecto-causa-efecto típicamente hebrea. El primer título es “el Amén” (Apoc. 3:14), la palabra que concluye la oración cristiana y expresa la esperanza escatológica del cumplimiento de la promesa divina de salvación (2 Cor. 1:20). El título “Testigo Fiel y Verdadero” se refiere a la presencia de Dios durante el curso continuo de la historia humana. “El origen de la creación de Dios” se refiere al Creador que inició la historia. Estos títulos se remontan a la descripción de Jesucristo, tal como se observa en la visión introductoria del Hijo del Hombre en Apocalipsis, quien es descrito como “el Testigo Fiel” y el “primogénito (principal) de los muertos” (Apoc. 1:5). La carta a la iglesia de Laodicea incluye a tres figuras principales: (1) el mensajero, el ángel de la iglesia de Laodicea (Apoc. 3:14); (2) Jesús como autor de la carta; y (3) las personas que reciben el mensaje. El mensaje en sí está dividido en cuatro secciones: (1) Dios se presenta como el Juez que conoce (Apoc. 3:15); (2) el pueblo de Dios no es consciente de su verdadera condición (Apoc. 3:16, 17); (3) el Señor responde a la difícil situación de su pueblo y le ofrece el remedio (Apoc. 3:18); (4) la carta revela el alcance del amor que Dios siente por su pueblo (Apoc. 3:19-21). Examinaremos más detenidamente cada sección en el comentario que sigue.
1. El Juez del pueblo.
En esta sección, el Señor confronta a su pueblo con el diagnóstico divino acerca de su condición, pero antes le recuerda su omnisciencia: “Conozco tus obras” (Apoc. 3:15). En los Salmos, David comienza su oración de confesión declarando que es consciente de esta realidad: “Señor, tú me has examinado y conocido” (Sal. 139:1). El pueblo no puede rehuir la mirada de Dios: “¿Adónde me iré de tu Espíritu?” (Sal. 139:7). Dios es percibido como el Juez que todo lo ve (Heb. 12:23; 2 Tim. 4:1; Prov. 5:21; 15:3).
No hay forma de evadir el ojo penetrante del gran Juez, quien es también nuestro Creador, o engañarlo: “Tú formaste mis entrañas” (Sal. 139:13); y “el que formó el ojo, ¿no verá?” (Sal. 94:9). Es significativo que, a semejanza del profeta Miqueas (Miq. 1:10-16), Juan aproveche el significado de los nombres de algunos lugares geográficos para imbuir al texto bíblico de un profundo sentido espiritual. De esta manera, el nombre Laodicea, que significa “justicia del pueblo”, recuerda al pueblo de Dios que él hará tres cosas por ellos:
(1) Emitirá un veredicto favorable y justo a su favor en el Día del Juicio;
(2) los vengará de sus enemigos; y
(3) mediante la obra sustitutiva de Cristo salvará a sus seguidores de la ira de un Dios justo y santo contra el pecado.
Los justos requisitos de la Ley han sido cumplidos en virtud del sacrificio expiatorio de Cristo. En consecuencia, Dios puede librar misericordiosamente a su pueblo del castigo del pecado. Por lo tanto, Cristo se erige como la “justicia del pueblo”, en el más pleno sentido, al conmutar la sentencia de muerte que pesaba sobre este y aceptar él mismo las consecuencias de la transgresión.
2. La condición del pueblo.
La primera acusación de Dios contra la iglesia de Laodicea se refiere al desempeño religioso de sus integrantes. No son “ni fríos ni calientes”, sino tibios (Apoc. 3:15, 16). El pueblo de Dios afirma ser “rico” (Apoc. 3:17). Es decir, es rico en lo que concierne a la verdad bíblica, ya que es el “remanente”. Cree que es el laos dikaios, “el pueblo justo” (irónicamente, otro significado posible del nombre “Laodicea”). Sin embargo, es culpable de una quíntuple deficiencia: es pobre, desdichado, miserable, ciego y desnudo. Cree que ve; afirma tener una cabal comprensión espiritual. Se jacta de las grandes verdades de las que es custodio. Sin embargo, es incapaz de ver su propia condición o su verdadera necesidad: carece del Espíritu Santo. No está santificado por las verdades que profesa. Su confianza propia y su incapacidad para percibir su necesidad producen y alimentan su orgullo y su falta de humildad. En consecuencia, se jacta de que no tiene necesidad de nada (Apoc. 3:17). Tampoco siente la necesidad de aprender nada, de crecer, de cambiar o de darse cuenta de la causa de su miserable condición. Como resultado, no siente la necesidad de arrepentirse.
3. Los consejos del Señor.
Al considerar la condición del pueblo, los consejos de Dios a Laodicea son una respuesta directa a sus tres necesidades. La primera se refiere a su profesión de fe. Esta, como el agua tibia, resulta repugnante como bebida. Por esta razón, Dios advierte a su pueblo: “Estoy por vomitarte de mi boca” (Apoc. 3:16), tal como se había advertido al antiguo Israel en los tiempos del Antiguo Testamento (Lev. 18:25). El hecho de que la iglesia de Laodicea no sea fría ni caliente indica, además, su autoengaño de que es rica en cuanto al favor de Dios, cuando, por el contrario, es espiritualmente pobre. Dios le aconseja primero a Laodicea que compre de él oro refinado en el fuego. La descripción del oro como “refinado” sugiere que el pueblo de Dios no debe contentarse con oro barato, amalgamado con escoria, ni con oro falso, que solo tiene el color y la apariencia del oro auténtico. Mediante estos símbolos, el Señor advierte a su pueblo contra una religión falsa y superficial. Así, Dios insta a su pueblo a recibir de él el artículo genuino. En segundo lugar, Dios le aconseja a su pueblo que compre también “vestimentas blancas, para cubrir la vergüenza de tu desnudez” (Apoc. 3:18). En otra parte del Apocalipsis, Juan nos dice que la Nueva Jerusalén, la novia del Cordero, está vestida “de lino fino, limpio y resplandeciente”, que representa “las obras justas de los santos” (Apoc. 19:8). Debido a que nuestra justicia es, en el mejor de los casos, “como trapo inmundo” (Isa. 64:6), necesitamos la justicia de Cristo para cubrir nuestra desnudez, como lo ilustra la vestidura blanca. La blancura representa la pureza propia de la justicia imputada e impartida por Dios. Puesto que su pueblo es incapaz de percibir su verdadera condición, Dios le recomienda que unja sus ojos con “colirio” para restaurar su visión. Entonces podrá darse cuenta de su desnudez y de su extrema necesidad de los remedios divinos.
4. El amor del Señor.
Dios busca que su pueblo tome conciencia de su absoluta impotencia y desesperanza, resultantes de estar separado de él (Apoc. 3:15-18). Luego, en el versículo 19, Dios expresa su inmensurable amor. El profeta Jeremías utiliza el mismo lenguaje cuando se refiere al “amor eterno” de Dios (Jer. 31:3). La palabra hebrea olam, traducida generalmente como “eterno”, se refiere a algo más que una cualidad cronológica o una larga duración. Este término es una forma idiomática de expresar la idea de gran intensidad. Es decir, el amor de Dios es tan intenso y tan grande que es inconmensurable, como el carácter infinito de la eternidad misma. La eternidad del amor de Dios es así revelada a su pueblo con el fin de despertar en él una respuesta positiva a la admonición divina: “Sé, pues, celoso y arrepiéntete” (Apoc. 3:19). En este punto, inmediatamente después de sus palabras de exhortación pastoral, el discurso del Señor se vuelve más personal. Hasta ahora, Dios se ha dirigido a Laodicea colectivamente como su pueblo, como la iglesia de los últimos días. Ahora, en el versículo 20, se dirige a cada creyente dentro de esa iglesia como el individuo único al que ama personalmente y con el que mantiene una relación distintiva. Es significativo que, en la repetición apocalíptica del número siete, el verbo “amar” conjugado en la primera persona singular (“amo”) vaya seguido de otros siete verbos que expresan el amor intenso y personal del Señor para cada uno de nosotros (Apoc. 3:19-21):
(1) “reprendo”,
(2) “disciplino”,
(3) “estoy a la puerta”,
(4) “llamo”,
(5) “entraré a su casa”,
(6) “cenaré con él, y él conmigo”, y
(7) “le daré que se siente conmigo en mi trono”.
APLICACIÓN A LA VIDA
Consejo para el maestro: Pide a un voluntario que vuelva a leer el mensaje a la iglesia de Laodicea en Apocalipsis 3:14 al 22.
Comenta luego las siguientes actividades y preguntas con tu clase.
1. Las críticas de Dios a su iglesia • Dios afirma: “No eres frío ni caliente” (Apoc. 3:15). ¿Qué ejemplos de este tipo de tibieza espiritual puedes identificar tanto en la iglesia en general como en tu propia experiencia? ¿Qué puedes hacer para abordar el problema de la tibieza sin caer en el fanatismo? • El Señor dice: “Tú dices: ‘Yo soy rico […] y nada necesito’ ” (Apoc. 3:17). Piensa en casos en los que tu iglesia se ha jactado, en el pasado o en el presente, para su propio perjuicio, de su riqueza y sus logros espirituales, materiales o misioneros. ¿Cómo ayuda el consejo de Dios a la iglesia de Laodicea a evitar esa actitud orgullosa?
2. Las exigencias de Dios • Dios nos invita: “Te aconsejo que compres de mí oro afinado en fuego” (Apoc. 3:18). En este texto, Cristo hace un llamado contrario a la tradición humana y al esfuerzo humano por alcanzar la verdad: buscar la revelación divina y escudriñar las Escrituras con seriedad. No debemos buscar solo para encontrar allí argumentos que defiendan nuestras creencias. También debemos alegrarnos al descubrir verdades que desafiarán las ideas erróneas que tengamos arraigadas, lo que en última instancia nos llevará al arrepentimiento y a nuestra transformación a la imagen de Dios. La búsqueda del oro refinado en el horno de la aflicción también se refiere al amor y la fe que se desarrollan en medio de los desafíos y los sufrimientos que conlleva la decisión de caminar con Dios. • Responde estas preguntas: ¿Qué significa para ti el consejo de Dios de vestirte con “vestiduras blancas” (Apoc. 3:18) en tu camino espiritual? ¿Qué debes hacer para adquirir estas vestiduras blancas?
3. El amor de Dios Pide a tus alumnos que lleven un diario durante este trimestre en el que anoten historias de su vida en las que hayan experimentado el amor de Dios. Pídeles que reflexionen sobre las siguientes preguntas y que escriban sus respuestas:
* ¿Cuándo fuiste disciplinado por Dios?
* ¿Cuándo lloraste al pie de la Cruz?
* ¿Cuándo oíste a Dios llamar a la puerta de tu corazón?
* ¿Cuándo respondiste con alegría a su llamada?
* ¿Has vivido algún momento especial con el Señor en medio de la intimidad de la oración?
* ¿Alguna vez has visto claramente la mano del Señor en algún acontecimiento concreto de tu vida?




